Nataša Radanović
En la parte antigua de la ciudad, en una calle por la que la gente caminaba con
más silencio que por las demás, había un pequeño taller con una puerta de
madera y una placa de bronce descolorida: Mateo Vargas - Reparación de
relojes antiguos.
Ya casi nadie confiaba en los
relojes antiguos. Hacía mucho tiempo que el tiempo se había mudado a las
pantallas de los teléfonos, a esos números que brillaban y desaparecían más
rápido de lo que las personas alcanzaban a recordarlos.
Pero Mateo seguía creyendo en
ellos. Para él, un reloj nunca había sido un simple objeto.
—La gente cree que un reloj mide el
tiempo —solía decir—. No. Un reloj solo muestra aquello que hemos perdido
intentando medirlo.
Mateo tenía setenta y dos años y
las manos de un hombre que había dedicado toda su vida a aprender la paciencia.
En su taller había cientos de relojes. Cada uno guardaba una historia. Uno
había pertenecido a un maestro que lo llevó durante cuarenta años. Otro, a un
soldado que lo conservó a lo largo de la guerra. Un tercero, a una mujer que lo
guardaba en un cajón porque le recordaba a un hombre que nunca regresó.
Mateo no reparaba únicamente
mecanismos. Reparaba recuerdos. Pero, entre todos los relojes del taller, había
uno que jamás tocaba. Era un gran reloj de madera oscura, con una fina grieta
en el vidrio, que colgaba detrás de su mesa de trabajo.
No funcionaba. No se atrasaba. No
se adelantaba. Simplemente permanecía allí. Las agujas marcaban las siete y
catorce. Nadie sabía por qué. Y Mateo nunca lo explicaba.
Una lluviosa mañana entró en el
taller una joven. Llevaba entre las manos un pequeño objeto envuelto en una
tela azul.
—¿Repara usted cosas que ya nadie
sabe reparar? —preguntó.
Mateo levantó la vista.
—Lo intento.
—¿Y si no están rotas?
El anciano hizo una pausa.
—Esas son las más difíciles.
La joven dejó el objeto sobre la
mesa y desenvolvió la tela. Era un reloj de bolsillo de plata. Antiguo, pero
cuidadosamente conservado. En la tapa posterior había dos iniciales grabadas: A.
V.
Los ojos de Mateo permanecieron
fijos en ellas más tiempo del que habría querido.
—¿Conoce esas iniciales? —preguntó
la joven.
Mateo miró por la ventana. La
lluvia resbalaba por los cristales.
—No —respondió con serenidad. Pero
mintió.
Aquella noche no apagó enseguida la
luz del taller. Se quedó entre los relojes que marcaban el tiempo con ritmos
distintos. Entonces, por primera vez en muchos años, se acercó al gran reloj de
la pared. Apoyó la mano sobre la caja de madera.
—Lucía —murmuró.
Aquel nombre contenía toda una
vida. Lucía era una mujer capaz de descubrir la belleza en las cosas más
sencillas. En la luz de la mañana sobre la mesa. En el olor de los libros. En
el silencio que comparten dos personas que se aman.
—La gente intenta medirlo todo —solía
decir—. Incluso la felicidad. Pero hay cosas que existen únicamente porque las
sentimos.
Mateo se reía de aquellas palabras.
Ahora las comprendía. Abrió la parte trasera del gran reloj. No encontró ningún
mecanismo averiado. No encontró óxido. Solo encontró un pequeño papel
amarillento. Reconoció la letra antes de leer la primera palabra. Hay
caligrafías que no reconocemos con los ojos. Las reconocemos con el corazón.
En el papel estaba escrito:
«Querido Mateo:
Si estás leyendo esto, significa
que por fin estás preparado. Sé que pensaste que este reloj dejó de funcionar
el día en que me fui. Sé que durante años intentaste reparar algo que nunca
estuvo roto. Pero el reloj no se detuvo entonces. No conserves el último
instante de nuestra vida juntos. Eso no es amor. Es miedo. Búscame en los días
en que fui feliz. No en el día en que me fui.»
Mateo dejó la carta sobre la mesa. Por
primera vez en treinta años no vio el pasillo del hospital. No vio el último
instante. Vio la sonrisa de Lucía. La vio bailar en la cocina mientras
preparaba la cena. Vio sus pequeños días, sus días corrientes. Y entonces
comprendió la verdad. No había perdido a Lucía el día en que murió. La había
perdido el día en que dejó de recordar cómo había vivido.
Al día siguiente, la joven volvió a
buscar el reloj.
—¿Lo ha reparado? —preguntó.
Mateo sonrió.
—Sí.
—¿Cuánto le debo?
—Nada.
—Pero ha trabajado en él.
El anciano miró el gran reloj.
—No reparé el reloj.
—Entonces, ¿qué hizo?
—Lo ayudé a recordar —respondió Mateo
en voz baja.
Desde ese día la gente volvió a
acudir al taller. Ya no llevaban solamente relojes. Llevaban historias. Y Mateo
dejó de preguntar qué tenía averiado el objeto. Empezó a preguntar otra cosa.
—¿Qué recuerdo guarda?
Porque había comprendido que
algunas cosas no necesitan ser reparadas. Necesitan ser escuchadas. Muchos años
después, un joven relojero le preguntó:
—¿Por qué nunca volvió a poner en
marcha aquel gran reloj?
Mateo miró las agujas, que seguían
marcando las siete y catorce. Sonrió.
—Porque comprendí que no toda
detención es una pérdida.
—Entonces, ¿qué es?
Mateo guardó silencio durante un
largo rato.
—A veces algo se detiene únicamente
para que, por fin, podamos ver.
Aquella noche, cuando Mateo
abandonó para siempre su taller, sobre la mesa, junto a sus manos, descansaba
el pequeño reloj de plata con las iniciales A. V.
Junto a él había una última carta. No
era de Lucía. Era de él. En el papel había escrito una sola frase:
«No conservamos el tiempo
deteniéndolo. Lo conservamos viviéndolo.»
El gran reloj de la pared siguió marcando las siete y catorce. No porque hubiera olvidado cómo medir el tiempo. Sino porque le había mostrado a un hombre aquello que el tiempo, por sí solo, jamás puede mostrar: que algunos instantes nunca pasan. Solo esperan a que volvamos a encontrarlos.
Nataša Radanović es una serbia de origen montenegrino, nacida en 1971 en Foča, Bosnia y Herzegovina. Creció en Goražde, donde cursó la primaria y la secundaria. Posteriormente, continuó sus estudios en Belgrado, en la Academia de Bellas Artes. Escribe poesía y prosa desde su más tierna infancia. Su obra literaria abarca poesía espiritual, patriótica, amorosa e infantil, así como relatos y prosa en los que explora al ser humano, las emociones, los valores, los recuerdos y el mundo interior. Además de la literatura, Nataša Radanović también se dedica a la pintura. Ha realizado 27 exposiciones, 11 de ellas individuales y el resto colectivas y de carácter humanitario. Sus poemas y relatos se han publicado tanto en su país como en el extranjero, y su poesía se lee en todo el mundo. Ha recibido importantes premios por su obra literaria, poética y pictórica. Es madre de dos hijos adultos. A través de su creatividad artística, aboga por la paz mundial, la humanidad, los derechos humanos, la ecología y los valores que unen a las personas. Cree que el arte puede acercar a las personas y preservar lo más valioso de cada uno. Actualmente vive y crea en Suecia, llevando consigo su origen, su herencia cultural y su inquebrantable conexión con Serbia y sus raíces montenegrinas.
