Sergio Gaut vel Hartman
Estábamos
tonteando, con Nute, como siempre, yendo y viniendo por la senda que lleva al
pozo de agua. No teníamos nada mejor que hacer; ni siquiera teníamos un
cigarrillo que justificara detenerse por el tiempo que se tarda en fumarlo.
Hacía mucho frío y la escarcha, obstinada, crujía bajo la suela de los zapatos
y nubes de vapor abandonaban nuestras bocas cuando nos animábamos a abrirlas.
—No te asomes, estúpido. —Siempre le digo estúpido cuando nos
acercamos al pozo. Sé que un día se caerá adentro y no podremos sacarlo ni con
una grúa.
—Hay un tipo en el pozo —dijo Nute con su voz aflautada.
Cuando grita o llora es peor: parece la sirena de un barco que parte.
—No hay nadie. Pidámosle un cigarrillo al viejo Frank; una
vez me dio.
—El tipo del pozo es Hitler. Hitler está adentro del pozo.
Vamos. —Lo dijo con determinación. Me asusté. Sólo me tomo en serio a Nute
cuando dice cosas como esa.
Cuando llegamos junto al pozo y nos asomamos vimos que, en
efecto, Hitler terminaba de trepar trabajosamente. El limo y el musgo que se
adherían a las paredes del pozo las hacían resbaladizas. Busqué con la vista
algo con qué golpearle y descubrí una rama gruesa que estaba apoyada contra la
puerta de la casa de Helga.
—Que no se vaya —dije sin necesidad. Nute se rio entre
dientes. Hitler parecía tener muchas dificultades para completar la ascensión.
Regresé con la rama y le golpeé
la cabeza cuatro o cinco veces.
La quinta fue inútil; el führer ya había caído a las profundidades del
pozo.
—No es profundo —dijo Nute, que siempre me adivina los
pensamientos.
—Va a volver enseguida, estúpido —farfullé. Nute se volvió a
reír.
—Se va a llevar una sorpresa.
—¿Ah, sí? —Cuando a Nute se le mete algo en la cabeza no hay
Cristo que se la pueda extirpar.
—Sí, nos vamos a poner uno a cada lado del pozo y lo vamos a
apretar hasta hacerlo papilla.
Me encogí de hombros.
—Bueno.
Cuando Hitler completó la escalada y vimos la tonsura del
tamaño de una moneda de veinte kopecs que le coronaba la testa, comprimimos las
paredes del pozo con todas nuestras fuerzas. Cuando queremos, Nute y yo somos
dos bestias. El estúpido tiene más fuerza que yo, pero no me quedo muy atrás.
En el pasado me rompió la nariz de un puñetazo, pero yo me hice el muerto y
cuando el desgraciado se inclinó para ver qué me ocurría le mordí un testículo.
No como para arrancárselo, pero se lo mordí. Aulló como una fiera y juró que me
mataría, pero no hizo nada.
—Ya está —dijo Nute cuando hubimos comprimido el pozo hasta
dejarlo reducido al tamaño de una lata de duraznos. Seguía pesando sus buenos
setenta kilos, claro, pero adentro estaba Hitler, muerto y hecho un mazacote.
—¿Y ahora?
—¿Ahora quién es el estúpido? —Nute me miró con los ojos
negros de rabia. Siempre se pone así cuando comete magnicidios. —Hay que
esconder esto en alguna parte. En cuanto los nazis se den cuenta van a venir a
buscarlo.
Asentí. Colocamos la lata en una cuna de sogas trenzadas y la
llevamos a un rincón del bosque adyacente al pueblo. No es que Frampol tenga un
gran bosque, un bosque de fama mundial o algo así, pero cien hayas es un bosque
aunque a los puristas les haga doler los huevos.
—No lo podemos enterrar, estúpido —dije cuando vi que Nute
empezaba a cavar con la pala que le había robado a Henrik.
—¿Vamos a cargar este bulto de setenta kilos hasta la Segunda
Venida de Nuestro Señor? —A veces, cuando Nute se agudiza, me dan ganas de
morderle el otro testículo.
