Rubén Faustino Cabrera
Faltaban
apenas seis horas para el amanecer. Apenas seis horas para su propio
fusilamiento. Por enésima vez recordó
con precisión todos los detalles de la emboscada que lo había colocado en manos
enemigas.
El jinete vigilaba el campamento desde una arboleda
cercana. Vestía la clásica casaca blanca surcada por dos bandas rojas cruzadas
que conformaba, junto a un pantalón azul, el uniforme enemigo. Demasiado
ostensible, por supuesto, una casaca blanca en una noche de luna llena. Pero nadie pensó que esa prenda tan visible,
con tanta facilidad identificable, fuera el principio de la emboscada que lo
aguardaba a él y a ocho de sus hombres apenas unos minutos más tarde. Nadie
razonó que el relincho del caballo del jinete enemigo fuera provocado por el
propio jinete al azuzarlo con unas espuelas en extremo aguzadas.
Nadie asoció que el descubrimiento del espía coincidía con
la reciente llegada de esa patrulla al mando del mismísimo capitán Balmaceda,
ni que los nueve caballos que habían usado todavía estuvieran con sus
respectivas sillas colocadas, listos para perseguir a ese supuesto espía.
Alguien gritó “¡Un Blanco está espiando el campamento!”,
señaló la arboleda cercana, y los nueve jinetes que aún tenían sus cabalgaduras
ensilladas partieron al galope tras el enemigo que huía al ser
descubierto. El caballo del espía, muy
veloz al principio de la persecución, luego de unos minutos de galope sostenido
comenzó a reducir la velocidad al punto de colocarse a tiro de fusil. El gritó
“¡No lo maten! ¡Lo quiero vivo!” en el preciso momento en que el jinete enemigo
ingresó en el Paso de López, un desfiladero estrecho rodeado de peñascos y
monte.
Demasiado tarde él mismo ordenó a los gritos “¡No entren en
el Paso! ¡Es una trampa! ¡Atrás! ¡Atrás!”. Una descarga de fusilería retumbó en
el desfiladero al mismo tiempo de su orden. Sus ocho hombres cayeron
fulminados. Sólo él permaneció montado mientras disparaba su fusil y sus
pistolas a los enemigos que ya lo rodeaban y ante la imposibilidad de cargar
nuevamente sus armas de fuego, arremetía feroz contra ellos con su sable y su
caballo encabritado. Cuatro despachó al otro mundo antes de que un certero culatazo
lo tumbara por tierra.
Cuando despertó estaba encadenado a una silla en una tienda
de campaña de los Blancos. El capitán Mejía estaba sentado en otra silla frente
a él y una sonrisa casi estrepitosa, se podría decir, delataba el placer que le
producía la aprehensión del hombre más temible del ejército colorado.
—¡Por fin!
—No me hubiesen golpeado la cabeza tan fuerte, capitán...
—Por fin lo tengo en mis manos —remarcó cada una de sus
palabras el capitán Mejía—. El soldado más sanguinario del ejército colorado,
el capitán de la compañía que mató a más de cuatro mil ochocientos soldados,
el...
—Yo mismo contribuí con esa cifra con doscientos ocho
muertos, capitán Mejía, más los cuatro de esta noche.
—Pero ahora está en mis manos, Balmaceda, a unas horas de
ser fusilado. A unas horas y cinco minutos de que su cabeza sea colocada en una
pica y exhibida ante todas las poblaciones que arrasemos en lo sucesivo.
—¿Y usted cree que mi gente se desmoralizará porque yo haya
muerto, Mejía?
—No se haga el modesto, capitán. Usted sabe tanto como yo
que muchísimos van a bajar los brazos. No le quite méritos a mi acción. Esta
noche usted cayó en una trampa pueril, estúpida, indigna de una mente como la
suya. Es muy lamentable que haya caído en una trampa inocente, en una trampa
para niños. ¡Un estratega como el capitán Balmaceda!
—¿Sabe lo que es muy lamentable, capitán Mejía? Que un
inútil como usted me haya capturado. Eso es lo que más lamento. Porque usted no
es un inútil más: usted es el más inútil, el hombre más inútil, el soldado más
inútil del ejército blanco. Dígame una cosa... ¿usted compró los galones,
capitán?
