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lunes, 11 de mayo de 2026

EL ÚLTIMO DESEO

Rubén Faustino Cabrera

 

Faltaban apenas seis horas para el amanecer. Apenas seis horas para su propio fusilamiento.  Por enésima vez recordó con precisión todos los detalles de la emboscada que lo había colocado en manos enemigas.

El jinete vigilaba el campamento desde una arboleda cercana. Vestía la clásica casaca blanca surcada por dos bandas rojas cruzadas que conformaba, junto a un pantalón azul, el uniforme enemigo. Demasiado ostensible, por supuesto, una casaca blanca en una noche de luna llena.  Pero nadie pensó que esa prenda tan visible, con tanta facilidad identificable, fuera el principio de la emboscada que lo aguardaba a él y a ocho de sus hombres apenas unos minutos más tarde. Nadie razonó que el relincho del caballo del jinete enemigo fuera provocado por el propio jinete al azuzarlo con unas espuelas en extremo aguzadas.

Nadie asoció que el descubrimiento del espía coincidía con la reciente llegada de esa patrulla al mando del mismísimo capitán Balmaceda, ni que los nueve caballos que habían usado todavía estuvieran con sus respectivas sillas colocadas, listos para perseguir a ese supuesto espía.

Alguien gritó “¡Un Blanco está espiando el campamento!”, señaló la arboleda cercana, y los nueve jinetes que aún tenían sus cabalgaduras ensilladas partieron al galope tras el enemigo que huía al ser descubierto.  El caballo del espía, muy veloz al principio de la persecución, luego de unos minutos de galope sostenido comenzó a reducir la velocidad al punto de colocarse a tiro de fusil. El gritó “¡No lo maten! ¡Lo quiero vivo!” en el preciso momento en que el jinete enemigo ingresó en el Paso de López, un desfiladero estrecho rodeado de peñascos y monte.

Demasiado tarde él mismo ordenó a los gritos “¡No entren en el Paso! ¡Es una trampa! ¡Atrás! ¡Atrás!”. Una descarga de fusilería retumbó en el desfiladero al mismo tiempo de su orden. Sus ocho hombres cayeron fulminados. Sólo él permaneció montado mientras disparaba su fusil y sus pistolas a los enemigos que ya lo rodeaban y ante la imposibilidad de cargar nuevamente sus armas de fuego, arremetía feroz contra ellos con su sable y su caballo encabritado. Cuatro despachó al otro mundo antes de que un certero culatazo lo tumbara por tierra.

Cuando despertó estaba encadenado a una silla en una tienda de campaña de los Blancos. El capitán Mejía estaba sentado en otra silla frente a él y una sonrisa casi estrepitosa, se podría decir, delataba el placer que le producía la aprehensión del hombre más temible del ejército colorado.

—¡Por fin!

—No me hubiesen golpeado la cabeza tan fuerte, capitán...

—Por fin lo tengo en mis manos —remarcó cada una de sus palabras el capitán Mejía—. El soldado más sanguinario del ejército colorado, el capitán de la compañía que mató a más de cuatro mil ochocientos soldados, el...

—Yo mismo contribuí con esa cifra con doscientos ocho muertos, capitán Mejía, más los cuatro de esta noche.

—Pero ahora está en mis manos, Balmaceda, a unas horas de ser fusilado. A unas horas y cinco minutos de que su cabeza sea colocada en una pica y exhibida ante todas las poblaciones que arrasemos en lo sucesivo.

—¿Y usted cree que mi gente se desmoralizará porque yo haya muerto, Mejía?

—No se haga el modesto, capitán. Usted sabe tanto como yo que muchísimos van a bajar los brazos. No le quite méritos a mi acción. Esta noche usted cayó en una trampa pueril, estúpida, indigna de una mente como la suya. Es muy lamentable que haya caído en una trampa inocente, en una trampa para niños. ¡Un estratega como el capitán Balmaceda!

