Mostrando entradas con la etiqueta Lusine Kharatyan. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lusine Kharatyan. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de septiembre de 2026

AMERICALUGAR: EMBARAZADA

Lusine Kharatyan

 

Nuestro apartamento estadounidense está en un edificio de madera.

Un edificio estadounidense de cuatro plantas donde viven estudiantes de nuestra universidad procedentes de la antigua Unión Soviética y huérfanos somalíes del Medio Oeste, tan queridos en la Unión Soviética.

En la Unión Soviética de mi infancia ayudábamos a los somalíes hambrientos.

En la infancia estadounidense de mi abuela, ellos ayudaban a los armenios hambrientos.

Con las fotografías de niños armenios y somalíes famélicos aparecidas en los periódicos de nuestras respectivas infancias hice un collage en blanco y negro y lo clavé en algún rincón de mi cabeza donde solo pudiera verlo cuando yo quisiera.

Pero ahora estoy embarazada. Ya no miro ese collage. Lo arranqué y lo tiré.

Así puedo sonreír tranquilamente cuando saludo a mi hermosa vecina somalí y olvidar que nuestra patria común es el hambre.

 

Nuestro apartamento estadounidense tiene un dormitorio, cocina y sala de estar.

Paredes blancas. Moqueta beige. Muchísimos armarios empotrados con puertas blancas. La mesa redonda de madera y las sillas pintadas de azul fueron un regalo de mi familia estadounidense. Las construyó mi padre estadounidense con sus propias manos. También nos regalaron un lovers' seat. Así llaman a un pequeño sofá para dos personas. Es amarillo. Muy blando. Por las noches nos sentamos allí y vemos películas por internet.

Bergman.

Cuando supimos que estaba embarazada recogimos un enorme sofá cama que unos vecinos habían dejado en el estacionamiento al mudarse. Tenía un cartel: «Llévame.»

Y nos lo llevamos.

Es beige. Exactamente del color de la moqueta. Ahora me siento sobre la moqueta, apoyo la espalda en ese sofá, estiro las piernas y leo. Mis apuntes. Sobre Estados Unidos.

Un país donde existen lovers' seats, somalíes, dishwashers, veteranos de guerra, dryers, protestantes, sofás abandonados en los estacionamientos, trotskistas, ciervos que pasean libremente por la ciudad, mexicanos, doggy bags, judíos soviéticos, garage sales, el Medio Oeste, afroamericanos, kitchen sinks, WASP, yuppies y el nine-one-one.

También hay baño. En nuestro apartamento. Tenemos cocina de gas, dishwasher y un fregadero de cocina que se lo traga todo. Sí, absolutamente todo. Puedes dejar allí mismo los restos de comida: cáscaras de huevo, pieles de cebolla... Aprietas un botón, lo tritura todo y el agua se lo lleva por el desagüe. Una vez hasta hice desaparecer allí un vaso roto.

La lavadora y la secadora son de uso común para todos los vecinos del piso. Están en un cuarto especial del pasillo. Introduces unas monedas, echas el detergente, aprietas el botón y media hora después tienes la ropa lavada; otra media hora más tarde, seca.

Mientras tanto, mi hermosa vecina somalí y yo nos llamamos mutuamente «hermana», sonreímos y, durante un instante, disfrutamos de aquello que comparten nuestros destinos, en ese espacio estrecho sin puertas ni ventanas, junto a la ropa que gira dentro de la lavadora.

Echo de menos los tendederos donde la ropa, entregada al sol y al viento, confirma la continuidad de la vida. Un pequeño fragmento de eternidad pasajera. Cuando, en medio de una vida vivida con prisa, te encuentras con ropa tendida de todos los colores y de pronto comprendes que esa ropa es la tuya. En esta lavandería sin puertas ni ventanas, mi patria es la ropa tendida al sol. La que colgaba de la ventana de nuestro apartamento en un edificio prefabricado de Ereván. Y también la que existe en internet.

 

Estoy embarazada.