—No logrará enfurecerme, Balmaceda.
—Capitán
Balmaceda.
—No va a sacarme de mis casillas, capitán Balmaceda. No lo
voy a golpear. No será torturado. Pero a las seis de la mañana se acaba el
capitán Balmaceda.
—Va a convertirme en un mito.
—Y yo en un exterminador de mitos. ¡Nada, capitán
Balmaceda, nada podrá darme más placer jamás, ni siquiera revolcarme con su
mujer, capitán! Hermosísima, según me cuentan, y bastante cerca según mis
cálculos. Nada podrá darme más placer que gritar “¡Fuego!” con toda mi alma
ordenando su muerte, capitán. Hoy al amanecer, capitán.
—Me halaga, capitán Mejía. Agranda mi ego.
—No se haga el cínico, capitán Balmaceda. No se haga el
duro. Dentro de unas horas estará temblando frente al pelotón de fusilamiento.
—No sea ingenuo, capitán. ¿Cree que será la primera vez que
vea la muerte de cerca?
—Esta vez no la verá de cerca. La sentirá en carne propia,
tal como la sintieron todos mis hombres muertos por los suyos. ¿Sabe cuántos
amigos míos han matado usted y sus hombres, capitán? ¿Cuántos seres queridos?
¿Sabe que ustedes mataron a mi hijo, capitán?
—Lo sabía, sí. Era un soldado enemigo.
—Pero era mi hijo...
—¿Y usted sabe cuántas familias destrozaron, cuántas
mujeres violaron, cuántos labradores desarmados masacraron, cuántas aldeas
incendiaron?
—¡Cuántos lugares comunes, capitán Balmaceda! Parece un
discurso para arengar a la tropa. ¡Familias destrozadas, mujeres violadas,
labradores masacrados, ciudades devastadas, aldeas incendiadas!
—¿Y qué pretende? ¿Que nos pongamos a filosofar? ¿Que
hablemos del sentido de la vida, del sentido de esta guerra? ¿De dónde venimos
y hacia dónde vamos y qué nos espera más allá de la muerte? No sea ridículo,
capitán. Estamos en guerra. Y le recuerdo que fueron ustedes quienes invadieron
mi país.
—Luego de que ustedes rompieran la tregua en la frontera.
—Los políticos, capitán. Los civiles. Ellos dieron la
orden.
—Ellos no estaban en la línea de fuego. Ustedes rompieron
la tregua.
—Es inútil, capitán Mejía.
—Tiene razón. Es inútil discutir con un muerto.
—No, capitán. Digo que usted es inútil. Un perfecto inútil.
Eso es lo que lamento. No que me fusile. Lo que lamento es que me fusile un
inútil.
—Le repito, capitán Balmaceda. No
logrará enfurecerme.
El capitán Mejía hizo una pausa y
agregó:
—¿Quiere comer algo? ¿Alguna cosa en especial? Tenemos
muchas vituallas, capitán. Es una tierra generosa la suya.
—Métaselas en el culo, capitán.
—¡Qué carácter feo el suyo!
—Es el que se adquiere cuando se está a punto de ser
fusilado. ¿Sabe qué es todo lo que quiero? Que me deje dormir. Sáqueme de esta
silla y áteme a ese catre y déjeme en paz hasta las seis de la mañana. ¡Ah!
Dígame una cosa. Acláreme una duda antes de que me fusilen. ¿Por qué todos los
fusilamientos son al alba? ¿No me podrían dejar dormir en paz hasta las diez o
las once? ¿Quién fue el imbécil que estableció que las personas deben ser
fusiladas al alba?
—No sea idiota, capitán. Después de fusilarlo tengo muchas
poblaciones que atacar antes de que se pudra su cabeza. ¿Entiende ahora por qué
debe ser temprano? Hasta mañana... al amanecer, capitán.
