Katrien Verheecke
La luz del
auditorio parpadea. Manuel Ya Dale baja las escaleras con una sonrisa afable y
se dirige al atril situado frente a la pantalla que ocupa todo el ancho de la
sala. Sus estudiantes desprenden un olor a hormonas juveniles y actos
irreflexivos. Le gusta acariciar la idea de que él es solo una versión un poco
mayor y más instruida de ellos. Aunque con mejor olor corporal, eso sí. También
hoy sabe perfectamente cómo despertar su atención y admiración. Más aún: hoy
será el momento culminante del semestre.
—Buenas tardes. Volvamos a la
última parte del capítulo sobre arte preatuviano, donde nos quedamos la semana
pasada.
Los estudiantes activan sus lentes
intracraneales. Al mismo tiempo, Manuel enciende la pantalla que tiene detrás
para que todos vean lo mismo. La imagen se interrumpe durante unos segundos.
Sin duda es una consecuencia de la tormenta de plasma que lleva una semana
causando estragos. A Manuel no le gustan las demoras. Envía de inmediato un
aviso al equipo de mantenimiento. Entretanto, todos los estudiantes se han
conectado.
—Quiero compartir algo más con
ustedes sobre el objeto número quince de la excavación Verhaeghe.
En todas las pantallas aparece el
holograma de un disco gris, lleno de incisiones, sobre el que aparentemente no
hay nada que decir.
—En primer lugar, ¿qué es este
artefacto? ¿Qué ven? Atención: la pregunta es más sencilla que la respuesta. En
segundo lugar, ¿qué creen que sus creadores querían expresar con él? ¿Cuál es
su mensaje?
Se levantan algunas manos. Siempre
los mismos estudiantes aplicados. Manuel hace un vago gesto de asentimiento
hacia uno de ellos.
Un muchacho pecoso toma la palabra.
—Es claramente un objeto ritual de
su culto solar. En la época preatuviana se veía al sol como un amigo, una
fuente inagotable de energía que hacía crecer todo. Eso también se aprecia en
este disco: el sol ocupa el centro, estilizado y, sin embargo, muy poderoso.
Está claro que su creador sabía lo que hacía.
El estudiante se ruboriza después
de su apresurada explicación.
—Mmm, ¿y… el mensaje?
Ahora el muchacho parece algo
inseguro, pero, por supuesto, no puede dejar que se note.
—Eh… Si yo fuera el sacerdote
artesano que creó esta obra, probablemente habría querido ganarme el favor del
dios del sol. La usaría en ceremonias litúrgicas. Quizá incluso junto con un
sacrificio. ¿Se encontraron rastros de sangre, profesor?
Manuel asiente amablemente e ignora
la pregunta.
—Observen también que la arcilla no
está cocida. ¿A qué podría deberse?
De nuevo se levantan algunas manos.
Una muchacha menuda y delgada toma la palabra.
—No tuvieron tiempo debido a los
Grandes Disturbios. Hay muy pocos hallazgos de esta época que no hayan sido
destruidos por saqueadores o catástrofes climáticas. Nuestra suerte, profesor,
es que el disco permaneció oculto en un túmulo olvidado hasta que Verhaeghe y
su equipo encontraron la entrada.
Está claramente satisfecha de poder
mencionar ese último dato.
Manuel sonríe con benevolencia.
—Encontrar la compuerta y abrirla
fue toda una proeza de Verhaeghe, eso es cierto. Gracias a él sabemos que la
decadencia comenzó antes de lo que creíamos hasta ahora. Ya antes de las
grandes catástrofes climáticas había señales de que algo andaba profundamente
mal. Además, estamos a punto de lograr un avance decisivo en el desciframiento
de su escritura. Por el momento, solo podemos hacer conjeturas sobre el
significado de los símbolos del borde, pero no cabe duda de que este hallazgo
es de la mayor importancia.
Se levanta otra mano. Una muchacha
de mirada vivaz abre la boca.
—Con todo respeto, profesor, ¿no
debería haber otras posibilidades? ¿No es demasiado simplista atribuirles
siempre a los artefactos un significado religioso o relacionado con la
fertilidad? Como si aquellos preatuvianos no hubieran sido personas que también
se ocupaban de otras cosas.
Manuel sonríe, ahora con
sinceridad. Siempre le alegra que alguien esté despierto.
—¿Es así? —dice—. Bueno, echemos un
vistazo…
Introduce el protocolo secreto para
activar el regulador de frecuencia. Un suspiro expectante recorre el auditorio.
Manuel oye los murmullos emocionados. ¿De verdad va a…? La computadora verifica
su último código. Manuel mantiene su aire despreocupado, pero incluso él espera
con entusiasmo este momento. Es excepcional que le hayan concedido
autorización, dado el elevadísimo consumo de energía. Las luces del auditorio
se atenúan mientras la pantalla se ilumina. Con un suave zumbido, el portal
dimensional unidireccional se abre para ofrecerles una visión única del pasado.
