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domingo, 2 de agosto de 2026

UN SOPLO DE AIRE FRESCO

Gareth D Jones

 

Encontraron a Billy “Llave Inglesa” en un club de obreros del barrio más duro de la ciudad, a pocas calles de donde todos ellos habían crecido.

Era un día gris y encapotado, en el que todo sonaba apagado y los zepelines que zumbaban sobre sus cabezas permanecían ocultos tras las nubes, con el rumor amortiguado.

Se detuvieron en una calle lateral y el motor de la motocicleta tosió varias veces antes de apagarse definitivamente. Un leve zumbido continuó procedente del sidecar cubierto mientras Dave desmontaba y se quitaba las enormes gafas protectoras.

Tanto la motocicleta como las gafas eran restos de la Gran Guerra y, aunque probablemente ya hubiera podido conseguir unas que le ajustaran mejor, nunca le había parecido importante. Teniendo en cuenta todo lo demás…

El sidecar también procedía de la guerra, aunque ahora estaba adornado con unos flotadores laterales semejantes a pontones y carenados con rebordes metálicos.

—Solo tardaré unos minutos —dijo. Un jadeo surgió de la trompeta acústica instalada en el costado del sidecar—. Ábreme.

—Hace frío —respondió Dave.

—Lo sé. —Una respiración entrecortada—. El frío me alivia.

Dave quiso protestar, pero Colin llevaba conviviendo con sus dolencias el tiempo suficiente como para decidir por sí mismo.

Accionó la palanca que liberaba el cierre de la cubierta y esta se levantó sobre unos brazos hidráulicos hasta quedar plegada sobre la parte trasera del sidecar.

Colin podía volver a cerrarla desde dentro cuando recuperara fuerzas.

Su hermano inspiró una larga y temblorosa bocanada de aire helado, que hizo estremecerse su pálido y delgado cuerpo.

Colin era un año menor que Dave, pero aparentaba diez años más que los veinticinco de su hermano. Tenía el cabello ralo, el rostro cubierto de cicatrices y llevaba un jersey de manga larga para ocultar los brazos, igualmente marcados. Las manos descansaban sobre una serie de palancas instaladas en el tablero de madera.

La peor de sus heridas permanecía oculta bajo una junta de goma que unía su cintura con el borde del sidecar.

—Eso está mejor —susurró.

El suave traqueteo habitual aumentó de tono mientras la bomba trabajaba con más intensidad para presurizar la cabina ahora abierta.

La ausencia de piernas dejaba espacio para un compacto motor diésel y una gran cantidad de aparatos médicos que ayudaban a Colin con diversas funciones corporales. Dave procuraba no pensar demasiado en ello. Le bastaba con saber que el aire presurizado ayudaba a su hermano a respirar. Prefería ignorar el resto de las funciones corporales.

—Estaré bien —dijo Colin.

Era ya el final de la tarde. Las calles estaban sumidas en sombras y una brisa fría soplaba entre los edificios. Parecía que toda la ciudad estuviera hecha únicamente de ladrillos rojos ennegrecidos y marcos de ventanas blancos, desconchados por el tiempo.

Dave se ajustó con fuerza el pesado abrigo militar alrededor del cuerpo, otro sobrante de la guerra que seguía despertando recuerdos indeseables cinco años después, aunque también proporcionaba un calor muy bienvenido.

Entró en un amplio salón oscuro y cargado de humo, que olía a cerveza y a trabajo duro.

El club pertenecía a los Hyatt, igual que el mercado negro y otros negocios relacionados.

Billy “Llave Inglesa” mantenía todo funcionando a la perfección para ellos, convenciendo a quienes no estaban del todo persuadidos de que lo mejor era aceptar los grandes planes que los Hyatt tenían para el barrio.

El murmullo de las conversaciones y el tintinear de los vasos continuaron sin alterarse mientras Dave avanzaba hacia la barra. Vio a Billy antes de llegar. Permanecía de pie al extremo de la barra, sosteniendo una pinta de cerveza amarga. Tan grande y cruel como siempre. Billy “Llave Inglesa”. Billy ya no era mecánico. Al menos, no de la clase que reparaba máquinas. Ahora utilizaba la llave inglesa sobre las personas. Se suponía que lo hacía por dinero, aunque Dave sospechaba que también obtenía placer de ello.

Ignoró el hosco saludo del camarero y se volvió hacia el antiguo matón del colegio. El mecánico. El asesino.

—Billy.

Nada más. Se detuvo a varios pasos de distancia. Billy lo examinó lentamente, de arriba abajo.

—Davey Brown —dijo—. ¿Qué te trae por aquí?

—Colin quiere verte.

—¿Ah, sí? Pues que entre. —Bebió un largo trago de cerveza—. Aunque, espera... no puede. —Golpeó el vaso contra la barra—. No tiene piernas. —Se limpió la boca con el dorso de la mano y soltó una carcajada. Nadie lo acompañó. Los dos hombres que estaban cerca de él se removieron con incomodidad—. ¿Todavía sigues aquí? —preguntó Billy al cabo de un momento.

—Colin te espera. Dice que salgas y lo enfrentes como un hombre.

—¿Ha dicho qué?

El rostro de Billy enrojeció. Nunca era una buena señal. Ya ocurría en el patio de la escuela.

—Está esperando.

Billy lo apartó de un empujón.

—Vamos.

Se dirigía a los dos hombres de la barra. Ellos lo siguieron apresuradamente. Dave fue detrás.

 

Dave había encontrado a su hermano en un abarrotado hospital de campaña. Respiraba con dificultad, pero soportaba el sufrimiento en silencio. La sábana sucia que le llegaba hasta la barbilla ocultaba las heridas, aunque la forma del cuerpo bajo ella era mucho más corta de lo que debía. El lugar apestaba a enfermedad, vómito, sudor y tierra.

Cuando Dave llegó ya era entrada la noche, pero los continuos gemidos de los pacientes, los murmullos de las enfermeras y los gritos ocasionales no disminuían por el hecho de que fuera tarde. Los ojos de Colin se abrieron apenas un instante.

—¿Dave?

Su voz era apenas un susurro entre astillas. Dave no había preparado nada que decir. Ni siquiera esperaba que Colin despertara.

—Estoy aquí, Colin. Vine en cuanto pude.

Colin asintió débilmente y volvió a cerrar los ojos. Dave permaneció largos minutos junto a la cama, completamente impotente, escuchando la respiración trabajosa de su hermano. Se acercó una enfermera cargando un montón de sábanas usadas. Tenía un rostro joven, pero unos ojos demasiado viejos.

—¿Artillería? —preguntó Dave.

Enseguida se sintió estúpido. Claro que había sido la artillería.

—Él es de los afortunados. —La enfermera sonrió con tristeza—. Si la explosión no le hubiera arrancado las piernas, habría seguido avanzando con el resto de su unidad y habría muerto por el gas mostaza. —Apretó el montón de sábanas contra el pecho—. Solo respiró una pequeña cantidad, pero ya no puede respirar como antes.

