Sue Burke
Cuando se descubrió
el cometa Kabandha, Travis Hudson contempló boquiabierto desde su ventana la
luz difusa cercana a las estrellas de las Pléyades.
—Es un error —murmuró. Calcular las
trayectorias de los cometas era complicado; todo el mundo lo decía—. Revisarán
los cálculos y estaremos bien.
Los astrónomos comprobaron y
volvieron a comprobar los cálculos. Finalmente, por televisión, los líderes
mundiales, unidos y solemnes, pidieron valor para afrontar los tres meses que
quedaban antes de que el cometa chocara contra la Tierra.
Travis apagó el televisor. Siempre
había creído que el universo tenía un propósito y que, por lo tanto, la
humanidad tenía un propósito y, por lo tanto, él tenía un propósito, y tenía
que ser algo más noble que una colisión frontal con una gigantesca bola de
polvo y hielo. Solo tenía veintinueve años y disfrutaba de su trabajo como
encargado de obras. Bajo su supervisión, los edificios se elevaban hasta quedar
terminados, y él sentía que también se estaba convirtiendo en algo. Algún día
comprendería algo más que cómo organizar eficientemente los horarios de los
subcontratistas. Tenía toda la vida por delante. Pero ya no.
Cada día, el cometa Kabandha se
acercaba y se volvía más aterrador. Aquí y allá estallaban disturbios y reinaba
el caos –y se celebraban fiestas multitudinarias–, pero, por alguna razón que
él no comprendía y que nadie sabía explicarle, en muchos sentidos la vida
continuaba con demasiada normalidad.
Las obras se detuvieron, cosa que
sí comprendía. Tuvo tiempo para meditar sobre su condena y, finalmente, después
de ver una nota en las noticias, condujo frenéticamente hasta la celebración
anual de los Días del Cráter, en Manson, Iowa, para inspeccionar el
decimoquinto cráter de impacto más grande del mundo. Le diría algo; estaba
seguro.
En Manson solo encontró carpas,
puestos de madera contrachapada, una zona de atracciones rodeada de maizales
iluminados por la luna y menos gente de la que esperaba. Mientras entraba, su
decepción se convirtió en ira.
—¿Dónde está el cráter? —preguntó a
una mujer sentada en el puesto oficial de recuerdos.
Ella le dedicó una sonrisa de
bienvenida.
—Justo debajo de nosotros. Tiene
treinta y ocho kilómetros de diámetro y setenta y cuatro millones de años. No
es tan grande como el que acabó con los dinosaurios, por supuesto, ni como el
que viene hacia nosotros. ¿Quiere un estudio geológico? —Le mostró un informe
encuadernado con espiral.
Travis pateó la parte delantera de
un puesto de hot dogs.
—Todos ustedes van a morir. Hagan
algo. Defiéndanse.
Lanzó otra patada contra un
telescopio de alquiler.
Una adolescente lo custodiaba y
levantó los puños.
—¡Oiga! Quiero ver cómo Kabandha
nos alcanza. Será el mejor espectáculo de mi vida.
—Tu vida se acaba.
—Todavía no.
Él le arrojó una botella de
plástico de mostaza.
—Esto no es una fiesta. No mueras
feliz.
La mujer que vendía recuerdos se
levantó y se plantó frente a él.
—Mire, tenemos algunos juegos de
feria, venta de artesanías y música en vivo a medianoche. Si no le gusta,
váyase.
Travis condujo unos cuantos
kilómetros, cada vez más desesperado mientras contemplaba los maizales, con las
mazorcas a medio madurar. Nadie comería ese maíz. Vio una iglesia y entró
atropelladamente.
—Los ángeles nos salvarán, ¿verdad?
Dios nos llevará a todos al cielo, ¿no? No merecemos esto.
El pastor había estado pasando la
aspiradora por la alfombra de los pasillos.