Muy embarazada. Afuera es invierno. Un invierno de verdad. Veinte grados bajo cero. Dentro de casa hay treinta sobre cero. Al parecer, la madera es el mejor aislante térmico del mundo. Y no solo calienta cuando arde. La madera. Mi compañera desde 1992. En la estufa. Yo, nacida en aquel oscuro y helado 1992, llevo dos suéteres uno encima del otro sobre mi vientre redondo. Sentada en el sofá con las piernas recogidas, leo a Remarque, impreso desde lib.ru.

El olor del guiso de lentejas llena mi nariz. El olor del guiso de lentejas llena la casa. Llena las paredes blancas. La moqueta beige. Cuelga del techo bajo. Se esconde bajo la ventana y sobre la mesa de la cocina.

Sin novedad en el frente.

Guiso de lentejas. La retaguardia del frente occidental. Guiso de lentejas. Hierve en la estufa mientras yo, en nuestro apartamento del edificio prefabricado de Ereván, arrojo al fuego otro volumen de Lenin. Del Lenin de nuestro vecino, doctor en Filosofía. Lo había dejado en el pasillo. No escribió «Llévame». Lo dijo. Supongo. Y yo me lo llevé.

En todos los frentes posibles, orientales y occidentales, mi patria es el guiso de lentejas. También cocinado con Lenin. Durante el embarazo. Y no solo entonces.

 

En nuestro estado mucha gente es de origen escandinavo. Quizá como los que describía Hamsun. Quizá ellos también pasaron hambre, igual que los armenios y los somalíes. Nunca los vi. No consigo imaginarlos.

Mi madre estadounidense es sueca. Mi padre, finlandés. Hasta el clima de nuestro estado es escandinavo. Los inviernos son fríos. Los veranos, breves. Aquí Bergman se disfruta especialmente. Sobre todo en invierno.

Cuando oscurece temprano y el viento atraviesa todo desde el norte hasta el sur de Estados Unidos y, si estás afuera, te atraviesa también a ti, haciéndoles cosquillas a tus huesos uno por uno.

Hoy vimos El séptimo sello. Muy tarde. Me desperté por la noche soñando con aquella interminable danza de la muerte. Entonces comprendí que la danza estaba en mi útero. Y el olor... Era olor a moras. Un olor luminoso. A bosque. A sol. A verano.

En invierno, mi patria es un claro lleno de moras. También el que cuenta Bergman. En blanco y negro. Y, al mismo tiempo, color mora.

 

Otra vez la alarma nocturna.

Y allí estoy yo, con el abrigo puesto apresuradamente sobre el pijama, sin poder abrochármelo sobre la panza, los pies descalzos dentro de las botas.

¿Quién estará cocinando a estas horas? Los bomberos van y vienen con rapidez. Esta vez parece que también hay humo. Estoy helada. Me abrazo el vientre con las manos para que no se enfríe.

Frente a mí está Akram, mi compañero de clase azerbaiyano. No deja de caminar de un lado a otro. Está tranquilo. Lleva la campera mal puesta y un portafolios en la mano.

Guarda todos sus documentos juntos para no tener que buscarlos si alguna vez debe escapar apresuradamente.

Se ríe. Dice que heredó esa costumbre de su madre. Cuando huyeron de Aghdam no pudieron llevarse nada. Después tuvieron problemas durante años. No podían salir del país. No tenían un solo documento. Y ahora, aquí, en esta América que parece el centro del mundo, donde nadie huye, sabe perfectamente qué es lo más importante. En la vida. Sobre todo cuando llega el momento de escapar. Quizá su patria sea ese portafolios lleno de documentos.

Fue Kariné.

Me dijo:

—Es muy buena. Vamos.

Salimos de casa. Yo y mi barriga.

El nine-one-one estaba otra vez frente al edificio. Los bomberos sonrientes iban y venían con paso decidido. Respetaron mi embarazo. Nos dejaron pasar. Kill Bill. ¿Quién iba a decirte que fueras a verla estando tan embarazada?

Kariné.

Desde aquel día ya no me habla. La sala está llena. Crujidos de pochoclo.

Uma Thurman abre los ojos dentro de mi cabeza. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Camina por mi mente. Disparos. Cristales. Muchísimos cristales. La novia de blanco. Embarazada. Y sangre. Mucha sangre. Todo es rojo. ¿Será que empezó el parto? ¿Cómo? ¡Pero si todavía estoy embarazada! La película se metió dentro de mi vientre. Lo revolvió todo. Escapé.

