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lunes, 31 de agosto de 2026

HISTORIAS DE PIEDRAS

Tōuya Tachihara

 

(Estas historias fueron publicadas anteriormente en Twitter y cada una de ellas fue escrita para no superar los 140 caracteres japoneses.)

 

En la Feria Literaria de Sapporo encontré un libro maravilloso. Cada ejemplar contenía una piedra diferente y el comprador podía elegir la suya. Yo me enamoré a primera vista de una piedra que parecía un hueso.

Seguramente cada persona que compre este libro tendrá un sueño distinto. Como la edición está limitada a cincuenta ejemplares, me he tomado la libertad de escribir cincuenta historias.

1

Me dijeron que la habían recogido en un río de Otaru y me la llevé a casa. En otros tiempos solía ir allí con el hombre al que amaba. Qué recuerdos. La piedra era blanca y parecía un hueso. Me la introduje con delicadeza en la boca y reconocí sin lugar a duda su sabor.

Por fin has vuelto conmigo. Tienes el mismo sabor de entonces, a sangre y carne. Bienvenido a casa, amor mío. Bienvenido, después de que te arrojé al río.

2

Me regalaron una piedra roja y reseca. Antes de acostarme llené un vaso con agua y la sumergí.

A la mañana siguiente, la televisión e Internet no hablaban de otra cosa: inexplicablemente, Marte había quedado inundado durante la noche.

3

Me dijeron que la piedra había sido recogida en Sajalín y la llevé sin darle demasiada importancia a la casa de mis padres. Cuando se la mostré a mi abuela, postrada desde hacía años, su rostro se iluminó de pronto con una sonrisa y lanzó un pequeño grito:

—¡Papá!

Yo nunca lo había sabido, pero al parecer su padre había sido internado en aquellas tierras y jamás regresó. Desde entonces, mi abuela duerme todas las noches abrazada a la piedra como si fuera su mayor tesoro.

4

Mientras caminaba por una calle en la que el sol reverberaba con ferocidad, vi a una niña agachada bajo la sombra de un árbol.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.

—¡Hay muchas! —respondió.

Ante ella había varias decenas de piedras. Cuando las tomé, descubrí que todas estaban frías. Sapporo es una ciudad poco húmeda y los lugares a la sombra pueden resultar sorprendentemente frescos.

Supongo que las piedras también querían protegerse del calor.

5

Tenía tanta hambre que no podía soportarlo y me comí una piedra. Para mi sorpresa, estaba deliciosa. Por desgracia, se me quedó atascada en la garganta. Qué pena. Ahora ya no puedo decir nada de lo que deseo decir. Tampoco las cosas que debería decir: todas han quedado enterradas en mi vientre.

—Tal como está el mundo, lo mejor es que no digas nada —comentó mi esposa, entrecerrando los ojos con satisfacción.

6

La enorme roca, venerada durante siglos como una divinidad, fue dinamitada durante las obras de ampliación y voló en mil pedazos. En su lugar construyeron una magnífica carretera.

Cierto día se produjo un alud de barro. La roca que siempre lo había contenido ya no estaba allí y, sin embargo, nadie murió: momentos antes del desastre, una tormenta de pequeñas piedras cayó sobre la carretera y obligó a interrumpir el tránsito.

La piedra continúa protegiéndolos.

7

Como tenía problemas en un ojo, fui al médico y me lo reemplazó de inmediato por uno nuevo. Cuando regresé a casa y me miré en el espejo, descubrí que llevaba engarzada una espléndida amatista.

«¿Acaso entré por error en una joyería?», pensé, y me eché a reír a carcajadas ante aquel desenlace digno de un rakugo.

8

—¡Me mataron después de maltratarme injustamente, cuando yo solo había querido comer! ¡Hasta me llenaron el vientre de piedras! —protestó el lobo ante el rey Enma en el otro mundo, relatándole su muerte miserable.

