Gareth D Jones
Encontraron a Billy
“Llave Inglesa” en un club de obreros del barrio más duro de la ciudad, a pocas
calles de donde todos ellos habían crecido.
Era un día gris y encapotado, en el
que todo sonaba apagado y los zepelines que zumbaban sobre sus cabezas
permanecían ocultos tras las nubes, con el rumor amortiguado.
Se detuvieron en una calle lateral
y el motor de la motocicleta tosió varias veces antes de apagarse
definitivamente. Un leve zumbido continuó procedente del sidecar cubierto
mientras Dave desmontaba y se quitaba las enormes gafas protectoras.
Tanto la motocicleta como las gafas
eran restos de la Gran Guerra y, aunque probablemente ya hubiera podido
conseguir unas que le ajustaran mejor, nunca le había parecido importante. Teniendo
en cuenta todo lo demás…
El sidecar también procedía de la
guerra, aunque ahora estaba adornado con unos flotadores laterales semejantes a
pontones y carenados con rebordes metálicos.
—Solo tardaré unos minutos —dijo. Un
jadeo surgió de la trompeta acústica instalada en el costado del sidecar—. Ábreme.
—Hace frío —respondió Dave.
—Lo sé. —Una respiración
entrecortada—. El frío me alivia.
Dave quiso protestar, pero Colin
llevaba conviviendo con sus dolencias el tiempo suficiente como para decidir
por sí mismo.
Accionó la palanca que liberaba el
cierre de la cubierta y esta se levantó sobre unos brazos hidráulicos hasta
quedar plegada sobre la parte trasera del sidecar.
Colin podía volver a cerrarla desde
dentro cuando recuperara fuerzas.
Su hermano inspiró una larga y
temblorosa bocanada de aire helado, que hizo estremecerse su pálido y delgado
cuerpo.
Colin era un año menor que Dave,
pero aparentaba diez años más que los veinticinco de su hermano. Tenía el
cabello ralo, el rostro cubierto de cicatrices y llevaba un jersey de manga
larga para ocultar los brazos, igualmente marcados. Las manos descansaban sobre
una serie de palancas instaladas en el tablero de madera.
La peor de sus heridas permanecía
oculta bajo una junta de goma que unía su cintura con el borde del sidecar.
—Eso está mejor —susurró.
El suave traqueteo habitual aumentó
de tono mientras la bomba trabajaba con más intensidad para presurizar la
cabina ahora abierta.
La ausencia de piernas dejaba
espacio para un compacto motor diésel y una gran cantidad de aparatos médicos
que ayudaban a Colin con diversas funciones corporales. Dave procuraba no
pensar demasiado en ello. Le bastaba con saber que el aire presurizado ayudaba
a su hermano a respirar. Prefería ignorar el resto de las funciones corporales.
—Estaré bien —dijo Colin.
Era ya el final de la tarde. Las
calles estaban sumidas en sombras y una brisa fría soplaba entre los edificios.
Parecía que toda la ciudad estuviera hecha únicamente de ladrillos rojos
ennegrecidos y marcos de ventanas blancos, desconchados por el tiempo.
Dave se ajustó con fuerza el pesado
abrigo militar alrededor del cuerpo, otro sobrante de la guerra que seguía
despertando recuerdos indeseables cinco años después, aunque también
proporcionaba un calor muy bienvenido.
Entró en un amplio salón oscuro y
cargado de humo, que olía a cerveza y a trabajo duro.
El club pertenecía a los Hyatt,
igual que el mercado negro y otros negocios relacionados.
Billy “Llave Inglesa” mantenía todo
funcionando a la perfección para ellos, convenciendo a quienes no estaban del
todo persuadidos de que lo mejor era aceptar los grandes planes que los Hyatt
tenían para el barrio.
El murmullo de las conversaciones y
el tintinear de los vasos continuaron sin alterarse mientras Dave avanzaba
hacia la barra. Vio a Billy antes de llegar. Permanecía de pie al extremo de la
barra, sosteniendo una pinta de cerveza amarga. Tan grande y cruel como
siempre. Billy “Llave Inglesa”. Billy ya no era mecánico. Al menos, no de la
clase que reparaba máquinas. Ahora utilizaba la llave inglesa sobre las
personas. Se suponía que lo hacía por dinero, aunque Dave sospechaba que
también obtenía placer de ello.
