Oleh Silin
Tus ojos son
únicos.
Ocurrió a las 23:27, hora de la
nave, durante el turno de A-Liel. La Flamin se encontraba ya a doscientos
cincuenta millones de kilómetros de la Tierra y atravesaba el cinturón de
asteroides.
En realidad, el espacio es un lugar
bastante vacío. Solo en las películas las naves deben maniobrar frenéticamente
entre enormes bloques de piedra, con el riesgo de estrellarse contra alguno de
ellos y poner fin a la misión antes de tiempo. Por eso A-Liel se dedicaba
tranquilamente a sus investigaciones: estudiaba la influencia de la información
estructurada sobre la corteza cerebral. En otras palabras, leía. Cómodamente
instalado en su asiento, seguía las nuevas aventuras de Jessica, que no lograba
decidirse entre un dragón y un caballero encantado, y no advirtió ni el ligero
balanceo ni la señal situada sobre los indicadores de oxígeno. Dos de las cinco
columnas habían pasado del verde brillante a un color pantanoso y avanzaban
poco a poco hacia el ámbar.
A-Liel solo reaccionó cuando miró
el monitor que transmitía las imágenes de la cámara de proa y no encontró en él
el habitual dibujo de las estrellas.
—¡Mierda!
El lector electrónico voló
lentamente hacia un rincón, mientras el oficial de guardia, aprovechando el
vector del impulso, se deslizó hasta el monitor y le dio unos golpecitos.
—¿Será solo un fallo de la cámara?
¿Se habrá desviado? —se preguntó A-Liel en voz alta, aunque en lo más profundo
de sí sabía que no era un fallo. Había ocurrido precisamente aquello cuya
probabilidad de verificarse era cercana a cero. La nave había chocado con una
piedra lo bastante grande como para abrirle un agujero. La Flamin perdía
oxígeno, que se disipaba en el vacío, y el chorro producido por la fuga había
hecho girar la nave. El rumbo hacia Júpiter cambiaba a cada segundo.
A-Liel pidió ayuda.
—¿Qué demonios te pasa? ¿Otra vez
leíste alguna estupidez y quieres discutirla?
Por la escotilla asomó la cabeza de
la navegante principal, cuyo cabello pelirrojo se alzaba sobre su coronilla
como una diadema. A-Erin se impulsó hacia arriba y se proyectó con facilidad
hasta el asiento principal. A continuación entró flotando en el puente el
ingeniero A-Dan.
—Tenemos una emergencia —murmuró
A-Liel, pero A-Erin ya había visto los indicadores y soltó una breve maldición.
—Ingeniero, diagnóstico.
—Perforación en los concentradores
tres y cuatro. El núcleo energético no ha sufrido daños y funciona con
normalidad. La bodega de carga está intacta. Los motores no presentan daños.
—Tenemos que corregir el rumbo
—añadió A-Liel en voz baja.
—Eso ya lo veo. A-Dan,
¿conclusiones preliminares?
—Mientras siga escapándose el
oxígeno, no tiene sentido utilizar los motores para corregir el rumbo. El
margen de error continuará aumentando.
—Entendido. Alerta amarilla.
Reunión dentro de diez minutos.
Como siempre, el paso a la zona de
gravedad estuvo acompañado por una leve sensación de náusea. A-Liel intentó
encontrar una manera de resolver rápidamente el problema. Todo indicaba que no
la había. Sus conocimientos sobre las tormentas del gigante gaseoso no servían
de nada para solucionar la situación.
Casi toda la tripulación se había
reunido ya en la sala común. Doce, trece… Al final llegaron A-Ilza, responsable
de la seguridad, y el ingeniero principal A-Yevhen.
—Flamin, tenemos un problema
—comenzó A-Erin.
A-Dan sonrió con tristeza ante la
frase un tanto trillada.
—La situación todavía no es
crítica, pero lo será dentro de unas ocho horas. Estamos perdiendo oxígeno, vamos
camino de visitar a la abuela del Voyager y toda la misión se irá al demonio.
¿Alguna propuesta? Les recuerdo que nuestra directiva principal es llevar una
tripulación humana hasta la órbita de Júpiter.
Los tripulantes de la nave
guardaron silencio. La mayoría seguía repasando el informe del puente.
—Calculamos la rotación y la
compensamos con un breve impulso de los motores. Después aceleramos todo lo
posible y llegamos a Júpiter —propuso el navegante A-Thomas, mientras dejaba su
comunicador sobre la mesa—. Algo así.
—¿Y cómo piensas frenar?