La novia venía detrás de mí. Kariné y Uma Thurman seguían dentro de mi cabeza. Desde aquel día Kariné desapareció. No volvió a saludarme. No volvió a hablarme.

Al parecer, mi patria es mi vientre.

En Navidad ponemos una mesa hermosa con los pesados cubiertos de plata que la abuela sueca de mi madre estadounidense trajo cruzando el océano, y con platos blancos y azules. Estoy dentro de un cuento de Andersen. El de Elisa y sus hermanos. Porque los platos tienen cisnes azules dibujados. No los de la vajilla delicada de mi familia estadounidense, sino el juego que mi madre estadounidense me regaló para recibir invitados en nuestro apartamento.

¿Será? ¿Y si mi patria fueran los cuentos de Andersen? No. Es el árbol de Navidad. Cuando era niña siempre dormía junto al árbol durante la Nochevieja. Antes de dormirme imaginaba que los adornos despertaban durante la noche y se visitaban unos a otros de rama en rama. Hasta inventaba sus diálogos. Y así seguía hasta abrir, por la mañana, el regalo escondido bajo la almohada.

Mi patria es la mañana de Año Nuevo. La mañana más silenciosa del mundo. En todos los frentes posibles.

 

Fue mi médica.

Dijo que era obligatorio. Que así se hacía. Las parejas embarazadas asisten a cursos de preparación para el parto. Aquí estamos desde la mañana. Con otras diez parejas que, como nosotros, esperan un hijo de siete u ocho meses. La instructora, una partera, coloca un cubo de hielo en mi mano. Dice:

—Deben sostenerlo durante un minuto entero.

Cierro los ojos. La mano arde. Parece que va a salir humo. Me palpita. Me muerdo los labios. Mi marido extiende la mano para que le pase el hielo. No se lo doy. Es mío. Me abraza por detrás. Los ojos siguen cerrados. La partera cuenta:

—Diez... nueve... ocho... siete... seis... Ya está. Pueden soltar el hielo.

Ya no duele. Abro los ojos. Ni siquiera quiero tirarlo. Se ha derretido. Con la mano mojada me acaricio la cara y el cuello. La partera dice:

—El parto es igual. Al principio parece insoportable, pero una lo atraviesa... y luego lo olvida.

La mujer negra sentada a mi lado dará a luz en cualquier momento. Es tan corpulenta que apenas se le nota el embarazo. Su marido es la mitad de ella. Bajo. Flaco. Con una enorme cruz de oro. Durante todo el ejercicio rapeó para que su mujer no soltara el hielo. Nuestra patria es el dolor vivido juntos.

 

Vamos más al norte. A un seminario. Sobre desarrollo comunitario. Tres horas de viaje en autobús. Afuera de la ventanilla todo resulta aburrido. Adentro tampoco hay mucho de qué hablar. Dos nativos americanos. Dos feministas. Un profesor jubilado de Economía.

Un pastor de alguna comunidad perdida. Dos estudiantes de Sociología. Y yo, sola con mis collages. ¿Y si me muero durante el parto? Por una infección. O por cualquier otra cosa. ¿Y si aborto durante el viaje? ¿Y si tenemos un accidente?

Nos alojaremos en un campamento. Cabañas de madera. En un bosque de coníferas. Me toca la cama superior de una litera. Lo decidió el sorteo. La cama es de madera. También la escalera. La mujer que duerme abajo es una feminista mayor. De Vermont. Dice que su cuerpo le pertenece. Por eso, cuando era muy joven, en la época en que era hippie, decidió no tener hijos. En su comunidad hippie todos tienen muchos hijos. Pero respetan su decisión. Y ella respeta la de ellos. Ya se ha dormido. Yo no puedo. Tengo miedo de caerme.

El collage sigue girando dentro de mi cabeza.

En los años de hambre que mostraban los titulares de los periódicos estadounidenses, las mujeres armenias daban a luz al borde del camino, cortaban el cordón umbilical con cualquier cosa que tuvieran a mano y seguían caminando con el bebé envuelto entre los brazos.