Ignoró el hosco saludo del camarero
y se volvió hacia el antiguo matón del colegio. El mecánico. El asesino.
—Billy.
Nada más. Se detuvo a varios pasos
de distancia. Billy lo examinó lentamente, de arriba abajo.
—Davey Brown —dijo—. ¿Qué te trae
por aquí?
—Colin quiere verte.
—¿Ah, sí? Pues que entre. —Bebió un
largo trago de cerveza—. Aunque, espera... no puede. —Golpeó el vaso contra la
barra—. No tiene piernas. —Se limpió la boca con el dorso de la mano y soltó
una carcajada. Nadie lo acompañó. Los dos hombres que estaban cerca de él se
removieron con incomodidad—. ¿Todavía sigues aquí? —preguntó Billy al cabo de
un momento.
—Colin te espera. Dice que salgas y
lo enfrentes como un hombre.
—¿Ha dicho qué?
El rostro de Billy enrojeció. Nunca
era una buena señal. Ya ocurría en el patio de la escuela.
—Está esperando.
Billy lo apartó de un empujón.
—Vamos.
Se dirigía a los dos hombres de la
barra. Ellos lo siguieron apresuradamente. Dave fue detrás.
Dave había
encontrado a su hermano en un abarrotado hospital de campaña. Respiraba con
dificultad, pero soportaba el sufrimiento en silencio. La sábana sucia que le
llegaba hasta la barbilla ocultaba las heridas, aunque la forma del cuerpo bajo
ella era mucho más corta de lo que debía. El lugar apestaba a enfermedad,
vómito, sudor y tierra.
Cuando Dave llegó ya era entrada la
noche, pero los continuos gemidos de los pacientes, los murmullos de las
enfermeras y los gritos ocasionales no disminuían por el hecho de que fuera
tarde. Los ojos de Colin se abrieron apenas un instante.
—¿Dave?
Su voz era apenas un susurro entre
astillas. Dave no había preparado nada que decir. Ni siquiera esperaba que
Colin despertara.
—Estoy aquí, Colin. Vine en cuanto
pude.
Colin asintió débilmente y volvió a
cerrar los ojos. Dave permaneció largos minutos junto a la cama, completamente
impotente, escuchando la respiración trabajosa de su hermano. Se acercó una
enfermera cargando un montón de sábanas usadas. Tenía un rostro joven, pero
unos ojos demasiado viejos.
—¿Artillería? —preguntó Dave.
Enseguida se sintió estúpido. Claro
que había sido la artillería.
—Él es de los afortunados. —La
enfermera sonrió con tristeza—. Si la explosión no le hubiera arrancado las
piernas, habría seguido avanzando con el resto de su unidad y habría muerto por
el gas mostaza. —Apretó el montón de sábanas contra el pecho—. Solo respiró una
pequeña cantidad, pero ya no puede respirar como antes.
—¿Mejorará?
—¿La respiración? Tal vez. ¿Las
piernas? Solo con un milagro.
—Gracias.
La enfermera se alejó.
Dave sintió que las piernas le
flaqueaban y terminó sentándose en el borde de la cama de su hermano. Se
imaginó a otros dos hermanos, en otro hospital, al otro lado del frente,
hablando en alemán. Él no disparaba personalmente los cañones, pero formaba
parte de la tripulación de una de aquellas fortalezas móviles que avanzaban
aplastándolo todo a su paso y disparando contra todo lo que tenían delante. Nueve
tanques Mark I modificados, unidos mediante estructuras metálicas, con cabinas
blindadas, torretas y casamatas. Doscientos treinta pies de largo. Setenta y
cinco de ancho. Un peso descomunal. Aquellas máquinas iban a poner fin a la
guerra de una vez por todas. Eso era lo que Dave había creído. Ahora estaba
contemplando las consecuencias.
—Volveré pronto —dijo. Y salió
tambaleándose del hospital.
Billy permanecía de
pie, mirando fijamente a Colin.
—¿Enfrentarte como un hombre? —se
burló—. Lo único que tengo delante es medio hombre.
