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viernes, 19 de junio de 2026

EL NACIDO

Jorge Claudio Morhain


Por ahí pasa el Riachuelo. Ah, claro, usted no sabe qué es el Riachuelo. Es un riacho podrido que rodea a Buenos Aires. Separa a los buenos de los malos. A los limpios de los sucios. Tiene una baranda, tiene... Baranda dije, olor. Olor, dije. Bueno, ahí, en el borde, pero en el mismo borde del Riachuelo, hicimos la villa. No había donde meterse, y ese terreno estaba libre, con pastito, lindo, usted viera. Deben ser como veinte metros, entre el alambrado de una empresa pública y el agua, en Avellaneda pero del lado de la capital, al lado de dos puentes, uno viejo para autos y uno más viejo pero más grande, para los trenes, allá arriba. La villa se hizo en dos patadas. Se vino mucha gente. Después cuidamos que no entren más, porque ya no había dónde ponerse. Son como el olor. Se meten por todos lados.

   Está bien, está bien, no le estoy contando la historia de la villa. Le estoy contando la historia del Nacido que apareció del Riachuelo. Ah, ¿no le dije que apareció del Riachuelo?

   El asunto es que a la Dora, la que "trabaja" en la villa, se le perdió un crío, la Marcelita. Ella, claro, no puede cuidarlos bien porque no solamente recibe a la gente de la villa sino que aparecen tipos de quién sabe dónde. No les importa el olor, se meten en la casilla, en la pieza de la Dora que de veras está linda y limpita y siempre calentita. Ella no puede salir a cada momento a ver sus guachitos. Así que se le perdió la Marcelita, que gateaba siempre para el lado del agua. Todos hicimos cuenta que se la llevó el río. Anduvimos removiendo un poco el líquido espeso como aceite, pero qué íbamos a encontrar, si uno se cae ahí y te comen los ácidos, te comen.

   Pero no, qué denuncia. Nadie va a denunciar nada, en la villa. Si uno asoma seguro que va en cariñoso. No entiende. Que va en canasta. Que va en cana. Que va preso. ¿De qué país viene usted? Así que nos quedamos en el molde. Se perdió, y chau. Fue. La Dora no iba a patalear mucho porque era una boca menos, y, como todos los otros, vino al mundo culpa de algún forro pinchado. Hay que ver lo que es el olor. Uno se acostumbra, tanto que cuando anda donde no hay ese olor es como que no se halla, se siente raro. Huele como a chocolate espeso.

   ¿Qué tiene que ver el olor? No, es que me acordaba del olor de esa nochecita de fin de otoño. No sé si fue dos meses después, o seis, o un año. Me acuerdo, sí, que salí de la casilla que compartimos el Tiro, Martínez y yo. A echar un meo. Es que me gusta ver cuando el chorro pega en el agua oscura y se arruga como una seda, en redondeles. Me acuerdo que esa noche estaba rara, como quieta, los ruidos de la avenida venían como lejos, no pasaba casi nadie por Luján, no había viento. El Riachuelo se ponía tan lisito que daban ganas de mandarse una picada. La onda se agrandaba y se agrandaba bajo mi pishada, y de repente me di cuenta de que era demasiado grande, que era mucho más grande de lo que debiera ser, y entonces desvié el chorro hacia el pasto y comprendí que algo estaba saliendo del Riachuelo. Enseguida, no sé por qué pensé en la Marcelita. Eso salió del agua, yo lo vi, yo estaba allí. Era como un muñeco hecho con lanas empetroladas, sin forma. Yo lo vi. Y enseguida de verlo corrí a la casilla y llamé a los otros mamados, y entre cargada y cargada vinieron a ver la cosa salida del Riachuelo. Me llamaron loco, drogado, Fabio Zerpa, cualquier cosa. Máxime cuando al borde del Riachuelo solamente había una mancha de agua podrida oliendo como a chocolate recalentado. Ni rastros del Nacido. Pero yo lo vi. Qué cosa, desde esa noche cómo cambiaron las cosas para nosotros. Siendo cuatro la casilla quedaba chica. Así que Martínez se fue porque no aguantaba el olor a podrido, dijo. Nos quedamos con el Tiro. Los primeros días fue un escándalo, porque dijeron los chabones que había mal olor. Uno, no sé, creo que fue Martínez, contó de la noche y la meada, y de repente se apareció la Dora, más linda que nunca con sus ojos llorados y su minifalda. Yo le dije "qué buscás". "Mi hija", dijo. Yo le dije "estás mamada", y ella quiso hacerme a un lado. "¿Qué querés a cambio?", me dijo, y yo le miré las tetas. "Está bien", dijo, y me hizo a un lado. ¿Sabe que hasta vomitando es linda la Dora? Vomitó por toda la pieza, y por un rato el olor a vino superó el olor del Nacido y el del mismo Riachuelo. Y salió diciendo que estaba loco y que no era su hija, y que tenía un bicho. Y algunos vecinos quisieron hacer lío, pero el Tiro se plantó en la puerta y dijo: "¿Qué? ¡Manden la cana si quieren algo, qué!"

