Lusine Kharatyan
Nuestro apartamento
estadounidense está en un edificio de madera.
Un edificio estadounidense de
cuatro plantas donde viven estudiantes de nuestra universidad procedentes de la
antigua Unión Soviética y huérfanos somalíes del Medio Oeste, tan queridos en
la Unión Soviética.
En la Unión Soviética de mi
infancia ayudábamos a los somalíes hambrientos.
En la infancia estadounidense de mi
abuela, ellos ayudaban a los armenios hambrientos.
Con las fotografías de niños
armenios y somalíes famélicos aparecidas en los periódicos de nuestras
respectivas infancias hice un collage en blanco y negro y lo clavé en algún
rincón de mi cabeza donde solo pudiera verlo cuando yo quisiera.
Pero ahora estoy embarazada. Ya no
miro ese collage. Lo arranqué y lo tiré.
Así puedo sonreír tranquilamente
cuando saludo a mi hermosa vecina somalí y olvidar que nuestra patria común es
el hambre.
Nuestro apartamento
estadounidense tiene un dormitorio, cocina y sala de estar.
Paredes blancas. Moqueta beige. Muchísimos
armarios empotrados con puertas blancas. La mesa redonda de madera y las sillas
pintadas de azul fueron un regalo de mi familia estadounidense. Las construyó
mi padre estadounidense con sus propias manos. También nos regalaron un lovers'
seat. Así llaman a un pequeño sofá para dos personas. Es amarillo. Muy
blando. Por las noches nos sentamos allí y vemos películas por internet.
Bergman.
Cuando supimos que estaba
embarazada recogimos un enorme sofá cama que unos vecinos habían dejado en el
estacionamiento al mudarse. Tenía un cartel: «Llévame.»
Y nos lo llevamos.
Es beige. Exactamente del color de
la moqueta. Ahora me siento sobre la moqueta, apoyo la espalda en ese sofá,
estiro las piernas y leo. Mis apuntes. Sobre Estados Unidos.
Un país donde existen lovers'
seats, somalíes, dishwashers, veteranos de guerra, dryers,
protestantes, sofás abandonados en los estacionamientos, trotskistas, ciervos
que pasean libremente por la ciudad, mexicanos, doggy bags, judíos
soviéticos, garage sales, el Medio Oeste, afroamericanos, kitchen
sinks, WASP, yuppies y el nine-one-one.
También hay baño. En nuestro
apartamento. Tenemos cocina de gas, dishwasher y un fregadero de cocina
que se lo traga todo. Sí, absolutamente todo. Puedes dejar allí mismo los
restos de comida: cáscaras de huevo, pieles de cebolla... Aprietas un botón, lo
tritura todo y el agua se lo lleva por el desagüe. Una vez hasta hice
desaparecer allí un vaso roto.
La lavadora y la secadora son de
uso común para todos los vecinos del piso. Están en un cuarto especial del
pasillo. Introduces unas monedas, echas el detergente, aprietas el botón y
media hora después tienes la ropa lavada; otra media hora más tarde, seca.
Mientras tanto, mi hermosa vecina
somalí y yo nos llamamos mutuamente «hermana», sonreímos y, durante un
instante, disfrutamos de aquello que comparten nuestros destinos, en ese
espacio estrecho sin puertas ni ventanas, junto a la ropa que gira dentro de la
lavadora.
Echo de menos los tendederos donde
la ropa, entregada al sol y al viento, confirma la continuidad de la vida. Un
pequeño fragmento de eternidad pasajera. Cuando, en medio de una vida vivida
con prisa, te encuentras con ropa tendida de todos los colores y de pronto
comprendes que esa ropa es la tuya. En esta lavandería sin puertas ni ventanas,
mi patria es la ropa tendida al sol. La que colgaba de la ventana de nuestro
apartamento en un edificio prefabricado de Ereván. Y también la que existe en
internet.
