Csaba Béla Varga
El rayo del dios
Pritvi cayó con un estruendo y Thigod se desplomó.
Los cazadores y, algo más atrás,
las mujeres recolectoras y los niños ocultos entre los espesos matorrales
contemplaban la lucha con los ojos muy abiertos. Thigod, Señor del Universo, el
Desgarrador, el Ojo de las Tinieblas, siguió jadeando durante un rato; después,
el enorme cuerpo amarillo y negro dejó de estremecerse. Allí yacía la poderosa
criatura, como una cabra con el cuello degollado. Como un cerdito negro de
vientre colgante abatido por el hacha de hueso de un cazador.
Siguiendo al dios Pritvi, los
cazadores más valientes se atrevieron a acercarse a Thigod. No osaban tocarlo –todavía
no–, pero ya parloteaban a menos de un paso del cuerpo inmóvil. Observaron cómo
los profundos ojos verdes se volvían vidriosos y cómo la sangre teñía de negro
la tierra rojiza de la selva.
Cuando el dios Pritvi se aseguró de
que la divinidad estaba muerta, se volvió y contempló orgullosamente a la
tribu. Se echó la magia al hombro. Apoyó la mano sobre ella exactamente como
los cazadores hacían con sus lanzas de bambú, que nunca habían servido de nada
contra Thigod. Desde que el mundo era mundo.
Todos comprendieron que algo nuevo
acababa de comenzar.
Las hogueras ya ardían bajo la Roca
de la Luna cuando regresaron al asentamiento. Era una noche clara y sin nubes.
Por primera vez desde la creación del mundo, los hombres no tenían que temer a
los demonios nocturnos. El dios Pritvi se subió sobre la piel de dios extendida
encima de la roca. A la luz de la Luna creciente, su sombra cubrió a los
hombres.
–¡Miren hacia el cielo! –ordenó el
dios Pritvi–. ¿Ven las estrellas?
—¡Las vemos! —respondieron los
hombres, las mujeres recolectoras, los niños que cuidaban los cerditos y
también los ancianos.
—Miren el cielo —gritó Pritvi, y ya
nadie recordaba al inquieto alborotador desterrado que unos años atrás había
abandonado el asentamiento en una canoa robada—. ¿Ven las naves monstruosas?
—Las vemos —respondieron en voz
baja y con inseguridad, porque todavía no se atrevían a hablar demasiado de las
naves monstruosas que dominaban el cielo. Durante diez estaciones de lluvias el
cielo había permanecido sucio.
—¿Ven el fuego en el cielo? ¿Ven
los cadáveres de los monstruos? ¿Ven el triunfo de los dioses?
—¡Lo vemos! —mintieron a coro.
Querían creer que lo que decía el
dios Pritvi era verdad. Al fin y al cabo, era un dios. Ante sus propios ojos
había matado a Thigod mediante la magia. Al invencible. Al antiguo dios. Él,
que era el nuevo.
—¡Hemos derrotado a los monstruos!
—les anunció orgullosamente Pritvi—. El mundo pertenece al pueblo-pueblo.
Comprendieron que aquello era
motivo de alegría. Por lo tanto, se alegraron. Aunque no entendían cómo podía
existir un pueblo-pueblo. Cabra-cabra, sí. Pez-pez, sí. Pero hasta entonces
solo había existido un pueblo. Ellos. No muchos. Nosotros, pensaban. Ellos.
Enemigos. Alimento o peligro. Y ahora había pueblo-pueblo. No eran nosotros,
pero tampoco enemigos ni alimento.
Era difícil de comprender.
—Pero todavía nos queda una tarea.
—Buenas noches. Mi
nombre es Smith. John Smith. Soy testigo de una época extraordinaria. Estuve
allí desde el principio. Estaba sentado en la sala cuando el Presidente anunció
el contacto. Muchos de ustedes me escucharon cuando todas las emisoras del mundo
transmitieron en directo el Apretón de Manos en la Luna. Al igual que ustedes,
yo también hablé del nacimiento del Nuevo Orden Mundial. Yo también creí en la
Hermandad de la Razón, como todos en Washington, Moscú y Pekín.