   Y todos se fueron a su casa.

   Pero vino la cana en serio, no sé si alguno nos tenía tanta rabia o qué, y revisó la casilla y encontró la mancha de agua del Riachuelo con olor a chocolate rancio, y se fueron frunciendo la jeta de asco. El Nacido se había corrido hasta el agua.

   Cuando se fueron los canas vinieron a los pocos días los otros, los de corbata, a querer comprar lo que había. Dijeron que habían hecho un experimento con genética, que no sé si será tan puta como la Dora, pero parecía que sí, porque dijeron que habían mezclado a varios tipos para que pariera una cosa, y que se les había ido por el desagüe y que era de ellos. ¿Cómo qué cosa? ¿De qué estamos hablando? Del Nacido. Nosotros nos negamos a dejarlos entrar, pero parece que por ahí uno se mandó por una tabla floja y se encontró con el Nacido en la cama. De repente alguien me hace a un lado, viniendo de adentro. Y era el fulano, blanco como esa hoja en la que usted escribe. "No es", dijo. Y se fueron. Y los últimos que vinieron fueron los de la tele, pero a esos les hicimos creer que había una manifestación pidiendo trabajo, y se mandaron flor de nota, y nos tiraron unos pesos. Después no pasó nada. Pasó el tiempo, eso pasó. El Nacido se fue criando, nos queríamos mucho los tres. No había egoísmos entre nosotros. El Tiro y yo queríamos al Nacido de igual a igual. Lo demás lo sabe, don. ¿Ah, no lo sabe? Bueno, hace unas cuantas noches aparecieron unos tipos en lancha. Unas lanchas negras, silenciosas. Los tipos vestían de negro. Hablaban bajito, pero creo que en inglés. Cuando quisimos acordar los tuvimos adentro. Entonces el Tiro se volvió una fiera. Sacó el bufoso y empezó a los chumbos, a dos manos (porque tenía dos bufosos) y parece que los tipos no se la esperaban, porque mientras preparaban tremendas ametralladoras nos fuimos. Nos fuimos a la mierda. Nunca más. Le juro que extraño aquel olor a chocolate podrido. Pero cuando pienso en la sangre del Tiro desparramada por todos lados me viene una cosa... Nos vinimos para acá. Acá es más fácil. Plantamos alguna cosita. Hago changas.

   Ahora sí, ya sabe todo. Yo decía que usted tenía que saber esta última parte porque los tipos que mataron al Tiro eran parecidos a usted, así, grandotes, ojos azules. ¿El Nacido? Ah, no al Nacido nunca lo va a ver. Se volvió al río. Le gustaba la mugre. Sobre todo después que se rompió. Sí, se rompió, se rajó, como una bolsa de trigo demasiado llena, y solito se arrastró al Riachuelo. Seguro que era Marcelita, yo siempre digo. Seguro la agarró esa agua con todas esas cosas de la puta Genética y la cambió toda. ¿No? Eso es lo que digo. Yo, digo, pero yo no sé nada.