Se irguió con toda su estatura, los
brazos pegados al cuerpo y los puños preparados para golpear, la misma postura
intimidatoria que adoptaba en el patio de la escuela.
Billy el Matón.
—Espera —dijo Colin con suavidad—.
Espera un momento. No te veo muy bien.
Era una frase inusualmente larga
para él.
Accionó una pequeña palanca y el
sidecar se inclinó hacia adelante sobre el soporte que lo unía a la
motocicleta. Al elevarse la parte trasera, el asiento se reclinó hasta dejarlo
casi erguido.
No era lo mismo que estar de pie
sobre sus propias piernas, pero era un buen sustituto.
Cuando terminó la
Gran Guerra, apenas dos años después de haber comenzado, Colin ya estaba de
regreso en Inglaterra. Lo habían dado de alta y había vuelto a casa en una
silla de ruedas.
Dave regresó poco después. Como
tantos otros, fue recibido como un héroe, aunque él nunca llegó a sentirse así.
Al cabo de unos días, todos los
demás parecieron olvidarlo también, y él quedó con una sensación de vacío y
suciedad por dentro.
Cuando volvió a casa, Colin apenas
hablaba. Permanecía sombrío, encerrado en sí mismo, respirando con dificultad y
contemplando el mundo a través de la ventana. El reencuentro con Lily no había
salido bien, le confesó su madre. La muchacha se había desmayado al verlo. Aunque
después se recuperó, se mostró profundamente arrepentida y prometió visitarlo
todos los días, nunca volvió.
—No la culpo —dijo Colin algunas semanas
más tarde, cuando por fin pudo hablar del tema—. Éramos apenas unos chicos
cuando me fui. No me debe nada.
—Pero las cartas...
Colin levantó una mano débilmente.
—Me ayudaron a seguir con vida.
Siempre le estaré agradecido por eso. Pero no puedo condenarla a vivir junto a
un inválido.
—No eres un inválido.
—¿Entonces qué soy? —replicó él,
con brusquedad.
En el hogar, la
jerarquía militar había sido sustituida por el grado de heroísmo con que la
opinión pública juzgaba a cada veterano. Las tripulaciones de las Fortalezas
Móviles gozaban de bastante prestigio, pero los miembros de la Flota Aérea
eran, con diferencia, los más admirados. Aquellos intrépidos pilotos de
chaquetas de cuero y elegantes gafas protectoras que desafiaban a la muerte
mientras sus enormes dirigibles cruzaban las líneas enemigas. Solo que uno de
ellos había sido Billy Elkins. Y Dave sabía perfectamente que Billy no tenía
nada de héroe. Era un simple aprendiz de mecánico que había tenido la suerte de
embarcar en un dirigible. Uno que no fue derribado.
Pocos meses después de regresar se
casó con Lily. Al poco tiempo ella quedó embarazada. Demasiado poco tiempo, si
alguien se detenía a hacer cuentas. Colin jamás culpó a Lily. A quien odiaba
era a Billy.
Después Lily cayó por las escaleras
y se rompió el cuello. El odio de Colin se transformó entonces en una obsesión
absoluta.
Un año después del
final de la guerra, Dave asistió a una reunión de veteranos. Ni siquiera sabía
por qué había aceptado la invitación. No sentía el menor deseo de recordar lo
vivido. Colin, por supuesto, no fue. Jamás salía de casa.
Era un pequeño pub alegre, situado
cerca de una base de la Flota Aérea y frecuentado sobre todo por soldados que
estaban de permiso. Tres o cuatro hombres del barrio de Dave seguían en el
ejército y media docena más acudieron al local para beber cerveza y conversar un
rato.
—Por suerte Billy Elkins no ha
aparecido —comentó Dave.
—No se atrevería a dejarse ver por
aquí —respondió Rob Lambert, haciendo una mueca antes de dar un largo trago a
cerveza oscura.
—¿De veras?
Según la experiencia de Dave, Billy
aparecía siempre donde quería y cuando quería.
—Los muchachos no se lo
permitirían. —Rob señaló discretamente a los soldados y aviadores uniformados
que llenaban el local. Dave esperó a que continuara—. Hay rumores. —Rob volvió
a beber—. En la última misión del dirigible en el que servía Billy, dos hombres
cayeron por la borda desde varios miles de pies de altura, sobre Bélgica.
