Joyce Barker Bucat
Esa noche su marido había tenido que viajar por
negocios. Ana ocupó el día pintando un cuadro que tenía pendiente hacía meses,
pero tuvo que parar porque se le había acabado la pintura negra para la silueta
que esbozaba en el lienzo. Comenzó, entonces, a pintar el resto del cuadro con
colores, pero un súbito cansancio se apoderó de ella. Mañana sigo, pensó; pero
se acordó que iba a estar ocupada con la llegada de su marido. Otro día
continuaré, entonces.
Agotada, dejó el taller y subió las
escaleras hasta el dormitorio. Se quedó dormida a los pocos minutos, pero una
sensación extraña en la piel, un zumbido, la despertó en la madrugada. Sin moverse,
abrió los ojos y miró sólo lo que estaba frente a ellos: el umbral de la puerta
que siempre mantenía abierta; no le gustaban los ambientes cerrados. En el vano
se asomó una sombra. No lograba verla completamente, pero supuso que era su
marido que quería sorprenderla en la mañana, al despertar. Otra vez, pensó, la sorpresa
de siempre. Esta vez quiso saludarlo, aburrida de ese juego que ya no le hacía
gracia; esta vez no pudo: no le salió la voz. Después intentó girar y
abrazarlo, pero estaba inmovilizada, sólo podía mirar. Esto no es Juan, pensó, algo
está mal. ¡Qué es! ¡Qué eres!, gritó en su cabeza.
La sombra se acostó a su lado y la
abrazó por la espalda; Ana sintió que unos brazos gigantes la envolvían.
Comenzó a desesperarse. La sombra no se movía, como si estuviera cómoda con Ana.
Pero ella, a pesar de sentir que él o eso no quería hacerle daño, no iba a
permitir una invasión tan descarada, y con extremo esfuerzo intentó,
nuevamente, hablar.
—Fuera… —Pudo apenas pronunciar sin
mover la boca, como si hablara bajo el agua. Entonces decidió dejar su
desesperación de lado que, según ella, sólo lograba fortalecer a esa criatura.
Respiró profundo y se relajó forzosamente en los brazos de la sombra. A pesar
de no poder sentir o mover su cuerpo, percibía el de la sombra: era tibio y
blando, incluso acogedor, pero luego reflexionó: lo que hacía esa sombra no era
algo que ella hubiera querido. Esa falta de respeto hizo que la fuerza de su
enojo pudiera salir en forma de grito.
—¡Fuera! —Pudo finalmente pronunciar
de manera clara y fuerte.
Y como si hubiera sido una palabra
mágica, la presión en su cuerpo se diluyó y al fin pudo moverse. El aire del
dormitorio se sintió más liviano y se volteó hacia el lado donde había estado
la falsa sombra de su marido, su impostor; allí no había nadie. Estuvo
despierta unos minutos: lo que había sucedido era terrorífico, pero sus ganas
de no volver a quedarse dormida fueron inútiles.
Al día siguiente, Juan regresó del viaje
y llegó a la casa con un gran ramo de flores de varios colores. Eran las tres
de la tarde y no quiso avisar que llegaba temprano, quería darle una sorpresa,
como siempre. Al ver que Ana no estaba en el primer piso, fue sigilosamente al
dormitorio; era posible que estuviera durmiendo una siesta. Abrió la puerta,
extrañado porque a Ana no le gustan las puertas cerradas. Adentro estaba
oscuro, pero se podía ver a Ana en una esquina del dormitorio. Afuera, el sol
primaveral parecía desconocer la oscuridad del interior.
—Ana. —Juan se fue acercando sin
prender la luz, sabía que ese juego terminaría en algo mejor. La abrazó por la
espalda y le besó el cuello. Corrió las cortinas y giró a Ana para besarla
mejor. Pero ella no tenía facciones, era como el esbozo de su cara, hecha con
pintura negra. Juan soltó las flores que se habían marchitado súbitamente en
sus manos, y quiso escapar, pero dio tres pasos hacia la puerta y un enorme
abrazo por la espalda lo frenó. Intentó gritar, pero no pudo; y como si fuera
una pupa o una tela en blanco, esperó inmóvil, latiendo hasta el límite, tratando
de mantener en vano sus propios colores que, ya desvanecidos, esbozaban otra obra
sombría.

No hay comentarios:
Publicar un comentario