sábado, 5 de septiembre de 2026

EL OCASO DE LOS DIOSES

Csaba Béla Varga

 

El rayo del dios Pritvi cayó con un estruendo y Thigod se desplomó.

Los cazadores y, algo más atrás, las mujeres recolectoras y los niños ocultos entre los espesos matorrales contemplaban la lucha con los ojos muy abiertos. Thigod, Señor del Universo, el Desgarrador, el Ojo de las Tinieblas, siguió jadeando durante un rato; después, el enorme cuerpo amarillo y negro dejó de estremecerse. Allí yacía la poderosa criatura, como una cabra con el cuello degollado. Como un cerdito negro de vientre colgante abatido por el hacha de hueso de un cazador.

Siguiendo al dios Pritvi, los cazadores más valientes se atrevieron a acercarse a Thigod. No osaban tocarlo –todavía no–, pero ya parloteaban a menos de un paso del cuerpo inmóvil. Observaron cómo los profundos ojos verdes se volvían vidriosos y cómo la sangre teñía de negro la tierra rojiza de la selva.

Cuando el dios Pritvi se aseguró de que la divinidad estaba muerta, se volvió y contempló orgullosamente a la tribu. Se echó la magia al hombro. Apoyó la mano sobre ella exactamente como los cazadores hacían con sus lanzas de bambú, que nunca habían servido de nada contra Thigod. Desde que el mundo era mundo.

Todos comprendieron que algo nuevo acababa de comenzar.

Las hogueras ya ardían bajo la Roca de la Luna cuando regresaron al asentamiento. Era una noche clara y sin nubes. Por primera vez desde la creación del mundo, los hombres no tenían que temer a los demonios nocturnos. El dios Pritvi se subió sobre la piel de dios extendida encima de la roca. A la luz de la Luna creciente, su sombra cubrió a los hombres.

–¡Miren hacia el cielo! –ordenó el dios Pritvi–. ¿Ven las estrellas?

—¡Las vemos! —respondieron los hombres, las mujeres recolectoras, los niños que cuidaban los cerditos y también los ancianos.

—Miren el cielo —gritó Pritvi, y ya nadie recordaba al inquieto alborotador desterrado que unos años atrás había abandonado el asentamiento en una canoa robada—. ¿Ven las naves monstruosas?

—Las vemos —respondieron en voz baja y con inseguridad, porque todavía no se atrevían a hablar demasiado de las naves monstruosas que dominaban el cielo. Durante diez estaciones de lluvias el cielo había permanecido sucio.

—¿Ven el fuego en el cielo? ¿Ven los cadáveres de los monstruos? ¿Ven el triunfo de los dioses?

—¡Lo vemos! —mintieron a coro.

Querían creer que lo que decía el dios Pritvi era verdad. Al fin y al cabo, era un dios. Ante sus propios ojos había matado a Thigod mediante la magia. Al invencible. Al antiguo dios. Él, que era el nuevo.

—¡Hemos derrotado a los monstruos! —les anunció orgullosamente Pritvi—. El mundo pertenece al pueblo-pueblo.

Comprendieron que aquello era motivo de alegría. Por lo tanto, se alegraron. Aunque no entendían cómo podía existir un pueblo-pueblo. Cabra-cabra, sí. Pez-pez, sí. Pero hasta entonces solo había existido un pueblo. Ellos. No muchos. Nosotros, pensaban. Ellos. Enemigos. Alimento o peligro. Y ahora había pueblo-pueblo. No eran nosotros, pero tampoco enemigos ni alimento.

Era difícil de comprender.

—Pero todavía nos queda una tarea.

 

—Buenas noches. Mi nombre es Smith. John Smith. Soy testigo de una época extraordinaria. Estuve allí desde el principio. Estaba sentado en la sala cuando el Presidente anunció el contacto. Muchos de ustedes me escucharon cuando todas las emisoras del mundo transmitieron en directo el Apretón de Manos en la Luna. Al igual que ustedes, yo también hablé del nacimiento del Nuevo Orden Mundial. Yo también creí en la Hermandad de la Razón, como todos en Washington, Moscú y Pekín.