Yo también me decepcioné.
Yo también grité de alegría la
primera vez que pude viajar en un deslizador antigravitatorio. Yo también hice
una mueca la primera vez que comí kvafffr y la primera vez que bebí szulimosh.
Yo también maldije a nuestros políticos de miras estrechas por perder el tiempo
peleándose antes de tomar las grandes decisiones.
Y ya conocía a Carlito cuando
todavía nadie sabía que era el Elegido de Dios.
En la cantina de la isla-plataforma
petrolera, todos contemplaban las imágenes atornilladas a la pared. Una placa
de vidrio impecablemente limpia protegía de la humedad salina el barato icono
estampado en dorado. Manos cuidadosas limpiaban de su superficie el hollín de
las velas votivas y el incienso.
En la pantalla del antiquísimo
televisor en blanco y negro, Smith guardó silencio durante unos instantes.
Sabía que debía conceder ese tiempo a la devoción y al agradecimiento. Cuando
volvió a hablar, los petroleros y los guardianes dirigieron inmediatamente la
mirada hacia la pantalla. Como siempre, escucharon sus palabras con profunda
reverencia.
—Parece increíble que todo
comenzara hace apenas quince años. En aquella época, cinco mil millones de
personas vivían en Santa Terra. ¿Pueden imaginarlo? ¿Lo ricos y poderosos que
éramos? ¿El Paraíso terrenal? ¿La inconcebible prosperidad del cambio de milenio?
¿El derroche?
Un murmullo indignado respondió a
sus preguntas. La mayoría de los trabajadores todavía recordaba aquellos
tiempos. Los guardianes eran demasiado jóvenes, pero las plegarias diarias les
habían enseñado cómo debían reaccionar.
—Hoy solo somos setenta millones,
¡pero el mundo nos pertenece! ¡Somos los dueños de Santa Terra! Nuestros
guardianes están apostados al pie del Monte Olimpo, en Marte, y nuestras naves
vigilan los límites del cinturón de asteroides. Venus es nuestro y muy pronto
la cruz de Carlito brillará sobre todo el sistema solar.
Un estruendoso clamor acogió el
anuncio. Como ocurría siempre que el gastado disco de la película llegaba a ese
punto.
—Pero recordemos los tiempos
pasados. Cuando todavía creíamos que nosotros éramos el mundo. ¿Recuerdan que
los extraterrestres establecieron contacto con nosotros inmediatamente después
de que los chinos llegaran a la Luna? Nos prometieron paz, prosperidad y
felicidad.
En la pantalla aparecieron las
plazas de las grandes ciudades abarrotadas por multitudes de millones de
personas. Nueva York, Shanghái, Bombay, El Cairo. Guirnaldas de flores. Nubes
de palomas blancas. Globos.
—Recibimos infinidad de regalos.
El televisor mostró al presidente
de Estados Unidos separándose de sus guardaespaldas y subiendo a una lancha
aérea. Al presidente ruso, sosteniendo el reluciente arado robótico mientras
abría un surco en las tierras vírgenes de Siberia. Al alcalde de Londres
tendiéndole unas tijeras a un extraterrestre durante la inauguración del puente
de veinte carriles sobre el canal de la Mancha.
—Nos alegramos como niños. Después
los extraterrestres se retiraron a la Luna. Pero antes dejaron caer que les
gustaría iniciar negociaciones más serias con el representante de la Tierra.
Algunos gimieron en la cantina. A
nadie le gustaba oír que alguien se refiriera a Santa Terra por su nombre
pagano.
—Y entonces las naciones intentaron
decidir quién debía representar a nuestro mundo.
La película mostró ahora el salón
de la Asamblea de las Naciones Unidas. Los jefes de Estado gesticulando
furiosamente. El secretario general arrancado de detrás del atril. El
presidente francés golpeando con el puño al mandatario australiano. La puerta cerrándose
de golpe tras las delegaciones africanas que abandonaban la sala. Los bomberos
llegando apresuradamente. El edificio de las Naciones Unidas en llamas. El
embajador chino colgado de una farola. Los restos del avión del presidente
ruso. Los restos del avión del presidente japonés. Las patrulleras irlandesas
buscando los restos del avión del canciller alemán. La bandera sobre el ataúd
del vicepresidente estadounidense.
