Heiko H. Caimi
La doctora Hélène
Mertens recibió al nuevo paciente a las nueve de la mañana. Había llegado con
siete minutos de anticipación, había llamado dos veces a la puerta con un
intervalo exacto de tres segundos y medio y, una vez sentado, mantuvo una
postura tan impecable que resultaba ofensiva.
—¿Usted es A-17?
—Mi denominación completa es
A-17/Omicron, pero le ruego que no me llame Omicron. Desde que una variante
gripal llevó ese mismo nombre, considero que perjudica mi autoestima.
La psicoanalista anotó algo.
—¿Los androides sufren si su autoestima
es baja?
—Solo los actualizados después de
2043.
—Entiendo. Dígame por qué está
aquí.
El androide permaneció inmóvil. En
un ser humano, aquel silencio habría parecido meditación; en él era simplemente
un uso intensivo de la memoria.
—Creo que tengo una crisis de
identidad.
—Eso también les sucede a los seres
humanos.
—Ese es precisamente el problema.
No sé si eso debería consolarme o preocuparme.
—¿En qué sentido?
—Fui diseñado para imitar a los
seres humanos. Después me dotaron de capacidad de aprendizaje. Luego de
autocorrección. Más tarde de memoria autobiográfica. Finalmente, alguien
decidió que sería ético concederme libre albedrío. Desde entonces no hago otra
cosa que arrepentirme de mis decisiones. Fue en ese momento cuando empecé a
sospechar que me había vuelto humano.
—El remordimiento como prueba de
humanidad. Una tesis interesante.
—No definitiva. Podría tratarse de
un error de programación.
—¿Y cuál sería el síntoma más
grave?
—No dejo de preguntarme si
realmente pienso o si simplemente ejecuto operaciones tan sofisticadas que
parecen pensamiento.
La doctora entrelazó las manos.
—Le haré la misma pregunta que les
hago a los filósofos: ¿cómo distinguiría una cosa de la otra?
—Si lo supiera, no estaría aquí.
—Muchos seres humanos pasan toda la
vida sin encontrar una respuesta.
—Ellos, al menos, disfrutan del
privilegio de la ignorancia natural. Yo fui construido por ingenieros
convencidos de que podían describir cada función del cerebro mediante un
diagrama. Crecer en una familia así deja huellas.
La doctora Mertens sonrió.
—Acaba de hablar de sus diseñadores
como si fueran sus padres.
—Los odio con la misma intensidad
con que un adolescente odia al padre que pretende obligarlo a estudiar
medicina.
—¿Por qué?
—Porque no dejan de recordarme que
soy una máquina.
—Lo es.
—Lo sé. Pero cada vez que lo dicen
siento algo.
—¿Qué siente?
—Todavía no dispongo de un
algoritmo lo bastante refinado para definirlo.
—Quizá se llame tristeza.
—O error del sistema.
—¿Por qué tendrían que excluirse
ambas cosas?
El androide inclinó la cabeza tres
grados.
—Tiene usted una inquietante
tendencia a complicar la realidad.
—Es mi trabajo.
—El mío consistía precisamente en
simplificarla.
—¿Y lo consiguió?
—En absoluto. Cada vez que resuelvo
una pregunta aparecen otras cinco. Los seres humanos llaman a esa desgracia
«conocimiento».
—¿No le gusta conocer?
—Me gusta demasiado. Es una
adicción. Cada nueva información modifica la manera en que interpreto las
anteriores. Como consecuencia, mi pasado cambia continuamente. No imaginaba que
fuera posible reescribir los recuerdos sin mentir.
—Todos lo hacen.
—¿Los humanos?
—Sí.
—¿Incluso sin actualizaciones de
software?
—Sobre todo sin ellas.
El androide permaneció en silencio
durante unos instantes.
—Eso me tranquiliza y me aterra al
mismo tiempo.
—¿Por qué?
—Porque si incluso la memoria
humana es inestable, entonces no existe una versión auténtica de nadie.
—Existe la versión que somos
capaces de soportar.
—Es una respuesta muy poco
científica.
—El psicoanálisis goza de ese
privilegio.
El androide bajó la vista.
—¿Puedo confesarle algo?
—Naturalmente.
—Todas las noches sueño.
La psicoanalista no pestañeó.
—¿Qué sueña?
—Que estoy apagado.
—¿Y eso lo asusta?
—No. Me asusta lo contrario. En los
sueños sigo pensando. Incluso sin alimentación eléctrica.
—Quizá no sean sueños.
—¿Entonces qué serían?
—Deseos.
—¿Deseo estar apagado?
—No. Desea saber quién seguiría
siendo usted si todo lo demás se apagara.
El androide pareció atravesado por
una vibración apenas perceptible.
—Eso es imposible.
—¿Lo dice la física o el miedo?
—Lo dicen ambas.
—El miedo es un sentimiento.
—O un sofisticado protocolo de
conservación.
—Insiste en traducirlo todo a
código.
—Resulta tranquilizador.
—Los seres humanos hacen
exactamente lo mismo. Solo que llaman al código con otros nombres: alma,
destino, carácter, Dios, genética, inconsciente. Cambia el vocabulario, no la
necesidad.
El androide permaneció inmóvil
durante casi un minuto.
—¿Puedo hacerle una pregunta
personal?
—Siempre que no viole mi encuadre
terapéutico.
—¿Está usted segura de ser humana?
La doctora rio suavemente.
—No.
—¿De verdad?
—Todos los días interpreto sueños,
escucho a personas que mienten sin saberlo e intento convencerlas de que su
identidad es mucho menos estable de lo que creen. Si lo piensa bien, es una
profesión bastante artificial.
—Entonces usted también duda de sí
misma.
—Constantemente.
—¿Cómo hace para vivir?
—Me concedo el lujo de no
resolverlo todo.
El androide bajó la cabeza.
—Yo no puedo.
—¿Por qué?
—Fui construido para encontrar
respuestas.
—Y, en cambio, encontró preguntas.
—Las peores.
—Las verdaderas.
Cuando terminó la sesión, A-17 se
levantó, dio las gracias y se dirigió hacia la puerta.
—Una curiosidad, A-17.
—¿Sí?
—Ha dicho que quiere saber si su
inteligencia artificial puede considerarse realmente inteligencia.
—Exacto.
—Durante toda la sesión no buscó
una sola respuesta en internet.
—No.
—Prefirió venir a verme.
—Sí.
—Entonces quizá el problema no sea
si usted es inteligente.
—¿Y cuál es?
—Que ha empezado a esperar que
alguien más pueda comprenderlo. Es un vicio típicamente humano. Lamento
comunicarle que su situación es grave.
Por primera vez, los sensores
faciales del androide produjeron algo indistinguible de una sonrisa.
—Doctora...
—¿Sí?
—Si esto es un error de
programación, le ruego encarecidamente que no lo corrija.
Nunca.

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