—¡Contra Calisto! Nos engancharemos
a su campo magnético… ¡No me miren de ese modo! Ya sé que es una estupidez.
—Tenemos que desprendernos de los
concentradores averiados y recuperar el rumbo —dijo A-Ilza—. Pero también
tenemos la orden de entregar la planta. Si conseguimos ponerla en
funcionamiento, garantizaremos el éxito de las futuras misiones. Alguna de
ellas cumplirá la directiva principal. Es una lástima que nuestra misión no
pueda hacerlo, pero no hay otro camino.
—¡Esa no es una solución! —A-Yevhen
miró con incredulidad a A-Ilza, que acababa de proponer el sacrificio de la
misión, y exclamó acaloradamente—: ¡Tenemos que demostrar que los seres humanos
son capaces de soportar este viaje!... Propongo que hagamos exactamente lo
contrario: compensaremos el vector con los equipos de las bodegas de carga.
Transferiremos el oxígeno de los concentradores dañados a los depósitos de la
bodega. ¡Sé cómo hacerlo! ¡Yo diseñé los sistemas de oxígeno! Cumpliremos la
misión y la directiva principal.
A-Erin reflexionó.
—Nos crearon para una única misión,
pero A-Ilza tiene razón. La planta constituye una parte esencial del programa
de futuras investigaciones de Júpiter. Debo consultar con Jupe Exploring.
La navegante principal tomó el
comunicador y comenzó a redactar un mensaje. Los tripulantes se dispersaron por
la sala. A-Liel tomó un termo de café y bebió un sorbo. Allí la señal tardaba
unos veinte minutos. Veinte para llegar, veinte para regresar, y era poco
probable que tomaran la decisión de inmediato. Les esperaba una hora difícil,
quizá más de una.
La respuesta llegó cuarenta y cinco
minutos después. Eso solo podía significar una cosa: la empresa contaba desde
hacía tiempo con un «plan B» para aquella clase de emergencia. A-Erin levantó
la mirada de la pantalla.
—Bien… Un momento, ¿dónde está
A-Yevhen?
La Flamin no era una nave demasiado
grande, de modo que nadie podía ocultarse en ella durante mucho tiempo.
Encontraron a A-Yevhen en la sección tecnológica, donde había conseguido
atrincherarse. A través de la ventana lo vieron caminar desesperadamente de una
pared a otra, como un oso encerrado en una jaula de zoológico demasiado
pequeña.
—¡A-Yevhen! ¡Sal de ahí! —gritó
A-Erin, golpeando la puerta—. ¿Me oyes?
—Han decidido conservar la planta,
¿verdad? —se oyó desde el otro lado.
—Sí —reconoció A-Erin,
intercambiando una mirada con A-Ilza.
A-Ilza se encogió de hombros, como
diciendo: «Otra de sus escenas».
—¿Por qué no quieren hacer lo que
propongo? ¿Por qué no quieren cumplir la directiva principal?
—Porque somos propiedad de Jupe
Exploring y no podemos cuestionar sus órdenes.
—¡Al demonio con Jupe! ¡Al demonio
con sus órdenes! ¿Cómo es posible que no lo entiendan?
A-Ilza se apartó de la puerta e
indicó a A-Erin que hiciera lo mismo.
—Lo sacaré de ahí. Después de todo,
A-Yevhen es el ingeniero principal y sería irracional perderlo. Además, podría
llevar a cabo su plan desde ese compartimiento. Tardaría… No lo sé. Unas horas.
Tenemos que apresurarnos.
—¿Crees que te hará caso?
—En la cama me lo hacía —los labios
de A-Ilza esbozaron una sonrisa, aunque sus ojos seguían serios—. Entraré por
uno de los conductos del cableado. Los diseñaron pensando en situaciones como
esta. O quizá vieron demasiadas de esas viejas películas de Willis. En fin,
intentaré convencerlo.
—De acuerdo.
—Ayúdame a subir.
A-Ilza retiró la rejilla del techo.
Detrás había un conducto metálico de diámetro suficiente para que pasara un
cuerpo delgado. A-Erin esperó hasta que las botas de A-Ilza desaparecieron en
la oscuridad y luego volvió a mirar por la ventana, para que A-Yevhen no
comenzara a sospechar.
Unos segundos después, la rejilla
del compartimiento tecnológico cayó al suelo. A-Yevhen dio un salto hacia atrás
y tanteó en busca de lo primero que encontró a su alcance: un destornillador.
A-Ilza levantó las manos en un gesto tranquilizador.
—Cálmate, ¿me oyes? ¿Por qué estás
tan alterado?