El suelo metálico de la cantina
empezó a temblar casi imperceptiblemente, pero nadie lo notó. Las imágenes de
la Gran Caída, contempladas ya mil veces, seguían fascinando a los
supervivientes.
—Y entonces se desató el
Infierno...
Miles de soldados blancos, negros y
amarillos con equipo de combate. Portaaviones en los estrechos. Miembros de la
Guardia Nacional repartiendo máscaras antigás entre los niños. Cientos de miles
de civiles cavando trincheras. Columnas interminables de tanques. Enormes
antenas de radar girando a gran velocidad. Después, los primeros aviones. El
primer misil.
Y la primera nube en forma de
hongo.
Un corpulento trabajador que estaba
junto a la puerta se secó una lágrima. No era el único que lloraba. Apenas
había alguien en aquella cantina de suelo tembloroso que no hubiera perdido a
buena parte de su familia durante aquellos días.
Pero ¿por qué temblaba el suelo?
—Los extraterrestres esperaron
traicioneramente durante tres días. Esperaron hasta que Washington, Moscú,
Pekín y Tokio quedaron destruidas. Hasta que Corea, Pakistán, Argentina,
Zimbabue e Israel ardieron hasta quedar reducidos a cenizas. Entonces atacaron
y destruyeron todas las armas nucleares.
La puerta de la cantina se abrió de
golpe. Un guardián con el rostro cubierto de ampollas y la armadura humeante
por el ácido cayó dentro.
—¡Kraken! ¡Kraken! —gritó.
Los guardianes empuñaron sus
fusiles de plasma y se precipitaron hacia la puerta. Los trabajadores, armados
con martillos y cuchillos, corrieron hacia la salida. Desde afuera ya se oía
claramente el rugido del monstruo que asediaba la plataforma.
—Nos impusieron la Paz Estelar.
Prohibieron la guerra. Desmantelaron los ejércitos. Finalmente nos pusieron
bajo tutela.
El televisor siguió hablando
durante un rato, pero ya no quedaba nadie para escucharlo.
—Lo diré de manera sencilla, para
que todos puedan entenderlo —continuó el dios Pritvi.
Tres hermosas
jóvenes espantaban de su cuerpo las moscas y los mosquitos. Pronto darían a luz
hijos fuertes y valientes como el propio dios Pritvi. Otras dos, sentadas algo
más atrás, abanicaban la magia con expresión reverente.
Delante de Pritvi, el
pueblo-pueblo-pueblo estaba acuclillado en el suelo. Todos los hombres y
mujeres de tres asentamientos. Tres lenguas, mil años de enemistad.
—Las muchas islas y el agua bajo el
cielo no lo son todo.
Esperó un instante y contempló
atentamente sus rostros. Quería que aceptaran sus palabras no solo por miedo,
sino que también las comprendieran. Al fin y al cabo, eso era lo que había
ordenado el Teniente.
—Muy, muy lejos viven los dioses.
Son ricos y poderosos. Tienen muchísimas cabras y muchísimos peces.
Esta vez buscó con la mirada a las
mujeres.
—Sus hijos no mueren al nacer. Sus
mujeres no mueren cuando dan a luz.
Un murmullo apagado fue la
respuesta. Pritvi reconoció para sí que el Teniente tenía razón. Si conseguía
que las mujeres se pusieran de su parte, obtendría el apoyo de todas las
tribus.
Así que continuó.
Les habló de la caída de los
dioses. Les contó cómo los demonios de las tinieblas habían envidiado su
riqueza y la luz del Sol. Les explicó cómo habían enfrentado entre sí a los
dioses más poderosos: Uesa, Chin, Rus. Cómo se habían derrumbado los mundos construidos
con luz.