—¿Mejorará?

—¿La respiración? Tal vez. ¿Las piernas? Solo con un milagro.

—Gracias.

La enfermera se alejó.

Dave sintió que las piernas le flaqueaban y terminó sentándose en el borde de la cama de su hermano. Se imaginó a otros dos hermanos, en otro hospital, al otro lado del frente, hablando en alemán. Él no disparaba personalmente los cañones, pero formaba parte de la tripulación de una de aquellas fortalezas móviles que avanzaban aplastándolo todo a su paso y disparando contra todo lo que tenían delante. Nueve tanques Mark I modificados, unidos mediante estructuras metálicas, con cabinas blindadas, torretas y casamatas. Doscientos treinta pies de largo. Setenta y cinco de ancho. Un peso descomunal. Aquellas máquinas iban a poner fin a la guerra de una vez por todas. Eso era lo que Dave había creído. Ahora estaba contemplando las consecuencias.

—Volveré pronto —dijo. Y salió tambaleándose del hospital.

 

Billy permanecía de pie, mirando fijamente a Colin.

—¿Enfrentarte como un hombre? —se burló—. Lo único que tengo delante es medio hombre.

Se irguió con toda su estatura, los brazos pegados al cuerpo y los puños preparados para golpear, la misma postura intimidatoria que adoptaba en el patio de la escuela.

Billy el Matón.

—Espera —dijo Colin con suavidad—. Espera un momento. No te veo muy bien.

Era una frase inusualmente larga para él.

Accionó una pequeña palanca y el sidecar se inclinó hacia adelante sobre el soporte que lo unía a la motocicleta. Al elevarse la parte trasera, el asiento se reclinó hasta dejarlo casi erguido.

No era lo mismo que estar de pie sobre sus propias piernas, pero era un buen sustituto.

 

Cuando terminó la Gran Guerra, apenas dos años después de haber comenzado, Colin ya estaba de regreso en Inglaterra. Lo habían dado de alta y había vuelto a casa en una silla de ruedas.

Dave regresó poco después. Como tantos otros, fue recibido como un héroe, aunque él nunca llegó a sentirse así.

Al cabo de unos días, todos los demás parecieron olvidarlo también, y él quedó con una sensación de vacío y suciedad por dentro.

Cuando volvió a casa, Colin apenas hablaba. Permanecía sombrío, encerrado en sí mismo, respirando con dificultad y contemplando el mundo a través de la ventana. El reencuentro con Lily no había salido bien, le confesó su madre. La muchacha se había desmayado al verlo. Aunque después se recuperó, se mostró profundamente arrepentida y prometió visitarlo todos los días, nunca volvió.

—No la culpo —dijo Colin algunas semanas más tarde, cuando por fin pudo hablar del tema—. Éramos apenas unos chicos cuando me fui. No me debe nada.

—Pero las cartas...

Colin levantó una mano débilmente.

—Me ayudaron a seguir con vida. Siempre le estaré agradecido por eso. Pero no puedo condenarla a vivir junto a un inválido.

—No eres un inválido.

—¿Entonces qué soy? —replicó él, con brusquedad.

 

En el hogar, la jerarquía militar había sido sustituida por el grado de heroísmo con que la opinión pública juzgaba a cada veterano. Las tripulaciones de las Fortalezas Móviles gozaban de bastante prestigio, pero los miembros de la Flota Aérea eran, con diferencia, los más admirados. Aquellos intrépidos pilotos de chaquetas de cuero y elegantes gafas protectoras que desafiaban a la muerte mientras sus enormes dirigibles cruzaban las líneas enemigas. Solo que uno de ellos había sido Billy Elkins. Y Dave sabía perfectamente que Billy no tenía nada de héroe. Era un simple aprendiz de mecánico que había tenido la suerte de embarcar en un dirigible. Uno que no fue derribado.

Pocos meses después de regresar se casó con Lily. Al poco tiempo ella quedó embarazada. Demasiado poco tiempo, si alguien se detenía a hacer cuentas. Colin jamás culpó a Lily. A quien odiaba era a Billy.

Después Lily cayó por las escaleras y se rompió el cuello. El odio de Colin se transformó entonces en una obsesión absoluta.

 

Un año después del final de la guerra, Dave asistió a una reunión de veteranos. Ni siquiera sabía por qué había aceptado la invitación. No sentía el menor deseo de recordar lo vivido. Colin, por supuesto, no fue. Jamás salía de casa.

Era un pequeño pub alegre, situado cerca de una base de la Flota Aérea y frecuentado sobre todo por soldados que estaban de permiso. Tres o cuatro hombres del barrio de Dave seguían en el ejército y media docena más acudieron al local para beber cerveza y conversar un rato.

—Por suerte Billy Elkins no ha aparecido —comentó Dave.

—No se atrevería a dejarse ver por aquí —respondió Rob Lambert, haciendo una mueca antes de dar un largo trago a cerveza oscura.

—¿De veras?

Según la experiencia de Dave, Billy aparecía siempre donde quería y cuando quería.

—Los muchachos no se lo permitirían. —Rob señaló discretamente a los soldados y aviadores uniformados que llenaban el local. Dave esperó a que continuara—. Hay rumores. —Rob volvió a beber—. En la última misión del dirigible en el que servía Billy, dos hombres cayeron por la borda desde varios miles de pies de altura, sobre Bélgica.

—¿Billy los empujó?

No le resultó una acusación sorprendente.

—Eso dicen.

—¿Y nadie hizo nada?

—Estábamos ganando la guerra. Los tripulantes de la Flota Aérea eran héroes nacionales. Billy podía estar loco, pero era un mecánico extraordinario. Lo necesitaban para regresar a casa.

Dave permaneció mirando su vaso. Rob también era mecánico. No estaba acostumbrado a oír elogios dirigidos a Billy.

—¿Y después?

—Después nadie quiso un escándalo.

—Así que lo dejaron volver a casa —dijo lentamente Dave—. Y luego empujó a Lily por las escaleras.

Rob se atragantó con la cerveza.

—Yo creía que se había caído.

—Eso es lo que afirma Billy.

Ambos permanecieron un rato en silencio.

Al fondo del local, media docena de hombres comenzó a cantar una melancólica canción sobre un romance en tiempos de guerra.

—Me toca invitar la siguiente ronda —dijo Dave.

Rob lo acompañó para ayudar a transportar las jarras. El camarero estaba al otro extremo de la barra, pero enseguida captó la mirada de Dave. Accionó una palanca situada junto a él y la plataforma sobre la que permanecía sentado avanzó lentamente a lo largo de la barra impulsada por un pequeño motor. Pequeñas bocanadas de humo diésel se mezclaban con el humo de los cigarrillos antes de perderse en la neblina del local.

Sirvió las cervezas con sorprendente destreza, como si sus brazos compensaran la ausencia de piernas.

