Aleko Shugladze
Justo cuando estaba
viendo una telenovela india –los personajes no decían prácticamente nada;
pronunciaban una sola palabra y después se quedaban mirándose y mirándose–
apareció un conocido y me dijo:
—Tienes que venir conmigo a
Gldanula. Vamos a pelear.
Resulta que un imbécil, conocido
del conocido del conocido de un buen amigo mío, le había dado una paliza a su
propio suegro y había que vengarlo.
—Hermano —le dije—, ya tengo
cincuenta años y, además, estoy viendo una telenovela india.
—Déjate de tonterías.
Y nos fuimos.
Nos metimos ocho personas en un
solo coche. Por el camino se nos unieron otros dos vehículos y comprendí que
era preferible ver cinco telenovelas turcas seguidas, que el verdulero te
encajara una sandía podrida y soportar el baile solitario del vecino del piso
de arriba a las cuatro de la madrugada, antes que tener cincuenta años e ir a
Gldanula a pelearte.
Mi conocido –cuyo nombre no voy a
decir completo; solo les diré que empieza con T y termina con emo– iba
al volante, torciendo el labio inferior con aire de matón.
Cuando llegamos a Gldanula, el
lugar me resultó muy familiar.
—¿De dónde conozco esto? —me
pregunté.
Y entonces lo recordé: lo había
visto en las películas estadounidenses. Esos sitios donde meten a un tipo
cualquiera, un pobre desgraciado, en el maletero, lo llevan a un descampado y
aplastan el coche con él dentro.
Exactamente eso era: un cementerio
de automóviles.
Miré hacia un lado, miré hacia el
otro... Miraras donde miraras, no había escapatoria.
Imagínense la escena: un hombre de
cincuenta años, con angina de pecho, intentando huir mientras seis grandulones
lo persiguen. No parecía una perspectiva demasiado alentadora.
Todos bajaron de los coches y se
acercaron a una cerca.
Aquella cerca no cercaba
absolutamente nada, y eso me dio todavía más miedo.
Entonces todos, al mismo tiempo,
empezaron a orinar contra la cerca.
Eso me dio aún más miedo.
Lo peor era que, aparte de mi
amigo, no conocía a nadie. Es decir, en ese momento solo reconocía dos cosas: a
mi amigo y a la cerca. Así que no tenía ni idea de a quién debía seguir, lo que
complicaba bastante la situación. Solo distinguía la cara de uno de los
nuestros... Bueno, ni siquiera la cara: un fragmento de oreja. Durante el
viaje, tan apretados como íbamos en el coche, era lo único que alcanzaba a ver.
Mientras tanto intentaba que no se me cayeran las monedas del bolsillo, porque
llevaba una mano metida allí.
Alguien nos llamó y nos acercamos
al coche. Abrieron el maletero.
—Saquen lo que hay.
Uno sacó un cuchillo. Otro, una
especie de puño americano. Un tercero, una llave inglesa enorme. Yo también me
asomé al maletero. Solo quedaba un inflador de pie. La verdad es que nunca
había usado un inflador en una pelea, pero era mejor que ir con las manos
vacías. Quedarme quieto en una esquina haciendo "fss... fss..." como
si estuviera comprobando el inflador no parecía una estrategia muy convincente.
Pensé que podía arrancarle la manguera y hacerla girar como un látigo.
Fuimos hasta el centro del terreno
y nos detuvimos. El yerno y el suegro se acercaron hasta quedar nariz contra
nariz. Alguien me gritó:
—¿Qué haces parado ahí? ¡Ese es el
lado de ellos! Ven para acá.
Me cambié de sitio, aunque creo que
antes estaba donde debía. Aquel tipo me confundió. Ni siquiera estoy seguro de
haber terminado realmente del lado de los nuestros.
Mi amigo se acercó y me dijo:
—¿Ves a ese señor de setenta y seis
años, el del bigote? Lleva un arma en el bolsillo. En cuanto empiece la pelea
nos va a disparar. —Maldición, murmuré—. ¿Qué dijiste? No te entendí.
—Que estoy nervioso y se me traban
las palabras.
—No tengas miedo —me tranquilizó—.
Ahora mismo voy a buscar un arma.
—Voy contigo.
—No. Quédate aquí. Aquí haces más
falta.
Arrancó el coche y salió disparado.
Me acerqué a un automóvil grande y
abrí las cuatro puertas.
Pensaba intensamente en el
"método Chaplin": entrar por una puerta, salir por la otra, correr un
poco, volver enseguida, entrar otra vez por otra puerta y salir por el lado
contrario... repetirlo hasta que te atraparan.
Me enrollé la manguera del inflador
alrededor de la mano.
Y entonces empezó la pelea. Fue una
pelea muy seria. En un momento dado ya ni siquiera pude apartar la vista de
ella. Bueno... en realidad estaba junto al coche. O mejor dicho, detrás. Más
exactamente aún, se me había desatado un cordón del zapato y estaba agachado
atándolo. Primero agachado. Después acostado. Debajo del coche.
Fue el mejor momento
cinematográfico de toda la escena.
Ya no ves la pelea. Solo escuchas
los golpes y los gritos. Y por esos sonidos imaginas el desastre que se está
desarrollando.
—¿Quién está aquí? —gritó alguien.
Y me encontraron.
—¿Tú eres amigo del que empieza con
T y termina con emo?
