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sábado, 27 de junio de 2026

LA VENTANA TAPIADA

Jeffrey Thomas

 

Alan usó su paleta de albañil para hurgar en la cosa que había en el canalón. Parecía un pajarillo muerto; carne translúcida de color rosa violáceo, desprovista de plumas, extremidades torcidas como alas y patas rudimentarias. Pero era tan grande como una paloma adulta, o incluso más. Un grupo de palomas solía posarse en el techo de la vieja y alta casa de su madre, durmiendo en las cornisas y en los agujeros abiertos de los aleros. Supuso que se trataba de una de esas aves, muerta y en descomposición. Sin embargo, no parecía llevar mucho tiempo muerta. Y la boca...

Volvió a tocar el pequeño cadáver flácido con la paleta. La boca parecía tener labios más que pico.

Asqueado, Alan utilizó la herramienta para voltear al animal por encima del borde del canalón y dejarlo caer dentro del gran contenedor de basura que había debajo.

Había decidido limpiar él mismo los canalones de su madre, ya que ninguno de los dos podía permitirse contratar a alguien en ese momento. Durante los últimos años, desde la muerte de su padre, los canalones se habían convertido más en macetas que en desagües; exuberantes plantas verdes llenaban aquel tramo, sembradas sin duda por el alto árbol que crecía junto al costado de la melancólica mansión victoriana. Alan había pedido prestada una escalera a un amigo y había subido con varias bolsas pequeñas de basura para llenarlas con las plantas y la capa de residuos en la que crecían. Cuando cada bolsa estuviera llena pensaba dejarla caer dentro del contenedor.

Pero el descubrimiento del pájaro, o de la ardilla despellejada, o de lo que fuese aquella cosa, lo había distraído de su tarea. Y también la ventana rota del ático. La ventana era visible desde el suelo; se extendía en diagonal ocupando el espacio entre una parte más alta y otra más baja del tejado, donde el ático sobresalía por encima del segundo piso. Estaba compuesta por tres cristales cuadrados, ninguno de los cuales parecía poder abrirse. Sin embargo, uno de ellos estaba roto en una esquina. Desde abajo Alan no había podido verlo; las plantas que crecían en el canalón contribuían a ocultar el daño.

Otro trabajo más.

Alan suspiró. Bueno, ¿quién más podía ayudar a su madre a ocuparse de esas cosas? Por el momento simplemente subiría al ático y pegaría un trozo de cartón sobre el agujero para que ninguna paloma ni ardilla entrara allí a instalarse. Haría eso primero. Le aterraban las alturas y ahora descubría que agradecía la oportunidad de bajar de aquella escalera. Sin embargo, antes de descender se atrevió a inclinarse un poco más hacia la ventana, lo bastante cerca como para tocarla con los dedos si hubiera querido estirarse, cosa que no quería hacer. Intentó mirar dentro del ático desde allí. Había jugado en él cuando era niño, a pesar de que su padre le prohibía subir. Hacía años que no observaba realmente aquel lugar. Intentaba imaginar aquella ventana diagonal desde el otro lado, relacionándola con sus recuerdos de las habitaciones del ático. Descubrió que no podía visualizarla desde el interior. Tampoco podía ver dentro a través de ella. Los cristales podrían haber estado pintados de negro por dentro, por lo que él podía distinguir. Lo único que alcanzaba a ver era el reflejo de su propio rostro curioso en el vidrio sucio, observándolo desde el otro lado.

 

Cuando Alan subió al ático, una pequeña criatura saltó detrás de una caja de libros agitando frenéticamente sus extremidades superiores. Jadeó y quedó inmóvil en el umbral. Entonces oyó el arrullo y vio los excrementos blancos sobre las tablas del suelo. Malditas palomas. ¿Cómo habían entrado allí? ¿Y por qué su madre tenía que tirarles pan y alentarlas a reunirse alrededor de la casa? Cuando avanzó un poco más por el ático vio que una ventana situada en aquel extremo había quedado abierta mediante una tabla que la mantenía trabada.