—¿Billy los empujó?
No le resultó una acusación
sorprendente.
—Eso dicen.
—¿Y nadie hizo nada?
—Estábamos ganando la guerra. Los
tripulantes de la Flota Aérea eran héroes nacionales. Billy podía estar loco,
pero era un mecánico extraordinario. Lo necesitaban para regresar a casa.
Dave permaneció mirando su vaso. Rob
también era mecánico. No estaba acostumbrado a oír elogios dirigidos a Billy.
—¿Y después?
—Después nadie quiso un escándalo.
—Así que lo dejaron volver a casa
—dijo lentamente Dave—. Y luego empujó a Lily por las escaleras.
Rob se atragantó con la cerveza.
—Yo creía que se había caído.
—Eso es lo que afirma Billy.
Ambos permanecieron un rato en
silencio.
Al fondo del local, media docena de
hombres comenzó a cantar una melancólica canción sobre un romance en tiempos de
guerra.
—Me toca invitar la siguiente ronda
—dijo Dave.
Rob lo acompañó para ayudar a
transportar las jarras. El camarero estaba al otro extremo de la barra, pero
enseguida captó la mirada de Dave. Accionó una palanca situada junto a él y la
plataforma sobre la que permanecía sentado avanzó lentamente a lo largo de la
barra impulsada por un pequeño motor. Pequeñas bocanadas de humo diésel se
mezclaban con el humo de los cigarrillos antes de perderse en la neblina del
local.
Sirvió las cervezas con
sorprendente destreza, como si sus brazos compensaran la ausencia de piernas.
—Eso es justamente lo que Colin
necesita —dijo Dave.
—¿Una pinta?
—No. Algo que le permita volver a
desplazarse.
—Se nos han ocurrido algunas ideas
—explicó Rob mientras regresaban a la mesa con cuatro jarras cada uno.
Los recibieron con un coro de
«¡Salud!».
—A Colin le gustaba mucho su
motocicleta, ¿verdad? —preguntó Rob.
—Muchísimo.
—Podríamos adaptar un sidecar para
él, de modo que pudiera salir a pasear contigo.
—El problema es la respiración
—objetó Dave—. No soportaría el viento de la carretera.
Rob sacó del bolsillo un trozo de
papel y un pequeño lápiz. Comenzó a dibujar.
—Mira. Un sidecar cerrado. —Añadió
unas cuantas líneas—. Le instalamos un compresor para mantener presurizada la
cabina... un sistema neumático para abrir la cubierta...
—¿Y dónde meterás todo eso?
Rob lo miró como si fuera un
completo idiota.
—No tiene piernas, ¿o sí?
Dave contempló el tosco dibujo.
—¿El ejército les permite hacer
estas cosas?
—Tenemos más material del que
sabemos qué hacer con él —respondió Rob—. Nos dejan experimentar en los
talleres con la esperanza de que inventemos algo útil para el ejército. ¿Quién
crees que adaptó el vehículo del camarero?
—¿Y qué más han construido?
—Eso no puedo decírtelo. —Rob lanzó
una carcajada y vació media jarra de un trago—. Ahora mismo estamos trabajando
en algo realmente extraordinario.
—¿Ah, sí?
—Un tanque para un solo hombre.
—¿Un tanque?
Dave recordó aquellas gigantescas
Fortalezas Móviles basadas en los Mark I.
—Con patas en lugar de orugas
—confesó Rob.
Dave no supo decidir si hablaba de
un proyecto secreto o si simplemente la cerveza estaba empezando a hacer
efecto.
—Suena impresionante —dijo.
—¿Qué quieres?
—preguntó Billy—. Aparte de otra buena paliza.
—Quiero que tú... —Colin sufrió un
largo acceso de tos seca—. Perdón. Dave, ¿puedes explicárselo?
Accionó otra palanca y la cubierta
descendió hasta volver a sellarlo dentro de la cabina presurizada.
—En un minuto estará bien —dijo
Dave.
—No estará tan bien cuando termine
con él —replicó Billy.
—Quiere que nos devuelvas lo que
nos quitaste —dijo Dave—. Por todas las veces que nos golpeaste en la escuela.