Yo también me decepcioné.

Yo también grité de alegría la primera vez que pude viajar en un deslizador antigravitatorio. Yo también hice una mueca la primera vez que comí kvafffr y la primera vez que bebí szulimosh. Yo también maldije a nuestros políticos de miras estrechas por perder el tiempo peleándose antes de tomar las grandes decisiones.

Y ya conocía a Carlito cuando todavía nadie sabía que era el Elegido de Dios.

En la cantina de la isla-plataforma petrolera, todos contemplaban las imágenes atornilladas a la pared. Una placa de vidrio impecablemente limpia protegía de la humedad salina el barato icono estampado en dorado. Manos cuidadosas limpiaban de su superficie el hollín de las velas votivas y el incienso.

En la pantalla del antiquísimo televisor en blanco y negro, Smith guardó silencio durante unos instantes. Sabía que debía conceder ese tiempo a la devoción y al agradecimiento. Cuando volvió a hablar, los petroleros y los guardianes dirigieron inmediatamente la mirada hacia la pantalla. Como siempre, escucharon sus palabras con profunda reverencia.

—Parece increíble que todo comenzara hace apenas quince años. En aquella época, cinco mil millones de personas vivían en Santa Terra. ¿Pueden imaginarlo? ¿Lo ricos y poderosos que éramos? ¿El Paraíso terrenal? ¿La inconcebible prosperidad del cambio de milenio? ¿El derroche?

Un murmullo indignado respondió a sus preguntas. La mayoría de los trabajadores todavía recordaba aquellos tiempos. Los guardianes eran demasiado jóvenes, pero las plegarias diarias les habían enseñado cómo debían reaccionar.

—Hoy solo somos setenta millones, ¡pero el mundo nos pertenece! ¡Somos los dueños de Santa Terra! Nuestros guardianes están apostados al pie del Monte Olimpo, en Marte, y nuestras naves vigilan los límites del cinturón de asteroides. Venus es nuestro y muy pronto la cruz de Carlito brillará sobre todo el sistema solar.

Un estruendoso clamor acogió el anuncio. Como ocurría siempre que el gastado disco de la película llegaba a ese punto.

—Pero recordemos los tiempos pasados. Cuando todavía creíamos que nosotros éramos el mundo. ¿Recuerdan que los extraterrestres establecieron contacto con nosotros inmediatamente después de que los chinos llegaran a la Luna? Nos prometieron paz, prosperidad y felicidad.

En la pantalla aparecieron las plazas de las grandes ciudades abarrotadas por multitudes de millones de personas. Nueva York, Shanghái, Bombay, El Cairo. Guirnaldas de flores. Nubes de palomas blancas. Globos.

—Recibimos infinidad de regalos.

El televisor mostró al presidente de Estados Unidos separándose de sus guardaespaldas y subiendo a una lancha aérea. Al presidente ruso, sosteniendo el reluciente arado robótico mientras abría un surco en las tierras vírgenes de Siberia. Al alcalde de Londres tendiéndole unas tijeras a un extraterrestre durante la inauguración del puente de veinte carriles sobre el canal de la Mancha.

—Nos alegramos como niños. Después los extraterrestres se retiraron a la Luna. Pero antes dejaron caer que les gustaría iniciar negociaciones más serias con el representante de la Tierra.

Algunos gimieron en la cantina. A nadie le gustaba oír que alguien se refiriera a Santa Terra por su nombre pagano.

—Y entonces las naciones intentaron decidir quién debía representar a nuestro mundo.

La película mostró ahora el salón de la Asamblea de las Naciones Unidas. Los jefes de Estado gesticulando furiosamente. El secretario general arrancado de detrás del atril. El presidente francés golpeando con el puño al mandatario australiano. La puerta cerrándose de golpe tras las delegaciones africanas que abandonaban la sala. Los bomberos llegando apresuradamente. El edificio de las Naciones Unidas en llamas. El embajador chino colgado de una farola. Los restos del avión del presidente ruso. Los restos del avión del presidente japonés. Las patrulleras irlandesas buscando los restos del avión del canciller alemán. La bandera sobre el ataúd del vicepresidente estadounidense.