—No lo vamos a perder de vista. Si los nazis vienen al bosque
y desentierran a Hitler sólo quedará por elegir si queremos ser fritos,
hervidos o asados.
Nute bajó la cabeza y tiró la pala bien lejos. Pero no pasó
ni un minuto antes de que fuera a buscarla de nuevo. La pala de Henrik nos
incriminaba tanto como el cuerpo comprimido dentro del pozo. En realidad todo
el universo nos estaba señalando con el dedo. Pero los habíamos librado de
Hitler, ¿no?
—No —dijo Nute—. Pondrán a otro igual o peor. Sólo será un
respiro.
—Habló el estúpido que se mea encima cuando ve a una mujer.
—Ese es el punto débil de Nute, pero como sé que lo humilla más que mis
continuas menciones a su estupidez sólo lo disparo cuando es imprescindible.
Arrastramos el pozo que contenía a Hitler dejando un surco
polvoriento desde el bosque hasta las casas. Ese surco fue como una herida en
el pecho del mundo y apenas pusimos a Hitler hecho puré en el bargueño envié a
Nute a borrar la huella.
Los primeros días no nos podíamos separar del bargueño. Era
como si temiéramos que el desgraciado fuera capaz de resucitar y salir de su
prisión. Cada tantos minutos, Nute o yo decíamos para darnos ánimo:
—Está muerto y bien muerto.
No importaba quién fuera el que lo dijera. Uno de los dos lo
decía. Cuando Janche vino a visitarme en busca de su ración de los jueves la
eché sin permitirle entrar. Se dio cuenta de que me pasaba algo grave, pero no
se caracteriza por la sutileza.
—¿Por fin te pusiste de novio con el estúpido de Nute? ¿Te
gusta hacerlo con un estúpido como ése? ¿Se la das por el culo o por la boca?
Le pegué una cachetada y se fue llorando e insultándome.
Cerdo machista, me dijo. No sé si fue peor el remedio que la enfermedad. Pero
el asunto de Hitler no se podía tomar para el pitorreo como es costumbre entre
nosotros.
Los nazis vinieron una semana después. No dijeron una palabra
de Hitler y se limitaron a mirar por arriba y por abajo con esas miradas duras
y filosas que cortan la respiración. Pero no tocaron nada. El jefe del pelotón,
un sueco de veinticinco centímetros de estatura llamado Sven Svergensson ladró
órdenes en su idioma, que no entendimos en absoluto. Fue necesaria la
intervención de un cabo tan parecido a Nute que estuve a punto de decirle
“estúpido” tres veces, para que entendiéramos el propósito de la visita.
Querían hacer un censo de vagos y nosotros encajábamos perfectamente. Por qué
no trabajan. Porque nos produce cansancio. Ah. Anote. Les gustaría trabajar.
No. Saben que el Estado quiere que todo el mundo trabaje. Sí. Pero nosotros no
queremos. De acuerdo. Anote.
El que anotaba era un chino. No lo van a creer. Todo el
tiempo, que chino astuto, miraba hacia el bargueño, como si fuera capaz de
traspasar con su mirada las gruesas puertas de roble. No podía saber que allí
lo teníamos envasado a Hitler. Sólo aceptarían que Hitler había sido hecho
pasta el día que pudieran medirlo y pesarlo.
—Escriban sus nombres en esta planilla —dijo el sueco. En
realidad lo dijo el cabo, traduciendo las órdenes del jefe de la partida. El
cabo era un poco duro de oído, por lo que se colocó a Sven Svergensson sobre el
hombro. Era tan gracioso verlos, con las piernitas del nazi bamboleándose en el
aire y las dos manos aferrando la solapa del abrigo del cabo para no caerse,
que Nute se tuvo que cubrir la boca con cinta adhesiva para no estallar en
carcajadas. ¡Estúpido!
