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jueves, 7 de mayo de 2026

ARAÑAS

Sue Burke

 

Justo antes de entrar en el bosque, encontré el tipo de cosa que quería mostrarle a mi hijo.

—Roland, mira, hay un nido de lagartos hoja que acaba de abrirse. Parecen hojitas de pasto, ¿verdad?

Primavera. Todo volvía a la vida otra vez. Y apenas un poco más allá del alcance de mi brazo, vi lo que parecía un helecho seco, aunque probablemente no lo fuera. Lo mantuve vigilado mientras mi hijo y yo nos acuclillábamos para estudiar el suelo. Al principio era difícil distinguir a los lagartos, pero al final él soltó una risita y señaló.

—Son muy pequeños, papá.

—Van a crecer. Pero ahora son tan pequeños que no pueden hacerte daño. Puedes dejar que uno camine sobre tu mano.

Y eso hicimos: látigos verdes con patas, apenas de la mitad del largo del dedo de un niño de cinco años. Le expliqué cómo se esconden en el pasto, con la cabeza hacia abajo, esperando que pasen animales todavía más pequeños; entonces saltan y se los comen. Por eso, si dejábamos las manos colgando, los lagartos descendían hasta la punta de nuestros dedos. Era su lugar natural.

Aquel supuesto helecho muerto que estaba junto a nosotros tenía una corona de ojos. En efecto, era una araña de montaña. La segunda que veía ya en nuestro pequeño paseo. ¿Por qué tantas esa primavera? Como muchas cosas, tenían un nombre terrestre porque se parecían un poco a la criatura de la Tierra. Por lo que había averiguado, las arañas en la Tierra nunca eran más grandes que una mano, pero las nuestras eran más grandes que una cabeza humana. Ambas tenían muchas patas y una mordedura venenosa. ¿Las nuestras eran tan agresivas como las arañas terrestres, que a menudo mordían a las personas? ¿Las arañas terrestres eran tan inteligentes como las nuestras?

—Vamos a dejar a los lagartos para que sigan con sus vidas.

Apoyé la mano en el suelo y, con un poco de insistencia, el lagarto bajó. Roland me imitó y observamos cómo desaparecían entre la hierba.

Luego se volvió hacia mí, preocupado.

—¿Los pisamos sin darnos cuenta?

Buena pregunta. Tal vez crecería sintiendo por el bosque lo mismo que yo.

—Supongo que a veces sí. Somos grandes, así que no podemos evitar equivocarnos. Creo que nunca deberíamos intentar lastimar nada si no es necesario. Yo cazo, ya sabes, pero nunca mato nada salvo para comer o para protegernos.

Pero no quería darle un sermón.

—Entremos al bosque ahora, ¿de acuerdo?

No le señalé la araña. Su madre me mataría –o haría que deseara que me matara, solo para que dejara de gritarme– si supiera lo cerca que estábamos de las arañas. No solo la que estaba junto al sendero, sino todas las demás. Había muchas en la orilla del río, aunque todo el mundo lo sabía porque robaban peces. Estaban en los bosques. En los campos y los huertos. Incluso había visto una en la ciudad, y la espanté hacia afuera. La mayoría de la gente no se daba cuenta. Si no observas con atención, no ves las cosas.

Y si no aprovechas las oportunidades, las pierdes. Paso tiempo con Roland casi todos los días, pero nunca es suficiente. La primavera solo llega una vez al año, y un niño tiene cinco años solo una vez en la vida. Así que seguimos adelante. Solo tendría que ser especialmente cuidadoso.

—¿Vamos de caza?

—No. Quiero decir, pensé en mostrarte cosas. Hay mucho para ver.

—¿Cangrejos ciervo?

—Claro. Y pájaros, insectos y kats, toda clase de cosas. Escucha. ¿Oyes eso?

—Pii, pii —repitió.

—Exacto. Es un lagarto voltedor.

—¡Más lagartos! No puedo recordar tantos lagartos.

Lo vi cerca de un tocón.

—Lo sé, es difícil. Hay muchísimos tipos. Shhh. ¿Lo ves? Es negro, blanco y marrón, con grandes rayas.

Me arrodillé y lo ayudé a distinguirlo.

—Guau. Es un lagarto joya.

—No exactamente. No querrías tenerlo en tu jardín. Desentierra las cosas. ¿Ves lo que hay junto a él? Ese arbusto muerto se está acercando cada vez más...