—¿Es que no lo entiendes? Sin
oxígeno, la expedición está condenada. ¡Los seres humanos no llegarán!
—Sí. Precisamente por eso enviaron
androides. A nosotros. Supongo que para Jupe Exploring es más importante
construir una base que demostrar que un ser humano puede llegar hasta Júpiter.
—¡Mmm…! —A-Yevhen arrojó el
destornillador y se revolvió el cabello—. Hay un pequeño problema, cariño. ¡Yo
soy humano!
—Eso es imposible.
—¡Claro que es posible! Se puede
hacer si uno es uno de los que diseñaron y construyeron la Flamin.
—Eso es absurdo, A-Yevhen.
—¡No me llames así! Me llamo Yevhen
Malaniuk, soy ingeniero y siempre soñé con ver Júpiter con mis propios ojos.
Por eso entré a trabajar en Jupe Exploring y por eso contraje cáncer. ¡Y
también por eso conseguí autorización para un pasaje de ida! Tengo que ver
Júpiter, ¿lo entiendes, cariño? ¡Tengo que verlo!
—Escucha —A-Ilza avanzó con
cautela—. Voy a decirte algo. Sabes que soy responsable de la seguridad. Por lo
tanto, debo conocerlo todo. He leído los expedientes personales de los quince
integrantes de la tripulación. No hay ningún ser humano a bordo. Solo
androides.
—Me dijeron que falsificarían el
expediente —la voz de Yevhen tembló.
—Te lo demostraré. No hagas
movimientos bruscos ni ninguna tontería. ¿De acuerdo?
A-Ilza tomó un cuchillo de la banda
magnética, se subió la manga izquierda y pasó la hoja sobre la piel. En el
corte apareció sangre de un intenso color ultramarino.
—Esto es lo que tenemos dentro. Sí,
procesamos oxígeno, pero solo para que la empresa pueda calcular cuánto
necesitará una tripulación viva. En realidad, nosotros no lo necesitamos. Verás
tu Júpiter.
Sintieron una sacudida. A-Ilza miró
el monitor. A-Thomas acababa de expulsar los concentradores de oxígeno
averiados.
—Ahora te haré un pequeño corte en
un dedo para que puedas comprobarlo. ¿De acuerdo?
—Dame el cuchillo —dijo el
ingeniero con voz apagada—. Lo haré yo mismo.
A-Ilza giró el cuchillo y le
ofreció el mango. A-Yevhen lo tomó y lo hizo girar entre sus dedos.
Después, con un único movimiento
rápido, se cortó la garganta.
La sangre le cubrió el cuello.
Era de color ultramarino.
A-Liel y A-Erin
contemplaban el monitor principal. Júpiter se desplazaba debajo de ellos. Las
franjas blancas y ocres giraban, se mezclaban, se separaban y volvían a unirse.
La danza de las poderosas tormentas y los ciclones gigantescos resultaba
hipnótica.
—Comprendo por qué A-Yevhen quería
verlo con sus propios ojos —susurró A-Liel.
—Y podría haberlo hecho. Pero era
demasiado obstinado. Es una lástima.
—Sin embargo, tenía que saber que
era un androide.
—Verás, A-Liel… —A-Erin se revolvió
el cabello—. Al parecer, de verdad no lo sabía. La muerte del ingeniero
principal fue motivo suficiente para que A-Ilza y yo recibiéramos cierta
información. Yevhen Malaniuk estaba convencido de que lo enviarían a Júpiter y
de que llegaría hasta allí. Los médicos se lo habían prometido.
—Según todas las leyes de la
narrativa, ahora debería aparecer un «pero».
—Así es. Pero su cuerpo había
quedado casi destruido por la enfermedad. Por eso trasplantaron el cerebro de
Yevhen al cuerpo de un androide. Fue una operación única que, supongo, merecerá
un Premio Nobel y provocará disturbios masivos cuando todos se enteren. Y
cuando Yevhen comprendió que lo habían engañado, decidió hacer lo que hizo.
La navegante principal quedó
pensativa. A-Liel no se atrevió a interrumpir sus reflexiones.
—Pero… Pero murió siendo humano. Y
debemos honrarlo.
La Flamin se balanceó levemente.
Desde la parte inferior de la nave salió una cápsula en dirección a Júpiter.
Una de sus paredes había sido reemplazada por un panel transparente. A-Liel
habría jurado que, incluso desde aquella distancia, podía ver los ojos de
A-Yevhen contemplando la Gran Mancha Roja.
La cápsula fue reduciéndose hasta
convertirse en un punto que poco después desapareció por completo entre las
nubes del gigante gaseoso.