   ¿Quién? ¿Mi mujer? No, ella no va a hablar. Deme los dólares, ella no sabe nada. Oiga, deme la guita, que yo ya hablé. Ella vino después, está bien que sea linda como un ángel, blanca como una paloma, dulce como un bombón, un sueño, una dulzura. Está bien que les guste a todos, que todos quieran tenerla y cuidarla. Yo también. Pero es mi mujer, y no sabe nada. ¿Qué experimento ni qué ocho cuartos? Ella es una mujer, ¿me entiende? ¡Una m-u-j-e-r! Marcela...

   Deme la guita o armo un escándalo. Eso es. Oiga, no se arrime más por el rancho, ¿eh? Ella es mi mujer, no la puta Dora, ¿eh? ¿Me entendió?


Jorge Claudio Morhain Suárez nació en la ciudad de Buenos Aires el 9 de abril de 1942. Es escritor, dramaturgo, guionista, historietista, periodista, traductor, museólogo, divulgador científico y bibliotecólogo. Ha incursionado en los más diversos géneros literarios, y entre sus obras de ficción podemos mencionar la novela Samos contra los Uránidas (1989) y las colecciones de cuentos Amores con guardapolvos (1993) y Malos tiempos para Drácula (1996). Reside en la localidad bonaerense de Máximo Paz.

 

 

jueves, 30 de abril de 2026

COMBUSTIÓN EXTERNA

Jorge Claudio Morhain

 

La luz fulguró un instante, un largo instante, contra el cielo estrellado, oscuro, tenue, solitario.

La luz iluminó a Faby, que se volvió levantando la mano, como un reflejo condicionado.

La luz giró un momento sobre sí misma –o eso pareció–, y disminuyó de pronto de intensidad, bajando detrás de los cerros, vertiginosamente.

—Se cayó una estrella; pedí un deseo, Faby. Pedilo. “Que alguno me levante, la gran siete”. Los pensamientos de Fabiana eran así, concretos, lúcidos. No podía pedir oro ni moro, caminando entre las sierras de Córdoba, de noche y en verano. Lo más que podía pedir era que le reventara el motor al tropero que la había dejado a medio camino entre La Serranita y Los Molinos. Lo más que podía pedir era que alguien la levantara, que la llevase a una cama caliente, blanda. Y que tuviese plata para dejarle. Por, lo menos, plata para volver a una ruta decente, no a esta tan tortuosa que solamente recorrían los turistas y los proveedores de la zona Y esos, todos patos y casados, se sabe.

Ahora sí, el ruido notable y claro de un auto. Ahora sí.

“A ver si té portás, estrellita de mierda”.

Apoyó su cuerpo sobre la pierna derecha, se acomodó la cartera sobre la cadera izquierda, y alzó la grupa entera, jugando con la pierna, como vio hacerlo una vez a Marylin, la del cine. Y como hacia siempre Faby, para qué nos vamos a engañar. Mascó un chicle inexistente; se ajustó el pañuelito, apretó el puño derecho y sacó el dedo, el pulgar, doblado.

“Pará, dulzura”, dijo bajito. A veces resultaba. Era como que les llegaba el pedido, por las ondas del éter. Y este auto es lindo. Muy lindo.

Paró.

—¿La llevo a algún lado, señorita? —Una mujer. Perra suerte. ¿Qué hacés, Fabiana? ¿Subís? En una de esas tenés que caminar toda la noche. No, porque en el peor de los casos me meto a un hotel de las sierras y mañana me arreglo para no pagar. No, que se vaya. Todavía puede pasar un hombre, che.

—Perdón, disculpe. La confundí...