En las películas y los libros sobre la Segunda Guerra Mundial las mujeres daban a luz bajo los bombardeos. Ahora es el siglo XXI. El centro del mundo. Y este estado es el centro de ese centro, al menos en cuestiones de salud.

La última mujer que murió aquí durante un parto fue hace unos veinte años. Y además estaba gravemente enferma. Y era mayor. Y no tenía educación. En cambio tú eres joven. Estás sana. Estás en el lugar más poderoso del mundo. En la patria del happy ending.

Tu cuerpo. Tu derecho. A tener un hijo. La patria de la mujer que duerme debajo de mí es su propio cuerpo. En este momento, la mía también. En la patria del happy ending. En la litera de arriba.

 

En un suburbio de nuestra ciudad hay una tienda de judíos soviéticos. La abrieron en los años ochenta. Casi todos los clientes hablan ruso. Vienen de la Unión Soviética. Yo voy allí cada dos meses. Tengo que tomar tres autobuses. Pero mi corazón pide grechka, y en los supermercados no la venden. Siempre hay anuncios pegados en la puerta. En ruso. Me quedo un rato leyéndolos. Buscan departamentos. O los alquilan. Anuncian conciertos. Casi siempre de música clásica. Buscan perros y gatos. Y cosas así.

En la tienda venden pan negro, Borjomi, sémola, kéfir. Yo siempre compro trigo sarraceno. Y alguna otra cosa.

Durante mucho tiempo, en los días en que iba a esa tienda, mi patria era Espera, de Oleg Dal, de La tierra de Sannikov. Interpretada por mi padre. Después descubrí una tienda iraní. Vendían mermelada de nueces y dulce de damascos fabricados en Armenia, con la silueta del monte Ararat en la etiqueta. También hojas de parra hechas en Turquía.

Entonces comprendí que mi patria era el dulce de damascos.

No.

Pensándolo mejor... la mermelada de nueces.

 

Mi hijo come mantequilla de maní con pan. Hoy se peleó en la escuela. Les habían dado una tarea para memorizar un texto sobre la patria.

No la estudió. Y en clase declaró que su patria era Estados Unidos. Un compañero bloqueó la puerta del aula y le dijo:

—Hasta que no reconozcas el genocidio, no vas a entrar.

Lusine Kharatyan es una escritora y antropóloga armenia. Estudió en la Universidad Estatal de Ereván, el Centro Demográfico de El Cairo y la Universidad de Minnesota. Es conocida por sus obras de ficción, entre las que destacan: El libro oblicuo (novela, 2017), Nomeolvides, callejón sin salida (relatos, 2020), Un asunto sirio (novela, 2019). Esta novela fue galardonada con el Premio de Literatura de la Unión Europea. Kharatyan reside en Ereván.


 

lunes, 27 de julio de 2026

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N

Lusine Kharatyan

Después del 11 de septiembre, mi familia estadounidense decidió aprender sobre otras culturas. Así fue como terminé viviendo en su casa. Yo les hablo de Armenia; ellos me hablan del chino al que hospedaron antes que a mí.

 

Mi familia estadounidense es protestante. Antes de cada comida rezamos. Especialmente cuando comemos frutillas con avena alrededor de la mesa redonda.

 

Los domingos vamos a la iglesia. En el subsuelo leemos el Evangelio y luego contemplamos un mapa del mundo colgado en la pared, donde los «cristianos perseguidos» aparecen marcados en rojo intenso. En los puntos más rojos trabajan, sin descanso, los misioneros de nuestra iglesia.

Me alegra en silencio que mi diminuta patria, más pequeña que una piedra lanzada con una honda, aparezca en ese mapa ensangrentada por todos lados... pero completamente estadounidense.

 

Mi padre estadounidense colecciona relojes antiguos y armas. Las armas cuelgan de la pared del sótano; los relojes detenidos, de las paredes de la sala.

En el cuarto blanco de los relojes almorzamos los domingos y, alrededor de una taza de agua vivificante cada uno, discutimos todos los matices del sabor del pan de cada día, el funcionamiento de nuestro sistema digestivo y el crecimiento del mal en el mundo.

 

Nuestra casa está junto a un lago. Es nuestro lago, aunque lo compartimos con otras cuatro familias de clase media alta, como nosotros.

