Mostrando entradas con la etiqueta Glynn Owen Barrass. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Glynn Owen Barrass. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de junio de 2026

EL JUBILEO DE PLATA

Glynn Owen Barrass

 

Ocurrió en febrero de 1977, el año y el mes del Jubileo de Plata de la Reina. Lo recuerdo bien porque llevaba una moneda conmemorativa del jubileo guardada en el bolsillo trasero de mis vaqueros. La fecha exacta se ha perdido en mi memoria, pero fue cerca de finales de febrero, un domingo, y había nevado la noche anterior.

Yo tenía diez años, era un niño de rostro fresco y entusiasmo inagotable, disfrutando la vida al máximo. Además, hasta donde recuerdo, no tenía ninguna preocupación en el mundo. Eso cambiaría muy pronto, después de aquel día.

Estábamos jugando en un lugar llamado la Avenida de los Árboles, dos hileras de robles que conducían a Acklam Hall, un venerable edificio situado a aproximadamente una milla de distancia.

Mi amiga Evelyn estaba conmigo. Era una chica algo mayor que yo, a quien había conocido después de que su familia se mudara a la casa de enfrente, en la cercana Acklam. Apenas la conocía desde hacía un mes, pero parecía mucho más tiempo y, si miro atrás, aquellos fuertes sentimientos de amistad y ese revoloteo en el estómago eran casi con certeza los primeros indicios del amor.

Era ya avanzada la mañana, aproximadamente una hora antes del mediodía, y Evelyn y yo habíamos estado construyendo un fuerte de nieve. No era tarea fácil hacerlo solo con las manos, pero contábamos con la juventud y el entusiasmo de nuestro lado. Después de alrededor de una hora de trabajo, habíamos levantado un muro de varios pies de altura.

La Avenida de los Árboles tenía una zanja en el centro, donde años atrás había existido un camino que conducía a la mansión. Nuestro fuerte se encontraba en medio de aquella zanja y, mientras seguíamos construyéndolo, yo imaginaba que defendíamos Acklam Hall de enemigos invisibles, lanzándoles bolas de nieve.

Acabábamos de comenzar una pared lateral cuando Evelyn se detuvo.

—¿Oyes eso, Jon? —dijo.

Y sí, lo oía. Era el sonido de cascos de caballos al galope, parecido al que había escuchado semanas antes durante el desfile del Jubileo. El ruido provenía del extremo más lejano de la avenida. Recuerdo haberme puesto de pie esperando ver caballos. En lugar de eso, apareció un carruaje solitario, sin un solo animal tirando de él.

Me preocupó que algún señor o alguna dama de Acklam Hall estuviera regresando a casa y fuera a encontrarse con nuestra construcción. Quise correr, pero permanecí inmóvil mientras el carruaje, un gran vehículo negro y brillante, seguía acercándose acompañado por el sonido de caballos invisibles. Era un carruaje cerrado, una especie de coche de época, completamente negro, igual que sus ruedas y ventanas. El hombre sentado en el pescante también vestía de negro. Mientras permanecía paralizado observando, sentí la mano enguantada de Evelyn aferrarse a la mía. Parecía tan fascinada como yo. Aquella incapacidad para reaccionar nos costaría muy cara.

—¡Alto ahí, alto ahí! —dijo una voz.

El carruaje se detuvo. Por fin pudimos observar bien al cochero. Era del tamaño de un niño y vestía un traje negro confeccionado con algún material brillante, quizá PVC. Podría haber pasado por un niño, de no ser por el bigote fino como un lápiz y el cabello negro peinado cuidadosamente hacia un lado. Nos observó, sonrió y se puso de pie sobre el asiento. Lo que dijo después quedó grabado para siempre en mi memoria.

—¡Vaya, vaya, distinguidos pilluelos! —chilló—. La Reina ha estado buscando muchachos como vosotros, y mirad, aquí estáis ante nosotros. ¡Qué suerte! ¡Qué extraordinaria suerte!

Miré a Evelyn. Ella me devolvió una mirada de desconcierto. Deberíamos haber sentido miedo, pero la situación era tan absurda que apenas podíamos comprenderla.

—Veo que estáis algo inquietos —continuó el cochero—. No hay motivo para temer. La Reina tiene mucha experiencia con niños como vosotros. Venid, observad. ¿Eh?

Un instante después se abrieron las puertas del carruaje, una a cada lado. Lo que salió de allí al aire helado de la mañana me hizo creer que estaba atrapado en una pesadilla. Evelyn soltó un jadeo. Mi mandíbula quedó colgando. Eran siete en total: cuatro a la izquierda y tres a la derecha. Cada uno poseía el rostro de un niño, diminuto en comparación con la enorme masa rosada que lo rodeaba.