Recién se dio cuenta la mujer de qué se trataba. Sonrió mal. Bufó, y aceleró a fondo.

Ma sí, algún día me vas a pedir que te explique cómo se hace, boluda.

El auto siguiente era una cucaracha Volskwagen puro ruido, y la manejaba uno de anteojos que la miró como con miedo, y siguió de largo.

Lo peor era tener que subir las pendientes. A pie y con tacos duele mucho.

Pero ahora viene una moto. Sí, de allá, de donde cayó la estrella. Capaz que te lo manda la estrella, Faby. Capaz que es un muchacho lindo, capaz que…

La luz de la moto la iluminó a pleno, al tomar la cuesta.

Fabiana se paró casi sobre la ruta, apoyada sobre la pierna derecha, haciendo oscilar la izquierda y proyectado la cadera hacia afuera. Se apartó un mechón imaginario y largó una bocanada de imaginario humo. Alzó el dedo e hizo seña.

La moto patino un poco, cuando el muchachote clavó los frenos.

Demasiado. Un hombre joven, muy pintón, sí. Muy fuerte. Sonriente. Un lugar atrás, en la moto.

—¿Me llevás? —Él cabeceó hacia el asiento trasero, y ella sintió el cuero entre sus piernas, y se aferró al cuero de su campera, y se fueron—. ¡No sabés lo que es encontrar a alguien que te levante en este camino! Venía en un camión, pero tuvo un desperfecto. ¿Vas lejos?

—No.

—¿Por qué no paramos en algún lado? Por acá hay unos hotelitos muy lindos. Hay moteles, también. Yo... puedo ayudarte a pasar la noche. Si no te enojás. —Faby tenía que gritar, por el viento. El muchacho manejaba rápido, con pocos movimientos.

—No. —Que no se enojaba, parece que dijo.

Faby dejó pasar dos hotelitos coquetos aunque acaso muy familiares, y cuando vio venir el motel del que conocía el olor de las sábanas, apretó el brazo del muchacho. ¡Qué brazo duro! ¡Todo músculos! ¿Sería todo así?

—Allá. Pasemos la noche en aquel motel.

—Sí.

El dueño sonrió, buscando charla. No la hubo, porque en esas circunstancias, Faby dejaba que su pareja tomara la iniciativa. Si él no quería charla, no la habría. Se fueron hacia la pieza.

—¿Sabés?, me gusta que lo tomés así. No te cobro nada. El viaje nomás. Así quedamos a mano. Y dormimos caliente.

—Sí.

—¿Sos de pocas palabras, eh? —intentó juguetear con un rulo del muchacho, pero parecía de goma. Mucho fijador, acaso. Cada cual con sus gustos—. Mejor meté la moto adentro. No es por nada, pero no va a ocupar lugar.

—Sí.

Faby dejó la bolsa sobre la silla, y buscó el baño, empezando a sacarse las hebillas. Él se quedó parado en el centro de la habitación.

—Me llamo Faby. ¿Y vos?

—Gidol. —En fin, sobre nombres no hay nada escrito, ¿verdad, Faby?

—Pero acostate. Enseguida estoy con vos. ¿Sos callado, eh? En vez, yo soy charlatana,

—Acostarme. Sí.

Por el espejito del botiquín lo vio acostarse vestido. Tipo raro, definitivamente. Lástima, tan pintón. Con tal de que no fuera uno de esos con gustos raros.

No tenía mucha ropa que sacarse. Pero sí se mojó un poco la cara. Tenía polvo y un poco de cansancio. Sería una linda noche para dormir caliente. Además, en la bolsa llevaba una botellita de whisky.

La sacó de paso. Gidol –nombrecito, ¿eh?– estaba allí, en la cama blanda, inmóvil, mirando el cielorraso.

También sacó los cigarrillos, y se puso uno en la boca. Chasqueó el encendedor.

Y el tal Gidol se despertó de su letargo.

