domingo, 2 de agosto de 2026

CIUDADES SIN ALMA

Myriam Goluboff

 

Somos miles, somos millones, pero estamos solos. Somos un hormiguero pero no sabemos coordinar una acción común como hacen las hormigas. Cada uno hace lo que cree que le conviene, a costa del grupo, contra las necesidades del grupo, a costa también de sí mismo, contra sus necesidades más profundas.

Me asomo a la ventana. Busco con la mirada algún niño. Espero. Pasan las horas…

Ciudades de las que desaparecieron los niños. Falta que convivan con la gente que puebla las calles, la que pueda estar caminando, sentada en el banco de una plaza, atendiendo su local. Les hemos robado el conocimiento del mundo que los rodea, complejo y rico.

—¡No puedes salir a la calle!

Mandato habitual. La pescadilla que se muerde la cola. Como si en la selva quedaran en sus chozas para evitar las serpientes y su mordedura venenosa. Incapaces de reconocer, de discernir, de saber en quien confiar.

—Quédate tranquila, mira la tele.

Pasividad. Desarrollamos el silencio. Silencio en el pensar. Silencio en el comunicar. Silencio de la capacidad de crear.

—Hay que hacer las tareas. ¡Que no los escuche conversar!

Oyen a sus maestros que les explican desde el encerado, autoritarios. Deben trabajar sin hablar. Deben escuchar y retener. Más… y más… y más…

—¡He dicho que no hablen! Si siguen molestando se quedarán sin recreo.

Al hablar aprenden a usar la palabra, enriquecer el lenguaje. Así surgirán las ideas y podrán alimentar la capacidad de enfrentar problemas complejos, de trabajar en equipo, de desarrollar un diálogo creativo.

—Resolví el problema: Encontré guardería para la niña. La dejo allí mientras estoy en la oficina.

—¿Y tu abuela? ¿Queda sola?

—En un centro de día. Edificios especializados, personal especializado, actividades especializadas. Nos cortamos en rebanadas homogéneas. No hay interrelación entre las distintas edades. Los ancianos podrían contar cuentos a los niños, hablarles de su vida de pequeños, en el campo, de los tiempos duros de la guerra… participar en los juegos con ellos. Los niños podrían alegrar con sus voces y sus abrazos a quienes aún tienen mucho para dar y mucho para recibir. Para ello sólo hace falta aceptar la riqueza de la diversidad. Organizar el equipamiento para articular el desarrollo de la vida de todos en armonía.

—Pasaremos la tarde en el centro comercial.

—Sííííííí ¡qué guay!

El ocio unido al consumo. Locales comerciales, bares… Se sienten seguros sin coches alrededor. Salen de la casa, llegan directamente al enorme aparcamiento y se sumergen en ese espacio que crea apetencias compulsivas. Seguimos sin vivir la ciudad.

—Tres cervezas, un gin-tonic y dos refrescos.

En la mente del pequeño, de la pequeña, se dibuja esta pregunta: ¿Cuándo seré mayor para poder beber como ellos?

—Nos vemos a la una. Me costó conseguir el permiso, pero lo logré. Ayer cumplí los catorce. ¡Por fin!

Ansiado botellón. El alcohol los hace sentirse hombres, las hace sentirse mujeres. Beben porque es lo que corresponde, porque es lo que siempre vieron y desearon.

Forma de convertir en individual el estar juntos. Cada uno se acompaña con su borrachera. Aumenta la incapacidad de comunicación. La necesaria para comprender, para construir, para desarrollar objetivos comunes. Para poder amar…

Desde el sillón, mirando el partido.

—¿Es que hoy no hay comida? ¡Estoy hambriento!

¡Yo soy el que trabaja en esta casa!

Agotamiento, sobrepresión. Repetición de palabras escuchadas en la infancia. Vuelca la rabia en la familia, sobre la mujer, sobre los hijos…Violencia. Más violencia. Hasta la violencia que hiere, hasta la violencia que mata…

Claridad. Convicción. Voluntad. Acción. Y…

¿Podremos tener ciudades de las que uno nunca quisiera escapar? ¿Podremos tener una forma de trabajo que permita que nadie sea esclavo? ¿Podremos tener una vida que desarrolle la creatividad, que permita un convivir armónico?

Myriam Goluboff, nacida en Buenos Aires en 1935, es arquitecta por la Universidad de Buenos Aires. Vive en La Coruña, España, desde 1975. Es profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

 

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