miércoles, 12 de agosto de 2026

EL FINAL DEL UNIVERSO

Judith Shapiro

 

“It’s a tickle of joy in the blue belly of the universe… it must be scratched, right Max?”.

Película Yellow Submarine,

The Beatles, 1968.

 

Justo ahí donde el infinito se encuentra con el infinito, donde infinitas posibilidades encuentran infinitos caminos y bifurcaciones, justo ahí pueden encontrarme. Dentro del caos de la nada y el todo, en los confines del universo, mi presencia es vastedad.

No tiene caso que se pregunten o me pregunten dónde exactamente estoy, si nunca van a llegar. Las pequeñas, ínfimas existencias de los seres humanos, los animales, las plantas terrestres no son relevantes ni en mayor ni en menor medida que ninguna otra forma de vida en la inmensidad de la existencia. No hay nada que los haga especiales, tal vez acaso sólo su exasperante curiosidad, que les trajo hasta aquí, que trajo al despojo humano de Ulises ante mi presencia. Un ser irrelevante, tan débil que su biología no soporta el viaje a través de la creación, tan pequeño que pierde la escala entre los gigantes que lo rodean. Sin embargo, la curiosidad lo acompaña siempre, le hace borrar límites, pasar por alto peligros como un necio. A los seres pequeños con conciencia de finitud, las experiencias extremas suelen asustarlos y detenerlos en un paradójico eterno y pequeñísimo presente, excepto a algunos en particular a quienes la curiosidad rebalsa. Hay una rica vida interior en esos especímenes, una prodigiosidad onírica que les abre las puertas a los misterios profundos del universo aunque no llegan a comprenderlos. Ese atisbo, ese asomo a lo grande e inalcanzable les prende una chispa que difícilmente se apague antes de que se apaguen sus fuerzas vitales. Las ventanas oníricas son para un pozo en donde inevitablemente me deslizo, donde se vuelcan mensajes universales que de otro modo quedan codificados por fuera de la limitada mente humana; son un sencillo juego que me permito para adentrar a los seres en la conciencia de la totalidad que somos y no somos.

Ulises, el humano, emprendió este viaje glacial hacia el vacío del espacio y el límite de la creación como un loco desesperado, desafiando las reglas de su planeta que no estaba de acuerdo en desperdiciar recursos en un viaje sin sentido ni fin. Reclutó a un grupo de visionarios como él y robó todos los recursos que necesitó para partir. Veinte de las mejores mentes de la Tierra, mentes inadaptadas pero abiertas, que podían recibir fragmentos de la existencia universal, sin entenderlas pero abarcándolas como incógnitas, como infinitas preguntas cuyas posibles respuestas necesitaban salir a buscar. La misión se trazó con sentido de ida, sin saber si iban a volver.

El viaje fue degradando lentamente la integridad del grupo. El vacío fue ciñendo su zarpa sobre la nave y las mentes de los viajantes. Adentrarse en la inmensidad tuvo su costo. Se les fue metiendo en el interior de la nave, en el interior de sus biologías, en el interior de cada resquicio de humanidad que tenían en mismos, lamiendo los dolores, las inseguridades, abrazando y cuidando los núcleos individualistas de vida, temores e inseguridades. Creció la soledad y la desconfianza. Ulises pudo sostenerse íntegro a través de las dudas porque a la vez que el vacío se le metía adentro, también le daba lugar a la inmensidad, dejaba que el universo lo inundara en su grandeza, su totalidad, su anonimato. La fuerza indómita de la expansión del universo caló hondo en sus huesos y a medida que perdía su individualidad se fundía en la noción de todo y nada. Se fue transformando; cuanto más se alejaba de su humanidad, más la encontraba frente a lo radicalmente opuesto y diferente que era lo que se iba cruzando en su travesía. Perdía el contacto y el vínculo con sus co-tripulantes, pero más se encontraba con la experiencia básica de la curiosidad que define a la humanidad y la imprimación primaria del descubrimiento en lo profundo de su ser. Y entre fragmentos y rupturas aquí había llegado; Ulises, el humano, había llegado a mí.