—¡¡NO!! ¡¡APAGALO!! ¡¡NO!!

—Bueno... Bueno, está bien. No fumo si no te gusta. Pero no te pongás así... ¿Tenés miedo al fuego? Mirabas el encendedor como cordero degollado, Gidol...

—Es que...yo no soy de aquí. Soy de otro planeta.

“Sonamos. Un verso nuevo”, pensó Faby.

—Este planeta tiene demasiado oxígeno libre, Faby. Es muy propenso a las combustiones externas. Y nuestro cuerpo, mi cuerpo y el de Algoll, mi compañero, no resiste la combustión externa. No resiste... eso... “fuego”.

Faby se sentó junto al muchacho. Tan asustado que parecía, y ahora estaba impávido de nuevo. Apoyó una mano sobre el cuero de la campera, sobre su pecho.

Si él quería irla de extraterrestre, le seguiría la joda.

—¿Y cómo es que viniendo de otro planeta te parecés tanto a Robert Redford sobre una moto? ¿Eh?

—Sorprendimos a un par de nativos, en la montaña. Ellos quedaron allá, nosotros adoptamos su forma.

—Ah, sí. Contame, dale. Contame tu viaje por el espacio, mientras Faby es buenita, y...

No era nuevo, para Faby. Algunos decían ser príncipes rusos, otros actores de televisión, otros hijos del Papa. Por eso, mientras Gidol hablaba, comenzó a buscar el tirador del cierre de la campera. No, si ella sabía cómo tratarlos. Tiró.

No cedió. Es más, el tirador y la campera parecían ser la misma pieza. Es más, el tirador del cierre temblaba. Estaba cambiando de forma. Entonces, Faby oyó lo que Gidol estaba diciendo.

—Vendrán otros, y gobernaremos el planeta, para bien de todos ustedes, porque seremos considerados, Faby...

Ahora Faby tenía entre las manos una especie de miembro viril, pero puesto en mal lugar. Y pensaba: “no, Faby, esto no puede pasarte a vos, pero te pasa… y si estuvieras soñando, no importa, te pasa y no está más… y si te pasa y no está más, con probar no cuesta nada, total estás soñando, porque estas cosas...”

Encendió el encendedor, sin dejar de acariciar la cosa. Volcó el wishky.

Hubo una llamarada. Se derretía. Parecía un muñeco de grasa, que agitaba los brazos y los tentáculos y...

Faby vomitó. Alcanzó a tomar la bolsa, y sacó la moto afuera. Enseguida vendría el del motel, a ver el incendio, y preguntaría por el chabón, y Faby iría a la cárcel, por asesina. Así que pateó y la moto salió como un tiro rumbo a las sierras.

El aire que corría por su cara como una caricia la puso contenta.

“Parece mentira, Faby. Y nadie puede saberlo. Ninguna tele te haría un reportaje. Pero sos flor de patriota. Salvaste el mundo. Vos, Faby. Cosa de locos, ¿eh? Me pregunto dónde estará el otro bicho. Argolla, Algoll, algo así. Habría que quemarlo para que no...”

Recién entonces se dio cuenta de que la moto le estaba apretando la mano.

Bajó la cabeza. La moto estaba cambiando de forma.

Era una masa pulposa con tentáculos, y con una boca enorme.

Y la estaba tragando. 

Jorge Claudio Morhain Suárez nació en la ciudad de Buenos Aires el 9 de abril de 1942. Es escritor, dramaturgo, guionista, historietista, periodista, traductor, museólogo, divulgador científico y bibliotecólogo. Ha incursionado en los más diversos géneros literarios, y entre sus obras de ficción podemos mencionar la novela Samos contra los Uránidas (1989) y las colecciones de cuentos Amores con guardapolvos (1993) y Malos tiempos para Drácula (1996). Reside en la localidad bonaerense de Máximo Paz.

FLORET SILVA NOBILIS