Pero si el sueco tenía miedo de caerse más miedo teníamos
nosotros de que descubrieran que no sólo habíamos asesinado a Hitler, sino que
además lo habíamos reducido a pulpa. Era tan ostensible que mirábamos a cada
rato el bargueño que el chino empezó a sospechar.
—¿Por qué miran el bargueño? —dijo finalmente.
—Porque tenemos miedo de que lo abran y descubran que
escondemos un cadáver en su interior.
El chino lanzó una carcajada como un tsunami y el cabo se
contagió de inmediato. Tomó al sueco desprevenido y sobrevino la catástrofe.
Sven Svergensson cayó de cabeza desde el hombro del cabo y se estrelló contra
el piso de cerámica. Cuando pudo contenerse, el chino pateó el cadáver del
sueco hacia un rincón y tomó el mando.
—¡Abran el bargueño!
—(Estúpido) —susurré.
—(No fue mi culpa) —respondió Nute.
Abrí el bargueño. El pozo comprimido con la masa informe que
había sido Hitler en su interior relucía como si hubiera sido el Santo Grial. O
como hubiera brillado el Santo Grial en el caso de haber sido un copón. Pero al
chino eso le importó un comino. Sus ojos brillaron codiciosos cuando vio las
cuatro botellas de aguardiente de papa que yo guardaba para celebrar el
nacimiento de mi futura hija.
—¡Ese era el secreto, cerdos!
Bajé la cabeza y empecé a manosear la gorra, tal como había
visto hacer en una película a un personaje abrumado por la vergüenza.
—¡Confiscación! —aulló el cabo. Hizo un gesto y cuatro
soldados se aproximaron taconeando al bargueño y se apoderaron de las botellas.
—En nombre del Partido —dijo el chino— confiscamos estas
cuatro botellas de aguardiente de papa. ¿Las guardaba para celebrar el
nacimiento de su hija? —Otra vez risas generalizadas, ahora acompañadas por el
estúpido de Nute, que se había sacado la cinta de la boca. Tal vez quería
mostrarle a todo el mundo que le quedaban seis dientes y tenía las encías más
negras que el alquitrán.
—Firmen aquí —dijo el cabo extendiendo un papel mugriento
sobre la mesa. Como era de suponerse, la confiscación incluía dos vacas, un
samovar y una carreta. Los nazis estaban empezando a blanquear las
expropiaciones previas. Tuve que admitir que era una política sensata.
Firmamos para que se fueran. Cuando los nazis se alejaban
rumbo a Bilgoraj, apareció Janche, que había estado escondida en el gallinero.
—¿Qué les hicieron? —Ya no se acordaba de la cachetada de la
semana anterior y venía por más.
—Yo no puedo atenderte, Janche —le dije tratando de lucir
consternado
—Ni ganas tengo de que lo hagas —dijo la chica—. A partir de
ahora seré la amante de Nute. — Es extraño, no puedo decir que Janche sea
estúpida como Nute, pero hacía una pareja mucho más convincente que conmigo, o
eso creo.
—Los juguetitos se fueron—dijo Nute.
—¿Los juguetitos? —Janche se metió un dedo en la nariz y lo
retiró desencantada: no había pescado ni un moco enano.
—¡Enano! —Nos acordamos al mismo tiempo del cadáver del
sueco. Ya no era sólo el amasijo de Hitler que escondíamos en el pozo
comprimido del bargueño; si nos descubrían iríamos a parar a los hornos
crematorios de Auschwitz o a la cámara de gas de Majdanek.
—Un momento. —Nute metió la mano en el bolsillo interior del
abrigo de Sven Svergensson y retiró los documentos del nazi. Parecían de
juguete—. Aquí dice “simulacro clase E; Nº de serie 370285. —Janche se tapó la
boca.
—No es humano. Me lo temía.
—¿Lo temías? —dijo Nute—. ¿Cuándo dijiste eso?
—No seas estúpido; lo pensé. Creía que eras capaz de leerme
los pensamientos. —Me incliné sobre el cuerpo del enano sueco y metí dos dedos
en la fisura del pecho. El muñeco se abrió como una trampera, con un chasquido.