—¿Sabe lo que es muy lamentable, capitán Mejía? Que un inútil como usted me haya capturado. Eso es lo que más lamento. Porque usted no es un inútil más: usted es el más inútil, el hombre más inútil, el soldado más inútil del ejército blanco. Dígame una cosa... ¿usted compró los galones, capitán?

—No logrará enfurecerme, Balmaceda.

Capitán Balmaceda.

—No va a sacarme de mis casillas, capitán Balmaceda. No lo voy a golpear. No será torturado. Pero a las seis de la mañana se acaba el capitán Balmaceda.

—Va a convertirme en un mito.

—Y yo en un exterminador de mitos. ¡Nada, capitán Balmaceda, nada podrá darme más placer jamás, ni siquiera revolcarme con su mujer, capitán! Hermosísima, según me cuentan, y bastante cerca según mis cálculos. Nada podrá darme más placer que gritar “¡Fuego!” con toda mi alma ordenando su muerte, capitán. Hoy al amanecer, capitán.

—Me halaga, capitán Mejía. Agranda mi ego.

—No se haga el cínico, capitán Balmaceda. No se haga el duro. Dentro de unas horas estará temblando frente al pelotón de fusilamiento.

—No sea ingenuo, capitán. ¿Cree que será la primera vez que vea la muerte de cerca?

—Esta vez no la verá de cerca. La sentirá en carne propia, tal como la sintieron todos mis hombres muertos por los suyos. ¿Sabe cuántos amigos míos han matado usted y sus hombres, capitán? ¿Cuántos seres queridos? ¿Sabe que ustedes mataron a mi hijo, capitán?

—Lo sabía, sí. Era un soldado enemigo.

—Pero era mi hijo...

—¿Y usted sabe cuántas familias destrozaron, cuántas mujeres violaron, cuántos labradores desarmados masacraron, cuántas aldeas incendiaron?

—¡Cuántos lugares comunes, capitán Balmaceda! Parece un discurso para arengar a la tropa. ¡Familias destrozadas, mujeres violadas, labradores masacrados, ciudades devastadas, aldeas incendiadas!

—¿Y qué pretende? ¿Que nos pongamos a filosofar? ¿Que hablemos del sentido de la vida, del sentido de esta guerra? ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos y qué nos espera más allá de la muerte? No sea ridículo, capitán. Estamos en guerra. Y le recuerdo que fueron ustedes quienes invadieron mi país.

—Luego de que ustedes rompieran la tregua en la frontera.

—Los políticos, capitán. Los civiles. Ellos dieron la orden.

—Ellos no estaban en la línea de fuego. Ustedes rompieron la tregua.

—Es inútil, capitán Mejía.

—Tiene razón. Es inútil discutir con un muerto.

—No, capitán. Digo que usted es inútil. Un perfecto inútil. Eso es lo que lamento. No que me fusile. Lo que lamento es que me fusile un inútil.

—Le repito, capitán Balmaceda. No logrará enfurecerme.

El capitán Mejía hizo una pausa y agregó:

—¿Quiere comer algo? ¿Alguna cosa en especial? Tenemos muchas vituallas, capitán. Es una tierra generosa la suya.

—Métaselas en el culo, capitán.

—¡Qué carácter feo el suyo!

—Es el que se adquiere cuando se está a punto de ser fusilado. ¿Sabe qué es todo lo que quiero? Que me deje dormir. Sáqueme de esta silla y áteme a ese catre y déjeme en paz hasta las seis de la mañana. ¡Ah! Dígame una cosa. Acláreme una duda antes de que me fusilen. ¿Por qué todos los fusilamientos son al alba? ¿No me podrían dejar dormir en paz hasta las diez o las once? ¿Quién fue el imbécil que estableció que las personas deben ser fusiladas al alba?

—No sea idiota, capitán. Después de fusilarlo tengo muchas poblaciones que atacar antes de que se pudra su cabeza. ¿Entiende ahora por qué debe ser temprano? Hasta mañana... al amanecer, capitán.