Mi padre estadounidense construyó la casa con sus propias manos cuando era joven, junto con sus amigos de la generación del baby boom, contribuyendo así a las estadísticas del crecimiento económico de Estados Unidos.

Es un placer contemplar el lago por la mañana desde la cocina acristalada, taza de café en mano, mientras las ardillas saltan de rama en rama entre los enormes pinos.

Del otro lado del vidrio, el cielo está a tus pies, hay dos somormujos, la lancha del vecino de la orilla opuesta levanta las olas y el invierno próximo permanece escondido en el espejo del lago.

 

Mi amor estadounidense es una tienda de lanas.

Fue en este noviembre oscuro, sucio e incómodo, mientras deambulaba con la llovizna golpeándome la cara, Bach en los oídos, cansada de las estadísticas y con la nariz helada escondida en la manga de mi chaqueta, cuando nos encontramos en el escaparate situado junto al videoclub de películas somalíes impregnado de olor a especias.

Tú eras naranja, grueso y de lana. Te abracé junto con aquellas dos agujas enormes y sentí un calor indescriptible.

Mientras la radio de casa sigue debatiendo si Estados Unidos debe entrar o no en Irak, yo tejo contigo una prenda grande, cálida y llena de sol.

 

Mi madre estadounidense camina cada mañana alrededor de nuestro lago. Los fines de semana yo también la acompaño. La caminata dura aproximadamente una hora. Por el camino nos cruzamos con caminantes, corredores, personas que pasean perros, otras que recogen sus excrementos, ciclistas, ciervos, ardillas e incluso pavos salvajes.

El día siempre permanece en silencio. Pero nosotras hablamos.

Ella me cuenta lo difícil que fue criar a sus dos hijos y cómo logró detectar a tiempo un cáncer en dos ocasiones, salvándose de la muerte. Hace veinte años. Y hace diez.

Yo le cuento cómo murió mi padre en la guerra.

Hace diez años.

 

Me enfrenté al mundo en la universidad. Entré en el aula... y allí estaba. Ahora permanecemos inmóviles: yo lo miro a él y él me mira a mí. Estados Unidos ocupa el centro; el océano Atlántico, Europa y África quedan a la derecha; Asia y Australia, a la izquierda. Pero a mí siempre me habían dicho que la humanidad había nacido en las Tierras Altas de Armenia. Entonces lo comprendí. La Tierra es el centro del sistema solar.

 

El subsuelo de nuestra universidad es nuestro búnker. Fue construido para resistir siglos: sólido, estéril. Un monolito. Paredes insonorizadas e innumerables pasillos. Un laberinto. Una matriz. Una red. Los edificios del pasado y del futuro están unidos por corredores largos e interminables: ingeniería biomédica, ciencias sociales, administración, derecho, historia, programación, física, filosofía.

Sesenta mil estudiantes. No sé cuántos profesores. Como enanos, caminamos en silencio por esos corredores subterráneos, sin ventanas y sin sol. Buscamos oro. Cada uno en su propia mina. Ninguno tiene fronteras, pero todas las puertas y todas las salidas están cerradas. Falta el aire. Todos están en contra de la guerra de Irak. Silencio. Un paso adelante y una pared. En la biblioteca pido todos los ejemplares de Pravda correspondientes al año 1961.

 

Salgo del subsuelo. Hace un frío soleado. El viento trae noticias. Un puente sobre el Misisipi. De dos niveles. El de abajo es para los automóviles; el de arriba, para nosotros. Hace frío y nuestro puente tiene un túnel de vidrio. Transparente, para que puedan verse el cielo y los rascacielos. Consignas, eslóganes, grafitis, invitaciones. Un murmullo me llena los oídos. Está fuera del sistema. Entonces está todavía más dentro del sistema. Es el propio sistema. Está escrito en el idioma de los extraterrestres.

«Club Ruso. Únete a nosotros.»

«Asociación de Estudiantes Árabes.»

«Asociación de Indígenas de América.»

«Gays y lesbianas. Nos reunimos todos los viernes.»

«¿Bailas salsa? ¿Quieres aprender?»

«Defiende tu futuro.»