—He leído tu demanda —respondió Enma con gravedad—. En tu próxima vida seguirás siendo un lobo, pero los siete cabritillos reencarnarán como los tres cerditos.

9

Tenía algo pesado alojado en el pecho y hasta respirar me resultaba doloroso. Vivir era un tormento, de modo que vagué en busca de un lugar donde morir. Al inclinarme sobre las aguas de un lago tranquilo, una piedra enorme salió rodando de mi boca.

De pronto, libre de aquel peso, sentí que el corazón se me aligeraba. Ya me marchaba lleno de alegría cuando una mujer me llamó desde atrás:

—¿Cuál de estas piedras es la que has perdido?

10

—Existe una piedra mágica capaz de conceder un solo deseo —me dijo mamá mientras me mostraba su tesoro—. Me la regaló tu abuela.

Ahora soy yo quien le enseña la piedra a mi hija.

—Me la dio la mamá de mi mamá. Es una piedra maravillosa que nadie ha utilizado todavía. Estoy segura de que algún día también te la regalaré.

11

Acusaron a mi hermana de adulterio y la gente comenzó a apedrearla. No dejaron de arrojar piedras hasta que su cuerpo quedó destrozado y murió. Solo cuando las piedras formaron una pequeña montaña volvió a reinar el silencio.

Recogí una de ellas y la apreté con fuerza.

Mi hermana no había cometido adulterio. Un hombre le había preguntado cómo llegar a cierto lugar y ella se había limitado a indicarle el camino.

Aquel mismo día abandoné mi casa, mi aldea y mi país.

12

Mi padre me compró una piedra lunar en la tienda de recuerdos de un museo. Yo la enterré en el jardín.

Poco después ocurrió algo extraordinario: la Luna comenzó a aproximarse con rapidez a la Tierra y los científicos anunciaron que podía llegar a chocar con ella.

Corrí al jardín, desenterré la piedra y la arrojé hacia el cielo con todas mis fuerzas. La Luna regresó a su lugar.

13

En nuestra familia había una roca de jardín que habíamos cuidado durante generaciones. Al cumplir quince años, mi hijo decidió pulirla. En su interior había agua y un pez nadaba en ella.

Mi esposa, horrorizada, ordenó que rompieran la piedra. El pez se convirtió en dragón y ascendió al cielo. Nuestra familia cayó de inmediato en la pobreza.

Pero mi hijo sonrió.

—Así está bien. Nadie debe conservar durante demasiado tiempo un poder que excede el conocimiento humano.

14

Un hombre que sostenía una piedra mientras insultaba a otra persona dijo:

—Cuando arrojo una piedra, yo también siento dolor.

Alguien que observaba la escena le preguntó:

—Si nadie te ha golpeado, ¿por qué habría de dolerte?

—No he dicho que me duela la mano. Cuando lastimo a alguien, me duele el corazón.

Otro hombre, al oírlo, le dio un puñetazo.

—Pues a mí ahora me duelen la mano y el corazón.

15

Repudiada por poseer un corazón frío como la piedra, la princesa se recluyó a solas en una torre elevada. Los pájaros se convirtieron en sus amigos y acudían a cantar para ella todos los días.

Una bruja le había robado la sonrisa. Solo las criaturas que no eran humanas pudieron comprender su verdadera bondad y su nobleza.

Cuando por fin se quedó sola, la princesa encontró la paz.

16

En cierta aldea había una hermosa estatua de piedra que representaba a una doncella. Un viajero se enamoró de ella a primera vista, aunque sabía que su amor era imposible.

Un anciano le contó la leyenda: cuando el Sol y la Luna aparecieran juntos, la doncella recibiría un cuerpo de carne y hueso. El viajero esperó. Esperó hasta envejecer y morir.

Tiempo después, el Sol y la Luna aparecieron juntos.

La doncella derramó una única lágrima.