Es difícil encontrar las palabras para describir la experiencia del encuentro conmigo; hasta aquí han sido pocas las ocasiones en que seres biológicos han llegado hasta este límite del espacio y el tiempo y, en cada caso, el modo de comunicación que cada ser trajo consigo para entender el encuentro propuso unos términos en los cuales me vi forzada a transmutar. Yo no tengo una forma, soy todas las formas y ninguna. No preciso de definiciones porque todo el tiempo estoy iniciando y terminando. Muriendo y naciendo. Las visiones sesgadas de cada ser que llegó me ha constreñido en unos términos de comportamiento y aspecto que no son más míos que cualquier otra opción, pero que seguramente producirían sorpresa ante el relato de la experiencia codificada según los sistemas de sentidos de los otros seres que pudieran llegar antes o después. Puedo ser la materialización de una sinfonía disonante ejecutada con el instrumento más único de todos, con armonías infinitas y explosiones de color sinestésico que sacuden a quien percibe en todo su ser; puedo ser una serpiente alada con pelos como púas pero suave, diestra y escurridiza, mas inmensa, y que llena todo. Puedo ser la personificación de los dioses humanos del Olimpo, en cauce continuo entre creación y destrucción mientras columnas se erigen sosteniendo el universo y el río de la decadencia corroe las bases que sostienen lo nuevo, lo viejo y la existencia misma. Sus visiones me definen, sus palabras me abocan a sentidos que me ponen formas, colores, tramas, texturas, duración, presencia, sonido, temperatura, vibración. Cada encuentro es una recreación in situ de mi presencia y forma.

El encuentro con Ulises se tradujo del conjunto de símbolos que podía darle una forma inteligible para su humanidad. Los efluvios de su presencia, desde su traje de astronauta flotando dentro de una nave que ya casi no podía contenerlo hasta los intentos de
 hablar con una voz apenas audible en el vacío, evocaron matices heroicos y mitológicos, esquemas flotantes que traía consigo de su vida en la Tierra. Casi muerto, la grandeza de lo que estaba sucediendo a duras penas podía entrar en la cabeza de Ulises, pero las imágenes y símbolos que manaban de su inconsciente infundían al tiempo y espacio unos sentidos que funcionaban de ancla para su debilitada capacidad de interpretación. Me había otorgado un rostro humano, distinguible en los rasgos de ojos, nariz, boca y cabeza, que se fundía en los extremos en una fuerza arremolinada, que representaba el inicio y el fin en su continuo fluir. Y un destello dorado que iluminaba la escena con sacralidad.

No hablábamos con sonidos, pero podíamos comunicarnos. Me era posible empujar fragmentos de sentido hacia su consciencia para que la vastedad del infinito del universo le llegara, para que le permitiera sentir que había logrado su cometido, aunque más no fuera una parte, ya que no iba a poder continuar con lo que él llamaba vida, con su individualidad intacta. Necesitó de un tiempo para reaccionar a lo que estaba pasando; de su psique me llegaban imágenes intensas del viaje por el vacío en su nave espacial, de otros humanos que habían desafiado su misión o que extrañaba y con quienes ilusamente deseaba compartir la experiencia a la que había llegado. A la deriva e impulsado por el afán de conocer, había llegado al final del universo, al comienzo, soltando capas de sí mismo y ganando la totalidad en su lugar.

Su presencia biológica frente a era un punto ínfimo, un sesgo del paisaje que casi no llegaba a divisar. La manguera que lo conectaba con su nave golpeada parecía un cordón umbilical manteniéndolo con vida, cualquiera fuera el sentido que vida tenía para él en ese momento. Ulises parecía querer decir algo, transmitirme algo, pero no lograba articularlo en un mensaje. Haciendo uso de la forma semihumana que sus proyecciones psíquicas me habían dado, estiré lo que se suponía que era mi mano y lo envolví en una burbuja de calma y sosiego que frenara el bombardeo de imágenes a su cerebro y le permitiera concentrarse.