Mejía se fue y vigilándolo entre varios hombres lo
desataron de la silla y lo ataron al catre. Colocaron seis guardias rodeando la
tienda y apagaron la lámpara de aceite que iluminaba el recinto. Antes alcanzó
a ver la hora en su reloj. Era la medianoche. Faltaban apenas seis horas para
el amanecer. Apenas seis horas para su propio fusilamiento. Por enésima vez
recordó con precisión todos los detalles de la emboscada que lo había colocado
en manos enemigas.
Se dormitó, rendido, cerca de las cuatro. Cien veces
imaginó las balas candentes entrando en su pecho. Otras cien veces pensó en su
mujer y sus hijos y el destino de su pueblo. Y otras cien escuchó la voz de
Mejía dando la orden de fuego. Había sido herido algunas veces. Con balas y con
filos de sables y bayonetas. “Pero nunca me habían fusilado” concluyó, irónico,
antes de que el sueño lo venciera.
A las seis lo despertó el capitán Mejía en persona
custodiado por varios hombres. No quería sorpresas el inútil de Mejía. Sabía de
su bravura. Lo desataron y sin más preámbulos lo condujeron frente al pelotón de
fusilamiento. Lo colocaron de espaldas a un árbol, siempre con las manos
atadas. Mejía se acercó.
—No puedo dejarlo vivo, capitán Balmaceda. ¿Usted no me
fusilaría, acaso?
—¿Para qué? ¿Qué ganaría fusilando a un inútil?
El rostro de Mejía se crispó.
—Nada, le repito, nada podrá darme más placer que gritar
“¡Fuego!” dentro de unos segundos.
—¿Puedo pedir un último deseo, capitán? Las buenas normas
indican la concesión de un último deseo a un condenado.
—Por supuesto. ¿Qué quiere?
—Una venda.
—¿Se cagó, capitán? ¡Traigan una venda para Balmaceda, que
se hizo en los pantalones!
Trajeron una venda. Un soldado intentó vendarle los ojos y
Balmaceda dijo:
—Los ojos, no. Véndeme la boca, por favor.
—No tendrá tiempo de gritar, capitán.
—Véndeme la boca, por favor.
Le vendaron la boca. A pesar de un temblor repentino se
irguió con firmeza frente al pelotón. Mejía se paró al lado de sus hombres y
comenzó con el clásico rito.
—¡Preparados! —gritó y el pelotón se preparó.
—¡Apunten! —ordenó a los cinco segundos y los ocho hombres
apuntaron.
A los dos segundos de la segunda orden, Balmaceda, con la
boca cubierta por la venda, gritó:
—¡Fuego!
Y los hombres de Mejía, que esperaban la tercera orden, hicieron
fuego. Demasiado tarde se descubrió que
Balmaceda había gritado en vez de su jefe.
Durante una fracción de segundo, Balmaceda disfrutó de la
sorpresa y la furia dibujadas en la cara de Mejía.
No sería un inútil, por cierto, quien tuviera el placer de
gritar “¡Fuego!” ordenando su muerte.
—¿Quién fue? ¿Quién dio la orden de
fuego? ¿Quién fue el imbécil que gritó “¡Fuego!”? —bramó el capitán Mejía.
—Usted…, señor, dio la orden —respondió
con temor el sargento Vallejos.
—¡No! —gritó el capitán Mejía.
—¡No! —repitió desconsolado, mientras
bajaba el tono de su voz —Él dio la orden. Balmaceda dio la orden. Balmaceda
ordenó su propia muerte. Por eso pidió la venda.
—Iba a morir, de cualquier manera —intentó
calmarlo su subordinado.
—No, sargento. No iba a morir. Esto era
un simulacro, simplemente, para ver hasta dónde llegaba su valentía. Una
estupidez mía. Yo jamás debía dar la orden para fusilarlo. No tenía que morir.
Iba a ser canjeado por diez oficiales nuestros, prisioneros de los colorados.
—Serénese, capitán. Ya no va a joderle
la vida a nadie.
—¿No? ¿Usted cree que no? A mí… ¡a mí
me cagó la vida! ¿Cómo le explico este fusilamiento a la superioridad?
Se alejó abatido, como si sus piernas
fueran de plomo. Una vez más, Balmaceda había ganado la partida.

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