lunes, 15 de junio de 2026

INHUMANOS

Luciano Lara

 

El despertador sonó a las seis y media; hacía por lo menos diez minutos que Fabiana estaba despierta. Aprovechó la alarma para levantarse con un movimiento rápido. Como todos los días, encendió el televisor mientras se dirigía directamente al baño. El noticiero anunciaba que sería un día de muchísimo calor en Buenos Aires. Hizo una mueca de desagrado, abrió la ducha y comenzó a lavarse los dientes. Dedicó un par de minutos a observar su rostro en el espejo. Tengo que hacer algo con estas arrugas, pensó mientras sacudía la cabeza como intentando evitar la aceptación de que los años también pasaban para ella.

Unos segundos más tarde ya estaba enjabonándose el cuerpo debajo de la lluvia que le pegaba suave sobre los hombros a una temperatura agradable. Se sintió bien hasta que dejó que su mente viajara a la oficina y recordó que además del calor, sería un día de muchísimas complicaciones laborales. Diciembre era un mes con demasiadas actividades protocolares que dejaban poco tiempo para las tareas rutinarias con las que había que cumplir.

Tardó más o menos una hora en arreglar su imagen con el peinado, maquillaje y vestimenta. Durante todo ese lapso acompañó estas actividades con protestas y refunfuños motivados principalmente por su tediosa vida laboral, pero también por las malas noticias que vivaban a toda voz los periodistas del noticiero televisivo: calor insoportable, caos de tránsito, cortes de luz, inflación, caída de reservas, cepo al dólar e impuestos al turismo.

—¡Qué país de mierda! —exclamó—; esto no da para más.

 

Una vez que estuvo lista, abrió la puerta de su habitación y caminó por el largo pasillo hasta llegar a la cocina del amplio departamento ubicado en el séptimo piso de un edificio que daba a la Avenida del Libertador, frente a los bosques de Palermo.

Apenas ingresó a la cocina dirigió la mirada a la mesa del desayunador para asegurarse de que todo estuviera listo. La mesa estaba cubierta por un mantel blanco y sobre éste, la tetera, la taza, un plato con frutas y tostadas ya untadas con manteca y mermelada de arándanos. Todo prolijamente dispuesto y en una combinación casi perfecta con los cubiertos de plata ubicados alrededor del plato principal.

—Buen día, señora —dijo Matilde mientras encendía el televisor y sintonizaba el noticiero. Fabiana asintió como devolviendo el saludo.

 —Matilde, fijate que dejé el televisor prendido en la habitación.

—Sí, señora —dijo la mujer mientras caminaba en dirección al cuarto. Inmediatamente, Fabiana estiró el brazo y comenzó a servirse el té de hierbas japonesas, luego tomó unos trozos de papaya que parecían cortados milimétricamente y los puso sobre el plato principal.

Comió una tostada, tomó un sorbo de té y luego un trozo de papaya. Dejó que el sabor del desayuno se le esparciera por la boca. Estaba riquísimo. Se sintió bien por unos segundos hasta que se dio cuenta que faltaba el diario en la mesa.

—Matilde

—Sí, señora.

—¿Dónde está el diario?

—No vino, señora.

—Tenés que acordarte de llamar al diariero, si a las siete no llegó, hay que llamarlo porque este tipo es un irresponsable y yo necesito tener el diario a la mañana.

—Ya lo llamé, señora —interrumpió Matilde —; me dijo que el repartidor estaba en camino.

—Bueno, llamá de nuevo porque se me hace tarde y necesito el diario.

—Pero, señora, ya llamé hace quince minutos y me dijo que en media hora…

—Llamá igual, Matilde.

—Está bien, señora —respondió la mujer en un tono de resignación. Fabiana hizo una mueca mientras sacudía la cabeza; qué mal arrancamos el día, pensó.

El diario llegó unos cinco minutos después. Fabiana se levantó de su silla y se acercó hasta la puerta para tomarlo. Rompió con violencia el celofán que lo envolvía y con movimientos rústicos, volvió a sentarse para leerlo mientras terminaba de desayunar.