Una oleada de energía me llegó con fuerza. Símbolos rojos, segmentos de colores y flores componían las olas de sentidos que me alcanzaban. Una unidad de sentido se alzó con más insistencia; era un nombre, un nombre imbuido de logro, de éxtasis por la misión cumplida, de compañerismo por la ambición que pertenecía a ese conjunto. Me pregunté qué significaba ese conjunto, esa persistencia incluso cuando el conjunto estaba roto porque la unidad de sentidos no estaba biológicamente presente, sino que fluía desde la psiquis de Ulises, el humano.

La ausencia y la presencia son estados relativos, pues el tiempo y la materia mantienen relaciones tan complejas como todo lo magno. Todo es mutable y comprende la existencia y la inexistencia al mismo tiempo. Sin embargo, en la construcción continua de infinitas posibilidades las tramas se entrelazan y las numerosas formas de vida que pueblan el universo toman sus propias decisiones, labran sus caminos, cruzan sus experiencias vitales de modos que no alcanzo a comprender. Lo vasto y lo ínfimo se multiplican de igual modo en sus expresiones opuestas: infinitas posibilidades de la creación en lo infinito e infinitas posibilidades combinatorias de las acciones nimias de las existencias biológicas de los mundos dentro del universo. Las expresiones ínfimas de Ulises iban dirigidas casi siempre a otra existencia biológica de su planeta o eran recibidas por esa otra existencia.

¿Por qué aparecía esta energía y esta otra existencia justo ahora, en el momento del encuentro? Mi existencia no tiene par en el universo, soy su principio y su fin. Mis experiencias quedan conmigo, sin que ninguna otra presencia universal pueda sentirla o contenerla, sin que los seres que existen a menor escala sepan siquiera que estoy aquí. No hay lazo que pueda definir con las demás existencias, al menos no mayor que el lazo de creación y destrucción que soy. Quería entender la energía de Ulises, quería saber qué era, así que envié ondas sucesivas hacia la burbuja que lo contenía, ondas inquisitorias, que devolvían algunos de los símbolos de Ulises junto con sensaciones de distintos elementos del universo. Llamaradas rugientes y volátiles de una estrella naciente, un meteorito quemándose hasta desintegrarse, la quietud en la superficie sombría de tantos planetas, ondas fluctuantes en el vacío.

Ulises, el humano, al borde del fin de su existencia física, respondió con asombro y confusión. Su sistema simbólico parecía al borde del colapso, pues se producían intermitencias en las ondas de energía que emanaba. Una armonía menor y descendente vibraba en la superficie de la burbuja que lo contenía. Como una supernova, se estaba apagando, y las sensaciones del universo le resultaban tan enigmáticas que sus sentidos y explicaciones mentales no le alcanzaban para descifrarlas. Igual que sus experiencias para mí, en espejo; ambos éramos mutuamente ininteligibles.

Empujé otros estímulos hacia él, algunos que le fueran más conocidos, de sus sistema solar y planetario, y recobré los fragmentos para mí más enigmáticos de los que él me había enviado.

Ulises respondió con una onda de energía suave, más apagada, pero que me conmovió sin saber cómo. La humanidad en la Tierra tenía lazos entre sus miembros que impulsaban y guiaban los modos de vida de los grupos. Lazos que acercaban o alejaban, entre grupos más numerosos o en conjuntos de dos, tres o cuatro personas, que anclaban en un punto el sentido de la existencia. Eso era lo que Ulises me estaba mostrando, que él hubiera querido mostrarles este encuentro, este lugar y a mi mismísima presencia a su conjunto pequeño de pares, porque era el logro de su vida, el propósito cumplido.

La onda suave terminó y el espacio de su burbuja quedó abierto esperando que yo respondiera algo, que le devolviera esa energía, que le contara que el motor del mundo era el que él suponía. Pero yo no tenía nada que contestar, su sistema de sentidos era de él y a mí no me generaba nada más que ánimo de sondeo. La unicidad de mi existencia equivale a todo y equipara todo, todos los sentidos me pertenecen y ninguno es mío. Las existencias humanas en conjuntos de pares hacen sentido en la lógica de su existencia, que no es la mía.