«Osama Bush-Laden.»

«Antropología... Mucho más que una carrera.»

Letra-palabra-dibujo-color-número-idea-canción... Todo me mira. Lo comprendí. En uno de los pasillos suena una grabación:

—Hola, soy Angela.

—Yo soy Eric.

—Mi nombre es Jane.

Son muchísimos.

 

Mi abuela estadounidense tiene noventa y cinco años. Vive en un hogar para ancianos. Hoy hemos venido a visitarla. Cultiva tomates en el jardín de la residencia. Es sábado y la peluquera del hogar le ha teñido el cabello; también le hicieron manicura y pedicura.

Mi padre le dice:

—Vamos a jugar a las cartas.

Ella no oye. Él la toma del brazo y la conduce al interior. Los cuatro nos sentamos alrededor de una mesa redonda. Mi abuela pregunta de dónde soy. De todo lo que le explica su hijo solo entiende la palabra «Unión Soviética».

Entonces yo le hablo de mi abuelo, que durante la Gran Guerra Patria llevaba desde Irán camiones Studebaker estadounidenses.

 

Los estudiantes internacionales de nuestra universidad hemos sido invitados a cenar. Es el club de los estadounidenses ricos. Después del 11 de septiembre, los millonarios comenzaron a interesarse por el mundo y quieren conocer otras culturas directamente de la fuente. El club está en la azotea de un rascacielos. Mujeres con maquillaje carísimo. Hombres con trajes carísimos. Sonrisas de dientes impecablemente blancos. Yo, como un gladiador en Roma. El millonario que me toca en suerte pasa toda la noche hablando de la caída del Imperio romano. Dice que es una ley histórica: los imperios nacen y desaparecen. Pero Estados Unidos vivirá mucho tiempo. Porque ellos son libres. Él, por ejemplo, tiene derecho a volar en su propio avión. En Europa, dice, no tendría ese derecho.

 

Una compañera de clase es militar. Su padre también. Y su abuelo. También lo son su madre, su hermano y su tío. Sirvió en el ejército y ahora el ejército paga sus estudios. Los míos también los pagan los contribuyentes estadounidenses. Al parecer, las dos estamos en deuda con ellos. Ella es republicana. Yo, demócrata. Las dos cursamos la materia Historia de las ideas en Estados Unidos y, junto con el resto del grupo, estamos en contra de la guerra.

Hoy estaba triste. Sobre todo ella. Dijo que mañana parte hacia el combate. Irak. Está en contra de la guerra, pero debe ir. A defender los valores estadounidenses.

 

Nuestra práctica profesional transcurre en un lugar donde pasamos el día hablando del coeficiente de Gini, de la pobreza, del hambre y del analfabetismo.

Por las noches organizamos recepciones donde criticamos la política exterior de Bush, a los economistas de Chicago y la negativa de Estados Unidos a firmar el Protocolo de Kioto. Todo ello alrededor de salmón rojo del Pacífico y caviar negro. Gracias a una compañera de prácticas traicioné a Naranja con Chomsky. Fue una aventura muy rápida: apenas una hora de encuentro. Había muchos izquierdistas. Anarquistas de izquierda. Punks. Hipis envejecidos. Trotskistas. Feministas. Inmigrantes de Oriente Medio y de la Unión Soviética. Buscadores de conspiraciones. Holgazanes profesionales.  Desempleados por convicción. Personas sin hogar. Alcohólicos deprimidos. Y jóvenes extraordinariamente vitales.

El 9 de noviembre ganó la democracia.

Mis padres estadounidenses, republicanos, siguen rezando cada domingo por mí y por mi familia. Yo creo en sus oraciones.

Lusine Kharatyan es una escritora y antropóloga armenia. Estudió en la Universidad Estatal de Ereván, el Centro Demográfico de El Cairo y la Universidad de Minnesota. Es conocida por sus obras de ficción, entre las que destacan: El libro oblicuo (novela, 2017), Nomeolvides, callejón sin salida (relatos, 2020), Un asunto sirio (novela, 2019). Esta novela fue galardonada con el Premio de Literatura de la Unión Europea. Kharatyan reside en Ereván.


 

INCIDENTE EN FLANDES