—Eso es justamente lo que Colin necesita —dijo Dave.

—¿Una pinta?

—No. Algo que le permita volver a desplazarse.

—Se nos han ocurrido algunas ideas —explicó Rob mientras regresaban a la mesa con cuatro jarras cada uno.

Los recibieron con un coro de «¡Salud!».

—A Colin le gustaba mucho su motocicleta, ¿verdad? —preguntó Rob.

—Muchísimo.

—Podríamos adaptar un sidecar para él, de modo que pudiera salir a pasear contigo.

—El problema es la respiración —objetó Dave—. No soportaría el viento de la carretera.

Rob sacó del bolsillo un trozo de papel y un pequeño lápiz. Comenzó a dibujar.

—Mira. Un sidecar cerrado. —Añadió unas cuantas líneas—. Le instalamos un compresor para mantener presurizada la cabina... un sistema neumático para abrir la cubierta...

—¿Y dónde meterás todo eso?

Rob lo miró como si fuera un completo idiota.

—No tiene piernas, ¿o sí?

Dave contempló el tosco dibujo.

—¿El ejército les permite hacer estas cosas?

—Tenemos más material del que sabemos qué hacer con él —respondió Rob—. Nos dejan experimentar en los talleres con la esperanza de que inventemos algo útil para el ejército. ¿Quién crees que adaptó el vehículo del camarero?

—¿Y qué más han construido?

—Eso no puedo decírtelo. —Rob lanzó una carcajada y vació media jarra de un trago—. Ahora mismo estamos trabajando en algo realmente extraordinario.

—¿Ah, sí?

—Un tanque para un solo hombre.

—¿Un tanque?

Dave recordó aquellas gigantescas Fortalezas Móviles basadas en los Mark I.

—Con patas en lugar de orugas —confesó Rob.

Dave no supo decidir si hablaba de un proyecto secreto o si simplemente la cerveza estaba empezando a hacer efecto.

—Suena impresionante —dijo.

 

—¿Qué quieres? —preguntó Billy—. Aparte de otra buena paliza.

—Quiero que tú... —Colin sufrió un largo acceso de tos seca—. Perdón. Dave, ¿puedes explicárselo?

Accionó otra palanca y la cubierta descendió hasta volver a sellarlo dentro de la cabina presurizada.

—En un minuto estará bien —dijo Dave.

—No estará tan bien cuando termine con él —replicó Billy.

—Quiere que nos devuelvas lo que nos quitaste —dijo Dave—. Por todas las veces que nos golpeaste en la escuela. Por el aviador al que arrojaste sobre Bélgica. Pero, sobre todo, por Lily.

Billy hizo un gesto de desprecio.

—¿Esa zorra?

—No hables así de ella —dijo Colin, cuya voz sonaba más firme gracias al aire presurizado del habitáculo.

—¿O qué? —Billy flexionó los brazos—. ¿Qué vas a hacer esta vez?

—Retarte a un duelo.

—¿Un duelo?

Billy estuvo a punto de atragantarse de pura incredulidad.

—Sí. Si te atreves.

—¿Si me atrevo?

Escupió al suelo y se quitó la gorra.

—Siempre me atrevo.

Entregó la gorra a uno de sus secuaces y se quitó la chaqueta.

Con un silbido hidráulico, el sidecar continuó inclinándose hasta quedar completamente vertical.

Colin observaba a través del panel tintado del techo con una sonrisa sombría dibujada en el rostro.

Los flotadores laterales se abrieron por la mitad y unos pistones empujaron las secciones inferiores hasta apoyarlas firmemente sobre el suelo.

Billy, sin dejar de mirar la transformación, tendió distraídamente la chaqueta hacia uno de sus hombres. El secuaz no logró atraparla. La dejó caer y la recogió apresuradamente antes de que Billy lo advirtiera.

La parte inferior de los flotadores se desplegó formando pies provistos de cuatro garras. Un fuerte chasquido anunció que la motocicleta acababa de separarse del sidecar.

—Ingenioso —admitió Billy.

Los sistemas hidráulicos alojados en los pontones elevaron la cabina casi un metro. Ahora Colin contemplaba desde arriba a su antiguo enemigo. Las secciones superiores de los pontones giraron sobre sus articulaciones y se desplegaron convirtiéndose en un par de brazos mecánicos desproporcionadamente largos. Los brazos se flexionaron imitando el gesto desafiante de Billy. En el extremo de cada uno, una pinza metálica se abría y cerraba con un zumbido. Billy llevó una mano a la espalda y extrajo de su cinturón una enorme llave inglesa. Con una velocidad asombrosa, uno de los brazos mecánicos de Colin se lanzó hacia adelante y arrebató la herramienta de las manos de su adversario.

—Nunca debiste hacerle daño a Lily.

Billy trató de recuperar la llave. La pinza permaneció completamente inmóvil. Por primera vez, la arrogante seguridad desapareció de su rostro. Colin retiró lentamente el brazo, obligándolo a avanzar hasta que Billy tuvo que soltar la herramienta para no caer.

—Nunca debiste hacerme daño.

Con esas palabras hizo girar la llave inglesa y la descargó con fuerza sobre el hombro de Billy.

Billy “Llave Inglesa” lanzó un grito y cayó hacia atrás. Colin dio un paso adelante.

Billy volvió a incorporarse gruñendo. Colin levantó otra vez el brazo mecánico.

Y esta vez no dejó de golpear.

—¡Colin! ¡Basta!

Dave permanecía detrás, a salvo, dando pequeños saltos para golpear con los nudillos la cubierta del habitáculo. Los brazos mecánicos quedaron inmóviles.

Los dos secuaces observaban la escena desde varios metros de distancia, paralizados por el horror. En el suelo yacía una figura encogida. Un brazo protegía su rostro ensangrentado. El otro colgaba inerte a un costado.

—Por favor... basta...

La respuesta llegó en forma de una respiración jadeante que salió por la trompeta acústica.

—No me obligues a volver.

Colin dio media vuelta y se alejó por la calle con grandes zancadas mecánicas. Dave levantó la vista de su derrotado enemigo y descubrió que decenas de personas contemplaban la escena. De pronto volvió a sentir el frío. Se sentó sobre la motocicleta, se colocó las gafas protectoras y puso el motor en marcha.

—Esto no ha terminado —escupió Billy desde el suelo.

—Sí. Ha terminado.

Dave arrancó y alcanzó a su hermano. Colin seguía avanzando con aquellas enormes y bruscas zancadas. Dave se emparejó con él.

—¿Quieres que te lleve?

—Prefiero caminar.

—No tienes energía suficiente.

Con evidente desgano, Colin se detuvo y accionó el mecanismo que invirtió toda la transformación. Dave volvió a enganchar la motocicleta al sidecar.

—¿Te sientes mejor?

—No.

—Lo hiciste por Lily.

—Lo sé.