Sus cabezas eran gigantescas. Enormes globos de carne rosada. Bajo ellas colgaban pequeños cuerpos desnudos. Sonreían. No hablaban. El único sonido era un zumbido grave procedente del interior del carruaje. Evelyn apretó mi mano con más fuerza. Sentí cómo temblaba. Quise huir, pero el miedo me mantuvo inmóvil. Aquellas criaturas deformes nos observaban desde arriba y yo esperaba despertar en cualquier momento.

—La Reina hace un trabajo magnífico. ¿Eh? —dijo el cochero. Entonces el carruaje se sacudió violentamente. El hombrecito estuvo a punto de perder el equilibrio—. ¡Días felices! —continuó—. Ella viene a inspeccionaros. Permaneced quietos. ¿Eh?

El zumbido aumentó. Las sacudidas del carruaje se volvieron más violentas. El sonido se transformó en una cacofonía semejante a un enjambre gigantesco de avispas furiosas. Evelyn lanzó un grito y soltó mi mano. Giré la cabeza y la vi correr. El hechizo que me mantenía clavado al suelo se rompió de golpe. Corrí tras ella. Intentando alcanzarla, veía cómo su cabello negro saltaba mientras corría en dirección a Acklam Hall. Yo tropezaba más de lo que corría y me costaba seguirle el ritmo. Con un último esfuerzo conseguí acercarme lo suficiente para tomarle la mano. La extendí justo cuando una forma rosada y desnuda descendió entre nosotros y Evelyn se elevó en el aire. Evelyn gritó mi nombre mientras se elevaba. Yo también grité el suyo. Vi cómo trozos de nieve caían de sus zapatos y, al instante siguiente, mi propio impulso me hizo caer de bruces al suelo. La gruesa capa de nieve amortiguó la caída. Me incorporé de rodillas, presa del pánico, y alcé la vista. Entonces contemplé algo terrible, algo inconcebible. Una de aquellas horribles criaturas infantiles estaba levantando a mi amiga hacia el cielo. No pensé en mi propia seguridad. Ni siquiera se me ocurrió que otra de aquellas cosas pudiera venir por mí. Mientras la cacofonía de zumbidos crecía a mi alrededor, seguí gritando el nombre de Evelyn una y otra vez.

Evelyn y su captor se hicieron cada vez más pequeños. Luego desaparecieron en el cielo blanco. El zumbido cesó abruptamente. Me quedé solo con mi respiración jadeante y el estruendo de la sangre golpeando mis oídos. Evelyn había desaparecido. Me puse de pie llorando. Con los ojos llenos de lágrimas, giré y descubrí que el carruaje y sus espantosos ocupantes también se habían esfumado. Estaba tan alterado, tan aterrorizado... Era la experiencia más extraña y horrible de toda mi vida. Caí de rodillas, me cubrí la cara con las manos y lloré. Así fue como me encontró, algún tiempo después, una mujer que paseaba a su perro. Lo que vino después es una mezcla confusa de recuerdos: me llevaron a casa de aquella desconocida, mis padres fueron a buscarme y después apareció la policía. Terminé el día en una comisaría relatando la desaparición de Evelyn.

Pero no relaté la verdad.

Era demasiado fantástica, demasiado increíble. Así que omití muchas cosas y cambié otras. Mi historia comenzó con la aparición de un hombre vestido de negro y terminó con él llevándose a Evelyn. La policía aceptó mi versión sin sospechar nada. Después de todo, habían inspeccionado el lugar y no encontraron indicios que apuntaran contra mí. Además, durante las horas transcurridas desde la desaparición de Evelyn, la nieve se había derretido parcialmente, de modo que no quedaban huellas capaces de confirmar o refutar mi relato. Fue un alivio que me creyeran. En realidad, una parte de mí tampoco quería aceptar lo que había ocurrido de verdad. Cuando por fin me acosté aquella noche, busqué la moneda del Jubileo en mi bolsillo. Había desaparecido.

Las consecuencias de aquel día fueron terribles. Tener que hablar con los padres destrozados de Evelyn. Soportar las miradas de sospecha de los adultos. Escuchar los rumores y cuchicheos en la escuela. Pero todo eso vino después. Yo estaba tan evidentemente conmocionado que mis padres me mantuvieron una semana entera lejos de las clases. Aquel aislamiento quizá empeoró las cosas. Cuanto más tiempo pasaba solo, más revivía la desaparición de Evelyn. El extraño cochero. El carruaje. Las criaturas. Todo aquello se convirtió en un torbellino febril de recuerdos que mi mente infantil era incapaz de procesar. También llegaron las pesadillas.