17

Encontré una piedra azul en mi bolsillo. No recordaba cuándo la había recogido. Al sostenerla contra el sol, apareció en su interior un dibujo maravilloso. Entorné los ojos para observarlo mejor y, en un instante, fui absorbido por la piedra.

Mientras intentaba decidir qué hacer, desconcertado, introduje una mano en el bolsillo. Por alguna razón, allí había una piedra blanca…

18

—¡Voy a desenterrar una piedra increíble!

Mi hermano, fanático de las piedras, partió hacia otro país y desapareció. ¡Perderse por culpa de unas simples piedras! Todos los días lloraba mientras contemplaba las que guardaba en su habitación.

Hasta que una tarde oí su voz. Observé una de las piedras con atención y descubrí en su interior un mundo diminuto. Allí estaba mi hermano, viviendo feliz.

Supongo que realmente lo es.

19

En Occidente existe una historia sobre un hombre que coloca por accidente el anillo de compromiso en el dedo de una doncella de piedra y luego es perseguido por ella. En Japón, en cambio, tenemos un cuento en el que alguien cubre con sombreros unas estatuas de piedra de Jizō y recibe una generosa recompensa.

¿A qué se debe semejante diferencia?

Me lo pregunto mientras observo a la muchacha que sonríe frente a mí. Ahora que lo pienso, creo que una vez le puse una bufanda a la estatua de una joven.

20

Había un escultor extraordinario. Al contemplar una piedra sabía qué figura debía liberar de ella y la tallaba. A veces surgía un anciano; otras, un ave o una bestia.

Cierto día esculpió un dinosaurio tan perfecto que parecía vivo. Un científico acudió a verlo y, maravillado, le preguntó cómo lo había conseguido.

—Me limito a leer los recuerdos encerrados en la piedra —respondió el maestro.

21

Una joven murió consumida por un amor no correspondido. Desde entonces, cada noche visitaba al hombre amado acompañada por su criada. Cuando el hombre descubrió que se trataba de un fantasma, se encerró en su casa y se negó a recibirla.

—¡Qué humillación! —gritó ella.

Enfurecida, arrojó algo contra la puerta. Esta se hizo pedazos sin ofrecer resistencia y, al otro lado, apareció el hombre temblando de miedo.

A la mañana siguiente, en aquel lugar solo encontraron un viejo farol de piedra.

22

Había un puente que se derrumbaba con cada inundación. Prometieron una gran recompensa a un hábil carpintero llegado desde muy lejos y le encargaron la construcción de un puente de piedra.

El día en que terminó la obra, enterraron vivo al carpintero para convertirlo en sacrificio humano. Por supuesto, tampoco le pagaron.

Al final, el puente resultó resistente y útil, y nunca cayó sobre él maldición alguna.

Así funciona el mundo.

23

Mi padre vivió la guerra durante su infancia y jamás olvidó el terror de los bombardeos. Un niño de familia adinerada alardeaba siempre de que habían construido bajo su casa un refugio antiaéreo de piedra.

—¡Allí estaremos seguros! —repetía.

Un día, una bomba cayó sobre la casa. Cuando mi padre fue a verla a la mañana siguiente, descubrió que toda la familia había muerto cocida dentro del refugio del que tanto se enorgullecían.

24

No puedes imaginarlo. Hace mucho tiempo —incluso durante la generación de tus padres— las piedras fueron armas importantes. Todavía hoy pueden causar accidentes terribles.

A propósito, esa piedra incrustada en tu cabeza, ¿cuánto dolor te produjo?

Ah, ya no puedes saberlo. Qué lástima. Tendré que preguntárselo a otra persona.

25

Había un hombre obsesionado con el sonido de dos piedras al chocar. Si producían una nota aguda y cristalina, eran excelentes. Pero nunca encontraba el sonido ideal.

Todos los días recogía piedras, las golpeaba entre sí y escuchaba. Como broma, alguien le entregó una pieza de cerámica idéntica a una piedra.