Los demonios descendieron
nuevamente y convirtieron a dioses malvados en amos del mundo. Dioses que los
adoraban. Ejércitos de hombres perversos se reunieron a su alrededor. Mataban y
devoraban a quienes se negaban a inclinarse ante los demonios. Los buenos
luchaban, pero carecían de un líder. Su causa estaba a punto de fracasar.
—Yo también luché entre los dioses
buenos —declaró Pritvi con orgullo.
Sacó del bolsillo de sus pantalones
cortos caqui una fotografía arrugada. En la gastada imagen, Pritvi estaba en la
primera fila de un grupo de guerreros uniformados. Junto a él estaba el
Teniente. El dios de los dioses. Pritvi no sabía leer la lengua de los dioses,
pero le habían dicho que el cartel decía: 2.º Batallón de Voluntarios de
Borneo.
—Luché tan bien que me entregaron
este mundo, hasta donde alcanza la vista. Porque los dioses se enfrentaron a
los demonios y a sus servidores. Y entonces...
Se volvió y, con pasos ágiles, se
acercó al viejo árbol del consejo. Una tela de camuflaje cubría todavía la
placa de vidrio.
—Voy a enseñarles el nombre del
dios más importante. El que se sacrificó por nosotros. Por el pueblo y por el
pueblo-pueblo. El que entró en la luz y destruyó al rey de los demonios.
Arrancó la tela que cubría el icono
dorado.
—¡Aquí está! —gritó—. ¡Car Li To,
salvador del mundo! —En ese preciso instante, el pájaro de los dioses pasó
rugiendo sobre la aldea.
—Entonces era un
don nadie de tercera categoría y sigo siéndolo ahora —se quejó Smith ante su
vaso.
La prostituta papú de cabello
teñido de rubio se había marchado de su lado hacía rato, pero él estaba
demasiado borracho para haberse dado cuenta.
—¿Crees que algo cambió porque esos
malditos extraterrestres nos descubrieron y nos sometieron? Quiero decir,
¿mejoró mi vida? No, ni un poco. ¿Y después de que los derrotáramos y los
expulsáramos? ¿Porque ahora decimos Santa Terra?
Levantó la vista hacia el espejo de
la pared. Smith, John Smith, le devolvió una mirada burlona.
—Sobreviví, eso es todo. Pero no
porque sea guapo o inteligente. Ni porque sea mejor que los cuatro mil
quinientos millones que ardieron en tres días. O que los quinientos millones
que murieron durante la Ocupación y la Rebelión. Las epidemias, el hambre, los
monstruos extraterrestres que vagaban libremente, las hordas caníbales o los
escuadrones de la muerte de la Guardia Gris. Hasta ahora solo he tenido suerte.
¡Y pensar que todo había empezado tan bien!
El cantinero puso delante de él
otro szulimosh. Con una rodaja de limón y hielo. Como lo bebía todo el
mundo. Smith se lo zampó de un trago.
—¿Crees que la gente corriente
comprendió siquiera una mínima parte de todo aquello? ¿Cambió su vida? Quiero
decir, aparte de que exterminaron a sus familias y tuvieron que pasar meses
viviendo en búnkeres. ¿O de que las ratas gigantes de ocho patas que vivían en
los basureros de los extraterrestres devoraron todo y a todos en sus aldeas? Ni
hablar. No entendieron nada. Volvimos a caer en la Edad Media. ¿Santa Terra?
Era mucho más sencillo explicarlo todo mediante dioses y espíritus malignos.
Vudú y yuyu, eso era lo que necesitábamos. Y héroes.
—A veces dudo de que los
extraterrestres realmente quisieran hacernos daño. Al fin y al cabo, durante la
Ocupación fue el Gobierno Mundial el que cometió los abusos. Los mercenarios de
la Guardia Gris iban a bordo de los deslizadores antigravitatorios. Los
extraterrestres se limitaron a averiguar cuál era la banda más poderosa entre
los supervivientes de la guerra nuclear. Convirtieron al jefe de esa banda en
Presidente Mundial y le dieron carta blanca. En un almacén de Shanghái
encontraron veinte mil metralletas y cien mil chaquetas Mao grises. Así nació
la Guardia Mundial, la Guardia Gris. Y enseguida se pusieron a imponer el
orden. A su manera.
