Jeton Neziraj
La ambulancia
transportaba a Shamim, un paciente de Bangladesh, desde la habitación que
ocupaba en el barrio de Dardania, en Pristina, hasta la Clínica Medicus,
situada en las afueras de la ciudad. Shamim regresaba a la clínica después de
una complicación inesperada que había surgido dos días después de vender uno de
sus riñones.
La ambulancia avanzó por la calle
Madre Teresa, giró hacia el bulevar Bill Clinton y luego tomó la carretera de
salida de la ciudad.
El reloj marcaba: 13/09/2008 —
16:45.
La ambulancia llevaba las sirenas
encendidas y circulaba a gran velocidad.
El sudor perlaba el rostro cerúleo
de Shamim. Con una mano se aferraba al borde de la camilla e intentaba soportar
el dolor.
Después de la operación le habían
dicho que todo iría bien, pero había surgido una complicación y, en lugar de
estar en un avión de regreso a casa, que era donde deseaba encontrarse, viajaba
ahora en una ambulancia que lo llevaba de vuelta a la clínica.
El vehículo zigzagueaba entre los
automóviles que le cedían el paso, pero la carretera estaba bloqueada en la
rotonda principal, cerca del Hotel Victory.
Dos policías uniformados habían
colocado allí un cordón rojo y pedían a los conductores que esperaran porque,
según decían, «algo importante estaba ocurriendo en la ciudad».
Unas treinta corredoras de maratón
descendían por la carretera hacia la meta. La gente, a ambos lados del camino,
aplaudía y las animaba a continuar. Ya faltaba muy poco. Dos kilómetros como
máximo. Junto a la línea de llegada había una pequeña tarima donde se
encontraban diversas personalidades políticas y sociales, entre ellas el
presidente de Kosovo. Aquel era un acontecimiento histórico para todo el país. No
solo era el primer maratón organizado desde la guerra, sino también la primera
carrera exclusivamente femenina de la historia de Kosovo. La Radio Televisión
de Kosovo incluso estaba transmitiendo la prueba en directo.
Entre las corredoras se encontraba
Lola, la famosa presentadora de Crónicas Kosovares, un programa de
investigación televisiva conocido por destapar escándalos. Todo el mundo lo
veía. Incluso, por supuesto, el presidente.
—¡Corre, Lola, corre! —coreaba la
multitud.
—¡Corre, Lola, corre! —repitió el
presidente.
Cuando la ambulancia llegó al
cordón policial, uno de los agentes indicó al conductor que se detuviera y
esperara. El maratón debía terminar. Kosovo necesitaba una ganadora aquel día. Shamim
apretó los dientes e intentó mantenerse consciente, pero estaba perdiendo
fuerzas. El médico que viajaba con él trataba de animarlo.
—Todo saldrá bien, Shamim. Todo
saldrá bien. Después de una operación así pueden surgir complicaciones. Pero
todo estará bien. ¿Tienes familia?
Shamim quiso responder, pero no
tenía fuerzas ni palabras. Miró al médico y apenas logró emitir un leve gemido.
Entonces pensó en el europeo llamado Frank, a quien había vendido su riñón dos
días antes. Lo imaginó abriendo la puerta de su casa y entrando en un jardín
lleno de hermosas flores. A un lado, junto a la puerta, lo esperaban su esposa
y su pequeña hija. Shamim abrió nuevamente los ojos. Miró al médico. Este le
tomó el pulso. Shamim intentó volver a pensar en Frank, pero no pudo. La
ambulancia. Las corredoras. La multitud. La policía. El cordón rojo. Shamim. Frank.
El riñón. El presidente.
El conductor volvió a tocar la
bocina.
Uno de los policías le hizo señas
para que esperara porque, según dijo, el maratón terminaría pronto y una mujer
sería la vencedora.
—¡Corre, Lola, corre!
Todas las corredoras aceleraron el
paso. Lola también. El sudor caía sobre el asfalto de aquella carretera
principal de Pristina, la misma que conducía a la Clínica Medicus.
Energía. Pasión. Fiebre. Miedo.
El presidente se puso de pie para
animar a Lola y luego se volvió hacia alguien cercano.
—Este asfalto es nuevo, lo
colocamos hace poco. Lo inauguramos hace apenas una semana junto con el
ministro de Transportes.
Lola encabezaba el grupo de las
otras veintinueve corredoras. Les llevaba unos diez pasos de ventaja.