El arbusto, por supuesto, era un ave palo-pluma. De pronto atrapó al lagarto, le golpeó la cabeza contra el tocón y empezó a arrancarle las patas para tragárselas. Roland se puso de pie de un salto.

—Los animales se esconden en el bosque —dijo—. A veces también las águilas. Mamá dice que el bosque es peligroso. Por eso no puedo venir solo.

“Mamá dice”. Claro que sí.

—Nos aseguramos de mantener alejadas a las águilas —respondí—. Hay cosas de las que hay que cuidarse, pero la mayoría de las cosas que se esconden quieren esconderse de nosotros, no hacernos daño.

La mayoría.

No quería asustarlo, así que necesitaba encontrar rápido algo que no diera miedo.

—Sigamos caminando.

Pareció aliviado de alejarse del ave. Caminamos un poco y entonces se me ocurrió algo.

—¿Puedes pensar en otras cosas que se escondan?

—¿Esconderse?

Miró alrededor.

—¿Qué tal los kats? —sugerí—. ¿Por qué su pelaje es verde?

—Mmm... son verdes para fingir que son lagartos de hierba. Muchísimos lagartos.

Se echó a reír. Al parecer era una broma. Así que yo también me reí.

Entonces vi un buen ejemplo.

—¿Qué te parece eso, ahí en el tronco del árbol? Seguro que es excremento de lagarto, ¿verdad?

—No, papá. No lo es.

Ya me había descubierto.

—Exacto.

Lo toqué con un dedo. Salió volando.

Él gritó de alegría.

—¡Un insecto caca!

—En realidad es una luciérnaga azul.

—¿Eso es una luciérnaga? Son tan bonitas. A todos les gusta mirarlas.

—Su luz es bonita. Pero cuando se posan, parecen excremento para que las aves y los lagartos no se las coman. La mayoría de la gente no sabe eso. Solo miran las luces que vuelan por la noche y nunca averiguan qué produce esa luz. Pero ahora tú sí lo sabes.

Nuestras miradas se cruzaron, compartiendo un secreto.

Entonces me di cuenta de que, justo encima de nosotros en el árbol, había una araña lo bastante cerca como para tocarme el hombro.

—Sigamos y veamos qué más encontramos.

—¿Y si el excremento de kat en realidad son bichitos? Quiero decir, bichitos que parecen excremento de kat.

—Te gustan mucho los kats, ¿verdad? —La ciudad mantenía una colonia de kats domesticados—. ¿Qué es lo que te gusta de ellos?

Empezó a contarme sobre el baile que él y los otros niños estaban aprendiendo con los kats, e incluso mostró algunos pasos. Traté de prestar atención, pero no dejaba de pensar en las arañas.

Había demasiadas.

Por lo general vivían en las montañas, justo debajo de la línea de árboles, y rara vez bajaban a nuestros bosques. Tal vez habían tenido una explosión de población. Tal vez el clima, fresco y seco para ser primavera, las hacía sentirse cómodas más abajo. Tal vez nuestra colonia las atraía. O quizá algo las estaba empujando hacia abajo: depredadores o hambre.

Vi algo que Roland necesitaba conocer, y esperaba que no lo asustara. Intentaría hacerlo sonar bien.

—Te mostraré otra cosa que no es lo que parece. ¿Ves esas flores? Son lirios. ¿Ves cómo brillan? Son muy bonitas. Pero no las toques. Tienen diminutos fragmentos de vidrio y te cortarán. ¿Sabes por qué? Porque les gusta la sangre. Es un buen fertilizante. Ahora no tengas miedo. Solo debes saber lo que son y no tocarlas.

—Brillan mucho.

—Sí, brillan mucho.

No muy lejos, una araña estaba en un árbol sobre un parche de musgo que en realidad era un kat aplastado contra el suelo, escondido a plena vista. Di un paso para alejar a Roland antes de que la araña lo descubriera, pero el niño no se movió.

—Son como lagartos joya —dijo—. Las flores parecen lagartos rojos y lagartos amarillos.

—Tienes razón. Nunca me había dado cuenta, pero sí se parecen mucho a los lagartos.

—Tal vez las flores atrapan cosas que creen que van a atrapar lagartos.

—Apuesto a que es eso. Muy inteligente de tu parte verlo.

¿Por qué yo no lo había notado antes? Me quejo de que la gente no observa, y a veces yo tampoco observo.

—No pueden atraparme —dijo Roland—, porque soy más inteligente que ellas.

—Exactamente. Vamos. ¿Sabes? Cuando tengamos nuestra reunión de cazadores, deberías venir y contar eso, lo de las flores. Siempre estamos intentando descubrir cosas. Bueno, eso es algo que tú descubriste sobre los lirios.