Comenzaron inmediatamente después de la desaparición de Evelyn y continuaron, de manera intermitente, durante años. En cada una de ellas me encontraba ascendiendo por el cielo, atrapado por una fuerza invisible que me sujetaba mientras yo luchaba y observaba cómo el mundo se hacía cada vez más pequeño bajo mis pies. Era aterrador. Provocaba vértigo. Y aún peor cuando mis esfuerzos conseguían liberarme. Entonces caía. Caía a través del cielo hacia una Tierra lejana.

Y despertaba sobresaltado justo antes de estrellarme.

El segundo incidente ocurrió la noche anterior a mi regreso a la escuela. Hasta entonces tenía la costumbre de dormir con las cortinas abiertas. Me gustaba la luz de las farolas que entraba desde la calle. Era una especie de lámpara nocturna y me ayudaba a dormir. Recuerdo haber despertado de un sueño intranquilo.  Sentía demasiado calor bajo las mantas. Las aparté y abrí los ojos. Inmediatamente comprendí que algo iba terriblemente mal. Sombras deformes se movían por las paredes y el techo. Supe de inmediato de dónde procedían. De la ventana. Giré la cabeza. Ya tenía el grito preparado. Y el horror que esperaba encontrar no me decepcionó. Justo detrás del cristal, recortadas contra la luz de las farolas, flotaban cuatro de aquellas criaturas deformes. Sus pequeños rostros arrugados observaban el interior de mi habitación. Dos permanecían cerca de la parte inferior de la ventana. Las otras dos flotaban boca abajo junto a la parte superior. Grité de terror al ver aquellas caras sonrientes y burlonas. Recuerdo que desaparecieron de inmediato cuando mis padres irrumpieron en la habitación.

Mentí.

Les dije que había tenido otra pesadilla. Pero sabía con absoluta certeza que era real. Después de aquella noche empecé a cerrar las cortinas antes de acostarme. Y si regresaron alguna vez, yo nunca llegué a verlos. Un mes después de volver a la escuela, mis padres me comunicaron que nos mudaríamos a otra ciudad. Mi padre había conseguido un nuevo empleo, dijeron, y viajar desde allí resultaría demasiado complicado. Si creían que la noticia me entristecería, se equivocaban. No veía la hora de escapar de las miradas desconfiadas de los adultos y de las burlas susurradas de los demás niños. Creo que esa fue la verdadera razón por la que mis padres quisieron marcharse. Si yo sufría tanto, seguramente ellos también.

Evelyn Wright nunca fue encontrada. Nunca se volvió a saber nada de ella. Salvo por mí. A medida que fui creciendo, las pesadillas se hicieron menos frecuentes hasta desaparecer por completo. Los recuerdos de aquel terrible día, sin embargo, permanecieron. Al principio regresaban a diario. Luego semanalmente. Más tarde podían pasar meses antes de que volvieran a mi mente. Crecí. Terminé la escuela. Conseguí trabajo. Me casé. Muy pocas personas conocieron la historia.

Mi esposa –ahora exesposa– la escuchó con bastante serenidad y me explicó que mi mente infantil, incapaz de aceptar la pérdida de una amiga, había distorsionado los recuerdos con el paso del tiempo.

Otra persona a quien se la conté, un hombre muy abierto de mente que conocí en la escuela, la aceptó al pie de la letra. Aunque también creía en muchas otras cosas extravagantes. Durante años investigué mis propias teorías. ¿Quién no lo haría después de una experiencia semejante? Abducciones extraterrestres. Seres feéricos. Demonios. Ángeles. Distintos nombres y distintas explicaciones para lo mismo. Y todas ellas resultaban, en el fondo, tan improbables como las demás. Finalmente comprendí que no importaba de dónde hubieran venido aquellas entidades. El resultado siempre era el mismo.

Y entonces ocurrió.

Veinticinco años después de mi primer encuentro llegó el siguiente paso hacia la comprensión.

Regresaba a casa una noche después de haber tomado unas copas con compañeros de trabajo. Podría haber tomado un taxi. Hacía frío. Pero preferí ahorrar dinero, y atravesar las calles secundarias solo suponía un trayecto de veinte minutos. Caminaba algo tambaleante, ligeramente ebrio después de una noche que probablemente lamentaría a la mañana siguiente. Era sábado por la noche y no tenía que trabajar al día siguiente. La calle por la que avanzaba estaba iluminada por altas farolas que proyectaban círculos amarillos sobre el pavimento.

Había recorrido aproximadamente la mitad del trayecto cuando tuve que detenerme para orinar. Por suerte, una de las casas tenía un garaje adosado y un rincón oscuro donde podía ocultarme. Miré alrededor. Nadie. Terminé, me acomodé la ropa y regresé a la acera. En cuanto pasé bajo una farola, ocurrió.

La luz parpadeó erráticamente. Luego comenzó a emitir un zumbido. Un zumbido que fue aumentando de intensidad. Era un sonido que reconocí. La comprensión de dónde lo había escuchado por última vez me arrancó un jadeo. Levanté la vista. No vi nada aparte de la farola, que seguía emitiendo aquel zumbido capaz de hacerme doler los dientes.