Mejía se fue y vigilándolo entre varios hombres lo desataron de la silla y lo ataron al catre. Colocaron seis guardias rodeando la tienda y apagaron la lámpara de aceite que iluminaba el recinto. Antes alcanzó a ver la hora en su reloj. Era la medianoche. Faltaban apenas seis horas para el amanecer. Apenas seis horas para su propio fusilamiento. Por enésima vez recordó con precisión todos los detalles de la emboscada que lo había colocado en manos enemigas.

Se dormitó, rendido, cerca de las cuatro. Cien veces imaginó las balas candentes entrando en su pecho. Otras cien veces pensó en su mujer y sus hijos y el destino de su pueblo. Y otras cien escuchó la voz de Mejía dando la orden de fuego. Había sido herido algunas veces. Con balas y con filos de sables y bayonetas. “Pero nunca me habían fusilado” concluyó, irónico, antes de que el sueño lo venciera.

A las seis lo despertó el capitán Mejía en persona custodiado por varios hombres. No quería sorpresas el inútil de Mejía. Sabía de su bravura. Lo desataron y sin más preámbulos lo condujeron frente al pelotón de fusilamiento. Lo colocaron de espaldas a un árbol, siempre con las manos atadas. Mejía se acercó.

—No puedo dejarlo vivo, capitán Balmaceda. ¿Usted no me fusilaría, acaso?

—¿Para qué? ¿Qué ganaría fusilando a un inútil?

El rostro de Mejía se crispó.

—Nada, le repito, nada podrá darme más placer que gritar “¡Fuego!” dentro de unos segundos.

—¿Puedo pedir un último deseo, capitán? Las buenas normas indican la concesión de un último deseo a un condenado.

—Por supuesto. ¿Qué quiere?

—Una venda.

—¿Se cagó, capitán? ¡Traigan una venda para Balmaceda, que se hizo en los pantalones!

Trajeron una venda. Un soldado intentó vendarle los ojos y Balmaceda dijo:

—Los ojos, no. Véndeme la boca, por favor.

—No tendrá tiempo de gritar, capitán.

—Véndeme la boca, por favor.

Le vendaron la boca. A pesar de un temblor repentino se irguió con firmeza frente al pelotón. Mejía se paró al lado de sus hombres y comenzó con el clásico rito.

—¡Preparados! —gritó y el pelotón se preparó.

—¡Apunten! —ordenó a los cinco segundos y los ocho hombres apuntaron.

A los dos segundos de la segunda orden, Balmaceda, con la boca cubierta por la venda, gritó:

—¡Fuego!

Y los hombres de Mejía, que esperaban la tercera orden, hicieron fuego.  Demasiado tarde se descubrió que Balmaceda había gritado en vez de su jefe.

Durante una fracción de segundo, Balmaceda disfrutó de la sorpresa y la furia dibujadas en la cara de Mejía.

No sería un inútil, por cierto, quien tuviera el placer de gritar “¡Fuego!” ordenando su muerte.

—¿Quién fue? ¿Quién dio la orden de fuego? ¿Quién fue el imbécil que gritó “¡Fuego!”? —bramó el capitán Mejía.

—Usted…, señor, dio la orden —respondió con temor el sargento Vallejos.

—¡No! —gritó el capitán Mejía.

—¡No! —repitió desconsolado, mientras bajaba el tono de su voz —Él dio la orden. Balmaceda dio la orden. Balmaceda ordenó su propia muerte. Por eso pidió la venda.

—Iba a morir, de cualquier manera —intentó calmarlo su subordinado.

—No, sargento. No iba a morir. Esto era un simulacro, simplemente, para ver hasta dónde llegaba su valentía. Una estupidez mía. Yo jamás debía dar la orden para fusilarlo. No tenía que morir. Iba a ser canjeado por diez oficiales nuestros, prisioneros de los colorados.

—Serénese, capitán. Ya no va a joderle la vida a nadie.

—¿No? ¿Usted cree que no? A mí… ¡a mí me cagó la vida! ¿Cómo le explico este fusilamiento a la superioridad?

Se alejó abatido, como si sus piernas fueran de plomo. Una vez más, Balmaceda había ganado la partida.   

HARM