—¿Yo? ¿Puedo hablar en la reunión de cazadores? ¿De verdad, papá?

—Sí, claro. El descubridor recibe los honores.

Lo vería hablar y me sentiría orgulloso de mi hijo.

Estábamos desesperados por saber más sobre las arañas. Su veneno podía matar a un kat u otro animal de tamaño considerable. Nadie sabía qué podía hacerle a un humano y nadie se ofrecía voluntario para averiguarlo. Tampoco nos atacaban nunca, aunque si uno se acercaba demasiado a un nido, parloteaban, agitaban las patas y chasqueaban las mandíbulas para ahuyentarte. También robaban. Las tripulaciones de pesca tenían que mantenerse alerta. Se movían demasiado rápido para que pudiéramos atraparlas y esquivaban las flechas como si fuera un juego. De hecho, habían calculado el alcance de nuestras flechas y sabían quedarse justo más allá.

A menudo nos reuníamos para hablar sobre las arañas, todos juntos: cazadores, agricultores, pescadores, incluso el equipo de cocina, porque la basura podía atraerlas y no podía tirarse en cualquier parte. En realidad nunca podíamos tirar basura en cualquier sitio, pero las arañas tenían a la gente asustada. Tiffany, por ejemplo, la madre de Roland, que durante un breve tiempo logró parecer la mujer perfecta para mí –aunque esa es otra historia–, predicaba el exterminio. Yo temía que, si iniciábamos una pelea, las arañas decidieran continuarla. Como jefe de los cazadores, necesitaba ofrecer un plan propio.

Sinceramente, no sabía lo suficiente sobre las arañas como para saber qué hacer.

—¿Qué es eso? —dijo Roland, aferrándose a mi pierna y escondiéndose detrás de ella.

Algo avanzaba ruidosamente entre los matorrales hacia nosotros. Lo supe enseguida.

—¿Allá?

Se movía rápido y ladraba con fuerza.

—Es grande, papá.

Lo levanté en brazos.

—No, en realidad no lo es, y no nos hará daño. Son solo aves, muchas aves. Pájaros azules. ¿Ves? —Se aferró con fuerza, pero se inclinó para mirar mejor—. Pájaros azules. ¿Oyes cómo ladran? Hay muchos ladridos, así que sabes que no es un animal grande, sino muchos animales pequeños. Les gusta correr haciendo mucho ruido para asustar a las cosas que se comen. Todos en fila, en zigzag. Mira, se están deteniendo. Tal vez encontraron algo. Veamos qué.

Me acerqué despacio.

—Por lo general te dejan acercarte. Cuando estás demasiado cerca, te lo hacen saber.

Estaba a menos de cinco pasos cuando el ave alfa giró, me ladró y me miró fijamente. Retrocedí un paso. Volvió a comer.

—Hasta ahí podemos acercarnos. No quieren problemas, así que te advierten. No atacan si no tienen que hacerlo. ¿Qué crees que están comiendo?

Roland se inclinó con valentía. Yo me incliné también. El ave se volvió y ladró de nuevo, casi distraídamente, solo como recordatorio. Yo ya sabía qué estaban comiendo por la forma en que se agrupaban alrededor, pero esperé a que Roland lo descubriera.

—¡Es morado! ¿Es una babosa?

—Sí, les gusta comer babosas. Por eso nunca deberías dañar un arrecife de pájaros azules. Queremos que vivan cerca de nosotros, así que respetamos sus hogares.

Babosas. Pedazos de limo ambulante que disuelven la carne. Si había algo que mereciera ser exterminado, eran esas criaturas. Pero nunca podríamos acabar con todas.

Donde hay una, hay más. Oí un zumbido repentino demasiado cerca, a la izquierda... algo se movió rápido. Retrocedí. Era una araña luchando con una babosa: patas marrones enredadas alrededor de una masa púrpura. Hubo un forcejeo breve y la pelea terminó. La araña levantó a la babosa con cuatro patas y se alejó apresuradamente usando las otras cuatro, no tan rápida ni tan elegante como de costumbre, pero parloteando de una manera que, juro, sonaba orgullosa.

Así que cazaban babosas, y además les gustaba hacerlo. Eficientes también. Era una novedad para mí, y valía la pena saberlo. Muy pocos animales podían hacer eso. Tal vez algún compuesto químico las protegía, o quizá tenían una piel extraordinariamente resistente. Sería muy útil contar con otro animal comedor de babosas. Especialmente si resultaban no ser más aterradoras que los pájaros azules. Pero ¿Tiffany lo creería?