Por el aviador al que arrojaste sobre Bélgica. Pero, sobre todo, por Lily.
Billy hizo un gesto de desprecio.
—¿Esa zorra?
—No hables así de ella —dijo Colin,
cuya voz sonaba más firme gracias al aire presurizado del habitáculo.
—¿O qué? —Billy flexionó los
brazos—. ¿Qué vas a hacer esta vez?
—Retarte a un duelo.
—¿Un duelo?
Billy estuvo a punto de
atragantarse de pura incredulidad.
—Sí. Si te atreves.
—¿Si me atrevo?
Escupió al suelo y se quitó la
gorra.
—Siempre me atrevo.
Entregó la gorra a uno de sus
secuaces y se quitó la chaqueta.
Con un silbido hidráulico, el
sidecar continuó inclinándose hasta quedar completamente vertical.
Colin observaba a través del panel
tintado del techo con una sonrisa sombría dibujada en el rostro.
Los flotadores laterales se
abrieron por la mitad y unos pistones empujaron las secciones inferiores hasta
apoyarlas firmemente sobre el suelo.
Billy, sin dejar de mirar la
transformación, tendió distraídamente la chaqueta hacia uno de sus hombres. El
secuaz no logró atraparla. La dejó caer y la recogió apresuradamente antes de
que Billy lo advirtiera.
La parte inferior de los flotadores
se desplegó formando pies provistos de cuatro garras. Un fuerte chasquido
anunció que la motocicleta acababa de separarse del sidecar.
—Ingenioso —admitió Billy.
Los sistemas hidráulicos alojados
en los pontones elevaron la cabina casi un metro. Ahora Colin contemplaba desde
arriba a su antiguo enemigo. Las secciones superiores de los pontones giraron
sobre sus articulaciones y se desplegaron convirtiéndose en un par de brazos
mecánicos desproporcionadamente largos. Los brazos se flexionaron imitando el
gesto desafiante de Billy. En el extremo de cada uno, una pinza metálica se
abría y cerraba con un zumbido. Billy llevó una mano a la espalda y extrajo de
su cinturón una enorme llave inglesa. Con una velocidad asombrosa, uno de los
brazos mecánicos de Colin se lanzó hacia adelante y arrebató la herramienta de
las manos de su adversario.
—Nunca debiste hacerle daño a Lily.
Billy trató de recuperar la llave. La
pinza permaneció completamente inmóvil. Por primera vez, la arrogante seguridad
desapareció de su rostro. Colin retiró lentamente el brazo, obligándolo a
avanzar hasta que Billy tuvo que soltar la herramienta para no caer.
—Nunca debiste hacerme daño.
Con esas palabras hizo girar la
llave inglesa y la descargó con fuerza sobre el hombro de Billy.
Billy “Llave Inglesa” lanzó un
grito y cayó hacia atrás. Colin dio un paso adelante.
Billy volvió a incorporarse
gruñendo. Colin levantó otra vez el brazo mecánico.
Y esta vez no dejó de golpear.
—¡Colin! ¡Basta!
Dave permanecía detrás, a salvo,
dando pequeños saltos para golpear con los nudillos la cubierta del habitáculo.
Los brazos mecánicos quedaron inmóviles.
Los dos secuaces observaban la
escena desde varios metros de distancia, paralizados por el horror. En el suelo
yacía una figura encogida. Un brazo protegía su rostro ensangrentado. El otro
colgaba inerte a un costado.
—Por favor... basta...
La respuesta llegó en forma de una
respiración jadeante que salió por la trompeta acústica.
—No me obligues a volver.
Colin dio media vuelta y se alejó
por la calle con grandes zancadas mecánicas. Dave levantó la vista de su
derrotado enemigo y descubrió que decenas de personas contemplaban la escena. De
pronto volvió a sentir el frío. Se sentó sobre la motocicleta, se colocó las
gafas protectoras y puso el motor en marcha.
—Esto no ha terminado —escupió
Billy desde el suelo.
—Sí. Ha terminado.
Dave arrancó y alcanzó a su
hermano. Colin seguía avanzando con aquellas enormes y bruscas zancadas. Dave
se emparejó con él.
—¿Quieres que te lleve?
—Prefiero caminar.
—No tienes energía suficiente.