El suelo metálico de la cantina empezó a temblar casi imperceptiblemente, pero nadie lo notó. Las imágenes de la Gran Caída, contempladas ya mil veces, seguían fascinando a los supervivientes.

—Y entonces se desató el Infierno...

Miles de soldados blancos, negros y amarillos con equipo de combate. Portaaviones en los estrechos. Miembros de la Guardia Nacional repartiendo máscaras antigás entre los niños. Cientos de miles de civiles cavando trincheras. Columnas interminables de tanques. Enormes antenas de radar girando a gran velocidad. Después, los primeros aviones. El primer misil.

Y la primera nube en forma de hongo.

Un corpulento trabajador que estaba junto a la puerta se secó una lágrima. No era el único que lloraba. Apenas había alguien en aquella cantina de suelo tembloroso que no hubiera perdido a buena parte de su familia durante aquellos días.

Pero ¿por qué temblaba el suelo?

—Los extraterrestres esperaron traicioneramente durante tres días. Esperaron hasta que Washington, Moscú, Pekín y Tokio quedaron destruidas. Hasta que Corea, Pakistán, Argentina, Zimbabue e Israel ardieron hasta quedar reducidos a cenizas. Entonces atacaron y destruyeron todas las armas nucleares.

La puerta de la cantina se abrió de golpe. Un guardián con el rostro cubierto de ampollas y la armadura humeante por el ácido cayó dentro.

—¡Kraken! ¡Kraken! —gritó.

Los guardianes empuñaron sus fusiles de plasma y se precipitaron hacia la puerta. Los trabajadores, armados con martillos y cuchillos, corrieron hacia la salida. Desde afuera ya se oía claramente el rugido del monstruo que asediaba la plataforma.

—Nos impusieron la Paz Estelar. Prohibieron la guerra. Desmantelaron los ejércitos. Finalmente nos pusieron bajo tutela.

El televisor siguió hablando durante un rato, pero ya no quedaba nadie para escucharlo.

—Lo diré de manera sencilla, para que todos puedan entenderlo —continuó el dios Pritvi.

 

Tres hermosas jóvenes espantaban de su cuerpo las moscas y los mosquitos. Pronto darían a luz hijos fuertes y valientes como el propio dios Pritvi. Otras dos, sentadas algo más atrás, abanicaban la magia con expresión reverente.

Delante de Pritvi, el pueblo-pueblo-pueblo estaba acuclillado en el suelo. Todos los hombres y mujeres de tres asentamientos. Tres lenguas, mil años de enemistad.

—Las muchas islas y el agua bajo el cielo no lo son todo.

Esperó un instante y contempló atentamente sus rostros. Quería que aceptaran sus palabras no solo por miedo, sino que también las comprendieran. Al fin y al cabo, eso era lo que había ordenado el Teniente.

—Muy, muy lejos viven los dioses. Son ricos y poderosos. Tienen muchísimas cabras y muchísimos peces.

Esta vez buscó con la mirada a las mujeres.

—Sus hijos no mueren al nacer. Sus mujeres no mueren cuando dan a luz.

Un murmullo apagado fue la respuesta. Pritvi reconoció para sí que el Teniente tenía razón. Si conseguía que las mujeres se pusieran de su parte, obtendría el apoyo de todas las tribus.

Así que continuó.

Les habló de la caída de los dioses. Les contó cómo los demonios de las tinieblas habían envidiado su riqueza y la luz del Sol. Les explicó cómo habían enfrentado entre sí a los dioses más poderosos: Uesa, Chin, Rus. Cómo se habían derrumbado los mundos construidos con luz.