Roland seguía observando las aves. Bien. La araña en lucha con la babosa podría haberlo asustado, y su madre quería que le tuviera miedo al bosque. Yo no. Otra diferencia entre ella y yo. A ella le gustaban las cosas seguras, y a mí me gustaban las cosas vivas.

Cada noche soñaba con el bosque y cada día despertaba ansioso por ir allí. No todos eran así, claro. A algunos les gustaba fabricar cosas con las manos o hacer crecer los cultivos. Estaban satisfechos, y quién podía culparlos. Pero el bosque... uno está allí, pero no lo crea ni puede convencerlo de nada. Ni siquiera es un “eso”. Es un “tú”. Quiero decir, el bosque está vivo y hace cosas, reacciona, observa, incluso ataca. Está lleno de trucos y de belleza.

Esperaba haberle mostrado algo de eso a Roland. Pero ya empezaba a inquietarse en mis brazos.

—¿Hora de volver a casa?

—Está bien, papá.

Había algo en su voz que me inquietaba, e intenté descubrir qué era mientras tomaba el sendero que salía del bosque. Parecía infeliz. ¿Conmigo? ¿Con el bosque? ¿Estaba aburrido? O peor aún, ¿asustado?

Menos mal que no le había señalado las arañas. Quién sabe qué cosas le habría contado Tiffany.

Seguimos hablando mientras salíamos. Preguntaba “¿Qué es eso?” y “¿Qué es eso?” sobre árboles y ululatos de lagartos, pero más como un juego que por curiosidad. Un par de veces noté que miraba hacia un lado mientras preguntaba por algo del otro. Los niños pequeños tenían poca capacidad de atención. Probablemente ya habíamos estado allí demasiado tiempo.

Lo bajé cuando llegamos a los campos, y señaló un árbol de lentejas cuyas hojas púrpuras contrastaban con los campos reverdeciendo a su alrededor.

—Mamá dice que hay que plantarlos muy separados para que, si uno tiene escorpiones, no contagie a todos los árboles —dijo.

Yo ya lo sabía, pero no quería desilusionarlo.

—¿Por eso están tan separados? Hay uno aquí, otro allá y otro mucho más lejos.

—Y hay que podarlos. Todas las primaveras.

—Con mucho cuidado, apuesto.

—Con muchísimo cuidado. Y no puedes plantar vides de nieve demasiado juntas. Se pelean.

—¿Así?

Levanté los puños.

—No. Con las raíces y... solo con las raíces. Es muy difícil mantener un huerto.

Esas eran exactamente las palabras de Tiffany, incluso con la misma entonación. Claro, ella pasaba más tiempo con el niño, así que tenía más influencia, y tal vez él crecería para cuidar huertos o cultivos en lugar de cazar en el bosque. Perfectamente aceptable.

La ciudad se elevaba al otro lado de los campos, rodeada por una muralla de ladrillo. Doscientas personas. Después de cuatro generaciones, por fin teníamos suficiente comida, incluso excedentes. Habíamos domesticado varias plantas y animales, y seguíamos aprendiendo sobre otros. Cada año descubríamos nuevas sorpresas sobre el planeta. Y se necesitaban todo tipo de oficios. Tal vez Roland se convertiría en carpintero, médico o cocinero. Todos trabajos perfectamente respetables.

—¿Sabes? —dijo—. Nosotros no nos escondemos. Me pregunto qué pensarán los animales. Nos ven y no nos importa. —Sonaba como un adulto pequeño. Me pregunté a quién imitaba ahora—. Pensarán que no les tenemos miedo. Si nosotros no les tenemos miedo, ¿ellos deberían tenernos miedo?

—Esa es una buena pregunta.

—Esa es una buena pregunta —repitió.

Bueno, tal vez lo había ayudado a comprender que el mundo podía ser más grande que uno mismo, y que eso estaba bien. Incluso si no entendías todo lo que había en él.

—Tenemos que cuidar nuestros árboles —dijo Roland, sonando otra vez como él mismo—. Si son realmente felices, tal vez puedan bailar. —Levantó la vista—. ¿Los árboles son felices en el bosque?

—Creo que sí. Ahí es donde viven. ¿Te gustó el bosque?

Pasó un largo momento pensando.

—Sí. Vi muchas cosas.

Alzó la vista con una sonrisa astuta.