—¡Corre, Lola, corre!
Shamim no sabía nada del maratón. No
sabía mucho sobre Pristina. No sabía nada sobre Lola, la corredora que estaba a
punto de ganar la carrera. Se agitaba en la camilla e intentaba mantenerse con
vida hasta llegar a la Clínica Medicus. El médico intentó sonreírle, pero,
frustrado porque la ambulancia seguía detenida, estalló:
—¿Qué demonios está pasando? Han
bloqueado la carretera principal por un maratón inútil. Y ni siquiera son
corredoras profesionales, sino un grupo de muchachas. ¿Desde cuándo las mujeres
de este país corren maratones? ¿Es esto realmente lo más importante que
necesitan ahora? Muy bien, que corran, que corran las señoras, pero ¿no podían
haber planeado el recorrido en otro lugar? ¿Eh? No puedo creerlo. Este lugar va
cuesta abajo, Shamim. Las cosas no deberían ocurrir así, maldita sea. Si esta
situación fuera diferente, si tú no estuvieras aquí ilegalmente, saldría ahora
mismo de la ambulancia y agarraría a ese policía por el cuello. No me
importaría en absoluto este maratón. La vida de una persona vale más que diez,
cientos o miles de maratones, Shamim. Pero como este trabajo es ilegal, tengo
que contenerme, callarme y esperar. Y tú también tienes que esperar. Resiste,
Shamim. Aguanta. Lo lograrás.
El conductor volvió a tocar la
bocina. Entonces el policía kosovar frunció el ceño, se quitó la gorra y se
acercó a la ambulancia.
—¿Cuál es la prisa? ¿No ve que no
puede pasar?
—Llevo a un hombre enfermo. Tengo
que llevarlo a la clínica.
—El maratón terminará pronto. En
unos minutos como mucho. Me temo que no podemos detener la carrera. Esta noche
tiene que haber una ganadora en Kosovo.
Solo cuando terminó su explicación
preguntó por el paciente. Por aquel desgraciado que se retorcía en el interior
luchando por su vida.
—Es un anciano. Ha sufrido un
infarto.
El conductor se vio obligado a
mentir. Cinco años antes, el presidente había firmado una ley que declaraba
ilegales los trasplantes de órganos.
—Diez, nueve, ocho, siete...
cuatro, tres, dos y...
Lola cruzó la línea de meta.
Levantó los brazos victoriosa y
luego se lanzó a los brazos de su marido, que la esperaba lleno de alegría. Finalmente,
uno de los policías retiró el cordón rojo que bloqueaba la carretera. La
ambulancia arrancó a toda velocidad. Lola, la periodista de investigación,
había ganado la carrera. Aquel largo e histórico maratón. Kosovo tenía una
ganadora aquel día.
Pero Shamim nunca llegó a saberlo. Murió
dos minutos antes de llegar a la Clínica Medicus. A las 17:03 exactamente. El
presidente felicitó a Lola. Después le colocaron una medalla alrededor del
cuello. Todos contemplaron aquel momento tan especial: quienes estaban allí
presentes y quienes seguían la transmisión por televisión.
Entonces Lola habló:
—Dedico esta medalla a mi país.
Gracias a todos. Este país saldrá adelante, tal como siempre hemos soñado.
Ahora, pongámonos a trabajar.
El cuerpo de Shamim fue abandonado en un bosque mucho después de que hubiera caído la noche. No había otra opción. Había entrado ilegalmente en el país. Toda huella de su existencia debía ser borrada. Lo único que quedó de él fue su riñón. En algún lugar de Europa. Vivo. Funciona bien. Y Frank se siente bien gracias a él.
(Traducido del albanés por
Alexandra Channer.)
Jeton Neziraj nació en 1977 en Kosovo. Es el
exdirector artístico del Teatro Nacional de su país y fundador y actual
director de Qendra Multimedia. Ha escrito más de veinticinco obras de teatro
que se han representado, traducido a casi 20 idiomas y presentado en más de 70
producciones en Europa y Estados Unidos. Sus obras han recibido numerosos
premios y reconocimientos y se han presentado en festivales de toda Europa. Es
autor de numerosos artículos sobre temas culturales y políticos, publicados en
revistas y periódicos locales e internacionales. Su estilo es irreverente y
absurdo. Evoca a Ibsen, Molière y Kafka…
