jueves, 1 de octubre de 2026

DELIRIUM

Dora Gómez Q.

 

Soñaba con ser un escritor consagrado. Aún no lo había logrado porque, como les había ocurrido a grandes escritores, era un incomprendido.

Bebía. Bastante. ¿Y qué? ¿Acaso Bukowski no lo hacía? O Vinicius o…

Carla, mi protagonista, me tiró en la cara una bocanada de humo del cigarrillo delgado y negro que fumaba con una boquilla.

—Aunque me dejes ciego, esta partida de ajedrez la gano yo, por algo soy el campeón.

Pero entonces, una gran cantidad de arañas, que tal vez descendían del techo, bajaron de sus telas hasta mi cara.

—¡Quítamelas, Carla! —supliqué

—¡Otra vez bebiendo! —gritó.

Pero no era Carla. Era Luisa. ¡Mi Luisa!

El látigo de su voz me quebró. El orgullo de creador de mundos se disolvió. Ya no era un maestro de ajedrez, sino un saco de harapos temblorosos

Ella comenzó a llorar.

Quise consolarla con los dedos entumecidos por el temblor del delirio.

—Perdóname, Luisa. Por el amor de Dios, perdóname. Las arañas me obligaron. Yo no quería beber. Buscaba inspiración para un certamen, para ganar dinero y llevarte de vacaciones a esa playa donde te gusta caminar al atardecer…

Mi lengua trabada convertía las palabras en sonidos incomprensibles.

Ella permaneció inmóvil. En su rostro ya no había furia, sino una mezcla de desprecio y piedad. Sentí la vibración de su cuerpo. El desprecio mezclado con piedad era casi peor que sus gritos. Todo era una gran nebulosa.

No sé bien qué pasó después.

Cuando el veneno empezó a abandonar mi sangre, dejó en su lugar una resaca de pura y descarnada culpa. Después de rodillas en el barro de mi propia existencia, solo quería que pusiera su mano sobre mi cabeza y detuviera ese maldito carrusel de sombras.

Pero la inconsciencia fue un lujo que duró poco.

Desperté con los párpados pesados. La luz del nuevo día no fue dorada ni clemente, era una aguja blanca y filosa que atravesaba la mugre de la ventana y me perforaba el cerebro.

Tirado en el suelo, con las mejillas pegadas a la fría madera, sentí en mi boca un sabor a ceniza, cobre y arrepentimiento

La lucidez de la resaca fue la peor de todas las condenas. No había poesía en ese frío, ni misticismo en ese dolor. Miré a mi alrededor con los ojos bien abiertos, desprovisto del escudo anestésico del alcohol. La mesa estaba desierta, el manuscrito donde escribí cincuenta palabras estaba arrugado, manchado con el vodka derramado y la botella vacía descansaba de costado, como un testigo silencioso que me acusaba sin hablar.

En las grietas de la pared no había ejércitos de sombras ni confidentes secretos, solo eran marcas de humedad y abandono de un papel tapiz desgarrado.

Ya no había arañas. El silencio en el departamento era total, denso y acusador. Me levanté apoyándome en la silla, sintiendo el crujido de mis huesos.

Caminé hasta la habitación contigua con el corazón latiéndome en la garganta. La cama estaba deshecha y vacía.

Luisa se había ido.

Estaba solo, dolorosamente sobrio, mirando fijamente mis manos temblorosas, que ya no sabían si sostener una pluma o buscar otra moneda para el próximo trago de vodka.

Salí a la fría mañana de invierno. Caminé sin rumbo. En un gran cesto de basura a medio tapar, algo brillaba a la luz del pálido sol. Era una botella. La levanté. Todavía tenía un poco de whisky; me la puse bajo el brazo y seguí caminando.

Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

 

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