Myriam Goluboff
Somos miles, somos millones, pero estamos
solos. Somos un hormiguero pero no sabemos coordinar una acción común como hacen las hormigas.
Cada uno hace lo que cree
que le conviene, a costa
del grupo, contra
las necesidades del grupo, a costa también de sí mismo, contra sus necesidades más profundas.
Me asomo a la ventana.
Busco con la mirada algún niño. Espero. Pasan las horas…
Ciudades de las que
desaparecieron los niños. Falta que convivan con la gente que puebla
las calles, la que pueda estar caminando, sentada en el banco de una plaza, atendiendo
su local. Les hemos robado
el conocimiento del mundo que
los rodea, complejo y rico.
—¡No puedes salir a la
calle!
Mandato habitual. La
pescadilla que se muerde la cola.
Como si en la selva
quedaran en sus chozas para evitar las serpientes y su mordedura
venenosa. Incapaces de reconocer, de discernir, de saber en quien confiar.
—Quédate
tranquila, mira la
tele.
Pasividad.
Desarrollamos el silencio. Silencio en el pensar. Silencio en el comunicar.
Silencio de la capacidad de crear.
—Hay que hacer las tareas. ¡Que no los escuche conversar!
Oyen a sus maestros que
les explican desde el encerado, autoritarios. Deben trabajar sin hablar. Deben escuchar y retener.
Más… y más… y más…
—¡He dicho que no hablen!
Si siguen molestando se quedarán sin recreo.
Al hablar aprenden a
usar la palabra, enriquecer el lenguaje. Así surgirán las ideas y podrán
alimentar la capacidad de enfrentar problemas
complejos, de trabajar
en equipo, de desarrollar un
diálogo creativo.
—Resolví el problema: Encontré guardería para la
niña. La dejo allí mientras estoy en la oficina.
—¿Y tu abuela?
¿Queda sola?
—En un centro
de día. Edificios especializados, personal especializado, actividades
especializadas. Nos cortamos en rebanadas homogéneas. No hay interrelación
entre las distintas edades. Los ancianos podrían contar cuentos a los niños,
hablarles de su vida de pequeños, en el campo,
de los tiempos duros de la guerra… participar en los juegos con ellos. Los niños podrían
alegrar con sus voces y sus abrazos a quienes aún tienen mucho para dar y mucho para recibir. Para ello sólo hace falta aceptar la riqueza de la diversidad. Organizar el equipamiento para articular el desarrollo de la
vida de todos en armonía.
—Pasaremos la tarde en el centro comercial.
—Sííííííí ¡qué guay!
El ocio unido al
consumo. Locales comerciales, bares…
Se sienten seguros sin coches alrededor. Salen de la casa, llegan
directamente al enorme aparcamiento y se sumergen en ese espacio
que crea apetencias compulsivas. Seguimos sin vivir la ciudad.
—Tres cervezas, un gin-tonic y dos refrescos.
En la mente del
pequeño, de la pequeña, se dibuja esta pregunta: ¿Cuándo seré mayor para poder
beber como ellos?
—Nos vemos a la una. Me costó conseguir el permiso, pero lo logré. Ayer cumplí los catorce.
¡Por fin!
Ansiado botellón. El alcohol los hace sentirse
hombres, las hace sentirse mujeres.
Beben porque es lo que corresponde, porque es lo que siempre vieron y
desearon.
Forma de convertir en individual el estar juntos. Cada uno se acompaña con su borrachera. Aumenta la incapacidad de comunicación.
La necesaria para comprender, para
construir, para desarrollar objetivos comunes. Para poder amar…
Desde el sillón, mirando el partido.
—¿Es que hoy no hay comida? ¡Estoy hambriento!
¡Yo soy el que trabaja
en esta casa!
Agotamiento,
sobrepresión. Repetición de palabras escuchadas en la infancia. Vuelca la rabia en la familia, sobre la mujer,
sobre los hijos…Violencia. Más violencia. Hasta la
violencia que hiere, hasta la violencia que mata…
Claridad. Convicción. Voluntad. Acción. Y…
¿Podremos tener ciudades de las que uno nunca quisiera escapar? ¿Podremos tener una forma de trabajo que permita que nadie sea esclavo? ¿Podremos tener una vida que desarrolle la creatividad, que permita un convivir armónico?

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