Ulises envió otra onda de energía, más fuerte, más insistente. Quería una respuesta. Usando su sistema simbólico, transformé el escenario en algo que él pudiera comprender. Despojado de su traje de astronauta y dotado de otra vestimenta, se encontró parado en el medio de una tarima y con la personificación de mi presencia que su inconsciente había proyectado.

—¿Dónde estoy? —alcanzó a articular.

—En el comienzo y el fin de todo.

—¿Quién sos? ¿Qué me estabas haciendo?

—No soy nadie. En tu mundo podrían llamarme Dios o Caos o Ñamandú. Soy todo y nada. Estoy aquí y en un segundo no estaré. Estas palabras, estas imágenes que estás viendo no son yo, son proyecciones que tu propia experiencia hace sobre este momento para intentar asir algunos de los difíciles y complejos sentidos que estás viviendo.

—¿Cómo es realmente este lugar?

—Tus palabras no me sirven para decírtelo. —Y sin esperar a que su mente procesara lo que acababa de decir, disolví la representación que nos rodeaba. Se vio a sí mismo flotando en el vacío dentro de su traje de astronauta, rodeado de un calor y un frío calcinantes, con la negrura profunda del infinito frente a él, los destellos de las estrellas a sus espaldas y un tumulto de ruido blanco que le llegaba a través de su radio en el traje, modulaciones y ritmos enloquecidos. Luego la escenografía volvió a su lugar.

—Tu existencia física está a punto de terminar.

—No quiero morir. Llegué hasta acá, quiero saber más, vivir más. Formar parte de este lugar.

—La existencia es siempre la misma. La vida y la muerte son iguales.

—¡No quiero morir! ¡Quiero saber qué hay más allá! La curiosidad siempre impulsando a los humanos.

Sus deseos no significaban nada para y tampoco era ni es mi potestad decidir quién vive y quién muere.

—Tu voluntad es tuya.

—¿Qué vas a hacer conmigo? ¿Qué va a pasar ahora?

—¿Qué significa la vida en conjunto? Ulises, el humano, pensó la respuesta.

—Unámonos. No estar solo. Ayudarse unos a otros, vivir en comunidad. Por favor, integrame a tu comunidad.

Mientras lo decía, trozos de información manaban de él, olores, vibraciones, recuerdos. Cosas que yo no podía interpretar más que como acciones nimias de la multiplicidad de vidas humanas. Una multiplicidad que no me interesaba.

Entre los trozos de información, en un momento fluyó un núcleo de sentidos a los que Ulises parecía temerle. Cronos, Saturno, interpretaciones superpuestas al presente, a la escenografía que su mente había construido. Quise ahondar en eso y le devolví los nombres de Cronos y Saturno a Ulises. Hubo pausas e intermitencias en sus transmisiones; su corazón fue acelerándose.

Fui abriendo la proyección de mi cara, separando los labios. La fuerza de la escenografía iba cediendo a medida que Ulises cedía también. Un gigantesco círculo negro borraba el lugar en el que había estado mi cara y dejaba ver a través de mí. Su cuerpo flotaba y lo atraje al centro, para atravesar la duración infinita, el continuo presente, el inicio y el fin.

Judith Shapiro nació en Rosario, Santa Fe, Argentina, el 16 de enero de 1989. Es Profesora en Antropología por la Universidad Nacional de Rosario y, en otras facetas, bailarina, acróbata aérea, profesora de la disciplina en varios talleres en Rosario y mamá, lo que desde hace algún tiempo la tiene alejada de la escritura. Ha publicado cuentos en Axxón y varias antologías, entre las que se cuentan Desde el taller y Grageas 3, editadas por Desde la Gente. Sus autores favoritos son J. G. Ballard, Mario Levrero, Phillip K. Dick y Cordwainer Smith, entre otros.

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