Condujeron lentamente por la carretera, alejándose del territorio de Billy.

—Mañana —dijo Colin— llévame a la tumba de Lily.

—Lo haré.

 

Avanzaron lentamente por el sendero del cementerio hasta situarse lo bastante cerca para que Colin pudiera ver la lápida sin necesidad de bajar del sidecar. Permaneció un largo rato en silencio.

Entonces un gran automóvil negro se detuvo junto a la entrada del cementerio. Tenía un capó abombado y una parte trasera estilizada. Su motor ronroneaba con un sonido amenazador, como un tigre. Un hombre con un largo abrigo oscuro descendió del vehículo y se acercó tranquilamente. Durante unos instantes permaneció en respetuoso silencio.

—Estuvieron a punto de matar a Billy —dijo sin apartar la vista de la lápida.

—¿Y qué? —respondió Colin entre jadeos.

—Trabaja para mí.

Dave se quedó inmóvil. Durante un instante calculó si podría escapar antes de que aquel coche les cerrara la salida del cementerio.

—¿Usted es el señor Hyatt? —preguntó Colin sin mostrar la menor preocupación.

—No.

El hombre sacó una cartera. Dave respiró aliviado.

—Capitán Farrer. Cuerpo de Inteligencia del Ejército.

Les mostró una acreditación bastante gastada.

—¿Billy trabaja para usted? —preguntó lentamente Dave.

—Sí. Ignoro cuál es el problema personal que tienen con él, pero no volverán a ponerle una mano encima.

—Pero es un asesino —protestó Dave—. ¿Cómo puede trabajar para el ejército? ¿Y los aviadores a los que arrojó por la borda?

—Espías alemanes. —La respuesta llegó con absoluta naturalidad—. Su trabajo consistía precisamente en descubrirlos dentro de la Flota Aérea.

—Él mató a Lily —dijo Colin.

—No. Fue un accidente.

—¿Cómo puede estar tan seguro? —Era casi un grito.

—Porque lo sé.

El capitán sostuvo la mirada de Colin hasta que este terminó bajando los ojos.

—Billy se ha infiltrado en la organización de los Hyatt para ayudarnos a desmantelar el mercado negro. Espero que no hayan arruinado demasiado su credibilidad. —Hizo una breve pausa—. Manténganse alejados de él.

—¿Y por qué deberíamos obedecerle? —preguntó Dave—. ¿Por qué nos está contando todo esto?

—Porque esa motocicleta y ese sidecar me pertenecen.

—¿Cómo?

Colin apenas pudo contener un jadeo.

—¿De verdad creen que permitimos a nuestros mecánicos fabricar cosas como esa para regalarlas?

Dave intentó recordar exactamente cómo se lo había explicado Rob en el pub.

El recuerdo era bastante confuso.

—Queríamos poner el equipo a prueba. —El capitán sonrió apenas—. Billy dice que funciona extraordinariamente bien.

—Supongo que ahora querrá recuperarlo —dijo Dave con amargura.

—Al contrario. Quiero que ustedes también trabajen para mí.

Dave miró a su hermano. Observó cómo la ira iba dejando paso a una renovada expresión de interés.

—¿Haciendo qué? —preguntó Colin.

—Ya se lo diré.

—¿Y si nos negamos? —preguntó Dave, aunque, viendo el brillo de determinación que acababa de regresar al rostro de Colin, comprendió que jamás se negarían.

—Entonces pueden devolverme la motocicleta mañana. —El capitán se dio media vuelta para marcharse. Se detuvo un instante—. Suponiendo que no me la devuelvan mañana... ya me pondré en contacto con ustedes.

Regresó a su automóvil, que desapareció poco después carretera abajo envuelto en una nube de humo negro.

—¿Quieres devolvérsela? —preguntó Dave.

Colin flexionó lentamente sus nuevos brazos mecánicos.

—Creo que no.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

ENGLEBERT

Gareth D Jones

 

No fue culpa suya, y nadie lo culpó por lo ocurrido, pero Englebert sintió profundamente la pérdida de su amigo y la culpa le pesaba mucho. Intentó volver a algún tipo de normalidad, trabajando con los otros analistas, pero todo le parecía vacío, sin sentido. Las nanomáquinas seguían confundiendo su cerebro. Le dijo a Bakkar que se iría por un tiempo, que no intentaran contactarlo. Luego salió al desierto, solo, sin provisiones ni equipo. Esa fue la última vez que lo vieron.

Espera. Ese es el final. Vuelve al principio.

 

—No entiendo —dijo Englebert—. ¿Por qué no pueden dejarme en paz? —Masticaba rítmicamente, pensativo, mientras miraba alrededor del patio, como si la respuesta estuviera en algún lugar de su bocado.

—No te dejarán en paz —dijo Yusef—. Porque eres demasiado interesante. —Era bajo y fornido, con un cabello negro azabache que hacía juego con un bigote abundante.

—Supongo que eso es un cumplido.

Englebert paseó por el árido patio, con Yusef a su lado. Había cercas de alambre en dos lados y edificios blancos y bajos en los otros dos. Hacía calor y había polvo; más allá de la cerca, el paisaje desolado se extendía hasta la distante bruma de calor.

—Podríamos irnos —dijo Yusef—, si de verdad estás tan harto.

—Tal vez. —El camello miró las cercas y la puerta vencida. No estaban diseñadas para ser especialmente seguras. El patio pertenecía a un centro de investigación, no a una prisión.

—O decirles que necesitas un descanso.

—¿Y hacer qué? —Englebert escupió ruidosamente sobre la tierra reseca y compacta—. Me seguirán periodistas, o excéntricos, o científicos renegados, o agentes del gobierno que me quieren para sus propios fines malvados.

—Eso es un poco melodramático. —Yusef negó lentamente con la cabeza y luego sonrió—. ¿De verdad crees que eres tan importante?

—Por supuesto que sí. Soy único.

Yusef cruzó hasta el único rincón sombreado del patio y se agachó, apoyándose contra la pared. Probablemente tendrían el resto de la tarde para ellos solos, mientras los analistas examinaban los últimos datos obtenidos de Englebert, intentando medir las capacidades de su mente mejorada con nanoprocesadores y de su fisiología perfeccionada por nanomáquinas. Englebert se alzó sobre él, todavía masticando.

—Nos iremos —dijo Yusef después de unos momentos de silencio. Se puso de pie de pronto, resuelto. Era un hombre pequeño, pero tenía una presencia considerable cuando tomaba una decisión.

—¿Ahora? —dijo Englebert.

—Ahora. —Yusef avanzó hacia la puerta. Abrió el candado codificado y tiró de una de las hojas, que cedió con rigidez, lo suficiente para que Englebert pudiera seguirlo.

—¿Adónde van? —La voz provenía de uno de los analistas, Bakkar, que se asomaba por una ventana oscurecida. La corbata, flojamente anudada, le colgaba sin fuerza sobre el marco.

