domingo, 27 de septiembre de 2026

LOS DICOTÓMICOS OJOS DEL SEÑOR M

Oscar De Los Ríos

 

Era inquietante observar la incongruencia e inarmonía en que convivían los ojos del señor M. Quienes lo conocían no dejaban de admirarse y, aunque mecánicamente optaban por el perfil a adoptar de acuerdo con aquello que la situación requería, el hecho no era por ello menos sorprendente. Si se trataba de un evento alegre y divertido, se colocaban del lado izquierdo del señor M; en cambio, si se trataba de un suceso penoso, era forzosa e invariable la necesidad de estar a la derecha de su elegante figura. A decir verdad, casi todos le rehuían.

El señor M era una persona sumamente religiosa y juiciosa, aunque alegre por naturaleza y demasiado optimista para controlar el enorme caudal de emociones que se manifestaban en su rostro, sin que él pudiera manejar la situación. Pese a haber meditado y planeado en busca de una solución, sus ojos se manifestaban rebelándose a las leyes de la convivencia social: tenían vida propia e independiente. ¡Qué sinnúmero de complicaciones le acarreaba esta sociedad mal avenida a su existencia! De nada servía que los demás integrantes del rostro trataran de adaptarse y colaborar con aquel de los ojos cuyo brillo y mirada (las lágrimas no cuentan: se llora de pena y tristeza, pero también de alegría) se mostrara acorde con la situación imperante. La expresión emanada era inequívoca e inalterable. Aun en medio de la congoja más profunda, el ojo izquierdo reiría y traspasaría la tristeza con la fuerza del goce, irradiando placer. Aun en medio del goce más extremo, su ojo derecho traspasaría la alegría con la fuerza del dolor, irradiando la más intensa congoja y pesar. En el rostro del señor M convivían la tragedia y la comedia griega, con la mitad de la máscara en cada uno de sus ojos.

A pesar de eso, el señor M era un ser humano exquisito, sumamente sensible y propenso a enamoramientos pasajeros. Por eso, cuando le tocó el amor verdadero, este prendió con tal fuerza que su alma sufrió lo indecible, aun antes de saber si sería correspondido. Claro que el ojo izquierdo jamás se hizo eco de ese dolor. Su ojo izquierdo no supo reconocer al amor.

Cierta tarde de verano, sentado a la derecha de su amada, el señor M le declaró su amor. Esta aceptó. De más está decir que el ojo derecho no participó de esta alegría. Su ojo derecho tampoco supo reconocer al amor. La futura señora M notó este discordante detalle y creyó, equívocamente, que los ojos de su futuro marido eran la viva imagen de la frivolidad, pero… los gestos que hacía el señor M lo desmentían, sus palabras decían otra cosa, los otros habitantes del rostro demostraban un enorme júbilo… y el señor M hacía tremendos esfuerzos para que el ojo derecho no los confundiera. Más de una vez la boca, los labios, las cejas y los pómulos se habían dejado convencer por el ojo derecho de que un acontecimiento alegre y jubiloso era penoso; otras por el ojo izquierdo, de que un hecho doloroso y triste importaba euforia y júbilo. En estas ocasiones quedaba en una situación delicada y comprometida.

Al fin el señor M se casó y, luego de tres años de feliz matrimonio, la rutina y la confianza le hicieron bajar la guardia. Fue durante el velorio de su suegra que el ojo izquierdo convenció a la boca de que la reunión de tanta gente rindiendo homenaje y manifestando pesar por alguien a quien tanto aborrecían y despreciaban en vida era algo grotesco y cómico. Su boca comenzó a reír y las carcajadas profanaron el dolor de su esposa ante la muerte de la madre. Su mujer lo abandonó.

El señor M sufrió lo indecible, la tristeza más profunda lo invadió. ¡Enloqueció! Sometió a su ojo izquierdo a un exhaustivo juicio, y el ojo fue encontrado culpable y ejecutado. Desde entonces la alegría lo abandonó.

Ante esta extraña muestra de amor, la señora M regresó.

Con el retorno de su mujer le volvió la alegría, pero no la pudo manifestar. Su ojo derecho, ya sin competencia, dominó a la boca, los pómulos se tensaron y el entrecejo se quebró en un profundo surco. Solo palabras de desaliento escapaban de sus labios, que se negaban a expresar sentimientos verdaderos.

La señora M cayó en la depresión: le era imposible convivir con alguien así. Los amigos ya no lo visitaban o lo hacían muy de tarde en tarde. La tristeza emanada de la figura del señor M era aplastante; realmente solo se acercaban a él quienes aún le tenían lástima.

Pasó el tiempo y la señora M ya no pudo seguir quedándose a su lado; hasta trató de quitarse la vida. Por consejo de su psicólogo se fue de la casa. El señor M volvió a enloquecer y su ojo derecho fue enjuiciado y ejecutado.

Con la ejecución de sus ojos, el hombre más alegre y triste a un mismo tiempo que pisara la tierra jamás, aquel dueño de un caudal incontrolable de emociones, perdió toda expresión y su rostro se volvió una indiferente máscara de cera.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

 

 

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