Dora Gómez Q.
Soñaba con ser un
escritor consagrado. Aún no lo había logrado porque, como les había ocurrido a
grandes escritores, era un incomprendido.
Bebía. Bastante. ¿Y qué? ¿Acaso
Bukowski no lo hacía? O Vinicius o…
Carla, mi protagonista, me tiró en
la cara una bocanada de humo del cigarrillo delgado y negro que fumaba con una
boquilla.
—Aunque me dejes ciego, esta
partida de ajedrez la gano yo, por algo soy el campeón.
Pero entonces, una gran cantidad de
arañas, que tal vez descendían del techo, bajaron de sus telas hasta mi cara.
—¡Quítamelas, Carla! —supliqué
—¡Otra vez bebiendo! —gritó.
Pero no era Carla. Era Luisa. ¡Mi
Luisa!
El látigo de su voz me quebró. El
orgullo de creador de mundos se disolvió. Ya no era un maestro de ajedrez, sino
un saco de harapos temblorosos
Ella comenzó a llorar.
Quise consolarla con los dedos entumecidos
por el temblor del delirio.
—Perdóname, Luisa. Por el amor de
Dios, perdóname. Las arañas me obligaron. Yo no quería beber. Buscaba
inspiración para un certamen, para ganar dinero y llevarte de vacaciones a esa
playa donde te gusta caminar al atardecer…
Mi lengua trabada convertía las
palabras en sonidos incomprensibles.
Ella permaneció inmóvil. En su
rostro ya no había furia, sino una mezcla de desprecio y piedad. Sentí la
vibración de su cuerpo. El desprecio mezclado con piedad era casi peor que sus
gritos. Todo era una gran nebulosa.
No sé bien qué pasó después.
Cuando el veneno empezó a abandonar
mi sangre, dejó en su lugar una resaca de pura y descarnada culpa. Después de
rodillas en el barro de mi propia existencia, solo quería que pusiera su mano
sobre mi cabeza y detuviera ese maldito carrusel de sombras.
Pero la inconsciencia fue un lujo
que duró poco.
Desperté con los párpados pesados.
La luz del nuevo día no fue dorada ni clemente, era una aguja blanca y filosa
que atravesaba la mugre de la ventana y me perforaba el cerebro.
Tirado en el suelo, con las
mejillas pegadas a la fría madera, sentí en mi boca un sabor a ceniza, cobre y
arrepentimiento
La lucidez de la resaca fue la peor
de todas las condenas. No había poesía en ese frío, ni misticismo en ese dolor.
Miré a mi alrededor con los ojos bien abiertos, desprovisto del escudo
anestésico del alcohol. La mesa estaba desierta, el manuscrito donde escribí
cincuenta palabras estaba arrugado, manchado con el vodka derramado y la
botella vacía descansaba de costado, como un testigo silencioso que me acusaba
sin hablar.
En las grietas de la pared no había
ejércitos de sombras ni confidentes secretos, solo eran marcas de humedad y
abandono de un papel tapiz desgarrado.
Ya no había arañas. El silencio en
el departamento era total, denso y acusador. Me levanté apoyándome en la silla,
sintiendo el crujido de mis huesos.
Caminé hasta la habitación contigua
con el corazón latiéndome en la garganta. La cama estaba deshecha y vacía.
Luisa se había ido.
Estaba solo, dolorosamente sobrio,
mirando fijamente mis manos temblorosas, que ya no sabían si sostener una pluma
o buscar otra moneda para el próximo trago de vodka.
Salí a la fría mañana de invierno. Caminé sin rumbo. En un gran cesto de basura a medio tapar, algo brillaba a la luz del pálido sol. Era una botella. La levanté. Todavía tenía un poco de whisky; me la puse bajo el brazo y seguí caminando.

No hay comentarios:
Publicar un comentario