Mamá.

Debía haberlo hecho para dejar entrar aire cuando estuvo allí arriba alguna vez y luego olvidó cerrarla. Alan suspiró. Tendría que cerrarla y atrapar cada paloma por separado para sacarla al exterior. Otro trabajo más. Quizá debería marcharse a casa, pensó. Por ahora dejó la ventana como estaba y se internó en la parte más oscura del ático, donde las paredes se inclinaban acercándose una a otra...

No era extraño que no hubiera podido ver a través de la ventana desde el exterior. Por dentro estaba completamente tapiada. Eso también explicaba por qué no lograba recordarla desde el interior en sus recuerdos de infancia; aparentemente llevaba muchos años cubierta de aquella manera. Al bajar del ático para pedir prestada la vieja caja de herramientas de su padre, primero reprendió a su madre por las palomas.

—¿Por qué papá tapiaba aquella ventana inclinada del ático? —preguntó—. La de este lado de la casa, encima de la puerta trasera.

—Oh, fue mi padre quien hizo eso. Tu padre intentó quitar las tablas una vez para que entrara más luz en el ático, pero luego cambió de idea y volvió a cubrirla.

—Bueno, ¿y por qué el abuelo la tapió en primer lugar?

—Cuando tus abuelos eran dueños de la casa hubo una tormenta muy fuerte, y creo que un rayo cayó sobre esa ventana. Recuerdo aquella noche... Yo tendría unos ocho años, creo. Fue terrible. Toda la casa se sacudió. No sé qué le hizo el rayo a la ventana. Tal vez ennegreció los cristales o los agrietó.

Se encogió de hombros.

—No está agrietada. Solo le falta un pedazo. Y se rompió hace poco; vi los fragmentos en el canalón.

—No lo sé.

Alan volvió a encogerse de hombros.

—Bueno, voy a quitar las tablas. Esa parte del ático es muy oscura y no tiene luz eléctrica. Le vendrá bien un poco de sol.

Con la caja de herramientas de su difunto padre en la mano, Alan regresó al pasillo trasero, subió más allá del segundo piso y volvió al ático.

Primero quitó la tabla superior utilizando la parte trasera de un martillo de uña. Lo siguiente que pensó, al mirar a través del cristal, fue lo rápido que había oscurecido. Apenas eran las cinco y media de la tarde y, además, era verano. Quizá se estaba formando una tormenta. Miró por encima del hombro hacia el extremo opuesto y más espacioso del ático. Aquella parte estaba inundada por una luz solar dorada. Partículas de polvo flotaban perezosamente en los oblicuos y suaves rayos.

Alan se volvió bruscamente para mirar la ventana diagonal. Después de un momento de vacilación y desconcierto, comenzó a arrancar la siguiente tabla. Estaba clavada con firmeza y tuvo que hacer palanca, esforzándose hasta astillar la madera, pero finalmente la tabla cayó con estrépito a sus pies.

El cielo del otro lado era casi completamente negro, aunque cerca del horizonte aparecía atravesado por sorprendentes franjas rojas y púrpuras. Vio a lo lejos un grupo de aves, o quizá murciélagos, cruzando aquellas bandas de rojo intenso. ¿Podía ser una tormenta aproximándose o simplemente la tierra estaba más sumida en la sombra en esa dirección mientras el sol descendía? Parecía un contraste demasiado extremo para cualquiera de esas explicaciones.

Extrañamente alarmado, arrancó la siguiente tabla con varios tirones violentos.

—Dios mío...

Retrocedió alejándose de la ventana.

Apretó el martillo contra el pecho como si fuera un arma o simplemente una garantía de que la realidad no lo había abandonado sin dejarle algún punto de apoyo.

Allá afuera deberían verse los tejados de las casas vecinas. Árboles frondosos entre ellas. Los familiares campanarios de las iglesias elevándose sobre un fondo de suaves colinas. Deberían.