—En realidad, no creo que podamos
esperar un trato especial por parte del universo. Los ángeles y la vida después
de la muerte son mitos primitivos.
Travis cayó de rodillas.
—Pero tiene que haber un alma, un
espíritu, algo más que mi cuerpo. Trascenderemos nuestras muertes.
—Por supuesto. La humanidad es la
conciencia del universo.
—Nos fue enviado un Salvador. He
aceptado a Jesús en mi corazón. He sido bueno. Merezco algo mejor, ¿no?
—Bueno —dijo el pastor—, recemos
por quienes sobrevivan a los terremotos, los maremotos, las tormentas de fuego,
el polvo, la oscuridad y el frío que se avecinan. Sufrirán y pasarán hambre y
repoblarán la Tierra. O alguna humilde criatura alcanzará la conciencia y
adorará. O el cometa traerá aminoácidos para una nueva forma de vida. Este no
es el final. Dios es eterno, más allá de nuestra comprensión.
—Pero tengo miedo. Nunca he muerto
antes.
Rezó durante mucho tiempo. El
pastor terminó de pasar la aspiradora.
Cuando Travis salió, llegó un
automóvil del que descendieron una novia y un novio que entraron en la iglesia.
El cometa y su cola resplandecían en lo alto.
Regresó a casa y escribió: «Yo,
Travis Hudson, en pleno uso de mis facultades mentales y físicas, declaro por
la presente que, puesto que de todos modos no hay nada que dejarle a nadie,
tampoco dejaré mi muerte en manos del azar ni de gigantescas bolas de nieve
sucia que nos arroje una persona o personas desconocidas».
Se disparó una bala en el cerebro.
Con un centímetro de diferencia en la puntería, lo habría conseguido. Aunque le
pareció absurdo, llegó una ambulancia y se lo llevó al hospital.
Mientras estaba en la mesa de
operaciones, estuvo tan cerca de la muerte como puede estarlo un hombre vivo, y
despertó de la cirugía consciente del sentido de la vida, evidente y asombroso.
Las enfermeras lo escucharon educadamente, pero terminó comprendiendo que ellas
ya lo conocían; de lo contrario, no se presentarían a cumplir sus turnos.
Cuando le dieron el alta del
hospital, tenía una cicatriz muy visible en la frente, una movilidad reducida
en el lado izquierdo y una gran paz interior.
Para entonces, una tormenta de
meteoros surcaba la noche, con decenas de ellos cayendo cada segundo. Las
auroras boreales parpadeaban como arcoíris borrachos. El cometa resplandecía en
el oeste, más grande que la luna llena, y su cola azul se extendía hasta el
lejano horizonte. En la penumbra, los pájaros cantaban como si estuviera
amaneciendo. Travis llegó cojeando hasta un banco del parque. Una ardilla se
acercó a pedir comida.
—Es una noche hermosa —dijo. Le
arrojó unos cacahuetes para que se quedara y escuchara—. Ahora soy un hombre
sabio. ¿Evolucionarás hasta convertirte en la próxima criatura que sufra la
conciencia de sí misma, pequeño? Verás la eternidad, pero nunca la alcanzarás.
Conocerás la muerte, pero nunca la experimentarás mientras estés vivo. Después de
eso, ya no tendrás excusas para lo que hagas. El conocimiento de la muerte será
la pérdida de la inocencia. —Parecía estar escuchándolo. Le dio toda la bolsa
de cacahuetes. Iba a necesitarlos—. Espero que pienses con cariño en nosotros
cuando encuentres nuestros fósiles.
Se alejó por encima de una colina
para bailar con los dinosaurios. Un tiranosaurio agitaba sus pequeños brazos
para marcar el ritmo. Un Euoplocephalus rechoncho balanceaba su cola en forma
de maza y destrozaba el césped y las flores mientras avanzaba pesadamente:
un-dos-tres, un-dos-tres.
Travis Hudson comprendía ahora el universo, y el sol no volvería a salir para él.

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