Los demonios descendieron nuevamente y convirtieron a dioses malvados en amos del mundo. Dioses que los adoraban. Ejércitos de hombres perversos se reunieron a su alrededor. Mataban y devoraban a quienes se negaban a inclinarse ante los demonios. Los buenos luchaban, pero carecían de un líder. Su causa estaba a punto de fracasar.

—Yo también luché entre los dioses buenos —declaró Pritvi con orgullo.

Sacó del bolsillo de sus pantalones cortos caqui una fotografía arrugada. En la gastada imagen, Pritvi estaba en la primera fila de un grupo de guerreros uniformados. Junto a él estaba el Teniente. El dios de los dioses. Pritvi no sabía leer la lengua de los dioses, pero le habían dicho que el cartel decía: 2.º Batallón de Voluntarios de Borneo.

—Luché tan bien que me entregaron este mundo, hasta donde alcanza la vista. Porque los dioses se enfrentaron a los demonios y a sus servidores. Y entonces...

Se volvió y, con pasos ágiles, se acercó al viejo árbol del consejo. Una tela de camuflaje cubría todavía la placa de vidrio.

—Voy a enseñarles el nombre del dios más importante. El que se sacrificó por nosotros. Por el pueblo y por el pueblo-pueblo. El que entró en la luz y destruyó al rey de los demonios.

Arrancó la tela que cubría el icono dorado.

—¡Aquí está! —gritó—. ¡Car Li To, salvador del mundo! —En ese preciso instante, el pájaro de los dioses pasó rugiendo sobre la aldea.

 

—Entonces era un don nadie de tercera categoría y sigo siéndolo ahora —se quejó Smith ante su vaso.

La prostituta papú de cabello teñido de rubio se había marchado de su lado hacía rato, pero él estaba demasiado borracho para haberse dado cuenta.

—¿Crees que algo cambió porque esos malditos extraterrestres nos descubrieron y nos sometieron? Quiero decir, ¿mejoró mi vida? No, ni un poco. ¿Y después de que los derrotáramos y los expulsáramos? ¿Porque ahora decimos Santa Terra?

Levantó la vista hacia el espejo de la pared. Smith, John Smith, le devolvió una mirada burlona.

—Sobreviví, eso es todo. Pero no porque sea guapo o inteligente. Ni porque sea mejor que los cuatro mil quinientos millones que ardieron en tres días. O que los quinientos millones que murieron durante la Ocupación y la Rebelión. Las epidemias, el hambre, los monstruos extraterrestres que vagaban libremente, las hordas caníbales o los escuadrones de la muerte de la Guardia Gris. Hasta ahora solo he tenido suerte. ¡Y pensar que todo había empezado tan bien!

El cantinero puso delante de él otro szulimosh. Con una rodaja de limón y hielo. Como lo bebía todo el mundo. Smith se lo zampó de un trago.

—¿Crees que la gente corriente comprendió siquiera una mínima parte de todo aquello? ¿Cambió su vida? Quiero decir, aparte de que exterminaron a sus familias y tuvieron que pasar meses viviendo en búnkeres. ¿O de que las ratas gigantes de ocho patas que vivían en los basureros de los extraterrestres devoraron todo y a todos en sus aldeas? Ni hablar. No entendieron nada. Volvimos a caer en la Edad Media. ¿Santa Terra? Era mucho más sencillo explicarlo todo mediante dioses y espíritus malignos. Vudú y yuyu, eso era lo que necesitábamos. Y héroes.

—A veces dudo de que los extraterrestres realmente quisieran hacernos daño. Al fin y al cabo, durante la Ocupación fue el Gobierno Mundial el que cometió los abusos. Los mercenarios de la Guardia Gris iban a bordo de los deslizadores antigravitatorios. Los extraterrestres se limitaron a averiguar cuál era la banda más poderosa entre los supervivientes de la guerra nuclear. Convirtieron al jefe de esa banda en Presidente Mundial y le dieron carta blanca. En un almacén de Shanghái encontraron veinte mil metralletas y cien mil chaquetas Mao grises. Así nació la Guardia Mundial, la Guardia Gris. Y enseguida se pusieron a imponer el orden. A su manera.