—¡Este es el sonido! —gritó, enloquecido de alegría.

Pero la cerámica se hizo añicos en ese mismo instante.

26

Cuando me avisaron que mi padre, famoso por ser un cabeza dura, había muerto, regresé de inmediato a mi pueblo natal. Era un hombre de una obstinación inquebrantable: cuando tomaba una decisión, nada conseguía hacerlo cambiar de parecer.

Terminada la cremación, nos dispusimos a recoger sus huesos y no pude evitar echarme a reír. Como había padecido tantas enfermedades, estaban frágiles y casi no quedaba ninguno.

Pero el cráneo se conservaba intacto.

27

En Taiwán se practica la adivinación arrojando dos piedras con forma de medialuna. Mi suegra las llamaba poe. Supongo que el método de interpretar las combinaciones de sus caras procede del I Ching.

Las probabilidades de que el cometa choque contra la Tierra son del cincuenta por ciento. Contemplo la media luna en el cielo nocturno y la sombra que proyecta sobre la tierra, y realizo mi propia adivinación.

Luna, ¿tiene alguna posibilidad de sobrevivir el niño que llevo en mi vientre?

28

Todos los miembros de la familia se reunieron alrededor de la mesa. Era una asamblea importante: decidirían mi futuro. Sirvieron la comida.

Mi tío golpeó ligeramente con un dedo la enorme mesa de piedra y bromeó:

—Parecemos los caballeros de la Mesa Redonda.

En realidad, se trataba de la Última Cena.

Todos, excepto yo, ya habían brindado con el vino envenenado con arsénico.

29

Mi abuelo me enseñó un juego que se practicaba con piedras blancas y negras. Me apasionó desde pequeño y continué jugándolo incluso después de hacerme cargo del trabajo de mi abuelo y de mi padre.

Por fin he alcanzado una posición en la que nadie puede darme órdenes. Juguemos a mi antojo. Venus será blanco; Marte, negro. Sí, también convertiré la Tierra en una piedra negra.

El universo es un gigantesco tablero de go. Ser dios no está nada mal.

30

Un torrente devoró la tierra. Casi todos los seres vivos fueron arrastrados por las aguas mientras imploraban la ayuda de Dios. Compadecido, Dios depositó una piedra verde bajo el agua. Gracias a ella se salvaron las criaturas que habitan hoy el mundo.

Hijos míos, compadézcanse de ellas. Nosotros no tenemos nada que temer, por grandes que sean las olas.

¡Larga vida a los peces!

31

—Solo quien esté libre de culpa puede arrojar una piedra —declaró el rey.

Todos los habitantes del reino apedrearon al condenado.

Al día siguiente, el rey proclamó:

—Solo quien se reconozca culpable puede arrojar una piedra.

Nadie lo hizo.

32

En cierto planeta descubrieron unas ruinas. En ellas había una plataforma gigantesca de piedra. ¿Se trataba de un recinto religioso, de un espacio político o de ambas cosas?

Los investigadores debatieron en el lugar, pero no consiguieron llegar a ninguna conclusión.

Poco después descubrieron la respuesta. Un alienígena gigantesco salió de su escondite, inmovilizó a los científicos y comenzó a cocinarlos sobre aquella enorme tabla de cortar.

33

La leyenda afirmaba que quien extrajera la espada clavada en la roca se convertiría en rey. Todos los que lo intentaron fracasaron.

Hasta que un hombre rompió la roca y se apoderó de la espada. Como, para ser exactos, no la había «extraído», comenzó una encarnizada discusión sobre si debía ser reconocido como rey.

Aprovechando la disputa, un país enemigo invadió el reino. El hombre de la espada lo expulsó gracias a su astucia.

Y se convirtió en rey.

34

Entre unas ruinas antiguas se alzaba un misterioso conjunto de megalitos. Nadie había conseguido descifrar sus inscripciones. Eran consideradas el mayor enigma del mundo y se rumoreaba que quien las interpretara descubriría el secreto de la creación.