—¿Los nazis hicieron estos cachivaches? —Janche es una
muchacha campesina; ni siquiera ve la televisión, aunque a veces hace gala de
una inteligencia que me descoloca. En este caso mostraba una digna suspicacia.
—Los nazis no son reales, Janche —dijo Nute.
—¿Acaso sabes distinguir realidad de fantasía, Nute? El jefe,
ese Hitler. Estuvo en mi casa el otro día —dijo Janche—, el día que me pegaste.
Me dijo que ustedes son unos estúpidos.
—¿Los dos? —pregunté extrañado—. ¿O sólo él?
—Los dos. Dijo que haría bombardear este pueblo en represalia
por lo que le hicieron en el pozo. ¿Qué le hicieron?
—Nada —dijo Nute—, no le hicimos nada.
Me dejé caer en una silla, abatido. Con razón a los nazis no
les interesaba el Hitler hecho masilla que teníamos en el bargueño; debían
tener docenas, cientos de Hitlers. Si nos hubiéramos atrevido a revisar como se
debe habríamos encontrado una chapa que dice “simulacro clase H; Nº de serie
456705”.
—Entonces no lo matamos —dijo Nute aliviado—. No matamos a un
ser humano.
—Hitler no es un ser humano; estaba seguro de que lo sabías
—protesté; pero fue una protesta endeble; ni yo creía eso.
—No puedo saber todo —dijo Nute.
—¿Podrías conseguirme un cigarrillo? —le dije a Janche.
—Está bien, pero no vuelvas a decir que son solo juguetes. ¿Serás
de nuevo mi amante?
—Y… sí, después de que
me consigas el cigarrillo podemos volver a intimar.
Nute se encogió de hombros. No le gustaba Janche; decía que
es sucia, que huele a cebollas podridas. Se rascó la coronilla durante unos
segundos y luego se dirigió al bargueño.
—¿Podrías ayudarme?
Le ayudé a sacar a Hitler. Lo descomprimimos con esfuerzo –mucho
más del que habíamos hecho para prensarlo– y lo pusimos sobre la mesa. Las
ruedas, correas y engranajes rodaban por todas partes y Janche empezó a separar
piezas que le parecieron adecuadas para hacerse una pulsera.
—Esto significa que hay un Hitler de carne y hueso en algún
lugar —dijo Nute—. No tendrían simulacros si no fuera así.
—No, estúpido. Esa es una de las tantas ideas sin sentido que
se te ocurren. Es posible que Hitler jamás haya existido.
—Está totalmente equivocado, idiota. Así los queríamos
agarrar, con las manos en la masa. —En el vano de la puerta se recortó la
imponente figura del verdadero Sven Svergensson, el jefe supremo de los nazis
de Lublin. Medía casi dos metros y nos apuntaba con una Parabellum de 9 mm,
modelo 1908, conocida popularmente como “Luger”.
—¿Puedo ser su amante? —dijo Janche. Se acercó sin miedo al
nazi y le bailoteó alrededor. Era un gran gesto el de la muchacha, arriesgando
el pellejo para salvarnos de los nazis. Pero estábamos seguros de que no daría
resultado; Janche, cuando trata de tapar el olor a cebollas podridas, se baña
en el perfume de setas que fabrica la vieja Brane; ahí empieza a oler como una
curtiembre abandonada. Y aunque no viene al caso, comento que el sueco tenía
una nariz grande como una palta.
—¡Por supuesto! —dijo Sven—. Deme una prueba de su amor.
—¿Por ejemplo? —Janche se detuvo extrañada y dejó de
bailotear. El nazi le puso la pistola en la mano y le apretó el puño
afectuosamente.
—Mate a estos dos y será mi amante.
