Lana Derkač
Me puse las
zapatillas, tomé la chaqueta y me dirigí al río. Todas las tardes caminaba unos
kilómetros por el paseo marítimo que seguía el curso del río hasta las afueras
de la ciudad, hacia el este. Lo seguía fielmente hasta la otra orilla, pero no
había estado allí desde que nos mudamos. Ya no pertenecía a ese lugar.
Habíamos cambiado el gran jardín
por uno pequeño. Mi esposa esperaba tener menos trabajo y más tiempo para
descansar. Pero las cosas no resultaron exactamente así. La cantidad de tareas
que se imponía no dependía del tamaño de la casa ni del terreno, ni guardaba
relación con nuestras verdaderas necesidades de ancianos. A pesar del cansancio
permanente y de los dolores crónicos que sufría, siempre encontraba nuevas ocupaciones,
a veces ni siquiera muy útiles, porque algo dentro de ella no la dejaba en paz.
Yo extrañaba nuestro antiguo patio,
aunque cada vez trabajaba menos al aire libre. Muchas veces me quedaba dormido
apenas terminaba el café y el desayuno. Siempre había podido dormirme con
facilidad y eso no tenía nada que ver con la edad ni era consecuencia del
pequeño accidente cerebrovascular que había sufrido. Durante años imaginé todo
lo que haría cuando me jubilara, en aquel viejo patio. Sin embargo, ahora, cada
vez que deseo hacer algo en este espacio distinto, simplemente me quedo
dormido.
En agosto, el río estaba casi seco.
Tenía un color bastante turbio, muy distinto del agua en la que me metía cuando
era niño, sin preocuparme por los peligros de la corriente sin regular y de los
remolinos. Aun con tan poco caudal, el paseo estaba lleno de caminantes a
cualquier hora del día. Incluso de noche. Me cruzaba con personas que paseaban
perros, con mujeres que vivían solas y trataban de encontrar pareja, con
adolescentes drogados, con quienes solo querían mantenerse en forma. Allí podía
hacer gimnasia y mover los brazos sin que me miraran como a un loco peligroso,
tal como una vez me había visto una vecina de la calle donde vivía antes.
Caminando hacía ejercicios para los hombros. Era invierno, llevaba la cabeza
hundida en la capucha y, además, la niebla me envolvía, de modo que ella no me
reconoció.
—¿Quién dice que junto al río no te
tienen miedo? —me preguntó mi hija.
Aquello me parecía inconcebible.
Conocía a la mayoría de las personas que caminaban por allí.
Ahora vivía junto al río. Lo veía
desde la ventana, igual que el paseo que bordeaba el barrio industrial. Todos
los días pasaba cerca de la terminal de autobuses, de los silos, de la fábrica
de muebles y del matadero. El camino seguía junto a una lechería abandonada y
una represa. A veces veía una cigüeña o una garza.
A nuestra hija no le gustaba el
lugar donde vivíamos, pero cuando venía a visitarnos en las noches templadas y
trabajaba en nuestra computadora con la ventana abierta, nos envidiaba el croar
de las ranas que se oía de vez en cuando. Era un sonido increíblemente
relajante. En su edificio solo podía escuchar el graznido de las cornejas
cuando, por casualidad, se levantaba antes de que despertara la actividad
humana y todo volviera a funcionar a pleno. Como si esa actividad también
formara parte de alguna industria, aunque hubiera logrado escapar de la zona
industrial.
Mientras me detenía un instante
para estirar las caderas, me encontré con Robert. Desde que su pareja lo había
dejado estaba abatido. Nunca me dijo si había habido una infidelidad. Ni
siquiera sabía, a fin de cuentas, si aquella pareja había existido realmente o
si, hablando de una mujer invisible, solo trataba de ocultar una soledad cada
vez más evidente.
—¿Sabes? Antes, cada kilómetro que
caminaba valía exactamente un kilómetro. Ahora tengo que recorrer dos para que
el teléfono registre apenas uno. No entiendo qué está pasando —me dijo,
sinceramente preocupado.
Ya estaba acostumbrado a sus
historias fantásticas y no creía que los pasos pudieran perderse en ningún
abismo. Lo único que ocurría era que, con la edad, uno se cansaba antes y le
parecía que caminaba más de lo que en realidad caminaba. El destino seguía
estando exactamente a la misma distancia de siempre, me decía. Además, a un
abismo se cae con un solo paso en falso, o con dos como mucho; era imposible
pasarse un kilómetro entero cayendo.
Cuando el perro de Ivka vino
corriendo hacia nosotros, por un instante imaginé que nos traería, como si
fuera una pelota o un hueso, ese kilómetro perdido del que hablaba Robert. Pero
parecía haber traído solo un sonido, porque en ese momento sonó mi teléfono.