Un niño contempló los dibujos y se echó a reír.

—Nosotros también hacemos cosas así —le explicó a su padre—. Son garabatos.

¿Cuál será la verdad?

35

Un demonio furioso maldijo a un hombre: todo cuanto tocara se convertiría en piedra. Los alimentos y las bebidas se petrificaban apenas entraban en contacto con sus manos. El hombre padecía hambre, pero la propia maldición le impedía morir. Hasta el viento se transformaba frente a él en pequeñas piedras que caían dispersas.

Vagó durante años, atormentado por la soledad.

Al final, se abrazó a sí mismo.

36

Había un joven cuyo aspecto era tan extraño que no podía salir de casa. Solo se relacionaba con los demás a través de Internet. En un chat conoció a dos hermanas tímidas. Mensaje tras mensaje, su afecto fue creciendo, aunque ninguno reunía el valor necesario para encontrarse en persona.

Hasta que las hermanas confesaron:

—En realidad, ¡somos gorgonas!

El joven sintió un enorme alivio.

Él era una gárgola.

37

Había un hombre capaz de pulverizar rocas con el pensamiento. La gente se burlaba de él y afirmaba que semejante poder no servía para nada.

Un día llovió con tanta intensidad que la montaña se derrumbó, pero la aldea se salvó: el hombre destruyó todas las rocas y piedras que caían sobre ella. Solo entonces reconocieron por primera vez su valor.

Como se había convertido en un bien de la comunidad, lo encerraron en un rincón de la aldea.

38

Deseosos de que sus extraordinarios logros fueran recordados eternamente, los habitantes de una civilización grabaron sus palabras en tablillas de piedra.

Tal como esperaban, las tablillas sobrevivieron a su desaparición. Otros pueblos las heredaron y sus estudiosos consiguieron descifrarlas e investigarlas. Cuando también aquella civilización se extinguió y todo ser vivo dejó de existir, las tablillas continuaron dormitando detrás de las puertas oxidadas de un museo.

Esperaban el surgimiento de una nueva civilización.

39

Una anciana pareja muy devota entregó sus capas de paja y sus sombreros a dos estatuas de Jizō. Después regresaron a casa por el camino nevado, temblando de frío.

Aquella noche oyeron un ruido en la entrada. Al abrir la puerta, encontraron allí a las dos estatuas que habían visto durante el día.

—Hemos venido a devolverles el favor y darles calor.

Los Jizō se aferraron a los ancianos con sus cuerpos de piedra helada.

A la mañana siguiente encontraron los dos cadáveres congelados…

40

Era un planeta donde solo existían arena y piedras. No encontraron bacterias y lo declararon carente de vida.

Los técnicos enviados para preparar su colonización murieron en pocos días. Las piedras se introdujeron por cada orificio de sus cuerpos y los destruyeron desde dentro.

Sí, las piedras eran las armas con las que los habitantes se defendían de los invasores.

Los granos de arena eran los habitantes.

41

Hojas de tiempos remotos, insectos, agua… El ámbar ha albergado toda clase de cosas y los seres humanos siempre lo han amado por su misterioso encanto.

Un niño encontró una pieza extraña. Era tan grande como su puño y contenía en su interior una multitud de engranajes. Después descubrió una tras otra nuevas piezas de ámbar que encerraban toda clase de objetos.

Entonces comprendió que él también se encontraba dentro del ámbar.

42

La persona que lleva un gran cristal engarzado en el dedo solo se preocupa por su resplandor y no presta atención a nada más. Hasta conversar conmigo parece resultarle difícil.

Al cabo de un rato comenzó una discusión, pero de pronto todo quedó en silencio. Me asomé y vi que el anillo que tanto apreciaba se había partido en dos.

Es verdad que llevar el cerebro como accesorio resulta muy práctico, pero tiene sus inconvenientes.

