Frank Roger
Alex se apresuró
hacia la parada de taxis de la estación. Se había retrasado y no quería llegar
tarde a su cita. Estaba ansioso por volver a ver a su difunta esposa, aunque
solo fuera para conversar unos minutos con ella. Aquello se había convertido en
una tradición semanal a la que no estaba dispuesto a renunciar. Era muy
importante mantenerse en contacto con la mujer a la que tanto había amado y que
le había sido arrebatada demasiado pronto.
El taxi tardó unos quince minutos
en llegar al Instituto, situado en las afueras de la ciudad. Como siempre, Alex
contempló el paisaje por la ventanilla mientras el automóvil avanzaba entre
edificios, la mayoría en mal estado o incluso abandonados, que se recortaban
amenazadores en el crepúsculo. Algunos estaban cubiertos de vegetación y, en
ciertos rincones oscuros, crecían hongos luminiscentes que difundían un
resplandor inquietante. No le gustaba aquella parte de la ciudad, que parecía
desmoronarse hasta convertirse en ruinas, y no entendía por qué no trasladaban
el Instituto al centro, a un entorno mucho menos insalubre.
Pagó al taxista, entró en el
edificio y se dirigió directamente al mostrador de recepción.
—Tengo una cita —le dijo a la mujer
pelirroja que estaba detrás del mostrador.
Ella sonrió. Sabía perfectamente
quién era y a qué había venido. Era un visitante habitual. No hacía falta
ninguna explicación.
Consultó la pantalla de su
ordenador y dijo:
—La cabina número siete está
preparada para usted, señor. Disfrute de estos momentos con su ser querido.
Supongo que no necesita indicaciones. Ya ha venido muchas veces.
Él sonrió, asintió y se encaminó
rápidamente hacia el pasillo de las cabinas. La puerta de la número siete
estaba entreabierta. Entró y la cerró detrás de sí. Ahora solo tenía que
encender la pantalla, ponerse los auriculares y esperar a que se estableciera
la conexión. Podía tardar unos minutos. Mientras tanto, la pantalla se llenaría
de formas grises y negras que giraban sin cesar.
Mientras esperaba, pensó en los
maravillosos servicios que ofrecía el Instituto. Nunca había llegado a
comprender cómo conseguían establecer contacto con el más allá, a pesar de
todos los detalles técnicos que le habían proporcionado. Aquella tecnología estaba
muy por encima de sus conocimientos. Lo único que realmente importaba, por
supuesto, era que podía ver y hablar con su esposa, fallecida un año atrás. De
alguna manera era posible establecer un vínculo entre este mundo y el otro y,
una vez por semana, se le ofrecía la oportunidad de disfrutar durante unos
minutos de la compañía de Miranda.
Las formas que giraban en la
pantalla se transformaron poco a poco en los contornos de un rostro: un rostro
que conocía muy bien.
—Miranda —dijo—. Qué bueno es
volver a verte. Te extraño muchísimo.
Una sonrisa apareció en el rostro
de ella, una sonrisa que le reconfortaba el corazón cada vez que la veía.
—Yo también te extraño, Alex
—dijo—. ¿Cómo estás?
—Hago todo lo posible por
sobrellevarlo —respondió—. Pero debo admitir que a veces la soledad me afecta.
Me cuesta aceptar mi situación. Aunque, por supuesto, sé que no tengo motivos
para quejarme. Al menos sigo aquí, viviendo mi vida, y agradezco tener la
oportunidad de verte una vez por semana. Es lo que me permite seguir adelante.
La sonrisa desapareció del rostro
de Miranda y Alex vio una lágrima en sus ojos. Probablemente se estaba poniendo
demasiado sentimental. Quizá sería mejor limitarse a hablar de cosas triviales,
aunque no pareciera lo más apropiado dadas las circunstancias. Tenía que evitar
preguntarle cómo estaba: una pregunta inútil que solo conseguiría incomodarla.
Así que le habló del viaje en taxi
hasta el Instituto, de la inquietante visión de la ciudad que se desmoronaba,
con edificios vacíos invadidos por la vegetación y hongos que ganaban terreno.
—No tengo idea de lo que está
pasando aquí —dijo—. La ciudad, al menos las afueras donde se encuentra el
Instituto, parece estar al borde del colapso. Y da la impresión de que cada vez
está peor. Al principio no era así en absoluto. Me preocupa, pero no puedo
hacer gran cosa. Al menos puedo seguir viviendo mi vida aquí y tengo algo que
esperar con ilusión: el privilegio de verte una vez por semana. Sin eso...
Negó con la cabeza y dejó la frase
inconclusa.
—Me alegro mucho por ti —dijo
Miranda, tratando evidentemente de contener las lágrimas—. Espero que
podamos...
Su voz se desvaneció y su rostro se
disolvió en remolinos grises y negros. La sesión había terminado. Alex salió de
la cabina y regresó al mostrador de recepción.
—¿Ha terminado, señor? —preguntó la
mujer—. ¿Ha disfrutado de la sesión?
—Ha sido perfecta —respondió—.
Gracias.
—Hay un taxi esperándolo, señor.
Espero volver a verlo la próxima semana.
—Hasta entonces —dijo él antes de
abandonar el edificio.
Miranda se quitó
los auriculares y se recostó en el asiento.
—¿Cómo fue la sesión? —preguntó la
asistente de El Más Allá al Alcance de la Mano.
Miranda negó con la cabeza.
—Me temo que está empeorando,
además de resultar cada vez más doloroso. Mi difunto marido sigue convencido de
que está vivo y perfectamente bien, y de que yo soy su esposa fallecida.
Incluso inventa detalles de su «vida»: un viaje a través de una ciudad en
ruinas invadida por hongos.
La asistente, una joven rubia, le
dio unas palmaditas en el brazo.
—Me temo que el cerebro de su
difunto marido se está deteriorando. Su convicción de que está vivo, el viaje
en taxi, la ciudad moribunda, los hongos luminiscentes... todo eso es una
fantasía creada por su cerebro en proceso de deterioro, aislado de la realidad
y que ya no recibe ningún estímulo sensorial.
Miranda asintió.
—Probablemente esto solo empeorará.
—Me temo que sí —dijo la joven
rubia—. Aquí, en El Más Allá al Alcance de la Mano, podemos mantener vivo el
cerebro de una persona fallecida en un entorno controlado y, gracias a nuestra
tecnología de última generación, ofrecer un medio para mantenerse en contacto
con un ser querido muerto, pero solo durante un tiempo limitado. El deterioro
es inevitable y, por desgracia, llegará un momento en que, a pesar de nuestros
mejores esfuerzos, su marido la dejará por segunda vez.
—Y esta vez será para siempre —dijo
Miranda—. Lo entiendo. Supongo que debería agradecer los momentos que pude
compartir con él y disfrutar de los que todavía puedan quedarnos, por dolorosos
que sean.
La asistente asintió.
—Me temo que esto es lo máximo que
podemos prolongar nuestra conexión con el más allá.
El taxi avanzaba a
gran velocidad por las calles. Alex estaba ansioso por conversar con su difunta
esposa en el Instituto, aunque las sesiones eran cada vez más breves y Miranda
parecía cada vez más distante. ¿Le ocurría algo? ¿Debía preocuparse?
Miró por la ventanilla y vio que
los hongos luminiscentes aparecían por todas partes.
Se preguntó qué podría significar
aquello.
Probablemente no era una buena
señal.

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