—Papá, tú no las viste. Había arañas por todas partes, y nos estaban observando.

Sue Burke es autora y traductora. Su novela Semiosis fue nominada al Premio Arthur C. Clarke, al Premio John W. Campbell Memorial y al Premio Locus a la Mejor Primera Novela. Sus secuelas son Interference y Usurpation. También ha escrito las novelas Immunity Index y Dual Memory, relatos cortos, poesía, artículos periodísticos y ensayos, y ganó el Premio Alicia Gordon 2016 a la Excelencia en la Traducción otorgado por la Asociación Estadounidense de Traductores. Nació en Milwaukee, vivió en Texas y España, y actualmente reside en Chicago. Para más información, visite https://sueburke.site/

 

sábado, 4 de abril de 2026

DERROTAR AL AGUA

Sue Burke

 

Tengo una visión. Un muro de agua va a irrumpir como una avalancha a través de la ciudad, por encima de edificios y personas. Los destruirá. Los ahogará. Dejará cuerpos esparcidos como restos a la deriva entre los escombros.

Corro gritando hacia el mercado:

—¡Viene una gran ola! ¡Huyan ahora!

Una mujer que vende pescado se burla.

—¿Los dioses te lo han dicho? ¿Poseidón te habla?

Desde aquí podemos ver el mar Egeo. El agua está en calma, el agua es falsa, el agua está mintiendo. El mercado está abarrotado. El puerto de Fálaro está lleno de actividad. Y, sin embargo, para mí todo parece ruinas.

Las lágrimas me corren por la cara.

—¡Viene una ola!

Un panadero me mira desde la puerta de su tienda.

—Demonios —murmura.

No, es venganza. Yo maldije a Poseidón, y él me maldijo a mí a cambio. Ha hecho que sepa cosas, cosas verdaderas. La mujer que vende pescado abandonó a su esposo enfermo en otra provincia de Grecia. El panadero tiene un escondite de monedas enterrado junto a su horno.

Me desprecian, pero no los odio. Odio a Poseidón. Quiero negarle sus víctimas.

—Debemos huir. ¡Corran! ¡Ahora!

Nadie mira hacia mí. ¿De pronto se han vuelto todos sordos? ¿Es este otro truco de ese dios?

—Tú deberías huir, arpía.

La gente se ríe. Me estaban escuchando. Me ven arrancarme el cabello. Algunos me conocen, saben que mi esposo y mi familia se perdieron el mes pasado en un naufragio. Saben que estoy loca de dolor, atormentada por el dios del mar.

La ola viene. Huyo tan rápido como me lo permiten mis viejas piernas fuera de la ciudad, más allá de los viñedos y hasta la mitad de la colina más alta. Una línea oscura se alza en el mar, en el horizonte. Cierro los ojos, pero ya he visto lo que ocurrirá...

Cuando Poseidón termina su devastación, regreso, pasando junto a cuerpos arrastrados hasta los viñedos, trepando por encima de escombros, vadeando charcos pestilentes llenos de ceniza y basura, y allí, junto al horno del panadero, donde la tierra ha sido arrastrada, hay una bolsa de cuero, y dentro de ella, lo sé, habrá plata.

Le grito al mar, ahora en calma y teñido de marrón por su saqueo.

—¡Quítame esta maldición!

De pronto estoy de pie entre una multitud sobre una loma que domina una larga playa. El mar ruge en una tormenta. El viento me clava en la cara gotas frías como agujas, y Poseidón aúlla jubiloso ante la muerte inminente. Otra vez, sé lo que va a pasar.

También conozco este lugar, esta costa salvaje. He vivido aquí desde que era una chiquilla, la palabra que usan aquí en Irlanda para referirse a una niña. Vivimos sometidos por la gente de la isla vecina, Britania, que ahora está en guerra con España. Los barcos españoles derrotados navegan frente a nosotros, intentando escapar.

O, mejor dicho, intentan navegar a través de la tormenta. Sus capitanes no conocen estas aguas, estas costas y sus acantilados, y navegan perdidos. Tenemos prohibido ayudarlos mientras observamos cómo Poseidón los empuja hacia tierra. La madera se desgarra contra las rocas, los hombres gritan en medio de las olas que los destrozan: cientos, cientos de voces clamando con su último aliento.

Gimo como la banshee que soy, y aquí se respeta a las banshees. Los soldados británicos se encorvan bajo el viento para capturar a los sobrevivientes, que serán colgados en la horca. Pero unos pocos sobrevivientes llegarán más abajo, arrastrados entre los juncos, y yo enviaré a nuestros hombres para ayudarlos a escapar.