Me puse de pie. Bueno, primero salí
de debajo del coche y después me puse de pie. No logré entender si era de los
nuestros o de los otros. Me quité la manguera de la mano... La hice girar. Una
vuelta. Otra. Otra más. Y le di un golpe en plena frente.
Salí corriendo y me metí en medio
de la pelea. Todavía guardaba un truco secreto. Consistía en caminar entre los
que se estaban pegando mientras gritabas un nombre raro:
—¡Jack! ¡Jack!
O:
—¡Charlie! ¡Charlie!
Sin prestar atención a nadie, como
si hubieras perdido a un amigo y lo estuvieras buscando.
A este sistema yo lo llamo el
método de la triple confusión.
Funcionó.
Y también ayudó el hecho de que
ellos tampoco me conocían y no estaban completamente seguros de si debían
pegarme o no.
Entonces miré hacia el horizonte y
vi llegar una patrulla policial.
"¡Me salvé! ¡Me salvé!"
La patrulla llegó y le preguntó al
que tenía la cara más destrozada:
—¿Qué le pasó?
—Me caí.
—¿Y después de caerse lo
arrastraron?
—No. Me caí y me arrastré yo solo.
—¿Llevan armas?
—No.
Yo me acerqué discretamente a los
policías y les hice una seña con los ojos. ¿Qué seña? Ni yo mismo lo sé. Pero
alguna seña hice.
—Si no llevan armas, entonces
sigan, pero no se maten entre ustedes.
Y, de verdad, se fueron. La pelea
continuó.
—¡Al diablo con todo! —grité—. ¡Ya
que estoy metido en esto, adelante!
Y antes de que me tiraran al suelo,
durante unos segundos repartí manotazos con todas mis fuerzas. En fin, la pelea
terminó. Yo salí bastante bien parado. Solo había perdido la visión de un ojo
y, cuando me tocaba la oreja, no sentía absolutamente nada. Cuando nos
marchábamos, los del otro bando nos alcanzaron en coche. Un tipo muy golpeado
sacó la cabeza por la ventanilla. Llevaba el cuello de la camisa completamente
desgarrado. Parecía Alain Delon en esas películas en las que primero le rompen
el cuello de la camisa y después intentan cortarle la cabeza.
¿Saben qué me dijo?
—Ven, te acerco hasta abajo.
Me conmovió. Pero no lo demostré. Y
no me subí. Seguí caminando. Cuando llegué a la carretera apareció mi amigo con
el coche.
—Ya traje las armas.
—De este oído no oigo. Háblame por
el otro.
—¡Ya traje las armas!
—A ver.
No había conseguido armas de fuego,
así que había traído: dos cuchillos para cortar pan, cuatro cuchillos para
pelar papas, cuatro grandes coladores para té, unas diez cuchillas de máquina
de picar carne –supongo que con la idea de lanzarlas como si fueran ninjas–, un
objeto completamente indescriptible y otros dos objetos igualmente
incomprensibles que, más tarde, descubrí que eran cortadores de pizza: tenían
una rueda redonda girando delante, así que no podían ser otra cosa.
Pensé: Voy a escribir todo esto
mientras todavía lo tengo fresco y lo llevaré a alguna editorial.
Lo escribí. Lo llevé a una
editorial muy importante. Lo leyeron. ¿Y saben qué me dijeron?
—Está escrito en un lenguaje
demasiado complicado. El contenido termina perdiéndose.
Aleko Shugladze (Tiflis, Georgia, 18 de
septiembre de 1965) es escritor, guionista y director de cine. Estudió en el
Instituto Politécnico de Tiflis entre 1982 y 1987 y posteriormente cursó
Dirección Cinematográfica en la Universidad Estatal de Tiflis. Entre 1989 y
1993 trabajó como asistente de dirección en los Estudios Cinematográficos de
Georgia. Más tarde integró el teatro de performance Margo Korabliova
(1994-1997) y, entre 1998 y 2001, realizó documentales contra la violencia para
la organización Caucasian House. De 2001 a 2003 fue director y guionista
de la organización no gubernamental StudioMobile – Accent on Action,
dedicada a la lucha contra la violencia contra las mujeres. Desde 2003 se ha
dedicado intensamente a la promoción de la literatura, distribuyendo libros de
manera independiente y organizando encuentros y conversaciones con lectores en
instituciones y organizaciones. Inició su trayectoria literaria en la década de
1980 escribiendo obras de teatro y guiones cinematográficos. Su primer libro de
cuentos, Intento de fuga, apareció en 2001. Su novela Todo lo que
ocultamos (2016) se convirtió en un éxito de ventas en Georgia y fue uno de
los libros más leídos del año. En 2017 recibió el prestigioso premio literario Saba
a la mejor novela del año. Posteriormente, la obra fue traducida al inglés y al
alemán. En 2018 participó en el certamen internacional Penmarathon, en
el que escritores georgianos y alemanes debían escribir un relato sobre un tema
determinado durante veinticuatro horas de trabajo aislado. Obtuvo el segundo
puesto entre los participantes georgianos. En 2020 publicó el volumen de
cuentos Un laberinto para Manuel, distinguido con el premio literario Free
Litera. En 2026 apareció La mujer en el campanario, una colección de
cinco relatos que integró la lista de finalistas del premio Saba de ese
año.

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