lunes, 28 de septiembre de 2026

EL ABRAZO

Joyce Barker Bucat

 

Esa noche su marido había tenido que viajar por negocios. Ana ocupó el día pintando un cuadro que tenía pendiente hacía meses, pero tuvo que parar porque se le había acabado la pintura negra para la silueta que esbozaba en el lienzo. Comenzó, entonces, a pintar el resto del cuadro con colores, pero un súbito cansancio se apoderó de ella. Mañana sigo, pensó; pero se acordó que iba a estar ocupada con la llegada de su marido. Otro día continuaré, entonces.

Agotada, dejó el taller y subió las escaleras hasta el dormitorio. Se quedó dormida a los pocos minutos, pero una sensación extraña en la piel, un zumbido, la despertó en la madrugada. Sin moverse, abrió los ojos y miró sólo lo que estaba frente a ellos: el umbral de la puerta que siempre mantenía abierta; no le gustaban los ambientes cerrados. En el vano se asomó una sombra. No lograba verla completamente, pero supuso que era su marido que quería sorprenderla en la mañana, al despertar. Otra vez, pensó, la sorpresa de siempre. Esta vez quiso saludarlo, aburrida de ese juego que ya no le hacía gracia; esta vez no pudo: no le salió la voz. Después intentó girar y abrazarlo, pero estaba inmovilizada, sólo podía mirar. Esto no es Juan, pensó, algo está mal. ¡Qué es! ¡Qué eres!, gritó en su cabeza.

La sombra se acostó a su lado y la abrazó por la espalda; Ana sintió que unos brazos gigantes la envolvían. Comenzó a desesperarse. La sombra no se movía, como si estuviera cómoda con Ana. Pero ella, a pesar de sentir que él o eso no quería hacerle daño, no iba a permitir una invasión tan descarada, y con extremo esfuerzo intentó, nuevamente, hablar.

—Fuera… —Pudo apenas pronunciar sin mover la boca, como si hablara bajo el agua. Entonces decidió dejar su desesperación de lado que, según ella, sólo lograba fortalecer a esa criatura. Respiró profundo y se relajó forzosamente en los brazos de la sombra. A pesar de no poder sentir o mover su cuerpo, percibía el de la sombra: era tibio y blando, incluso acogedor, pero luego reflexionó: lo que hacía esa sombra no era algo que ella hubiera querido. Esa falta de respeto hizo que la fuerza de su enojo pudiera salir en forma de grito.

—¡Fuera! —Pudo finalmente pronunciar de manera clara y fuerte.

Y como si hubiera sido una palabra mágica, la presión en su cuerpo se diluyó y al fin pudo moverse. El aire del dormitorio se sintió más liviano y se volteó hacia el lado donde había estado la falsa sombra de su marido, su impostor; allí no había nadie. Estuvo despierta unos minutos: lo que había sucedido era terrorífico, pero sus ganas de no volver a quedarse dormida fueron inútiles.

Al día siguiente, Juan regresó del viaje y llegó a la casa con un gran ramo de flores de varios colores. Eran las tres de la tarde y no quiso avisar que llegaba temprano, quería darle una sorpresa, como siempre. Al ver que Ana no estaba en el primer piso, fue sigilosamente al dormitorio; era posible que estuviera durmiendo una siesta. Abrió la puerta, extrañado porque a Ana no le gustan las puertas cerradas. Adentro estaba oscuro, pero se podía ver a Ana en una esquina del dormitorio. Afuera, el sol primaveral parecía desconocer la oscuridad del interior.

—Ana. —Juan se fue acercando sin prender la luz, sabía que ese juego terminaría en algo mejor. La abrazó por la espalda y le besó el cuello. Corrió las cortinas y giró a Ana para besarla mejor. Pero ella no tenía facciones, era como el esbozo de su cara, hecha con pintura negra. Juan soltó las flores que se habían marchitado súbitamente en sus manos, y quiso escapar, pero dio tres pasos hacia la puerta y un enorme abrazo por la espalda lo frenó. Intentó gritar, pero no pudo; y como si fuera una pupa o una tela en blanco, esperó inmóvil, latiendo hasta el límite, tratando de mantener en vano sus propios colores que, ya desvanecidos, esbozaban otra obra sombría.


Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

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