Oscar De Los Ríos
Era inquietante observar la incongruencia e inarmonía en que convivían los
ojos del señor M. Quienes lo conocían no dejaban de admirarse y, aunque
mecánicamente optaban por el perfil a adoptar de acuerdo con aquello que la
situación requería, el hecho no era por ello menos sorprendente. Si se trataba
de un evento alegre y divertido, se colocaban del lado izquierdo del señor M;
en cambio, si se trataba de un suceso penoso, era forzosa e invariable la
necesidad de estar a la derecha de su elegante figura. A decir verdad, casi
todos le rehuían.
El señor M era una persona sumamente religiosa y
juiciosa, aunque alegre por naturaleza y demasiado optimista para controlar el
enorme caudal de emociones que se manifestaban en su rostro, sin que él pudiera
manejar la situación. Pese a haber meditado y planeado en busca de una
solución, sus ojos se manifestaban rebelándose a las leyes de la convivencia
social: tenían vida propia e independiente. ¡Qué sinnúmero de complicaciones le
acarreaba esta sociedad mal avenida a su existencia! De nada servía que los demás
integrantes del rostro trataran de adaptarse y colaborar con aquel de los ojos
cuyo brillo y mirada (las lágrimas no cuentan: se llora de pena y tristeza,
pero también de alegría) se mostrara acorde con la situación imperante. La
expresión emanada era inequívoca e inalterable. Aun en medio de la congoja más
profunda, el ojo izquierdo reiría y traspasaría la tristeza con la fuerza del
goce, irradiando placer. Aun en medio del goce más extremo, su ojo derecho
traspasaría la alegría con la fuerza del dolor, irradiando la más intensa
congoja y pesar. En el rostro del señor M convivían la tragedia y la comedia
griega, con la mitad de la máscara en cada uno de sus ojos.
A pesar de eso, el señor M era un ser humano exquisito,
sumamente sensible y propenso a enamoramientos pasajeros. Por eso, cuando le
tocó el amor verdadero, este prendió con tal fuerza que su alma sufrió lo
indecible, aun antes de saber si sería correspondido. Claro que el ojo
izquierdo jamás se hizo eco de ese dolor. Su ojo izquierdo no supo reconocer al
amor.
Cierta tarde de verano, sentado a la derecha de su amada,
el señor M le declaró su amor. Esta aceptó. De más está decir que el ojo
derecho no participó de esta alegría. Su ojo derecho tampoco supo reconocer al
amor. La futura señora M notó este discordante detalle y creyó, equívocamente,
que los ojos de su futuro marido eran la viva imagen de la frivolidad, pero…
los gestos que hacía el señor M lo desmentían, sus palabras decían otra cosa, los
otros habitantes del rostro demostraban un enorme júbilo… y el señor M hacía
tremendos esfuerzos para que el ojo derecho no los confundiera. Más de una vez
la boca, los labios, las cejas y los pómulos se habían dejado convencer por el
ojo derecho de que un acontecimiento alegre y jubiloso era penoso; otras por el
ojo izquierdo, de que un hecho doloroso y triste importaba euforia y júbilo. En
estas ocasiones quedaba en una situación delicada y comprometida.
Al fin el señor M se casó y, luego de tres años de feliz
matrimonio, la rutina y la confianza le hicieron bajar la guardia. Fue durante
el velorio de su suegra que el ojo izquierdo convenció a la boca de que la
reunión de tanta gente rindiendo homenaje y manifestando pesar por alguien a
quien tanto aborrecían y despreciaban en vida era algo grotesco y cómico. Su
boca comenzó a reír y las carcajadas profanaron el dolor de su esposa ante la
muerte de la madre. Su mujer lo abandonó.
El señor M sufrió lo indecible, la tristeza más profunda
lo invadió. ¡Enloqueció! Sometió a su ojo izquierdo a un exhaustivo juicio, y
el ojo fue encontrado culpable y ejecutado. Desde entonces la alegría lo
abandonó.
Ante esta extraña muestra de amor, la señora M regresó.
Con el retorno de su mujer le volvió la alegría, pero no
la pudo manifestar. Su ojo derecho, ya sin competencia, dominó a la boca, los
pómulos se tensaron y el entrecejo se quebró en un profundo surco. Solo
palabras de desaliento escapaban de sus labios, que se negaban a expresar sentimientos
verdaderos.
La señora M cayó en la depresión: le era imposible
convivir con alguien así. Los amigos ya no lo visitaban o lo hacían muy de
tarde en tarde. La tristeza emanada de la figura del señor M era aplastante;
realmente solo se acercaban a él quienes aún le tenían lástima.
Pasó el tiempo y la señora M ya no pudo seguir quedándose
a su lado; hasta trató de quitarse la vida. Por consejo de su psicólogo se fue
de la casa. El señor M volvió a enloquecer y su ojo derecho fue enjuiciado y
ejecutado.
Con la ejecución de sus ojos, el hombre más alegre y triste a un mismo tiempo que pisara la tierra jamás, aquel dueño de un caudal incontrolable de emociones, perdió toda expresión y su rostro se volvió una indiferente máscara de cera.

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