En cambio, las colinas lejanas eran picos rocosos y dentados, amenazadores bajo el resplandor escarlata del crepúsculo. Una luz roja y púrpura relucía sobre un lago o una gran laguna distante, donde él sabía perfectamente que no debía existir nada semejante. En primer plano crecían árboles extrañamente retorcidos y enmarañados; los más cercanos le permitían ver que sus ramas estaban cubiertas de espinas y carecían de hojas.

Alan quiso gritar allí arriba, atrapado en aquel espacio claustrofóbico, con el techo casi tocándole la cabeza, las paredes inclinándose hacia él y el polvo cubriéndole los pulmones. Quiso darse vuelta y huir. Y sin embargo permanecía inmóvil. Hipnotizado. Demasiado asustado para moverse. La realidad no era lo que parecía. Si se movía, ¿qué terrible revelación podría abrirse a continuación para devorar su cordura? Sin acercarse más a la ventana ni arrancar la última tabla, observó con mayor atención el paisaje visible.

Sus ojos se adaptaron a la oscuridad y decidió que, después de todo, podía distinguir algunos tejados dispersos entre los árboles espinosos y al otro lado del lago oscuro. Ninguna de aquellas casas o edificios tenía ventanas iluminadas, pese a la profunda penumbra. Una brisa agitó los árboles retorcidos. Alan la sintió a través de la esquina rota del cristal y, aunque era apenas fresca, se estremeció como si fuera una ráfaga ártica.

Entonces comprendió que también podía oír aquella alucinación. No solo verla y sentirla. Escuchaba el roce de aquellas ramas semejantes a alambre de púas cuando el viento las movía. Y también percibía los gritos lejanos de aves, tal vez. Muy débiles... Pero, debido a la extraña cualidad infantil de aquellos sonidos, deseó no poder oírlos en absoluto. ¿Qué había hecho aquel rayo con la ventana? Debía estar contemplando una dimensión correspondiente a ese universo paralelo. Una interpretación alternativa del mismo espacio. En algún lugar lejano, pero ocupando exactamente la misma posición, existía otra casa antigua con un ático, y era como si él estuviera ahora de pie en el ático de aquel edificio extraño observando hacia afuera.

La idea lo sacudió tanto que tuvo que mirar frenéticamente a su alrededor para convencerse de que seguía estando en el ático de su madre. Pero el sol continuaba brillando cálidamente en el extremo opuesto. Nada más había cambiado.

Un ave pasó volando afuera, más cerca que las anteriores. Sus movimientos eran inexplicablemente aterradores. Antinaturales. Torpes o simplemente demasiado diferentes. ¿Cómo podía volar una criatura sin alas verdaderas? Estaba oscuro, pero la había visto lo bastante bien para saber que era idéntica a la que había encontrado en el canalón de su madre. Alan intentó comprender cómo aquella criatura había llegado a su realidad. El arrullo de una paloma a sus espaldas le hizo darse cuenta de algo. En la casa doble, la casa paralela, también debía de haber quedado una ventana abierta.

La criatura-pájaro había entrado por allí. Luego había salido a través de la ventana diagonal. La ventana del ático de aquella otra casa no debía estar tapiada y, por tanto, permitía el paso. Pero cuando la criatura rompió el cristal para volver al cielo, había entrado en la dimensión de Alan y había muerto, ya fuera por las heridas o por las diferentes condiciones existentes en su mundo. Eso significaba que la ventana de la casa paralela también había sido alterada. Las vistas se habían intercambiado. Se habían cruzado. La ventana intrusa debía mostrar ahora los abundantes tejados de su pequeña ciudad de Nueva Inglaterra. Los campanarios distantes. Las suaves colinas cubiertas de neblina... Tenía que volver a tapar la ventana. Tal como había hecho su padre cuando descubrió su secreto.

