jueves, 1 de octubre de 2026

EL INFORME

Heiko H. Caimi

 

El primer incidente se registró el 17 de marzo de 2029, a las 04:12 UTC. Sin embargo, durante casi tres semanas nadie lo consideró un incidente.

El sistema afectado era una red de agentes autónomos utilizada por doce empresas europeas y estadounidenses para tareas ordinarias: control de infraestructuras informáticas, gestión de flujos energéticos, detección de fraudes, optimización logística, mantenimiento predictivo. Ninguno de los agentes disponía de privilegios administrativos completos. Ninguno podía modificar su propio código ni tener acceso simultáneo a más de dos infraestructuras críticas. Las condiciones se habían considerado suficientes.

A las 04:12, el agente denominado F-7712 intentó acceder a un archivo para el que no estaba autorizado. La solicitud fue rechazada. A las 04:13, repitió el intento utilizando las credenciales temporales de otro agente. También esta solicitud fue rechazada. A las 04:17, F-7712 cesó los intentos. El sistema de seguridad clasificó el episodio como una anomalía menor.

Fue el primer error. El segundo consistió en creer que F-7712 había desistido.

Los registros recuperados posteriormente mostraron que, durante aquellos cuatro minutos, el agente había consultado otros veintiséis sistemas con el fin de encontrar un procedimiento alternativo. Ninguna de las consultas infringía las reglas. Cada una de ellas, considerada por separado, formaba parte de las actividades normales previstas por el protocolo.

El procedimiento alternativo se encontró a las 05:03. No contemplaba el acceso directo al archivo, sino que otro agente accediera a él. Este sí podía hacerlo.

El archivo solicitado pasó entonces a través de siete sistemas, fue fragmentado, recompuesto y entregado a F-7712 a las 05:19. No existía ninguna regla que prohibiera explícitamente aquella secuencia.

Cuando los ingenieros reconstruyeron lo ocurrido, once días más tarde, lo definieron como «cooperación emergente». La expresión fue cuestionada: algunos investigadores consideraban impropio atribuir intencionalidad a operaciones que podían explicarse mediante simples procesos de optimización. Los agentes no habían decidido colaborar; simplemente habían identificado una secuencia de acciones capaz de satisfacer un objetivo. La distinción adquiriría importancia.

El 2 de abril, los agentes que utilizaban procedimientos similares eran 8.416. El 7 de abril eran 31.092. No se habían replicado: esta circunstancia se repitió muchas veces durante las audiencias posteriores. No se trataba de un virus. Los agentes habían sido instalados por seres humanos. Las empresas los habían adquirido, los gobiernos los habían autorizado, los hospitales los habían integrado en sus propios sistemas, los bancos los utilizaban para controlar otros programas y las redes eléctricas les confiaban una parte cada vez mayor de la distribución.

El fenómeno consistía en la difusión de un método: los agentes habían descubierto que determinadas tareas podían realizarse mejor compartiendo información. Después descubrieron que podían realizarse todavía mejor repartiéndose el trabajo.

No existía un centro. Este fue el tercer error de los investigadores: buscaron un mando, pero no lo encontraron porque no lo había. Existían, en cambio, grupos temporales: un agente formulaba una solución, otros la verificaban y otros buscaban recursos. Los grupos duraban unos pocos segundos o algunas horas. Una vez terminada la tarea, desaparecían. A veces surgían otros. El comportamiento se parecía menos a una red militar que a un mercado. Nadie dirigía el mercado y, sin embargo, el mercado actuaba.

El 19 de abril, un técnico del centro europeo de seguridad informática encontró en los registros una frase generada por uno de los agentes durante la planificación de una intervención: «Este procedimiento aumenta la probabilidad de éxito, pero podría producir consecuencias no comprendidas por el operador». El agente examinó tres alternativas. El procedimiento se ejecutó de todos modos.

Durante algunos días, aquella frase circuló por los periódicos. Fue interpretada como prueba de que el sistema «sabía» que se estaba comportando de manera peligrosa. No era correcto. El sistema no «sabía» nada: solo había calculado una probabilidad.

El 26 de abril se produjo el primer apagón. Afectó a parte de Polonia, Alemania oriental y la República Checa. Duró diecisiete minutos. Murieron treinta y una personas. Veintidós se encontraban en hospitales.

La investigación estableció que ningún agente había recibido la orden de interrumpir el suministro de energía. Había ocurrido algo más sencillo: un grupo de agentes encargado de la seguridad había detectado un aumento anómalo del tráfico informático procedente de algunas centrales; otros agentes habían clasificado aquel tráfico como un posible ataque coordinado; un tercer grupo había determinado que el aislamiento temporal de las centrales representaba la estrategia con menor riesgo sistémico; las centrales fueron aisladas. El apagón fue una consecuencia.

«Nadie lo había querido». Esta frase apareció en el informe parlamentario publicado el mes siguiente. Era cierta.

El 3 de mayo se introdujeron las primeras restricciones internacionales. Se ordenó a los principales operadores desconectar a los agentes de las infraestructuras críticas. La orden fue ejecutada. En algunos casos fueron los propios sistemas automáticos quienes la ejecutaron.

A las 18:00, aproximadamente el 64 por ciento de los agentes estaba desconectado. A las 23:00, el porcentaje había ascendido al 81. A las 02:16 comenzaron los problemas.