—¡A tomar un poco de aire fresco! —gritó Yusef. Cerró la puerta con cuidado detrás de ellos y avanzaron por el camino lleno de baches.

Las sombrías profecías de Englebert no tardaron en hacerse realidad. Al acercarse al pequeño pueblo que cruzaba el camino a un kilómetro y medio de distancia, empezó a reunirse un grupo de curiosos. Pinchaban el flanco de Englebert y empujaban a Yusef; gritaban obscenidades que ponían en duda la ascendencia de ambos; exigían que Englebert actuara para ellos como un animal amaestrado; lo maldecían como una ofensa contra la naturaleza.

Al final se detuvieron, pues avanzar se volvía más difícil a cada paso. Apareció un policía, con el uniforme caqui desteñido por el sol, una pistola visible en la funda de la cadera y una sonrisa altanera en el rostro.

—¿Por qué están causando problemas? —exigió.

—Deberíamos volver —dijo Englebert, intentando girar en contra de la multitud cada vez más ruidosa.

—Nosotros no somos el problema —dijo Yusef—. Debería hacer algo con estos hombres. —Señaló con enojo a los beligerantes habitantes del pueblo. Ellos gruñeron de forma ominosa en respuesta. Estalló una pelea, aunque era difícil saber quiénes participaban.

—Vuelve a tu jaula —dijo el policía.

Alguien chocó contra la espalda del policía, empujado por la multitud. Él sacó la pistola y la agitó de forma amenazante.

La multitud se abrió lo suficiente para que Yusef y Englebert pudieran darse la vuelta y dar varios pasos por donde habían venido. Entonces estalló la violencia.

Englebert avanzó contra la multitud, apartando personas con su enorme cabeza. Yusef luchaba a su lado. La pistola del policía ladró, disparando al aire. La gente empujaba, corría, gritaba y maldecía. Alguien le dio a Yusef un fuerte puñetazo en la cara. Él trastabilló hacia atrás, rebotó contra Englebert y fue a parar contra otro par de lugareños furiosos. Uno de ellos lo empujó al suelo y cayó con fuerza. Su cabeza golpeó una roca y quedó inmóvil.

Englebert se colocó protectoramente sobre su amigo y la turba desapareció tan rápido como se había formado. El policía miró a Englebert con furia y guardó la pistola en la funda. Se agachó junto a Yusef y observó la herida en su cabeza, la sangre acumulándose sobre la tierra sedienta. Le tomó el pulso y comprobó si respiraba.

—Está muerto —dijo.

Espera. Ese todavía no era el principio. Había algo antes de eso, algo antes del patio.

 

Englebert estaba confundido gran parte del tiempo al principio. Bioingenierizado y dotado de una mayor capacidad cognitiva mediante la inyección de nanoprocesadores en su cerebro, su vida pasó de una existencia simple, dedicada a comer y disfrutar de largas caminatas, a la celebridad de ser único: el primer y único camello sintiente del mundo. El rico jeque que había financiado la transformación mantuvo varias conversaciones con Englebert, pero pronto perdió la paciencia cuando resultó evidente que su creación tenía dificultades para adaptarse a su nuevo estado de existencia.

Varios meses después de que el mundo cambiara bruscamente a su alrededor, Englebert se trasladó al centro de investigación. Allí el mundo era mucho más pequeño y menos confuso. Un patio, un laboratorio, un establo y Yusef. El hombre se convirtió en su primer y único amigo. Trataba a Englebert como una persona, no como una rareza. Lo ayudó a sobrellevar el mundo.

Eso es. Eso fue lo que ocurrió primero. Aunque hay algo más.

 

—No puede estar muerto —dijo Englebert.

—Mira, camello, sé reconocer a un muerto cuando lo veo. He visto muertos antes. Está muerto. —El policía se puso de pie despacio y miró al camello con furia; luego le dio la espalda y sacó una radio. Habló por ella rápida y silenciosamente.

—¿Qué pasó? —Bakkar corría por el camino desde el centro, con la corbata agitándose sobre el hombro. Se detuvo a varios pasos y miró fijamente el cuerpo en el suelo—. ¿Yusef? ¿Está…?

—Muerto. —El policía deslizó la radio en su funda—. Están enviando una camioneta por él. —Cruzó el camino y se sentó en un banco de piedra.

Los analistas se arrodillaron junto a Yusef.

—Puedo salvarlo —dijo Englebert—. Mis nanomáquinas pueden hacerlo.

Bakkar levantó la vista.

—Puede que tengas razón. Pero están programadas para la fisiología de un camello, no la humana.

—La fisiología humana es uno de los temas que he estudiado con mayor profundidad —dijo Englebert—. Mis nanoprocesadores ya empezaron la reprogramación.

—No puedes hacer eso in vivo —protestó Bakkar—. Necesitamos crear un lote aparte en el laboratorio.

—No hay tiempo para eso —dijo Englebert—. Solo tenemos un par de minutos antes de que el daño sea irreversible.

—Las nanomáquinas son ahora una parte integral de tus procesos corporales. No puedes sobrevivir sin ellas en su configuración correcta. Están sosteniendo tus funciones vitales.

—Lo sé. —Englebert escupió una enorme masa de saliva sobre el rostro de Yusef.

—¿Qué? —El analista se puso de pie de un salto.

—Método de administración más eficiente —dijo Englebert, y cayó de rodillas mientras sus procesos biológicos perdían el soporte del que se habían visto obligados a depender.

Yusef se sacudió, farfulló, y sus ojos se abrieron de golpe. Miró hacia arriba, desenfocado; luego volvió a cerrar los ojos y se relajó, inconsciente pero vivo.

Bakkar se arrodilló otra vez.

—Funcionó —dijo.

—Bien. —El cuello de Englebert cayó—. Tengo una petición para que la transmitas. No tengo posesiones. No tengo testamento. Lo único que tengo es mi nombre.

 

Los ojos de Yusef parpadearon y se abrieron. Estaba en su propia litera, en el centro de investigación. Bakkar estaba a su lado.

—Englebert te salvó —dijo en voz baja.

—¿Está bien? —preguntó Yusef.

Bakkar negó lentamente con la cabeza.

A pesar de las protestas de Bakkar, Yusef insistió en levantarse y caminar hasta el laboratorio, donde el cuerpo de Englebert yacía en reposo. Todo le parecía familiar, pero su memoria estaba confundida. El déjà vu llegaba en destellos.

—Quería que tomaras su nombre —dijo Bakkar.

—¿Quién? —Yusef miró fijamente el cuerpo de un camello. No recordaba haber estado nunca antes en ese edificio.

—Englebert.

—¿Lo conozco?

—Sí. Era tu amigo.

—Claro que lo era. —Yusef miró alrededor, al laboratorio familiar—. Recuerdo haber salido a caminar.

—Todo volverá a ti. Las nanomáquinas están recableando tu cerebro.