 

Apenas terminó el desayuno, dobló el diario y lo puso dentro de una carpeta de cuero negro. Caminó hasta el baño; cepilló sus dientes con rapidez y luego volvió a pintarse los labios. Se miró en el espejo para darse los últimos retoques hasta que sintió que estaba lista. Volvió a la cocina, bebió un último sorbo de té, tomó su cartera y la carpeta.

—Matilde, por favor no te olvides de ir a buscar el vestido que encargué y de llamar a la peluquería para confirmar el turno a las cinco de la tarde. Mirá que no tengo margen, la fiesta empieza a las nueve en punto. Chau, me voy.

—Sí, señora, no se preocupe —respondió la mujer mientras miraba a Fabiana que se retiraba del departamento sin mirar hacia atrás.

El ascensor tardó un par de minutos en llegar. Fabiana suspiró varias veces durante la espera. El calor en el palier ya empezaba a molestarla. Apenas salió del ascensor observó los parques ubicados frente al edificio en el que vivía y por tercera vez en el día se sintió bien y respiró profundo. La sensación de felicidad fue quizá la más efímera de todas, pues terminó apenas vio a los tres villeros que limpiaban vidrios en el semáforo de la esquina. ¡Qué país de mierda!, pensó mientras abría la puerta del edificio. Se dirigió hacia el borde de la acera con la mirada fija en la avenida. El calor era agobiante. Sintió que le faltaba el aire. Se entusiasmó cuando vio que al lado de un Mercedes Benz negro al que dos pibes le limpiaban el parabrisas había un taxi libre.

El hombre que conducía el Mercedes bajó el vidrio, sacó su mano a través de la ventanilla y le entregó un billete a uno de los pibes. Fabiana sintió que un calor mucho más intenso se abría paso desde su estómago y en menos de un segundo su cuerpo ardía. Siempre hay algún idiota que fomenta la vagancia, pensó. Apenas el semáforo dio paso y los autos arrancaron extendió la mano. El taxi se detuvo; ella subió e indicó el destino al chofer quien inició la marcha de inmediato. Un segundo más tarde, hurgó en la cartera y tomó su celular para contactarse con la oficina.

—Telstar, buenos días —dijo una voz femenina del otro lado de la línea.

—Patri, soy Fabi ¿cómo estás?

—Bien, Fabi.

—¿Alguna novedad? ¿Llamados?

—No, por ahora todo tranquilo —respondió Patricia.

—Bueno, me alegro. Asegurate de que esté funcionando bien el aire y decile a Miguel que llego en diez minutos, que además del café y las medialunas me traiga un jugo bien helado. ¡No sabés el calor que hace! Es insoportable, te diría que estar en la calle hoy, es inhumano…


Luciano Lara es un músico que nació en Quilmes en mayo de 1975, que desde hace unos años decidió lanzarse a la literatura con una propuesta provocadora. El contacto con la literatura le llegó casi por casualidad; agobiado por el trabajo en una corporación multinacional y al borde del colapso, en enero de 2013 durante un viaje a la Patagonia, inspirado por la lectura de los libros Crítica del Oficinismo y Cinco cuentos cobardes, del filósofo H.G. Johannes (amigo y maestro de Luciano), escribió su primera ficción "Tránsito hacia la libertad", enseguida la segunda, "Absurdo" y durante los meses siguientes, las cinco historias que integran su primer libro, Apasionadas, editado por Sinergia en 2015 bajo el seudónimo Köller. Desde aquel inicio literario, en 2013, ha participado de varios proyectos. Uno de sus textos apareció en Grageas 3, otro en la antología mexicana Fútbol en breve, otros tres en Cien páginas de amor, uno en la antología mexicana Nocauts, otros tres en Minimalismos y uno en Extremos. Su primera novela, Resistencia, se encuentra en proceso de corrección.

 

 

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