El fortísimo aguardiente de otro
mundo no respondió desde el vaso. Ni siquiera se movió.
—Naturalmente, los gobiernos, reyes
y jeques que poco a poco empezaban a recuperarse opusieron resistencia.
Estallaron revueltas por hambre. Los soldados, por supuesto, sí tenían qué
comer. No tardaron mucho en capturar a los líderes rebeldes. Carlito estaba
entre ellos. ¡Claro que no era español! Había aparecido desde algún lugar de
Europa Oriental. De allí debía de venirle esa inclinación al martirio. Había
sido intérprete en las Naciones Unidas. Un tipo taciturno y solitario, siempre
con cara de estar ofendido.
El Presidente Mundial, ese maldito
animal fascista, decidió decapitar la Rebelión. Quería quebrar el espíritu de
la gente. Su voluntad. Destruir toda esperanza. Por entonces todavía
funcionaban algunos canales de televisión por satélite. Instaló cámaras en la
cámara de ejecución y después activó el haz.
Como en las películas.
El haz blanco avanzaba apenas un
centímetro por minuto, pero allí donde llegaba la materia viva se desintegraba.
Todos aquellos presidentes, jeques y reyes retrocedieron mientras pudieron.
Pero finalmente llegaron a la pared. Empezaron a pisotearse unos a otros.
Gritaban, lloraban; algunos enloquecieron. Abajo, en la Tierra, quien no estaba
sentado frente al televisor cuando comenzó la transmisión ya había llegado para
entonces. Los Grises proyectaron las imágenes sobre las nubes. Toda la
humanidad contemplaba la transmisión. Los guerrilleros, los muyahidines, los
partisanos. Todos los miembros de la resistencia.
Eso era precisamente lo que quería
el Presidente Mundial.
Pero no había contado con Carlito.
Smith bebió rápidamente otro szulimosh.
Sintió cómo se agitaba en su estómago, pero precisamente eso era lo bueno.
—Entonces llegó la luz. La luz
brillante y asesina. Avanzaba perfectamente recta. A quien tocaba, simplemente
dejaba de existir. Como si una motosierra increíblemente rápida lo cortara en
láminas del grosor de un átomo. Ni siquiera echaban humo. ¿Quién podría olvidar
aquellos gritos?
Acabaron rápidamente con la primera
cámara y trasladaron el haz a la segunda. Allí todos gemían y lloraban,
arañaban el hormigón con uñas y dientes intentando alejarse.
Todos menos Carlito.
Si el Presidente Mundial no hubiera
sido el animal que era, habría apagado las cámaras en cuanto enfocaron a Carlito,
que permanecía de pie en medio de la sala. El muchacho estaba mortalmente
pálido, rígido como una cruz de mármol. Dijo algo, pero nadie lo entendió
porque aquella lengua, junto con el pueblo que la hablaba, se había evaporado
sin dejar rastro durante la conflagración mundial.
Y todas las cámaras mostraron cómo
empezó a caminar hacia la luz.
En el búnker desde el que yo
contemplaba la transmisión, para entonces todos estábamos destrozados. Varios
se habían vuelto las armas contra sí mismos. Pero cuando aquel muchacho empezó
a caminar, de pronto algo cambió. Algo nos tocó. Nos agarró y nos puso de pie.
Caminaba lentamente hacia una
muerte segura, con una serenidad absoluta en el rostro. Como si hubiera
descendido de la cruz. Solo se detuvo un instante. Miró hacia atrás, hacia los
estadistas. Después entró sencillamente en el rayo mortal. Como quien atraviesa
una puerta. El presidente polaco lo siguió. Después, el indonesio. Con la
espalda recta, orgullosos, conscientes de lo que hacían. Entonces los Grises
interrumpieron la transmisión. Pero ya era demasiado tarde.