Con evidente desgano, Colin se
detuvo y accionó el mecanismo que invirtió toda la transformación. Dave volvió
a enganchar la motocicleta al sidecar.
—¿Te sientes mejor?
—No.
—Lo hiciste por Lily.
—Lo sé.
Condujeron lentamente por la
carretera, alejándose del territorio de Billy.
—Mañana —dijo Colin— llévame a la
tumba de Lily.
—Lo haré.
Avanzaron
lentamente por el sendero del cementerio hasta situarse lo bastante cerca para
que Colin pudiera ver la lápida sin necesidad de bajar del sidecar. Permaneció un
largo rato en silencio.
Entonces un gran automóvil negro se
detuvo junto a la entrada del cementerio. Tenía un capó abombado y una parte
trasera estilizada. Su motor ronroneaba con un sonido amenazador, como un
tigre. Un hombre con un largo abrigo oscuro descendió del vehículo y se acercó
tranquilamente. Durante unos instantes permaneció en respetuoso silencio.
—Estuvieron a punto de matar a
Billy —dijo sin apartar la vista de la lápida.
—¿Y qué? —respondió Colin entre
jadeos.
—Trabaja para mí.
Dave se quedó inmóvil. Durante un
instante calculó si podría escapar antes de que aquel coche les cerrara la
salida del cementerio.
—¿Usted es el señor Hyatt?
—preguntó Colin sin mostrar la menor preocupación.
—No.
El hombre sacó una cartera. Dave
respiró aliviado.
—Capitán Farrer. Cuerpo de
Inteligencia del Ejército.
Les mostró una acreditación
bastante gastada.
—¿Billy trabaja para usted?
—preguntó lentamente Dave.
—Sí. Ignoro cuál es el problema
personal que tienen con él, pero no volverán a ponerle una mano encima.
—Pero es un asesino —protestó
Dave—. ¿Cómo puede trabajar para el ejército? ¿Y los aviadores a los que arrojó
por la borda?
—Espías alemanes. —La respuesta
llegó con absoluta naturalidad—. Su trabajo consistía precisamente en
descubrirlos dentro de la Flota Aérea.
—Él mató a Lily —dijo Colin.
—No. Fue un accidente.
—¿Cómo puede estar tan seguro? —Era
casi un grito.
—Porque lo sé.
El capitán sostuvo la mirada de
Colin hasta que este terminó bajando los ojos.
—Billy se ha infiltrado en la
organización de los Hyatt para ayudarnos a desmantelar el mercado negro. Espero
que no hayan arruinado demasiado su credibilidad. —Hizo una breve pausa—. Manténganse
alejados de él.
—¿Y por qué deberíamos obedecerle?
—preguntó Dave—. ¿Por qué nos está contando todo esto?
—Porque esa motocicleta y ese
sidecar me pertenecen.
—¿Cómo?
Colin apenas pudo contener un
jadeo.
—¿De verdad creen que permitimos a
nuestros mecánicos fabricar cosas como esa para regalarlas?
Dave intentó recordar exactamente
cómo se lo había explicado Rob en el pub.
El recuerdo era bastante confuso.
—Queríamos poner el equipo a
prueba. —El capitán sonrió apenas—. Billy dice que funciona extraordinariamente
bien.
—Supongo que ahora querrá
recuperarlo —dijo Dave con amargura.
—Al contrario. Quiero que ustedes
también trabajen para mí.
Dave miró a su hermano. Observó
cómo la ira iba dejando paso a una renovada expresión de interés.
—¿Haciendo qué? —preguntó Colin.
—Ya se lo diré.
—¿Y si nos negamos? —preguntó Dave,
aunque, viendo el brillo de determinación que acababa de regresar al rostro de
Colin, comprendió que jamás se negarían.
—Entonces pueden devolverme la
motocicleta mañana. —El capitán se dio media vuelta para marcharse. Se detuvo
un instante—. Suponiendo que no me la devuelvan mañana... ya me pondré en
contacto con ustedes.
Regresó a su automóvil, que
desapareció poco después carretera abajo envuelto en una nube de humo negro.
—¿Quieres devolvérsela? —preguntó
Dave.
Colin flexionó lentamente sus
nuevos brazos mecánicos.
—Creo que no.

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