Armando
Azeglio
Escribo un cuento de un hombre que está
escribiendo un cuento, sobre un hombre que –escribiendo un cuento– sabe que va
a ser asesinado. El hombre escribe rápido y nervioso, más que un cuento son en
realidad sus memorias. Más que sus memorias, son en realidad una serie de
claves para develar el enigma de su futura muerte que, en la trama de la
historia (un hombre que está escribiendo un cuento sobre un hombre que –escribiendo
un cuento– sabe que va a ser asesinado) están esparcidas aquí y allá. Mi
personaje se levanta, suspira, mira por la ventana, tiene la sensación de ser
observado, se sirve un whisky para calmarse. Siento un ruido... ¡Un corte de
luz! ¡Un disparo! Tiro sin querer mi vaso de whisky que se hace añicos en el
piso, no sin antes mojar el manuscrito de mi cuento.
Releo. El
manuscrito ha sido misteriosamente alterado durante el corte de luz. Dos de las
pistas que había dejado a los futuros lectores (los nombres “Cristina y Eric”,
personajes de una de las historias dentro de la historia) han sido
cuidadosamente borrados por una mancha de whisky. La caligrafía del manuscrito
es la mía, pero tengo la fuerte sospecha de que no es el original. La
confirmación la tengo cuando en esta parte del cuento, todos los personajes de
los cuentos enfrascados, releen con sospecha sus respectivos manuscritos:
¡Esto en el
original no sucedía!
Sigo leyendo
con ansias mi manuscrito original: el escritor personaje del tercer nivel de
escritores personajes (es decir, el escritor escrito por el escritor que a su
vez es escrito por mí) está muerto de bruces sobre el escritorio, con sangre
que cae desde su cabeza y gotea rítmicamente mezclándose con el whisky y los
vidrios de su vaso bañando toda la escena.
—¡AH NO! —escribo
con letras mayúsculas—: YO NO PENSABA ESCRIBIR UNA COSA ASÍ, NINGUNO DEBÍA
MORIR HASTA QUE YO NO LO ESCRIBIERA, ¿ME HAS ENTENDIDO? También lo digo en voz
alta; seguro que el asesino podría estar escuchándome en alguna parte de la
estructura de mi cuento. La hoja tiene un pequeño pero humeante agujero en el
sitio donde está escrito calibre 22. Toco el orificio, “calibre 22’’, pienso en
voz alta, pero... ¿Cómo es posible?, escribo; ninguno de los personajes debía
llevar consigo un arma de ese calibre... siento un escalofrío... palpo la
cartuchera debajo de mi axila… nada… tampoco en la cintura... ni en la bota; la
pistola calibre 22 que siempre llevo conmigo no está. Por primera vez pienso
que quieren implicarme en un crimen endilgándome un cadáver fabricado con mi
pistola. Borro mis huellas con un pañuelo, miro por la ventana para constatar
si alguien me ha visto entrar. Pienso en deshacerme del cadáver escribiendo
algo así como: y lo cortó en pedacitos para luego disolverlo en un tambor de
ácido que encontró en el sótano. Pero me suena demasiado kitsch y
descontado, además. ¡Yo no he matado a nadie, carajo!
Me dispongo a
describirme saliendo de la escena, decido –con una mezcla de interés y
morbosidad– controlar lo que el finado estaba escribiendo... ¡¿Qué?! –escribo–.
¡Había hecho enamorar a su escritor personaje de una lectora, “Cristina”
porque, escribía, “esa lectora lo hacía acordar a su primer amor...” Eso es
rosa empalagoso…
¡De locos!
¡No hay lógica! ¡No hay coherencia! ¡Yo no hubiera escrito nada por el estilo!
Las sirenas anuncian que está llegando la policía. Para asegurar mi huida
escribo: y salió de la habitación pisando vidrios rotos mientras a lo lejos se
sentía un ulular de…
—¿Por qué
escribió esta estupidez? —Se lo pregunto a Cristina, mi examante, ex mujer de
un examigo. Inexplicablemente está delante de mí con el manuscrito agujereado
en la mano.
—No sé —me
responde con una inocencia que, estoy seguro, es fingida—. Yo apenas lo
conocía, era amigo de Carlos mi exmarido.
—Pero, ¿te
das cuenta, tarada, que estás hablando de un personaje? —Pierdo el control y la
zamarreo al mejor estilo de quienes, se sabe, han tenido un cierto grado de
conflictiva intimidad sexual—. ¡Decime la verdad! ¡La verdad! —le grito
mientras veo a sus espaldas otro cadáver: el de otro de los escritores de la
compleja trama. La sangre que cae goteando rítmicamente, mezclándose con los
vidrios rotos y el whisky que baña toda la escena. Me golpean en la nuca...
Oscuridad.
Oscuridad.
Oscuridad.
Eric: con un
jarro de agua en la mano. Me lo acaba de vaciar en la cara: amarillo violáceo.
Sabor metálico. Boca seca. Acre. Vértigo. Mucho vértigo
Cristina: Con
una veintidós (mi pistola calibre veintidós) apuntándome.
Yo: atado a
una silla, solo con el brazo derecho libre, al que le han puesto una lapicera
en la mano.
Hay un
manuscrito delante de mí. Es mi caligrafía. ¡Es mi cuento!, mi inconcluso
cuento: “Un hombre escribiendo un cuento sobre un hombre que –escribiendo un
cuento– sabe que va a ser asesinado”. Eric me da una cachetada al mejor estilo
de los interrogadores de la Gestapo nazi.
—Escribinos
un final feliz —me dice con voz impersonal y acerada.
Anaranjado
con chispas bermellón. Tos, mi tos. Más tos.
—¡¿Qué !? —le
contesto, atónito.
—¡Escribinos
un final feliz! —repite imperativo—. Queremos fugarnos... el famoso final
feliz: “vivieron felices, colorín colorado y todo eso.
El universo
descrito por cualquier escritor en un cuento, pienso, es uno de entre todos los
posibles e imaginables. “Es solo un juego obligado entre las innumerables
combinaciones que las permutaciones permiten”, escribo. Un juego que ya ha sido
elegido de antemano y el que el lector deberá descubrir. Eric sabe todo eso,
todo eso y “más”. Sabe que “el círculo del cuento se cierra cuando el que desea
insaciablemente narrar se ve insaciablemente narrado por el deseo de narrar”:
ese es mi caso (pienso).
—¡Eric!
(declamo para distraerlo mientras trato de liberar mi brazo atado a la silla),
yo debería haberme casado en vez de escribir cuentos. Ahora estaría en mi casa,
con mi mujer y mis hijos, sentado en el comedor mirando algún programa de
televisión. Ellos también estarían mirando televisión. Dentro de un rato
comeríamos y después nos iríamos a...
No sé cuándo
ni por qué nos empezamos a pegar. Y, de repente, no sé cómo, Eric está sentado
sobre mi estómago, llenándome la cara de dedos. Ahora me ahorca.
Intento reaccionar, cubrir mi rostro con un brazo, tirarle un rotundo cross de derecha a la cara, pero mi brazo resulta penosamente corto. Lo que sucede después es confuso... veo algo que resplandece en las manos de Eric, algo brillante y metálico, quizá. Quizá una navaja. Tres o cuatro veces trato de zafar, y creo que es lo último que percibo. Después todo empieza a nublarse, me invade un sopor seguido de una luz blanquísima. Oigo sonidos, siento voces extrañas, veo imágenes discurrir tangencialmente a mi ser, pero no tengo idea de dónde estoy. Hasta que todo se apaga...

No hay comentarios:
Publicar un comentario