—¡Cómo no! —Janche apuntó hacia nosotros. Nute se abrió la
camisa, en un gesto estúpido e inútil. Yo cerré los ojos, por lo que cuando
sonó el disparo esperé sentir un fuerte dolor en el pecho o algo así. Los abrí
y la escena me desconcertó. Janche había matado al sueco de un tiro entre los
ojos y luego se había suicidado.
—¿Por qué lo hizo? —dijo Nute.
—Por amor a nosotros, estúpido. —Miré los charcos de sangre y
los sequé con un trapo. Tomé la Luger y me la metí en el bolsillo.
—¿Pero son juguetes, son reales o son las dos cosas? —dijo
Nute, de pronto agudo y profundo como un barreno.
—¿A qué vienen estas preguntas? ¿Te debo algo?
Nute bajó la cabeza una vez más; el esfuerzo realizado para
entender el razonamiento precedente lo había agotado. Pero yo no iba a dejar
que las cosas se deslizaran como el barro que baja de la colina un día de
tormenta. Me imaginé recorriendo la senda que lleva al pozo de agua. No tenía
nada mejor que hacer; ni siquiera tenía un cigarrillo que justificara detener
mi marcha por el tiempo que se tarda en fumarlo. Hacía mucho frío; la escarcha,
obstinada, crujía debajo de la suela de mis zapatos y nubes de vapor abandonaban
mi boca cuando me animaba a abrirla. Imaginé a Nute subiendo por las paredes
del pozo, pero no se me ocurrió hacer algo tan bizarro como comprimirlo, tal
como habíamos hecho con Hitler. En mi alucinación fui mucho más expeditivo que
eso. Saqué la Luger, le apunté entre los ojos y disparé. Me pareció que el
cuerpo caía hacia atrás tan lentamente que pude terminar mi discurso antes de
que se escuchara el sordo golpe contra el piso. Sacudí la cabeza para alejar
las imágenes, me acerqué al pozo de agua y toqué el hombro de Nute, que miraba
al vacío, como si hubiera sido desactivado.
—No te quiero ver cerca por un rato, estúpido; por el resto
del día, mejor dicho. Hoy viene Janche a visitarme y queremos hacer lo que ya
estás pensando, pero en paz.
—¿Janche no se suicidó? —dijo Nute, perplejo.
—¿Cómo se te ocurre? Las mujeres como Janche no se suicidan
para salvar a dos idiotas como nosotros. —Saqué un puñado de billetes del
bolsillo; había zlotys, rublos y unas pocas libras; no había ni un euro. Le di
dinero suficiente como para que se fuera al cine. Justo en ese momento Hitler
salió del pozo y me miró con cara de ángel, suplicando la extensión de mi gesto
caritativo. Suspiré. Agregué un par de billetes—. No aparezcan hasta la noche,
estúpidos —dije.
Sergio Gaut
vel Hartman nació en Buenos Aires, Argentina, el 28 de septiembre de 1947. Es escritor,
editor y antólogo. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado por Ediciones Minotauro en
1985. En 2005 su novela El juego del
tiempo quedó finalista del Premio Minotauro, aunque en su momento no fue
publicada por temas de política editorial. En noviembre de 2009 se publicó su
segundo libro de cuentos, Espejos en fuga
y en 2011 el tercero Vuelos. En 2017
ganó el premio literario de La máquina que hace Ping! La obra, Avatares de un escarabajo pelotero, fue
publicada ese mismo año. Poco después, la editorial chilena Contracorriente
publicó la novela Otro camino (que
fuera finalista del premio U.P.C.) y en 2018 aparecieron dos nuevos libros de
ficción: La quinta fase de la Luna,
cuentos, y la ya citada novela El juego
del tiempo (publicada en México
por PuertAbierta). Sus últimos libros publicados fueron: Cuerpos descartados (2019), Carne verdadera, (2021) y El
día que llegamos a Marte (2023). Ha compilado una
veintena de antologías y sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés,
portugués, italiano, serbio, alemán, ruso, griego, búlgaro, japonés, hebreo y
árabe. Es el creador y conductor del blog internacional MICROFICCIONES Y CUENTOS.

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