Estoy embarazada.
Muy embarazada. Afuera es invierno.
Un invierno de verdad. Veinte grados bajo cero. Dentro de casa hay treinta
sobre cero. Al parecer, la madera es el mejor aislante térmico del mundo. Y no
solo calienta cuando arde. La madera. Mi compañera desde 1992. En la estufa. Yo,
nacida en aquel oscuro y helado 1992, llevo dos suéteres uno encima del otro
sobre mi vientre redondo. Sentada en el sofá con las piernas recogidas, leo a
Remarque, impreso desde lib.ru.
El olor del guiso de lentejas llena
mi nariz. El olor del guiso de lentejas llena la casa. Llena las paredes
blancas. La moqueta beige. Cuelga del techo bajo. Se esconde bajo la ventana y
sobre la mesa de la cocina.
Sin novedad en el frente.
Guiso de lentejas. La retaguardia
del frente occidental. Guiso de lentejas. Hierve en la estufa mientras yo, en
nuestro apartamento del edificio prefabricado de Ereván, arrojo al fuego otro
volumen de Lenin. Del Lenin de nuestro vecino, doctor en Filosofía. Lo había
dejado en el pasillo. No escribió «Llévame». Lo dijo. Supongo. Y yo me lo
llevé.
En todos los frentes posibles,
orientales y occidentales, mi patria es el guiso de lentejas. También cocinado
con Lenin. Durante el embarazo. Y no solo entonces.
En nuestro estado
mucha gente es de origen escandinavo. Quizá como los que describía Hamsun. Quizá
ellos también pasaron hambre, igual que los armenios y los somalíes. Nunca los
vi. No consigo imaginarlos.
Mi madre estadounidense es sueca. Mi
padre, finlandés. Hasta el clima de nuestro estado es escandinavo. Los
inviernos son fríos. Los veranos, breves. Aquí Bergman se disfruta
especialmente. Sobre todo en invierno.
Cuando oscurece temprano y el
viento atraviesa todo desde el norte hasta el sur de Estados Unidos y, si estás
afuera, te atraviesa también a ti, haciéndoles cosquillas a tus huesos uno por
uno.
Hoy vimos El séptimo sello. Muy
tarde. Me desperté por la noche soñando con aquella interminable danza de la
muerte. Entonces comprendí que la danza estaba en mi útero. Y el olor... Era
olor a moras. Un olor luminoso. A bosque. A sol. A verano.
En invierno, mi patria es un claro
lleno de moras. También el que cuenta Bergman. En blanco y negro. Y, al mismo
tiempo, color mora.
Otra vez la alarma
nocturna.
Y allí estoy yo, con el abrigo
puesto apresuradamente sobre el pijama, sin poder abrochármelo sobre la panza,
los pies descalzos dentro de las botas.
¿Quién estará cocinando a estas
horas? Los bomberos van y vienen con rapidez. Esta vez parece que también hay
humo. Estoy helada. Me abrazo el vientre con las manos para que no se enfríe.
Frente a mí está Akram, mi
compañero de clase azerbaiyano. No deja de caminar de un lado a otro. Está
tranquilo. Lleva la campera mal puesta y un portafolios en la mano.
Guarda todos sus documentos juntos
para no tener que buscarlos si alguna vez debe escapar apresuradamente.
Se ríe. Dice que heredó esa
costumbre de su madre. Cuando huyeron de Aghdam no pudieron llevarse nada. Después
tuvieron problemas durante años. No podían salir del país. No tenían un solo
documento. Y ahora, aquí, en esta América que parece el centro del mundo, donde
nadie huye, sabe perfectamente qué es lo más importante. En la vida. Sobre todo
cuando llega el momento de escapar. Quizá su patria sea ese portafolios lleno
de documentos.
Fue Kariné.
Me dijo:
—Es muy buena. Vamos.
Salimos de casa. Yo y mi barriga.