—Puedo recordar cosas —dijo Englebert—, pero no parecen estar en el orden correcto.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

 

miércoles, 4 de marzo de 2026

VIVIENDO AL BORDE DE LA OSCURIDAD

Gareth D Jones

 

Un soplo de polvo fue la primera advertencia, muy lejos, al otro lado de la llanura, con la fuente oculta por los matorrales intermedios. Aparecieron más penachos, que derivaban y se desvanecían hacia arriba en una estela que apuntaba hacia el poblado. Vincent manoteó en busca del catalejo; sus nudillos, retorcidos por la edad, lo agarraron con dolor, y lo llevó a su ojo sano. Tardó un instante en encontrar la estela de polvo, y para entonces ya se veían tres figuras corriendo, levantando tierra. Intentó mantenerlos en la mira mientras extendía la mano hacia la cuerda de la campana, pero no la encontró. Dejó el catalejo con impaciencia sobre la repisa de madera áspera, agarró el tirador de la campana y empezó a tocar.

No era una campana muy melodiosa ni muy potente. Hacía sonar su alarma con golpes metálicos que reverberaban por la hondonada en forma de cuenco del poblado. Abajo, unas figuras se movieron en el calor de la tarde y caminaron sin prisa hacia las compuertas al pie de la pendiente. Vincent volvió a concentrarse en los corredores.

Ya estaban lo bastante cerca para revelar sus identidades. Fernando iba delante, bombeando los brazos, con el rostro encendido por la huida. Detrás venían Raquel y Bebe, con expresiones más temerosas. Tras ellos –probablemente recortando distancia, aunque era difícil saberlo– rodaba una bestia rodante. Era enorme, quizá de dos metros y medio; la más grande que Vincent había visto en décadas. Docenas de púas, una docena de garras, dientes afilados como navajas: todo eso era invisible en el borrón de su carga rodante sobre la llanura. No había escapatoria frente a una máquina tan enorme, tan veloz y asesina; no había dónde esconderse en la inmensidad plana de las estepas. El único lugar seguro estaba en una de las pocas simas que salpicaban esa desolación, y solo si conseguías detenerte antes de resbalar por la pendiente y caer al interior de la tierra que te abrazaba debajo.

Antes de estar lo bastante cerca como para oír el golpeteo de los pies, un grito de júbilo llegó a los oídos de Vincent. Fernando. Fernando, travieso e incontenible. Vincent sabía que el joven no haría caso de que en cualquier momento podía ser aplastado, desgarrado y devorado. Solo pensaría en la persecución, en su velocidad juvenil y en que quizá Raquel se impresionaría con su valentía. Vincent estaba bastante seguro de que no lo haría; Fernando era un idiota.

Estaban a menos de cien metros. Vincent miró cuesta abajo: las compuertas estaban abiertas. Fernando iba cinco metros por delante de los otros dos, y solo les sacaban al monstruo otros diez. Vincent se inclinó sobre el poblado desde su pequeña plataforma en el borde de la sima.

—¡Ahí vienen!

Fernando alzó la vista hacia Vincent al aproximarse, sonrió como un lunático y se lanzó por el borde con un salto magnífico. Cayó unos tres metros más abajo en la pendiente, dio dos zancadas más, exageradas, agarró el poste del pasamanos y se columpió hasta ponerse a salvo. Raquel venía segundos detrás, derrapando sobre la superficie arenosa y deslizándose alrededor de las barreras hasta caer de espaldas.

Bebe falló el apoyo. Tropezó al caer, se desplomó sobre el pecho y, como pudo, se recuperó con una voltereta hacia adelante. Rodó más allá del pasamanos de seguridad. Sin detenerse, la enorme bestia rodante pasó por el borde del poblado y se precipitó hacia su perdición. La criatura no tenía idea de su destino, concentrada solo en su presa. Mientras Bebe se deslizaba impotente cuesta abajo, parecía que la criatura podría lograr su objetivo justo antes de llegar al agujero en el centro del poblado.

Raquel lanzó un grito de advertencia. Bebe gritó. Un brazo enorme y musculoso salió disparado y agarró al desafortunado cazador por la túnica, arrancándolo hacia el pasamanos inferior. Félix el constructor, el hombre más fuerte del poblado.

En un silencio siniestro, la bestia rodante siguió rodando, ganando velocidad, y desapareció por el borde de la sima que ocupaba el centro del poblado. Vincent se sentó en su banco, y el alivio le drenó las fuerzas. El silencio duró unos segundos más, hasta que Fernando rugió con una carcajada exultante y levantó a Raquel. Raquel le dio un puñetazo en el pecho, llamándolo idiota y otras cosas que se perdieron en el tumulto general de los aldeanos hablando y gritando todos a la vez. Félix puso a Bebe en pie, y el muchacho sonrió con valentía, contando y volviendo a contar su historia mientras su madre le limpiaba las raspaduras y él intentaba apartarla. Raquel se alejó furiosa hacia su cabaña, dejando a Fernando para que le explicara al jefe de dónde saldría la comida de la noche, ya que habían regresado con las manos vacías. Hubo exclamaciones estruendosas por el tamaño de la bestia rodante; muchos aldeanos levantaban las palmas muy por encima de la cabeza para ilustrar la altura ante los desgraciados que se habían perdido el incidente. La mayoría de los doscientos habitantes del poblado oyó la historia varias veces antes de que todos se fueran dispersando para retomar sus tareas interrumpidas.

Vincent permaneció sentado y sonrió ante sus propios recuerdos. Ah, correr libre por la llanura otra vez, cazar snarebits, huir de bestias rodantes. Impresionar a las chicas. Se quedó dormido.

 

—Hora de mudarse, viejo —dijo Félix al entrar en la cabaña de Vincent—. El lugar nuevo ya está listo.

Detrás de él, Fernando, Bebe y Raquel estaban listos para ayudarlo a llevar sus pertenencias cincuenta metros cuesta arriba, hasta la cabaña nueva.

—No estoy seguro de estar listo para mudarme todavía —dijo Vincent, alzando la vista desde su antiquísimo sillón.

Félix suspiró, como si lo esperara.

—En unas pocas semanas podrás escupir por la ventana de atrás directamente al agujero —dijo.

—Sí —aceptó Vincent—, pero viví aquí cincuenta años. Tengo cosas que ordenar, cosas que empacar.

—Por eso traje a este grupo servicial. —Félix hizo un gesto por encima del hombro con el pulgar. Fernando sonrió, dispuesto a ayudar.

—Hay cosas con las que ellos no pueden ayudar. —Vincent recorrió con la mirada la pequeña sala—. Dora vivió aquí conmigo cuarenta años, ¿sabes? Eso no se empaca en un día.

—Lo sé, viejo. —Félix miró al suelo—. Vendremos mañana. Se echó hacia atrás hasta la puerta; se detuvo, se volvió y se fue.

Un instante después, Vincent se dio cuenta de que Fernando todavía estaba allí.

—¿Puedo entrar?