—El resto es historia. La mitad de
los Grises se pasó a nuestro lado y trajo consigo las naves espaciales. La otra
mitad estaba muerta antes de que terminara el día. Y un misil ruso de treinta
años de antigüedad impactó de lleno contra la base extraterrestre. Lo llamamos
Juicio Divino, aunque seguramente no fue más que una avería. Pero llegó en el
momento justo. Para cuando alcanzamos la Luna, el Vaticano, desde Río, ya había
beatificado a Carlito. Los hindúes estaban convencidos de que Shiva se había
encarnado en él. Los musulmanes reconocieron inmediatamente al Mahdi. Les dio
fuerza a todos. Fe.
—Señor Smith, señor John Smith, el
helicóptero está a punto de partir. Vamos.
Smith miró el icono que colgaba de
la pared y después se encaminó hacia la salida con paso vacilante.
Cuando aterrizó
también el pequeño escarabajo de los dioses, el pueblo-pueblo ya había
desempaquetado los huevos del pájaro de los dioses. De los largos huevos verdes
salieron magias como aquella con la que el dios Pritvi había abatido al tigre.
Todos temían al dios Teniente, sobre todo cuando empezó a pinchar uno tras otro
los hombros del pueblo-pueblo con su cuchillo de mosquito.
—El agua de los dioses ahuyenta a
los espíritus de las enfermedades —explicó Pritvi.
Los dioses le habían dado una nueva
chaqueta verde con estrellas plateadas. Pritvi permanecía orgullosamente de pie
entre el pueblo-pueblo y los muchos dioses.
—Sargento, ¿habla inglés? —preguntó
el dios bajo y encorvado, que parecía enfermo.
—Poco. Chino también, sir
—respondió Pritvi.
Miró al Teniente buscando ayuda,
pero este estaba ocupado con las vacunas. Para Smith aquello no representaba
ningún problema.
—El gran hablador lejano te escucha
y te ve, sargento —explicó—. Tú y tu aldea estarán en la gran noticia. Yo
mostrar tú, ustedes en placas plateadas, aquí, allá, arriba también, en barcos
de dioses, muy, muy lejos.
Pritvi sonrió tontamente a la
cámara.
—Ahora tu pueblo recibe buenos
fusiles. ¿Qué harán con los fusiles? ¿Aquí, en gran selva?
—Grandes dioses buenos fusiles
fuerza. Vida larga, suerte. Pueblo-pueblo va selva. Buscaremos demonios. Todos.
Buscaremos dioses malos. Aunque escondan. Pueblo-pueblo fuertevaliente.
Dragónvaliente. Tigrevaliente.
—Dígame, sargento, ¿qué le ha dado
el contacto? ¿Qué ha cambiado en la vida de su pueblo?
—No entiendo —respondió Pritvi
sonriendo.
Quería marcharse. Quería ser él
quien explicara a los cazadores cómo funcionaban los fusiles.
—No entiendo, no importa. Nosotros
vamos. Matamos dioses malos. Todos.
—Gracias, sargento —concluyó Smith
con una alegría fingida—. Como pueden ver, queridos espectadores, ya está en
marcha la eliminación de los mutantes que andan sueltos y de los focos de
resistencia extraterrestre. O, como lo ven estas buenas, incorruptas y
sencillas personas, la guerra de los dioses...
Hizo una breve pausa para aumentar
el efecto.
—Están contemplando el ocaso de los
dioses. No se vayan. Les habló John Smith, Televisión Mundial, Borneo.
El antiquísimo avión de carga
australiano se había marchado hacía mucho cuando Smith y su camarógrafo
terminaron de filmar. La tripulación del helicóptero también estaba preparada
para partir. Solo lo esperaban a él.
La larga hilera de nativos empezó a
internarse lentamente en las profundidades de la selva.
Smith permaneció de pie, con el
agua hasta las rodillas, contemplándolos desde la sombra de los rotores. Sus
dedos tamborileaban nerviosamente sobre la credencial de plástico que colgaba
de su cuello.
Quién sabe qué pasaba por su mente.
Quién sabe por qué apareció aquella
expresión de anhelo en sus ojos.
Lo único seguro es que el
helicóptero regresó al aeródromo sin él.
El ocaso de los dioses era algo que no podía perderse.

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