Luciano Lara
El despertador sonó a las seis y media; hacía
por lo menos diez minutos que Fabiana estaba despierta. Aprovechó la alarma
para levantarse con un movimiento rápido. Como todos los días, encendió el
televisor mientras se dirigía directamente al baño. El noticiero anunciaba que
sería un día de muchísimo calor en Buenos Aires. Hizo una mueca de desagrado,
abrió la ducha y comenzó a lavarse los dientes. Dedicó un par de minutos a
observar su rostro en el espejo. Tengo que hacer algo con estas arrugas, pensó
mientras sacudía la cabeza como intentando evitar la aceptación de que los años
también pasaban para ella.
Unos segundos más
tarde ya estaba enjabonándose el cuerpo debajo de la lluvia que le pegaba suave
sobre los hombros a una temperatura agradable. Se sintió bien hasta que dejó
que su mente viajara a la oficina y recordó que además del calor, sería un día
de muchísimas complicaciones laborales. Diciembre era un mes con demasiadas
actividades protocolares que dejaban poco tiempo para las tareas rutinarias con
las que había que cumplir.
Tardó más o menos una
hora en arreglar su imagen con el peinado, maquillaje y vestimenta. Durante
todo ese lapso acompañó estas actividades con protestas y refunfuños motivados
principalmente por su tediosa vida laboral, pero también por las malas noticias
que vivaban a toda voz los periodistas del noticiero televisivo: calor
insoportable, caos de tránsito, cortes de luz, inflación, caída de reservas,
cepo al dólar e impuestos al turismo.
—¡Qué país de mierda! —exclamó—;
esto no da para más.
Una vez que estuvo lista, abrió la puerta de
su habitación y caminó por el largo pasillo hasta llegar a la cocina del amplio
departamento ubicado en el séptimo piso de un edificio que daba a la Avenida
del Libertador, frente a los bosques de Palermo.
Apenas ingresó a la
cocina dirigió la mirada a la mesa del desayunador para asegurarse de que todo
estuviera listo. La mesa estaba cubierta por un mantel blanco y sobre éste, la
tetera, la taza, un plato con frutas y tostadas ya untadas con manteca y mermelada
de arándanos. Todo prolijamente dispuesto y en una combinación casi perfecta
con los cubiertos de plata ubicados alrededor del plato principal.
—Buen día, señora —dijo
Matilde mientras encendía el televisor y sintonizaba el noticiero. Fabiana
asintió como devolviendo el saludo.
—Matilde, fijate que dejé el televisor
prendido en la habitación.
—Sí, señora —dijo la
mujer mientras caminaba en dirección al cuarto. Inmediatamente, Fabiana estiró el
brazo y comenzó a servirse el té de hierbas japonesas, luego tomó unos trozos
de papaya que parecían cortados milimétricamente y los puso sobre el plato
principal.
Comió una tostada,
tomó un sorbo de té y luego un trozo de papaya. Dejó que el sabor del desayuno
se le esparciera por la boca. Estaba riquísimo. Se sintió bien por unos
segundos hasta que se dio cuenta que faltaba el diario en la mesa.
—Matilde
—Sí, señora.
—¿Dónde está el
diario?
—No vino, señora.
—Tenés que acordarte
de llamar al diariero, si a las siete no llegó, hay que llamarlo porque este
tipo es un irresponsable y yo necesito tener el diario a la mañana.
—Ya lo llamé, señora —interrumpió
Matilde —; me dijo que el repartidor estaba en camino.
—Bueno, llamá de nuevo
porque se me hace tarde y necesito el diario.
—Pero, señora, ya
llamé hace quince minutos y me dijo que en media hora…
—Llamá igual, Matilde.
—Está bien, señora —respondió
la mujer en un tono de resignación. Fabiana hizo una mueca mientras sacudía la
cabeza; qué mal arrancamos el día, pensó.
El diario llegó unos
cinco minutos después. Fabiana se levantó de su silla y se acercó hasta la
puerta para tomarlo. Rompió con violencia el celofán que lo envolvía y con
movimientos rústicos, volvió a sentarse para leerlo mientras terminaba de
desayunar.
Apenas terminó el desayuno, dobló el diario y
lo puso dentro de una carpeta de cuero negro. Caminó hasta el baño; cepilló sus
dientes con rapidez y luego volvió a pintarse los labios. Se miró en el espejo
para darse los últimos retoques hasta que sintió que estaba lista. Volvió a la
cocina, bebió un último sorbo de té, tomó su cartera y la carpeta.
—Matilde, por favor no
te olvides de ir a buscar el vestido que encargué y de llamar a la peluquería
para confirmar el turno a las cinco de la tarde. Mirá que no tengo margen, la
fiesta empieza a las nueve en punto. Chau, me voy.
—Sí, señora, no se
preocupe —respondió la mujer mientras miraba a Fabiana que se retiraba del
departamento sin mirar hacia atrás.
El ascensor tardó un
par de minutos en llegar. Fabiana suspiró varias veces durante la espera. El
calor en el palier ya empezaba a molestarla. Apenas salió del ascensor observó los
parques ubicados frente al edificio en el que vivía y por tercera vez en el día
se sintió bien y respiró profundo. La sensación de felicidad fue quizá la más
efímera de todas, pues terminó apenas vio a los tres villeros que limpiaban
vidrios en el semáforo de la esquina. ¡Qué país de mierda!, pensó mientras
abría la puerta del edificio. Se dirigió hacia el borde de la acera con la
mirada fija en la avenida. El calor era agobiante. Sintió que le faltaba el
aire. Se entusiasmó cuando vio que al lado de un Mercedes Benz negro al que dos
pibes le limpiaban el parabrisas había un taxi libre.
El hombre que conducía
el Mercedes bajó el vidrio, sacó su mano a través de la ventanilla y le entregó
un billete a uno de los pibes. Fabiana sintió que un calor mucho más intenso se
abría paso desde su estómago y en menos de un segundo su cuerpo ardía. Siempre
hay algún idiota que fomenta la vagancia, pensó. Apenas el semáforo dio paso y
los autos arrancaron extendió la mano. El taxi se detuvo; ella subió e indicó
el destino al chofer quien inició la marcha de inmediato. Un segundo más tarde,
hurgó en la cartera y tomó su celular para contactarse con la oficina.
—Telstar, buenos días —dijo
una voz femenina del otro lado de la línea.
—Patri, soy Fabi ¿cómo
estás?
—Bien, Fabi.
—¿Alguna novedad?
¿Llamados?
—No, por ahora todo
tranquilo —respondió Patricia.
—Bueno, me alegro. Asegurate de que esté funcionando bien el aire y decile a Miguel que llego en diez minutos, que además del café y las medialunas me traiga un jugo bien helado. ¡No sabés el calor que hace! Es insoportable, te diría que estar en la calle hoy, es inhumano…

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