43

El viento pasa, la lluvia fluye y la nieve se derrite. Los seres vivos crecen y envejecen, y ceden el mundo a las generaciones siguientes.

Solo las piedras permanecen detenidas en el instante y existen, momento tras momento, dentro de la eternidad.

44

El gólem era una criatura de barro. Poseía voluntad propia, pero no sabía cómo expresarla. Imitando a los humanos, se llenó la cabeza de pequeñas piedras. De inmediato se volvió más inteligente que ellos y la sociedad, aterrorizada, comenzó a perseguirlo.

—Las piedras valen mucho más que los sesos —lo consoló Sun Wukong, el Rey Mono nacido de una roca.

45

Cuando esa persona cuenta una historia de fantasmas, siempre deja una piedra antes de marcharse. Después de narrar algo que realmente le sucedió, abandona una piedra que vibra en consonancia con la historia…

Para quien la recibe es insoportable: padece pesadillas y fenómenos sobrenaturales.

¿Quieres saber cómo librarte de ella? Es muy sencillo. Debes arrojar la piedra y un puñado de sal gruesa a una corriente de agua limpia.

Es el método más eficaz.

46

Una mujer dotada de poderes espirituales afirmó que la habían maldecido. Para devolver la maldición, comenzó a comportarse de manera agresiva con las personas con las que ya no deseaba trabajar. Algunas se alejaron; otras la defendieron.

Las maldiciones son como espejos: reflejan nuestro verdadero rostro.

Con el tiempo, el cuerpo y el corazón de la mujer se endurecieron y quedaron rígidos como la piedra.

47

—Dentro de esta pequeña piedra cabe todo un universo —me confió ella—. Cada piedra contiene un cosmos, con sus mundos, sus civilizaciones y sus criaturas. ¿No te parece maravilloso?

Sonriendo, hizo añicos la piedra.

—Basta con que exista una sola diosa: yo. Tengo en mis manos el poder de conceder la vida y la muerte.

Mientras reía, vi que un dedo gigantesco descendía sobre su cabeza.

48

Las estatuas de Ninomiya Kinjirō de todo Japón echaron a andar y comenzaron a sermonear a los jóvenes que no estudiaban. Hachikō, en Shibuya, castigó solemnemente a quienes maltrataban a los animales. Las lápidas se levantaron y golpearon a sus irrespetuosos descendientes.

Quienes apenas consiguieron escapar de Japón llegaron a Estados Unidos a tiempo para presenciar cómo la Estatua de la Libertad aplastaba la residencia presidencial.

49

Las piedras rosadas, fabricadas al solidificar recuerdos preciosos junto con el rocío de las flores, se vendían a precios exorbitantes a quienes habían olvidado los sueños y el amor.

Después de venderlas, no quedaba en el corazón de sus antiguos propietarios ningún recuerdo cálido. Por eso volvían a comprarlas pagando tres veces el precio obtenido.

Un instante dulce, congelado para siempre.

Sin comprender que era aquello mismo de lo que se habían desprendido.

50

Junto a mi almohada hay un libro maravilloso. En su última página contiene una piedra verdadera. La acaricio mientras me duermo y, en sueños, se van tejiendo historias sobre piedras.

—Solo serán cincuenta —me dijo la persona que me vendió el libro.

Pero ¿qué sucederá después?

Tengo sueño. Seguiré durmiendo hasta convertirme en piedra. Hasta que el mundo entero se convierta en piedra.

Tōuya Tachihara es escritora, traductora y profesora universitaria. Su obra de ficción abarca principalmente la ciencia ficción, la fantasía y el terror. También participa activamente en la traducción y difusión de la ciencia ficción en chino entre el público japonés. En reconocimiento a sus contribuciones en este campo, recibió el Premio Especial del Gran Premio de Ciencia Ficción de Japón.

 

 

EL CUERPO