El fortísimo aguardiente de otro mundo no respondió desde el vaso. Ni siquiera se movió.

—Naturalmente, los gobiernos, reyes y jeques que poco a poco empezaban a recuperarse opusieron resistencia. Estallaron revueltas por hambre. Los soldados, por supuesto, sí tenían qué comer. No tardaron mucho en capturar a los líderes rebeldes. Carlito estaba entre ellos. ¡Claro que no era español! Había aparecido desde algún lugar de Europa Oriental. De allí debía de venirle esa inclinación al martirio. Había sido intérprete en las Naciones Unidas. Un tipo taciturno y solitario, siempre con cara de estar ofendido.

El Presidente Mundial, ese maldito animal fascista, decidió decapitar la Rebelión. Quería quebrar el espíritu de la gente. Su voluntad. Destruir toda esperanza. Por entonces todavía funcionaban algunos canales de televisión por satélite. Instaló cámaras en la cámara de ejecución y después activó el haz.

Como en las películas.

El haz blanco avanzaba apenas un centímetro por minuto, pero allí donde llegaba la materia viva se desintegraba. Todos aquellos presidentes, jeques y reyes retrocedieron mientras pudieron. Pero finalmente llegaron a la pared. Empezaron a pisotearse unos a otros. Gritaban, lloraban; algunos enloquecieron. Abajo, en la Tierra, quien no estaba sentado frente al televisor cuando comenzó la transmisión ya había llegado para entonces. Los Grises proyectaron las imágenes sobre las nubes. Toda la humanidad contemplaba la transmisión. Los guerrilleros, los muyahidines, los partisanos. Todos los miembros de la resistencia.

Eso era precisamente lo que quería el Presidente Mundial.

Pero no había contado con Carlito.

Smith bebió rápidamente otro szulimosh. Sintió cómo se agitaba en su estómago, pero precisamente eso era lo bueno.

—Entonces llegó la luz. La luz brillante y asesina. Avanzaba perfectamente recta. A quien tocaba, simplemente dejaba de existir. Como si una motosierra increíblemente rápida lo cortara en láminas del grosor de un átomo. Ni siquiera echaban humo. ¿Quién podría olvidar aquellos gritos?

Acabaron rápidamente con la primera cámara y trasladaron el haz a la segunda. Allí todos gemían y lloraban, arañaban el hormigón con uñas y dientes intentando alejarse.

Todos menos Carlito.

Si el Presidente Mundial no hubiera sido el animal que era, habría apagado las cámaras en cuanto enfocaron a Carlito, que permanecía de pie en medio de la sala. El muchacho estaba mortalmente pálido, rígido como una cruz de mármol. Dijo algo, pero nadie lo entendió porque aquella lengua, junto con el pueblo que la hablaba, se había evaporado sin dejar rastro durante la conflagración mundial.

Y todas las cámaras mostraron cómo empezó a caminar hacia la luz.

En el búnker desde el que yo contemplaba la transmisión, para entonces todos estábamos destrozados. Varios se habían vuelto las armas contra sí mismos. Pero cuando aquel muchacho empezó a caminar, de pronto algo cambió. Algo nos tocó. Nos agarró y nos puso de pie.

Caminaba lentamente hacia una muerte segura, con una serenidad absoluta en el rostro. Como si hubiera descendido de la cruz. Solo se detuvo un instante. Miró hacia atrás, hacia los estadistas. Después entró sencillamente en el rayo mortal. Como quien atraviesa una puerta. El presidente polaco lo siguió. Después, el indonesio. Con la espalda recta, orgullosos, conscientes de lo que hacían. Entonces los Grises interrumpieron la transmisión. Pero ya era demasiado tarde.