La locura es cosa de los dioses y de quienes veneran a dioses locos. La locura ya no es mía. Mi maldición es la inmortalidad.

Y así soy atormentada, vida tras vida, por los terremotos de Poseidón, sus monstruos, inundaciones, ahogamientos y naufragios. Vida tras vida, le opongo resistencia, cada vez con las habilidades que me entregan los siglos que pasan: navegante, médica, almirante, meteoróloga, sismóloga, hidróloga y oceanógrafa. Aprendo sus trucos y cómo derrotarlos.

Salvo vidas. Pero, allí donde puede, se manifiesta para burlarse de mí.

Mientras proyecto una barrera sobre el río Támesis para proteger Londres de las marejadas provenientes del mar, el suelo tiembla bajo mis pies. El edificio se sacude, mi silla se vuelca y salgo despedida hacia atrás. Mis compañeros de trabajo no sintieron nada.

Mientras instalo un sismómetro como parte del sistema de alerta temprana de terremotos de Japón, regreso a mi coche y lo encuentro lleno de agua. La policía promete descubrir al vándalo, pero no percibe la risa burbujeante del dios.

Mientras examino mapas y datos meteorológicos para predecir la trayectoria de un huracán, el viento en mi mente grita como diez mil almas condenadas que solo yo puedo oír. Juro seguir trabajando a pesar de mi sordera para salvar cada alma.

El dominio de la humanidad sobre el mundo físico crece hasta abarcar la Tierra y más allá.

Mientras trabajo en una estación espacial, descubro que estoy fuera del reino y del alcance de Poseidón. Por primera vez en mucho más de dos mil años, mis oídos acosados por los dioses disfrutan del silencio. En el espacio, nadie puede oír gritar a los antiguos dioses de la Tierra. En esa paz elaboro un plan para deshacer la maldición y vengarme.

Paso a paso, vida tras vida, mi trabajo continúa.

Ahora sirvo a bordo de una nave espacial, una pequeña y veloz embarcación con una tripulación pionera de seis personas que revolotea alrededor de un asteroide de hielo tan grande como un glaciar. Estamos orbitando el planeta Marte. El asteroide es uno de muchos gigantes helados empujados suavemente, año tras año, desde el cinturón de asteroides hacia el planeta rojo.

La piloto señala una proyección de sonar.

—Aquí hay una línea de falla —dice—. Podemos desprender un fragmento aquí.

Me pongo a trabajar ajustando la matriz láser.

—Listo.

Una descarga golpea en lo profundo de la grieta, y el agua explota convertida en vapor. Paso a paso, empujón a empujón, los fragmentos se desprenden y caen hacia el planeta. Se evaporarán en la atmósfera, que se vuelve cada vez más densa y nubosa. En algunos lugares, ya llueve sobre Marte. En unos pocos lugares, el agua vuelve a correr y se reúne en estanques.

Con el tiempo, Marte tendrá océanos.

Levanto la vista hacia la Tierra, esa canica azul gobernada por un dios del agua enloquecido. Mi maldición sobre él se ha cumplido. Está atrapado en el pozo gravitatorio de ese planeta, donde poco a poco los seres humanos van reduciendo su poder. Yo he escapado para crear un mar rival, secular.

—Tus juegos se están volviendo viejos —murmuro.

No puede oírme, pero puede ver lo que estoy haciendo mientras Marte lentamente se vuelve tan azul como la Tierra. Yo no soy como un dios que juega con vidas mortales como si fueran juguetes. Aquí ya no puede obligarme a renacer cuando mi vida llegue a su final natural.

Mi ira se ha transformado en compasión. Le envío una plegaria.

—Oh, gran Poseidón, aprende de mí. Cambia tus costumbres, porque tú también tienes el poder de transformar un mundo en una bendición.

Sue Burke es autora y traductora. Su novela Semiosis fue nominada al Premio Arthur C. Clarke, al Premio John W. Campbell Memorial y al Premio Locus a la Mejor Primera Novela. Sus secuelas son Interference y Usurpation. También ha escrito las novelas Immunity Index y Dual Memory, relatos cortos, poesía, artículos periodísticos y ensayos, y ganó el Premio Alicia Gordon 2016 a la Excelencia en la Traducción otorgado por la Asociación Estadounidense de Traductores. Nació en Milwaukee, vivió en Texas y España, y actualmente reside en Chicago. Para más información, visite https://sueburke.site/

 

GÓMEZ