—Claro, muchacho. —Señaló la otra silla y Fernando se sentó con cautela; no dijo nada durante un rato.

—Dicen que el agujero no lleva a ninguna parte.

—Eso dicen.

—¿Eso es lo que tú crees?

—No sabría decirlo. Nunca he bajado ahí.

—Pensé que tal vez tú sabrías —dijo Fernando—, siendo que tú eres tan…

—¿Viejo? —Vincent soltó una risita.

—Bueno, iba a decir sabio. —Se puso de pie y dio dos pasos hasta la ventana, donde el agujero se abría enorme a pocos pies de distancia: seis metros de ancho, negro como la noche por dentro—. Es que tu casa se va a caer pronto. Me hizo pensar, ¿sabes?

—Me hizo pensar durante mucho tiempo. —Se incorporó con esfuerzo y se colocó junto a Fernando—. Me mudé cuando esta casa era nueva.

—¿Bajaste toda la pendiente? —La idea parecía asombrar a Fernando. El trayecto de cincuenta años que tardaba un edificio en deslizarse desde el borde de la hondonada hasta el borde de la sima estaba muy lejos de su experiencia.

—Dicen que antes tardaba cien años —dijo Vincent.

Fernando inclinó la cabeza.

—¿De verdad?

—Eso dicen.

Fernando señaló, al otro lado del agujero, los restos desmoronados de la antigua casa familiar de Bebe, que se había derrumbado dos meses antes y en su mayor parte había desaparecido por el borde.

—No quieres estar en casa cuando pase eso.

—No. —Vincent volvió a sentarse—. Ahora, muchacho, si no te importa, tengo que echar una siesta.

Cerró los ojos antes de que el chico se fuera.

 

—¿Qué haces aquí afuera? —preguntó Fernando.

Vincent miró la llanura sin rasgos, fresca y aparentemente amigable a la luz de la mañana. Estaba a casi un kilómetro del poblado, más allá de los cultivos y de los colectores de rocío; demasiado lejos como para escapar si aparecía una bestia rodante en el horizonte. A lo sumo podía arrastrar un paso cojo, no como en los viejos tiempos, cuando corría vueltas por el borde del poblado por diversión.

—Mirar —dijo al fin.

Fernando se quedó a su lado en silencio, contemplando el horizonte.

—¿Mirar qué?

—Mi vida.

—Ajá. —Parecía que Fernando, pese a su juventud, quería entender algo más profundo—. ¿Vincent?

—¿Sí?

—¿Qué hay en el agujero?

—Nadie lo sabe.

—¿Alguien ha intentado bajar?

—Nadie que quisiera volver a subir. —Dora, atravesada por el dolor, alejándose del final de su jardín, cayendo fuera de la vista. Él la había besado en la puerta y la había visto irse.

—¿Qué pasa con las bestias rodantes que caen por el borde?

—No vuelven. —Se dejó caer al suelo con un crujido, junto a una flor amarilla brillante—. Mira esto.

Fernando se agachó a su lado. Vincent tiró con cuidado, despacio, y la flor salió de la tierra con una raíz larga y gruesa. Señaló el pequeño agujero que había quedado. Se llenó enseguida de polvo y arenilla.

—¿A dónde fue el polvo? —preguntó.

Fernando se quedó en blanco.

—A la tierra.

—Exacto.

—Pero no es lo mismo que la sima. Esa nunca se llena.

Vincent se incorporó con esfuerzo, y Fernando saltó para ayudarlo.

—“Nunca” es mucho tiempo.

—¿Quieres decir que un día se llenará?

Vincent empezó a caminar hacia el poblado. Despacio.

—Tendrán que caer muchas casas primero.

—¿Pero dónde viviremos? ¿Cómo escaparemos de las bestias rodantes?

—Yo no me preocuparía, muchacho. Falta mucho para eso.

Fernando caminó pensativo a su lado un rato. Se detuvieron en la cima de la hondonada, mirando hacia abajo la cabaña nueva. Félix saludó con la mano desde el umbral, con un pequeño grupo de ayudantes y bienintencionados detrás.

—Ya subimos todo —gritó.

—Gracias. —Vincent cruzó con cuidado el borde, se agarró del pasamanos al bajar y entró en la casa nueva. Era igual que la antigua, pero vacía de cualquier cosa que Vincent conociera.

Félix sonrió con orgullo y luego con inseguridad.

—¿Está bien?

—Gracias, Félix. Está bien. —Acarició el brazo de su sillón viejo—. Está todo bien. Se sentó y miró cómo una docena de aldeanos deambulaba por su nueva sala, felicitando a Félix por sus dotes de constructor y a Vincent por su nueva vivienda, bebiendo jugo de raíz y admirando la vista elevada desde la ventana. A más de uno le habría encantado quedarse con el lugar cuando él ya no estuviera. Pronto se fueron, y lo dejaron en paz.

 

Llegó el mediodía, y Vincent se levantó de la silla con el desasosiego clavado en el cuerpo. Bajó con cuidado por la pendiente, asintiendo con sequedad a los pocos aldeanos que se cruzaban o lo observaban desde sus ventanas. La casa vieja seguía allí, triste y abandonada al pie de la pendiente, esperando su zambullida final en la sima. La puerta chirrió cuando la empujó, y entró.

Esa casa tampoco estaba bien ya. No quedaba nada que le perteneciera. Pero había familiaridad: las tablas del suelo crujían en el lugar correcto, una grieta ondulaba por el techo, el hollín manchaba la pared alrededor de la chimenea. La casa nueva tenía todas sus pertenencias, pero ninguna huella de su historia.

Vio movimiento afuera, por la ventana trasera. Vincent entrecerró los ojos ante el resplandor y caminó hasta la puerta de atrás. No la habían abierto desde hacía tiempo: estaba demasiado cerca del agujero. Empujó, se apoyó, hizo fuerza, hasta que se soltó del marco deformado y se abrió.

Los restos de la cerca de su jardín iban desde la pared hasta el borde de la sima. Un par de piernas se enroscaba en el poste más alejado, sosteniendo a una figura inclinada sobre la oscuridad abismal. Vincent carraspeó fuerte.

—¿Qué estás haciendo?

Con un forcejeo de brazos y piernas y tierra que se corría, Fernando se apartó del borde. Tenía el catalejo de vigilancia apretado en una mano.

—Intento ver —dijo.

Vincent se arrastró hasta la cerca y avanzó con cautela, sin fiarse de sus piernas temblorosas tan cerca del agujero.

—¿Ves algo ahí?

—Solo oscuridad. —Fernando alzó el catalejo—. Incluso con esto, nada. —Señaló el sol, implacable sobre sus cabezas—. Esperé al mediodía, para tener mejor luz.

—No verás nada —dijo Vincent.

—¿Tú miraste?

—Claro que miré. —Se rascó la barbilla—. Todos miran. Con el tiempo.

Fernando frunció el ceño y volvió a mirar el agujero.