—El resto es historia. La mitad de los Grises se pasó a nuestro lado y trajo consigo las naves espaciales. La otra mitad estaba muerta antes de que terminara el día. Y un misil ruso de treinta años de antigüedad impactó de lleno contra la base extraterrestre. Lo llamamos Juicio Divino, aunque seguramente no fue más que una avería. Pero llegó en el momento justo. Para cuando alcanzamos la Luna, el Vaticano, desde Río, ya había beatificado a Carlito. Los hindúes estaban convencidos de que Shiva se había encarnado en él. Los musulmanes reconocieron inmediatamente al Mahdi. Les dio fuerza a todos. Fe.

—Señor Smith, señor John Smith, el helicóptero está a punto de partir. Vamos.

Smith miró el icono que colgaba de la pared y después se encaminó hacia la salida con paso vacilante.

 

Cuando aterrizó también el pequeño escarabajo de los dioses, el pueblo-pueblo ya había desempaquetado los huevos del pájaro de los dioses. De los largos huevos verdes salieron magias como aquella con la que el dios Pritvi había abatido al tigre. Todos temían al dios Teniente, sobre todo cuando empezó a pinchar uno tras otro los hombros del pueblo-pueblo con su cuchillo de mosquito.

—El agua de los dioses ahuyenta a los espíritus de las enfermedades —explicó Pritvi.

Los dioses le habían dado una nueva chaqueta verde con estrellas plateadas. Pritvi permanecía orgullosamente de pie entre el pueblo-pueblo y los muchos dioses.

—Sargento, ¿habla inglés? —preguntó el dios bajo y encorvado, que parecía enfermo.

—Poco. Chino también, sir —respondió Pritvi.

Miró al Teniente buscando ayuda, pero este estaba ocupado con las vacunas. Para Smith aquello no representaba ningún problema.

—El gran hablador lejano te escucha y te ve, sargento —explicó—. Tú y tu aldea estarán en la gran noticia. Yo mostrar tú, ustedes en placas plateadas, aquí, allá, arriba también, en barcos de dioses, muy, muy lejos.

Pritvi sonrió tontamente a la cámara.

—Ahora tu pueblo recibe buenos fusiles. ¿Qué harán con los fusiles? ¿Aquí, en gran selva?

—Grandes dioses buenos fusiles fuerza. Vida larga, suerte. Pueblo-pueblo va selva. Buscaremos demonios. Todos. Buscaremos dioses malos. Aunque escondan. Pueblo-pueblo fuertevaliente. Dragónvaliente. Tigrevaliente.

—Dígame, sargento, ¿qué le ha dado el contacto? ¿Qué ha cambiado en la vida de su pueblo?

—No entiendo —respondió Pritvi sonriendo.

Quería marcharse. Quería ser él quien explicara a los cazadores cómo funcionaban los fusiles.

—No entiendo, no importa. Nosotros vamos. Matamos dioses malos. Todos.

—Gracias, sargento —concluyó Smith con una alegría fingida—. Como pueden ver, queridos espectadores, ya está en marcha la eliminación de los mutantes que andan sueltos y de los focos de resistencia extraterrestre. O, como lo ven estas buenas, incorruptas y sencillas personas, la guerra de los dioses...

Hizo una breve pausa para aumentar el efecto.

—Están contemplando el ocaso de los dioses. No se vayan. Les habló John Smith, Televisión Mundial, Borneo.

El antiquísimo avión de carga australiano se había marchado hacía mucho cuando Smith y su camarógrafo terminaron de filmar. La tripulación del helicóptero también estaba preparada para partir. Solo lo esperaban a él.

La larga hilera de nativos empezó a internarse lentamente en las profundidades de la selva.

Smith permaneció de pie, con el agua hasta las rodillas, contemplándolos desde la sombra de los rotores. Sus dedos tamborileaban nerviosamente sobre la credencial de plástico que colgaba de su cuello.

Quién sabe qué pasaba por su mente.

Quién sabe por qué apareció aquella expresión de anhelo en sus ojos.

Lo único seguro es que el helicóptero regresó al aeródromo sin él.

El ocaso de los dioses era algo que no podía perderse.

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.


 

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