—Recuerdas aquel día, ¿verdad?

La voz procedía de algún lugar más allá de la luz. Era una voz femenina. Cálida. Curiosa. Supe instintivamente que era Evelyn. El impacto me hizo tambalear.

—¿Evelyn? —pregunté, casi incapaz de hablar.

La luz volvió a parpadear. El zumbido osciló. Sentí un nudo en el pecho.

—Hay muy poco tiempo —dijo Evelyn. Sus palabras comenzaron a adquirir una extraña resonancia vibrante—. El jubileo se acerca rápidamente y no te darán una segunda oportunidad como la vez anterior.

Cuando terminó la frase, su voz casi se había fusionado con el zumbido continuo.

—No puedo verte. Por favor, déjame verte.

—No comprenderías lo que me hicieron —respondió con una voz cada vez más parecida a un zumbido mecánico—. Solo... no luches cuando vengan a buscarte.

Aquellas palabras, aunque incomprensibles, me helaron la sangre. Intenté desesperadamente que se acercara.

—Te amo, Evelyn. Siempre te he amado... siempre te amaré. Por favor, vuelve.

—No queda nada de mí que pudieras reconocer, Jon —contestó—. Pero puedo dejarte esto.

La farola pulsó con una luz cegadora.

Algo pequeño y plateado cayó al pavimento y repiqueteó junto a mis pies. Al instante siguiente la luz se apagó. El zumbido desapareció. Me quedé contemplando el cielo negro y vacío mientras los destellos residuales flotaban en mi visión. Grité el nombre de Evelyn.

Una vez.

Dos veces.

Después bajé la vista, con lágrimas en los ojos. Una moneda de plata descansaba junto a mis zapatos. Me arrodillé para recogerla. Era más grande que una moneda corriente y estaba fría al tacto. En una de sus caras aparecía grabada la imagen de un ave coronada rodeada de hojas. Los recuerdos regresaron de golpe. Yo sosteniendo una moneda similar veinticinco años atrás. Con la otra mano la hice girar sobre la palma. En el reverso apareció la imagen de una mujer montando un caballo de lado. La inscripción del borde decía: ELIZABETH II DG REG FD 1977

—Por la gracia de Dios, Reina —traduje del latín.

Y me quedé mirando la oscuridad.

 

Ahora han pasado casi cincuenta años desde la desaparición de Evelyn. Y cincuenta años desde el Jubileo de Plata. La historia se ha repetido muchas veces. Lo descubrí después. Cada veinticinco años. Cada jubileo. Siempre lo mismo. Niños desaparecidos. Personas que jamás regresan. Rumores. Susurros. Coincidencias que nadie relaciona entre sí. Pero yo sí. Porque yo los vi. Vi el carruaje. Vi al cochero. Vi a las criaturas. Y escuché a Evelyn.

Este año se acerca un nuevo jubileo.

Tengo sesenta años. La moneda sigue conmigo. La llevo ahora mismo en el bolsillo. A veces vibra. A veces zumba débilmente durante la noche. Y en ocasiones, cuando la sostengo durante demasiado tiempo, creo escuchar voces muy lejanas. Voces infantiles. Voces felices. Voces que cantan.

Anoche soñé nuevamente con la Avenida de los Árboles. El carruaje esperaba entre la nieve. El cochero estaba allí. Más pequeño que nunca. Más viejo que nunca. Sonreía.

—La Reina está muy complacida —me dijo—. Ha esperado mucho tiempo. ¿Eh?

Desperté sobresaltado.

La moneda estaba sobre mi almohada. No recuerdo haberla sacado del bolsillo. Tampoco recuerdo haberme levantado durante la noche. Dentro de tres días comienza el jubileo. Y creo que por fin entiendo lo que Evelyn intentó advertirme. No quieren niños. Nunca los quisieron. Lo que desean son testigos. Los testigos que sobreviven. Los que recuerdan. Los que esperan. Y esta vez, cuando vengan a buscarme, no estoy seguro de poder escapar.

Glynn Owen Barrass vive en el noreste de Inglaterra y escribe desde finales de 2006. Ha escrito más de ciento veinte cuentos, muchos de los cuales se han publicado en el Reino Unido, Estados Unidos, Francia y Japón. También edita antologías para la línea de ficción Call of Cthulhu de Chaosium y escribe material para su juego de rol insignia. Hasta la fecha, ha editado las colecciones: Eldritch Chrome, Steampunk Cthulhu y Atomic Age Cthulhu, para Chaosium, World War Cthulhu para Dark Regions Press, y In the Court of the Yellow King, para Celaeno Press.

 

EL DIARIO DE LOS SORIA