Miriam Ootjers
—Padre, por favor.
Me duele.
Sabía que suplicarle era inútil.
Que solo lo alentaba aún más. Pero seguía intentándolo cada vez que la enorme
figura del hombre que se hacía llamar su padre se inclinaba sobre ella, con los
pantalones a la altura de los tobillos y una expresión en los ojos que, de
haber sido mayor, habría reconocido como una mezcla de lujuria, obsesión y
locura.
Pero tenía diez años.
Amaba el bosque. Amaba el olor
terroso que ascendía del suelo, el susurro de las hojas cuando el viento se
abría paso entre los árboles, los animales que se movían entre los arbustos con
un leve crujido. No amaba las cornamentas colgadas en la pared de la cabaña de
caza, ni la piel de oso apolillada que cubría el suelo de la sala, ni los
rifles guardados en el armario sin llave del pasillo. Tampoco amaba los juegos
que su padre quería jugar cuando la llevaba a la cabaña de madera durante aquel
fin de semana mensual en el bosque.
Tenía que ir. Así lo establecía el
régimen de visitas, le decía su madre cuando preguntaba si podía quedarse en
casa ese fin de semana. Su padre tenía derecho a pasar con ella un fin de
semana al mes. Un beso fugaz que nunca llegaba a rozarle la mejilla, el portazo
de la puerta de entrada y se quedaba sola con su padre y con la espantosa
sonrisa que aparecía en su rostro apenas su madre les daba la espalda.
Ahora estaba sola con él en la
cabaña y permanecía tendida, preparada para recibirlo. Para distraerse del
dolor pensaba en el viento, en los árboles, en los animales que se deslizaban
entre la maleza.
Y en correr.
Piensa en correr.
Lo oía en sus oídos, en su cabeza,
en todo su cuerpo. Una voz que crujía como las ramas cargadas de nieve en
invierno, que sonaba como una bota al desprenderse del musgo empapado, afilada
como las espinas de las zarzas que rodeaban el lago del bosque. Una voz que
ahogaba sin dificultad los gemidos del hombre que tenía encima, aunque era
suave como una brisa de verano.
Ya basta. Es muy sencillo.
Levanta la pierna derecha. Con fuerza. Ya sabes dónde debes golpearlo.
Ocurrió por sí solo. Como si el
martillo del pediatra hubiera golpeado su rodilla, la pierna derecha salió
disparada hacia arriba. La rodilla impactó exactamente donde más le dolería. Un
alarido animal le desgarró los tímpanos. Hubo un instante de dolor insoportable
cuando él se retiró y, después, un bendito vacío allí donde la había invadido.
Ella se incorporó como pudo, sintió una mano aferrándole el tobillo y lanzó una
fuerte patada hacia atrás. Siguió un segundo grito, que ya no llegó a oír.
La voz llenaba sus oídos.
Con los pantalones en los
tobillos no puede correr rápido. Corre.
Mientras salía disparada por la
puerta, se limpió con el borde de la falda la viscosidad que sentía entre los
muslos.
Corrió.
Los pies descalzos sobre las hojas
en descomposición, la respiración silbándole en los pulmones, un dolor punzante
en el bajo vientre. Cruzó el sendero, pasó junto al automóvil, se internó entre
los arbustos, tropezó con raíces, quedó atrapada entre las ramas.
Corre.
Detrás de ella sonó un disparo y
luego un segundo, seguido de inmediato por un dolor ardiente en la parte
superior del brazo derecho. Soltó un gemido y cayó de rodillas. La manga de la
camiseta empezó a calentarse con la sangre. Gotas rojas atravesaron la tela y
cayeron sobre el suelo del bosque, donde la tierra las absorbió con avidez.
Por primera vez en muchos años, el
bosque saboreó sangre. Sangre deliciosa, viva, caliente. Ansiaba más. Pero no
su sangre. No sangre pura. La sangre impura era la que codiciaba.
Más.
Sabía que no tenía tiempo para
quedarse allí sentada. Torpemente volvió a ponerse en pie. Las hojas se le
pegaban a la ropa y al cabello, el sabor de la tierra llenaba su boca, las
espinas se clavaban en las palmas de las manos y en las pantorrillas. No había
tiempo para arrancarlas.
Sigue. Tienes que seguir.
Se limpió las manos en la falda.
Las espinas cayeron entre las hojas, pero dejaron tras de sí un calor venenoso
que se extendió por las manos hasta los brazos.
No hay tiempo. Sigue.
Abriéndose paso entre las ramas y
tropezando con las raíces, avanzó a través de la maleza. Su respiración
entrecortada quedó ahogada por un zumbido que ascendía del suelo y vibraba a
través de todo su cuerpo. Salió de los arbustos y llegó a un claro.
Ya es suficiente.
El pie se le enganchó en una raíz.
Algo crujió en su tobillo y la gravedad hizo el resto. Cayó de bruces sobre las
hojas podridas. La raíz atrapó sus tobillos y la mantuvo inmóvil. A unos metros
detrás de ella, su padre avanzaba pesadamente entre los arbustos. Lo más
aterrador era su silencio. No decía «no estoy enfadado», ni «sal, no te haré
daño», ni «ven aquí». La ausencia de palabras gritaba: «Te encontraré y te
mataré.»
Una nueva oleada de dolor recorrió
su cuerpo. No provenía del tobillo roto, sino del vacío que su padre había
dejado dentro de ella. De nuevo empezó a llenarse. Pero esta vez de algo frío,
afilado y sinuoso. Quiso gritar. Clavó las manos en la tierra. Las hojas que
llenaban su boca y su garganta devolvieron el grito a sus pulmones.
Silencio. Solo durará un
instante.
Las raíces encontraron sus dedos y se deslizaron bajo las uñas. Las uñas se endurecieron hasta convertirse en corteza. El musgo invadió la piel. El cabello se transformó en hierba afilada como cuchillas. Los iris adquirieron el color verde parduzco de un pantano. Las venas se llenaron de savia. En su interior se reunieron miles de insectos que solo aparecían durante las noches sin luna. Raíces brotaron de su vientre y se hundieron en la tierra. La cabeza se le llenó de avispas. Sobre la lengua crecieron hongos. La voz que antes había escuchado dentro de su cuerpo era ahora la suya. No dolía. Se sentía natural. Como si siempre hubiera sido así. Como si fuera a seguir siéndolo para siempre. Era el Bosque. Y el Bosque era eterno. Se irguió, sostenida por raíces y tierra. Se extendió a lo largo de kilómetros. Luego volvió a contraerse. Encontró al hombre que se hacía llamar Padre, avanzando pesadamente sobre su tierra, empujando sus ramas, apartando sus arbustos. Olía a locura, a pólvora y a lujuria. Pero, sobre todo, olía a sangre. El Bosque había probado la sangre. Y ansiaba más. Siempre ansiaba más. Con avidez extendió sus raíces hacia él para recibirlo. Para llenar con ellas cada cavidad de su cuerpo.

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