El nine-one-one estaba otra
vez frente al edificio. Los bomberos sonrientes iban y venían con paso
decidido. Respetaron mi embarazo. Nos dejaron pasar. Kill Bill. ¿Quién
iba a decirte que fueras a verla estando tan embarazada?
Kariné.
Desde aquel día ya no me habla. La
sala está llena. Crujidos de pochoclo.
Uma Thurman abre los ojos dentro de
mi cabeza. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Camina por mi mente. Disparos. Cristales. Muchísimos
cristales. La novia de blanco. Embarazada. Y sangre. Mucha sangre. Todo es
rojo. ¿Será que empezó el parto? ¿Cómo? ¡Pero si todavía estoy embarazada! La
película se metió dentro de mi vientre. Lo revolvió todo. Escapé.
La novia venía detrás de mí. Kariné
y Uma Thurman seguían dentro de mi cabeza. Desde aquel día Kariné desapareció. No
volvió a saludarme. No volvió a hablarme.
Al parecer, mi patria es mi
vientre.
En Navidad ponemos una mesa hermosa
con los pesados cubiertos de plata que la abuela sueca de mi madre
estadounidense trajo cruzando el océano, y con platos blancos y azules. Estoy
dentro de un cuento de Andersen. El de Elisa y sus hermanos. Porque los platos
tienen cisnes azules dibujados. No los de la vajilla delicada de mi familia
estadounidense, sino el juego que mi madre estadounidense me regaló para
recibir invitados en nuestro apartamento.
¿Será? ¿Y si mi patria fueran los
cuentos de Andersen? No. Es el árbol de Navidad. Cuando era niña siempre dormía
junto al árbol durante la Nochevieja. Antes de dormirme imaginaba que los
adornos despertaban durante la noche y se visitaban unos a otros de rama en
rama. Hasta inventaba sus diálogos. Y así seguía hasta abrir, por la mañana, el
regalo escondido bajo la almohada.
Mi patria es la mañana de Año
Nuevo. La mañana más silenciosa del mundo. En todos los frentes posibles.
Fue mi médica.
Dijo que era obligatorio. Que así
se hacía. Las parejas embarazadas asisten a cursos de preparación para el
parto. Aquí estamos desde la mañana. Con otras diez parejas que, como nosotros,
esperan un hijo de siete u ocho meses. La instructora, una partera, coloca un
cubo de hielo en mi mano. Dice:
—Deben sostenerlo durante un minuto
entero.
Cierro los ojos. La mano arde. Parece
que va a salir humo. Me palpita. Me muerdo los labios. Mi marido extiende la
mano para que le pase el hielo. No se lo doy. Es mío. Me abraza por detrás. Los
ojos siguen cerrados. La partera cuenta:
—Diez... nueve... ocho... siete...
seis... Ya está. Pueden soltar el hielo.
Ya no duele. Abro los ojos. Ni
siquiera quiero tirarlo. Se ha derretido. Con la mano mojada me acaricio la
cara y el cuello. La partera dice:
—El parto es igual. Al principio
parece insoportable, pero una lo atraviesa... y luego lo olvida.
La mujer negra sentada a mi lado
dará a luz en cualquier momento. Es tan corpulenta que apenas se le nota el
embarazo. Su marido es la mitad de ella. Bajo. Flaco. Con una enorme cruz de
oro. Durante todo el ejercicio rapeó para que su mujer no soltara el hielo. Nuestra
patria es el dolor vivido juntos.
Vamos más al norte.
A un seminario. Sobre desarrollo comunitario. Tres horas de viaje en autobús. Afuera
de la ventanilla todo resulta aburrido. Adentro tampoco hay mucho de qué
hablar. Dos nativos americanos. Dos feministas. Un profesor jubilado de
Economía.