Alan tomó clavos nuevos de la caja de herramientas y se llenó los bolsillos. No quería acercarse a aquella ventana, pero tampoco podía dejarla así para que su madre la encontrara. ¿Y si algo más atravesaba el agujero? ¿Y si ella metía la mano por la abertura para comprobar cómo era la realidad del otro lado? Tomó una de las tablas caídas y avanzó para colocarla de nuevo. Ahora estaba más cerca de la ventana. Y al mirar más abajo vio el rostro oscuro que estaba allí afuera, observándolo.

Lanzó un grito.

Dejó caer la tabla. Y huyó desesperadamente hacia la parte iluminada del ático. Pasaron varios minutos antes de que pudiera regresar. Encendió un cigarrillo y contempló la oscura ventana desde lejos. Por fin, reuniendo valor, volvió. Recogió la tabla y la colocó en su sitio. Esta vez no miró hacia afuera. Miró únicamente la veta de la madera. Luego la de la siguiente tabla. Y la siguiente. Y así continuó hasta sellar aquella ventana por tercera vez en su historia.

 

Ya fuera de la casa, volvió a subir por la escalera.

Ahora sí estaba oscureciendo en su propio mundo a medida que avanzaba la tarde.

Había encontrado una lata de pintura negra en el taller de su padre y había sujetado una brocha al extremo de un mango de escoba roto.

Pero cuando alcanzó el tejado no pudo evitar esforzarse por mirar una vez más al interior del ático a través de la ventana.

Entonces vio varias cosas. No sería capaz de reflexionar sobre todas ellas hasta más tarde... Pero esta vez podía ver el interior. El ático de aquel otro mundo, fingiendo existir dentro de la casa de su madre mediante el engaño bidireccional del cristal, resplandecía de rojo, no por el crepúsculo sino por el amanecer. Era el sol naciente, y no el poniente, el que había teñido de franjas aquel extraño cielo. Ahora entraba más luz en el ático paralelo, permitiéndole ver su interior. No habían sido las tablas las que oscurecían la vista antes. Había sido simplemente la penumbra previa al amanecer. La ventana del otro mundo jamás había estado tapiada. Pero esas fueron conclusiones a las que Alan llegó más tarde, después de haber pintado de negro los cristales. En aquel momento, mientras observaba a través del vidrio misteriosamente alterado, su mente registró una sola cosa. Y esa cosa era el rostro de la criatura –del ser– que estaba dentro de aquel ático observándolo. Era el mismo rostro oscuro que había visto antes afuera de la ventana.

Mientras él estuvo dentro del ático de su casa, aquella criatura había permanecido en lo alto de su propia escalera espiándolo. Y ahora que Alan estaba en lo alto de la suya, ambos habían intercambiado posiciones. La criatura estaba dentro de su propio ático. Mientras sus miradas se cruzaban, el ser levantó una tabla y la colocó en posición, dispuesto a clavarla. Quería ocultar la aterradora visión que había contemplado. Fue entonces cuando Alan comenzó a pintar... Intentando no ver aquel rostro mientras lo hacía. Porque el rostro no era humano. Ni remotamente humano. Pero más aterrador que ese hecho fue la comprensión que se abrió paso en la mente de Alan.

Porque, a pesar de sus terribles deformidades, aquel rostro era, en esencia, el suyo.

Jeffrey Thomas es autor de novelas de terror y ciencia ficción como The American, Deadstock (finalista del Premio John W. Campbell), Blue War, Monstrocity (finalista del Premio Bram Stoker), Letters from Hades, Subject 11 y Boneland. Su ficción breve incluye Punktown, The Unnamed Country, Gods of a Nameless Country, Unholy Dimensions, Carrion Men, Thirteen Specimens y The Endless Fall. Sus cuentos fueron seleccionados y publicados en The Year's Best Fantasy And Horror, The Year's Best Horror Stories, And Year's Best Weird Fiction. Aunque considera Vietnam como su segundo hogar, reside en Massachusetts.

 

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