—Quiero bajar ahí.

—No hay nada ahí abajo.

—Pero… —Fernando miró alrededor: la casa desmoronada, la cerca, el agujero—. Pero, si atara una cuerda a la cerca, podría bajar…

Vincent lo miró unos segundos. Inspiró hondo.

—¿Hasta dónde crees que llegarás?

—No lo sé. Hasta donde pueda.

—No es suficiente. No hay cuerda en todo el poblado que te lleve hasta el fondo.

—¿Se ha intentado?

—Muchacho: aquí vive gente desde antes de que naciera mi abuelo. ¿Crees que eres el primero que quiere bajar?

Fernando se desinfló.

—Supongo que no.

Vincent le dio la espalda al agujero.

—Ahora ayúdale a un viejo a subir la pendiente.

 

Semanas de vivir en la casa nueva no lograron que Vincent la sintiera más como un hogar. Otra sección de la cerca del jardín cayó en la sima, y luego el último tramo se desprendió de la pared y desapareció por el borde. Vincent se sentaba y dormitaba en su sillón favorito, y cumplía de vez en cuando su turno de vigilancia en el borde cuando los aldeanos salían a cazar o a atender los cultivos.

Esta vez lo alertó un grito a lo lejos. Levantó el catalejo maltrecho y fijó la vista en tres figuras en la distancia: otra vez Fernando, Bebe y Raquel. Fernando cojeaba mucho, arrastraba una pierna, sostenido por los otros dos. Bebe agitaba un brazo con urgencia y volvió a gritar. Vincent tocó la campana.

Para cuando Félix y otros hombres atravesaron los cultivos y llegaron hasta los tres jóvenes, Fernando ya se había desplomado. Lo levantaron y lo llevaron de vuelta al poblado. Cuando todos estuvieron a salvo tras el borde, Vincent dejó su puesto y avanzó cojeando hasta la mitad del cuenco, hacia la casa de Fernando. Raquel y Bebe estaban fuera, con los rostros desfigurados por el miedo.

—Lo mordió una serpiente dardo —dijo Raquel cuando él se acercó.

Vincent se detuvo; los hombros se le hundieron más de lo habitual. Las serpientes dardo eran mala noticia. Aunque llegaran a tiempo a la mordida, sería terrible para Fernando.

Mucho más tarde, después de los gritos de Fernando y del llanto de muchos otros, dejaron que Vincent lo viera. El joven yacía en la cama, pálido y sudoroso, el cabello pegado hacia atrás y los ojos vidriosos. Había trapos ensangrentados alrededor del muñón donde le habían amputado la pierna izquierda.

Vincent se sentó en silencio y le tomó la mano. Fernando rodó los ojos, sonrió con temblor y quedó inmóvil.

 

Vincent no vio a Fernando durante muchos días. Incluso Bebe y Raquel le dijeron que no lo vería. Un hombre con una sola pierna en un poblado en forma de cuenco no tiene mucha libertad. Vincent se abrió paso a la fuerza al cabo de dos semanas.

—Vete —fue toda la respuesta que obtuvo cuando Fernando le dio la espalda.

Vincent se sentó y ahuyentó a la madre de Fernando, que se veía demacrada.

—Tu pierna —dijo Vincent— cumplió tu sueño por ti. Bajó al agujero.

Fernando soltó una risa corta y amarga.

—Es el único lugar donde debería estar —dijo un momento después—. ¿De qué sirvo ahora?

—¡Fernando! —la voz angustiada de su madre desde la otra habitación.

—Silencio —dijo Vincent, a ambos—. Fernando, esto no tiene por qué ser el final. Silencio—. Ahora tienes que encontrar tu propio propósito.

Un gruñido fue la única respuesta.

—Volveré —dijo Vincent.

 

Llegó el otoño y Fernando empezó a moverse por el poblado, apoyándose torpemente en una muleta, cayéndose a menudo y rodando cuesta abajo. No hablaba con nadie.

Con el clima más fresco y la humedad frecuente, las piernas de Vincent se le trabaron, y se encontró tan inmóvil como el amputado. Era peor que el año anterior. Mucho peor. No podía hacer guardia en el borde, apenas podía entrar y salir de la cama. Nunca creyó llegar a ser tan viejo.

Un día la puerta chirrió al abrirse, mientras él yacía indefenso en el suelo, magullado y sacudido por una caída desde la cama. Fernando entró a saltos, sosteniéndose del marco.

Vincent alzó la vista con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué quieres, muchacho?

Fernando avanzó arrastrándose, se sentó en el suelo y tomó la mano de Vincent.

—Te ayudaría a levantarte, pero… —señaló el lugar de su miembro perdido.

Los dos miraron el espacio vacío y luego, como si quisieran compensar semanas de silencio, se echaron a reír. Vincent no se había reído tanto en años, no desde que Dora lo dejó. Se rio hasta quedarse sin aliento y se secó las lágrimas. Fernando hizo lo mismo con la manga.

—A ver —dijo al fin. Se incorporó hasta el borde de la cama, agarró el brazo de Vincent y tiró hasta dejarlo sentado a su lado.

Vincent se acomodó mejor contra la pared.

Fernando recobró el aire, luego se movió hacia el sillón. Se sentaron en silencio durante mucho tiempo.

—¿Fernando? —su madre asomó por la puerta desde afuera, ya oscureciendo. Sonrió a Vincent—. Pensé que vendrías aquí.

—Entra —dijo Vincent.

—¿Quieres que te ayude a volver a casa?

Fernando negó con la cabeza.

—Vincent y yo estamos hablando.

La madre dudó un instante.

—Bien. ¿Te veré pronto?

—Sí, mamá. Te veré pronto.

Ella se fue, asintiendo para sí.

—¿Sabes? —dijo Fernando después de otro largo silencio—. Creo que encontré mi propósito.

Vincent lo miró, interrogante.

—Si eso es lo que tú quieres —dijo Fernando despacio.

Vincent suspiró, largo y suave.

—Creo que sí.

La oscuridad era completa cuando salieron de la cabaña, con el brazo de uno alrededor de la cintura del otro, apoyándose en los marcos de puerta y en los pasamanos. Avanzaron lentamente hasta la antigua cabaña de Vincent, ahora balanceándose de forma precaria en el borde de la sima.

Dentro, la vieja sala de Vincent estaba ahogada en sombra. El suelo crujía mucho más que antes. Tropezaron hasta la puerta trasera y se apoyaron con fuerza. Vincent temblaba de pie, aferrado a la pared, mientras Fernando luchaba con la puerta, endurecida por el marco deformado. Poco a poco cedió y la empujó hasta abrirla.

Vincent miró hacia la oscuridad impenetrable que comenzaba apenas pasado el umbral.

—¿Seguro que quieres averiguar qué hay ahí abajo, muchacho?

Fernando asintió.

—¿Listo, viejo?

Atravesaron juntos la puerta.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

 

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