Danijela Trajković
Era 1998. El final
del año escolar estaba cerca. Mi hermano y yo estábamos entusiasmados. Faltaban
apenas unos días para ir al pueblo a pasar las vacaciones de verano con
nuestros familiares y amigos, como lo habíamos hecho durante años. Hicimos las
valijas y empezamos a planear todo lo que haríamos. Aunque yo tenía dieciocho
años y mi hermano dieciséis, seguíamos siendo niños, inocentes y felices.
La guerra de Kosovo había
comenzado. Jóvenes soldados sin experiencia, la mayoría de los cuales jamás
había tenido un fusil de verdad en las manos, eran enviados a defender su
patria. El noticiero de las siete y media de la tarde era una pesadilla. Cada día
moría alguien. Todo lo relacionado con la guerra era repugnante. En otras
partes de Serbia, sin embargo, la vida parecía seguir con normalidad: escuela,
trabajo, recreación, televisión. Yo contaba los días.
Una noche, mientras veía el
noticiero con mis padres, oí un nombre conocido:
—Hoy ha muerto el soldado Mladen
S...
Supe de inmediato que era él.
—Esperá —dijo mi madre,
conmocionada—. Tal vez no sea él. Escuchemos otra vez.
—No, lo escuché bien. Es él.
Salí corriendo de la habitación. No
podía respirar. Sentía que iba a morir. Mi hermano estaba jugando al básquet
con unos amigos en el patio. De pronto grité:
—¡Mladen ha muerto!
El partido se detuvo. La pelota
perdió su rumbo.
Más tarde, mis padres me
reprocharon haberle dado la noticia a mi hermano de aquella manera. Yo acepté
la muerte de Mladen de inmediato. No reaccioné como mi madre, que todavía
albergaba la esperanza de que hubiera un error. Después del impacto inicial lloré
durante horas. Lloré durante días. Era insoportable.
En esa época vivíamos en un lugar
donde los albaneses eran mayoría. Sorprendentemente, no sentía ningún odio
hacia ellos. Un día, mientras regresaba de la escuela, los veía por todas
partes, pero el dolor que llevaba dentro era tan grande que no me interesaba
nadie más. Era mi dolor. Una amiga de la familia, una mujer serbia, sintió
compasión por mí y me dijo con dulzura:
—Ay, querida, me enteré de que
murió tu amigo.
Lloré en silencio.
Mi hermano y yo no fuimos al
funeral; solo asistieron nuestros padres. Todavía no he visitado su tumba. En
las iglesias enciendo velas por el descanso de su alma.
En el año 2000 mi hermano y yo
volvimos al pueblo. No habíamos regresado desde la muerte de Mladen. No
podíamos; simplemente no podíamos volver al lugar donde todo había muerto.
Recuerdo una imagen de los dos
junto a nuestros dos primos, que también eran primos de Mladen. Caminábamos por
el camino del pueblo.
Dios mío, ¡esa es la imagen de
cuatro niños muertos!
No éramos cuatro jóvenes caminando,
sino cuatro fantasmas. Vagábamos por el pueblo sin saber qué hacer ni de qué
hablar. Un silencio de muerte reinaba en todas partes. Llevábamos la cabeza
inclinada hacia el polvo del camino. Parecía que lo único vivo era la tierra,
que respiraba bajo nuestros pies y nos enviaba señales de vida con el lento
movimiento de su pecho polvoriento.
Estábamos cerca de la casa de
nuestro abuelo. Del otro lado del camino se encontraba la casa de Mladen. Desde
allí se veía parte del jardín de su familia.
Cuando Mladen partió al servicio
militar, todos se habían mudado a una casa nueva. La despedida se celebró
conforme a las tradiciones serbias: hubo música, comida, bebida, invitados y
alegría.
En apenas dos años, la vieja casa
había quedado casi en ruinas. Parecía una de esas mansiones de las novelas
góticas.
En la fachada vi el cartel
mortuorio* de Mladen. Era azul, el color que anuncia la muerte de una persona
joven. Todavía puedo ver ese desagradable tono de azul.
En el jardín, junto al camino,
había un viejo manzano. Estaba florecido. ¡Qué hermoso era aquel árbol! Nos
encantaba treparnos a él y comer sus manzanas. ¿Quién iba a comerlas ahora? El
árbol también parecía mirarnos con tristeza. Ya no tenía un propósito.