Un pastor de alguna comunidad
perdida. Dos estudiantes de Sociología. Y yo, sola con mis collages. ¿Y si me
muero durante el parto? Por una infección. O por cualquier otra cosa. ¿Y si
aborto durante el viaje? ¿Y si tenemos un accidente?
Nos alojaremos en un campamento. Cabañas
de madera. En un bosque de coníferas. Me toca la cama superior de una litera. Lo
decidió el sorteo. La cama es de madera. También la escalera. La mujer que
duerme abajo es una feminista mayor. De Vermont. Dice que su cuerpo le
pertenece. Por eso, cuando era muy joven, en la época en que era hippie,
decidió no tener hijos. En su comunidad hippie todos tienen muchos hijos. Pero
respetan su decisión. Y ella respeta la de ellos. Ya se ha dormido. Yo no
puedo. Tengo miedo de caerme.
El collage sigue girando dentro de
mi cabeza.
En los años de hambre que mostraban
los titulares de los periódicos estadounidenses, las mujeres armenias daban a
luz al borde del camino, cortaban el cordón umbilical con cualquier cosa que
tuvieran a mano y seguían caminando con el bebé envuelto entre los brazos.
En las películas y los libros sobre
la Segunda Guerra Mundial las mujeres daban a luz bajo los bombardeos. Ahora es
el siglo XXI. El centro del mundo. Y este estado es el centro de ese centro, al
menos en cuestiones de salud.
La última mujer que murió aquí
durante un parto fue hace unos veinte años. Y además estaba gravemente enferma.
Y era mayor. Y no tenía educación. En cambio tú eres joven. Estás sana. Estás
en el lugar más poderoso del mundo. En la patria del happy ending.
Tu cuerpo. Tu derecho. A tener un
hijo. La patria de la mujer que duerme debajo de mí es su propio cuerpo. En
este momento, la mía también. En la patria del happy ending. En la
litera de arriba.
En un suburbio de
nuestra ciudad hay una tienda de judíos soviéticos. La abrieron en los años
ochenta. Casi todos los clientes hablan ruso. Vienen de la Unión Soviética. Yo
voy allí cada dos meses. Tengo que tomar tres autobuses. Pero mi corazón pide grechka,
y en los supermercados no la venden. Siempre hay anuncios pegados en la puerta.
En ruso. Me quedo un rato leyéndolos. Buscan departamentos. O los alquilan. Anuncian
conciertos. Casi siempre de música clásica. Buscan perros y gatos. Y cosas así.
En la tienda venden pan negro,
Borjomi, sémola, kéfir. Yo siempre compro trigo sarraceno. Y alguna otra cosa.
Durante mucho tiempo, en los días
en que iba a esa tienda, mi patria era Espera, de Oleg Dal, de La
tierra de Sannikov. Interpretada por mi padre. Después descubrí una tienda
iraní. Vendían mermelada de nueces y dulce de damascos fabricados en Armenia,
con la silueta del monte Ararat en la etiqueta. También hojas de parra hechas
en Turquía.
Entonces comprendí que mi patria
era el dulce de damascos.
No.
Pensándolo mejor... la mermelada de
nueces.
Mi hijo come
mantequilla de maní con pan. Hoy se peleó en la escuela. Les habían dado una
tarea para memorizar un texto sobre la patria.
No la estudió. Y en clase declaró
que su patria era Estados Unidos. Un compañero bloqueó la puerta del aula y le
dijo:
—Hasta que no reconozcas el
genocidio, no vas a entrar.
Lusine Kharatyan es una escritora y antropóloga armenia. Estudió en la Universidad Estatal de Ereván, el Centro Demográfico de El Cairo y la Universidad de Minnesota. Es conocida por sus obras de ficción, entre las que destacan: El libro oblicuo (novela, 2017), Nomeolvides, callejón sin salida (relatos, 2020), Un asunto sirio (novela, 2019). Esta novela fue galardonada con el Premio de Literatura de la Unión Europea. Kharatyan reside en Ereván.

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