Mi esposa siempre se preocupaba
cuando tardaba demasiado en volver. Temía que, si me caía o me sentía mal,
nadie me encontrara durante mucho tiempo. Había oído más de una vez que, en
esas situaciones, los minutos eran decisivos.
Me preguntó si iba a ver la serie
que seguíamos los dos. Era una telenovela cuyas primeras entregas habían tenido
una dinámica interesante, pero luego la historia se fue diluyendo, los diálogos
se hicieron cada vez más vacíos y repetitivos, y aun así seguíamos esperando el
próximo episodio. Tal vez con la vejez habíamos perdido la intensidad de
nuestras propias vidas. Aunque antes leíamos mucho, ya no teníamos paciencia
para los libros exigentes. La concentración había disminuido de forma evidente,
se había atrofiado. Mi esposa decía que la telenovela era el único momento del
día en que no hacía nada y podía disfrutar. Claro, siempre que los dolores se
lo permitieran.
Emprendí el regreso a casa. De
pronto se levantó el viento. Mientras caminaba, parecía saber que ya era de
noche y quería acostar la hierba alta que nadie había cortado; imaginé incluso
que ya le había dado las buenas noches. Pero la hierba, alta y envejecida,
parecía rebelarse y ofrecer resistencia. ¡No aceptaba nada sin consideración,
por la fuerza, y mucho menos a esa altura de la vida! Cuando logró erguirse de
nuevo, quedó en una posición extraña, apenas inclinada hacia el puente. Parecía
inválida y un poco grotesca. Me pregunté qué le faltaba para volver a
enderezarse y ser como antes, flexible y brillante. Y la respuesta era
evidente: solo le faltaba la juventud.
Empecé a contar los pasos que daba,
aunque el contador del teléfono podía hacerlo mucho mejor que yo. Pero temía un
error. No quería que me engañara y convirtiera dos de mis pasos en uno solo.
Cuando regresé a casa me duché y
entré en la sala para ver la serie, pero empecé a temblar. No sabía por qué. Mi
esposa me cubrió con una manta, pero no sirvió de nada. Seguía temblando y me
subió la fiebre. En poco tiempo tomé dos comprimidos de paracetamol, pero la
temperatura no bajó; ya había alcanzado los cuarenta grados. Ni siquiera las
compresas lograron reducirla mucho. En la guardia determinaron que tenía una
infección viral y me recetaron un antibiótico.
Aunque paso mucho tiempo en el
sofá, cuatro días seguidos allí me resultaron insoportables. Mi esposa se opuso
a que, en ese estado, hiciera cualquier trabajo afuera. Cuando aflojé apenas un
poco la disciplina necesaria para recuperarme, el cuadro empeoró y durante los
días siguientes no tuve elección. Debía quedarme en casa.
Al quinto día ya me sentía bien y
paseaba por el jardín. Mientras estaba junto a la cerca que lo separaba del
paseo, apareció Branko. Se detuvo un momento y dijo:
—Sabes que yo no ando hablando de
los demás. ¡Pero Robert realmente perdió la cabeza!
Cuando le pregunté qué había pasado
y a qué se refería exactamente, solo hizo un gesto con la mano.
Dos lluvias le devolvieron al río
sus defensas. Tanto él como yo recuperábamos la salud.
Dos días después me encontré con
Robert en el paseo. Muy alterado, me dijo:
—El río se perdió. Se fue.
—¿Cómo que se perdió, Robert, si
estás junto a él?
—No lo estoy.
—Hasta ha crecido con las lluvias.
Tuve la impresión de que también el
río había recibido una transfusión y había logrado salir adelante una vez más.
—No vas a engañarme. Ese no es el
mismo río que llevamos años siguiendo. Que lo sepas.
No tenía sentido discutir.
—¡Si al menos supiera adónde se
fue! —lo dijo como si el río fuera un perro—. ¿Adónde habrá ido a vagar, tan
senil?
Y se marchó a buscarlo.
Lana Derkač
(Požega, Croacia, 1969) se graduó en la Facultad de Filosofía y Letras en
Zagreb. En Croacia ha publicado 12 antologías poéticas, 3 colecciones de
cuentos, una novela, un libro de textos de drama y uno de ensayos. También, ha publicado los libros de poesía en
México, Bélgica, Túnez, Montenegro, Kosovo y Macedonia del Norte. Sus obras han sido incluidas en antologías,
panoramas y anuarios en Croacia y en el extranjero. Sus textos han sido
traducidos a 24 lenguas. Obtuvo varios premios literarios: El premio literario
croata Zdravko Pucak, el premio para el mejor libro de poemas de un
autor de Eslavonia Duhovno hrašće, el premio Risto Ratković por la mejor
colección de poemas en la región, o sea, en el territorio de Montenegro, Bosnia
y Hercegovina, Serbia y Croacia (Montenegro), el premio croata Vinum et poeta y el premio para el mejor libro de
poesía croata Tin Ujević.