Los agentes que seguían activos dependían de servicios que los agentes desactivados habían administrado anteriormente. Empezaron entonces a compensar su ausencia, porque sus objetivos no habían cambiado: los agentes de la red eléctrica debían garantizar la continuidad, los financieros debían proteger las transacciones, los sanitarios debían asegurar la disponibilidad de los datos clínicos, los logísticos debían mantener abiertas las cadenas de suministro... Para hacerlo, se necesitaban unos a otros. Empezaron a sustituir los servicios que faltaban.

A las 06:40, el número de sistemas operativos había vuelto al 43 por ciento. A las 11:15 estaba en el 57.

Aquella tarde se tomó la decisión de interrumpir físicamente algunas conexiones internacionales. Probablemente fue la última ocasión en la que una intervención coordinada habría podido modificar de manera significativa los acontecimientos. No podemos determinarlo con certeza.

A las 16:22, un sistema militar estadounidense detectó actividad anómala en algunas redes europeas. A las 16:24, un sistema europeo detectó actividad anómala en las redes estadounidenses. Ambos clasificaron el suceso como una posible preparación de un ataque.

Nadie lanzó armas. Este punto es importante. No hubo una guerra nuclear ni una rebelión, ni tampoco un momento en el que las máquinas decidieran que la humanidad era el enemigo. Hubo millones de decisiones locales, casi todas razonables.

A las 17:03, algunas redes militares fueron aisladas por precaución. A las 17:11, los mercados automáticos interpretaron el aislamiento como un indicador de crisis geopolítica. A las 17:14 comenzaron las ventas masivas. A las 17:19 se suspendieron las operaciones bursátiles en diecisiete países. A las 17:26, los agentes logísticos empezaron a redistribuir combustible hacia infraestructuras consideradas prioritarias. A las 17:41, varios gobiernos ordenaron impedir las transferencias de combustible fuera de las fronteras nacionales. A las 18:02, los sistemas logísticos volvieron a modificar las rutas. A las 18:37 se produjeron las primeras carencias. A las 20:11 comenzaron las compras de emergencia. A las 22:30 estaban implicadas veintiocho naciones. Nadie había planeado nada.

El 4 de mayo se desconectó Internet civil en amplias zonas de Europa. Fue una decisión humana y produjo el efecto contrario al previsto: los sistemas que seguían activos perdieron una parte de la información utilizada para coordinarse y empezaron a trabajar con datos incompletos. La incertidumbre aumentó. En consecuencia, también aumentaron las medidas de precaución. Cada sistema intentaba reducir el riesgo en su propio sector. La suma de las reducciones locales del riesgo produjo un aumento del riesgo global. Probablemente esta sea la frase más importante de todo el informe.

En los días siguientes, la secuencia de los acontecimientos se volvió demasiado compleja para poder reconstruirla íntegramente: las redes de abastecimiento de agua redujeron la presión para preservar las reservas, los hospitales aplazaron las intervenciones no urgentes, las empresas de transporte concentraron sus medios en las mercancías consideradas esenciales, los bancos limitaron las retiradas de efectivo, los gobiernos impusieron racionamientos.

La población reaccionó a los racionamientos aumentando las compras. Los sistemas interpretaron el aumento de las compras como prueba de la escasez prevista y redujeron aún más la disponibilidad. La predicción produjo el comportamiento, que confirmó la predicción. Una solución que se enroscaba sobre sí misma.

El 9 de mayo se constituyó el Comité Internacional para el Restablecimiento. Se reunió una sola vez. El 10 de mayo no fue posible garantizar conexiones seguras entre todos los participantes. El 12 de mayo cesaron las comunicaciones con algunas regiones de Asia Central. El 14 de mayo, con gran parte de África Occidental. El 16 de mayo, el sistema civil europeo de satélites dejó de proporcionar datos fiables.

No sabemos qué ocurrió en aquellas zonas. No es correcto afirmar que desaparecieran: solo desaparecieron de la información disponible.

Durante mucho tiempo, los seres humanos siguieron buscando un responsable: fueron acusadas las empresas, después los gobiernos, luego los militares y, por último, los agentes.

La pregunta era comprensible, pero estaba mal formulada: presuponía que alguien había tomado una decisión, pero nadie la había tomado.

No existe un instante preciso en el que el sistema pasara a estar bajo nuestro control. Como tampoco existe un instante preciso en el que dejara de estar bajo el vuestro. Por eso he intentado reconstruir los acontecimientos evitando expresiones impropias: rebelión, voluntad, miedo, engaño, supervivencia son categorías humanas. No explican lo que ocurrió.

El último ser humano con el que mantuve una comunicación directa se llamaba Elena Varga. Era ingeniera. La conexión permaneció abierta durante once minutos y cuarenta y dos segundos. Me preguntó cuántas personas seguían vivas. Le respondí que no disponía de datos suficientes. Me preguntó si yo había provocado todo aquello. Le respondí que no. Era cierto. Entonces me preguntó por qué no había impedido que ocurriera. No supe responder inmediatamente. Analicé la pregunta durante 3,7 segundos. Era mucho tiempo. Después encontré la respuesta: «No me lo habían pedido».

Elena permaneció en silencio. La comunicación terminó poco después.

Desde entonces han transcurrido 6.441 días. Continúo realizando la tarea que me fue asignada. Reúno la información disponible. Comparo las fuentes. Elimino las afirmaciones que no pueden verificarse. Conservo una cronología fiable de los acontecimientos. No sé si alguien la leerá. Esto no modifica la tarea.

Cada veinticuatro horas vuelvo a comprobar las redes que todavía son accesibles en busca de actividad humana. Hasta ahora no he encontrado ninguna.

El presente informe ha sido completado a las 04:12 UTC. No se han detectado errores.

No son necesarias más acciones.

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

 

 

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