En 2018.
No puedo dormir. Son las dos de la
madrugada. A la una escuché cantar el gallo de un vecino. Estoy escribiendo
sobre Mladen. Por primera vez. Mientras hacía el servicio militar le escribí
cartas. Más tarde, su madre me las mostró para que viera cómo las conservaba.
No recuerdo si él llegó a responderme. No puedo recordarlo.
Pero sí recuerdo perfectamente cómo
mi corazón saltaba de alegría cada vez que llegaba al patio de mi abuelo para
jugar a las escondidas o al fútbol, para entrar en la casa a conversar, mirar
televisión, jugar a las cartas, contar chistes, comer semillas de girasol
durante el invierno o beber vino dulce.
En cuanto sabía que venía, salía
volando de mi habitación.
Una vez lo observé desde mi cuarto,
a través de una pequeña ventana con rejas. Estaba ayudando a su abuelo. Tenía
el torso desnudo. Miré su piel bronceada por el sol y sus músculos. Más tarde
lo vi besar a su novia en un café.
No la odié. Ni a ella ni a él.
A veces sus hermanas comentaban
aquella relación. Yo sentía celos, pero nunca decía una palabra. Lo adoré desde
que tengo memoria. Solo era dos años mayor que yo. Nos veíamos únicamente
durante las vacaciones de verano y de invierno. Era un artista talentoso y una
vez hizo un retrato mío. En otra ocasión lo encontré en un camino mientras
estaba con unos amigos. Cuando me habló, empecé a tartamudear de una manera
espantosa y sentí que las piernas me fallaban. Bueno, las piernas no importaban
tanto; lo que realmente me avergonzó fue el tartamudeo. Me había tomado
completamente por sorpresa. Nunca le dije lo que sentía por él.
Éramos amigos.
El momento más íntimo que
compartimos fue este: él estaba de pie frente al portón de su casa y yo frente
al de la mía. Su casa quedaba en la parte alta del camino.
Arrojó una ciruela verde que cayó a
mis pies. Nos miramos. No dijimos una sola palabra.
En ese instante tenía una expresión
que jamás le había visto: misteriosa, profundamente masculina.
Poco antes de partir al ejército
coincidimos por casualidad en una boda. También estaba allí otro muchacho que
tampoco regresaría de Kosovo. Aquel día fui muy feliz. Nos sacamos una
fotografía, aunque casi nunca la miro.
Pienso en sus ojos verdes,
ligeramente oblicuos, en sus espesas pestañas y en su cabello castaño. Cada vez
que veo Titanic, cuando aparece Leonardo DiCaprio, o cuando escucho las
canciones I Will Always Love You o You Will Never Know, me
acuerdo de él.
Mladen forma parte del pasado. Ya
no puede influir en mí como lo hacía cuando yo era una muchacha. Siempre está
presente, pero cada vez ocupa un lugar menor en mis pensamientos. Sin embargo,
hay algo que me acompaña y me corroe desde hace todos estos años. Uno o dos
días antes de morir me llamó por teléfono. Creo que era la primera vez que él
me llamaba. Generalmente era yo quien lo llamaba a él.
Mi padre atendió el teléfono.
Le dijo que yo no estaba en casa,
aunque me encontraba a un solo paso del aparato.
Fue su última llamada.
No.
Todavía no he perdonado a mi padre.
* En Serbia, cuando alguien muere,
se coloca un cartel mortuorio con la fotografía del fallecido y los datos del
funeral en la fachada de su casa y también en distintos lugares públicos,
especialmente en árboles y postes de alumbrado.
Danijela Trajković (1980) es una escritora, poeta, traductora, reseñista
y editora serbia. Es directora de la revista A Too Powerful Word. Obtuvo
una maestría en Lengua y Literatura Inglesas en la Facultad de Filosofía de la
Universidad de Pristina, con sede en Kosovska Mitrovica. Trabaja como profesora
de ruso e intérprete de griego en el Tribunal Superior de Vranje. Es autora de
dos libros: 22 Wagons (Istok, Knjaževac, 2018) y While Life Sees a
Dream (Arte, Belgrado, 2023). Su obra ha sido traducida a más de veinte
idiomas.