No hay nada más
hermoso que un sol radiante en pleno invierno, piensa Angelos. Sus dedos están
opacos y teñidos de un marrón amarillento por el polvo de arcilla que ha
raspado. Bajo las uñas se acumulan gruesas franjas de suciedad. Sin darse
cuenta, se deja manchas en el rostro cada vez que se aparta el cabello rubio.
Su aspecto es la menor de sus preocupaciones en este momento. Dicen que se
parece a su padre, un hombre que cautiva a todos con su rostro angelical y su
apariencia refinada. Será cierto. El raspado de su cuchillito resuena en aquel
lugar silencioso detrás de la colina. Allí no lo encontrarán enseguida, aunque
solo es cuestión de tiempo. Por ahora disfruta de la tranquilidad y se
concentra en la nariz del avión que aparece en su tablilla de arcilla. Vuela
sobre un mar infinito –las olas fueron fáciles– y, por supuesto, está el sol.
Siempre está el sol. Extraña su papel caro y las acuarelas con las que puede
crear paisajes de ensueño, mucho mejor que con esas herramientas toscas y un
bloque de arcilla del río. Si es completamente sincero, extraña sus cosas más
que a las personas de su casa.
—Eh, boludo, aquí escondiste tu
trasero pálido.
Angelos suspira. Hasta ahí llegó la
tranquilidad. Deja la tablilla de arcilla sobre las rodillas y mira con
indiferencia a su acosador. Eso lo aprendió de su padre. («Mírales las cejas.
Es lo que más los irrita»).
—Nos falta un portero y pensé
enseguida en ti.
Dimitri sonríe con malicia. Sabe
que Angelos odia el fútbol: una diversión para el pueblo, no una afición para
un soñador como él.
—Atrápala, boludo.
Dimitri le lanza la pelota
directamente a la cabeza. Angelos no puede impedir que se le escape un «ay»
indignado. Después, la pelota sigue rebotando cuesta abajo y se mete entre los
arbustos.
—¡Vamos! Ve a buscarla. No vamos a
quedarnos esperando.
Dimitri está plantado frente a él,
con las piernas separadas. Su sombra cae amenazante sobre el otro muchacho. Ya
se hace crujir los nudillos, a la espera de alguna señal de protesta. Un
suspiro: eso es todo lo que Angelos se permite. Luego deja la tablilla a un
lado, se levanta y baja lentamente. ¿Desafiar al otro? Sabe que no le conviene.
Angelos siempre ha tenido que valerse más de las palabras y las imágenes. Los
arbustos forman una maraña espinosa, un entramado de pasadizos oscuros donde se
esconden alimañas peludas de garras afiladas. Se inclina y escudriña la
penumbra. Una forma blanca aparece a menos de dos metros. Puede alcanzarla.
—Date prisa, cobarde.
Dimitri arroja una piedra que pasa
rozando a Angelos. Este vuelve a suspirar. Diez días más. Después podrá
regresar a casa y dejar atrás ese maldito campamento. Siempre que el cabo lo
apruebe, claro. Así que nada de altercados y una conducta irreprochable. Sobre
todo de su parte, siendo hijo de quien es.
Consigue salir de los arbustos con
la pelota y un solo rasguño largo en el brazo. Dimitri ya no lo mira. Algo más
ha captado su atención. Se vuelve con una expresión maligna. Parece un diablo
en el cuerpo de un muchacho de catorce años, con el uniforme tan gris como la
puerta metálica del búnker excavado en la colina que tiene detrás. Los
muchachos del campamento tienen prohibido entrar allí, pero todos se han colado
alguna noche para fumar a escondidas. Todos, salvo Angelos, por supuesto. Quien
carga con los mayores pecados sobre los hombros tiene la mayor responsabilidad
de redimirse.
—¿Tú hiciste esto? —pregunta
Dimitri—. ¿Esta cosa? —Escupe las palabras—. Eres muy descarado.
Resopla como un toro, y Angelos es
el trapo rojo. Angelos se prepara. Mantén los ojos abiertos. No muestres miedo,
se ordena mentalmente. Pero sale bien librado. Dimitri rompe la tablilla de
arcilla secada al sol con un único y tremendo golpe contra su propio muslo. Le
arroja los pedazos a Angelos. Un fragmento le raspa la mejilla. La gota de
sangre sabe a rencor. Solo cuando Dimitri se aleja pisando fuerte y desaparece
detrás de la colina se permite relajarse. Enseguida empieza a temblar de pies a
cabeza. Se maldice: como si hubiera hecho algo malo. Su padre se sentiría
decepcionado; mostrar debilidad es cosa de boludos.
Todos esperan en
fila durante la formación: Ricardo, Jorge, Alfredo… Veinticinco muchachos en
total. El gris de sus uniformes está más desgastado que el cabello del cabo
Reynaldo, que debe de tener por lo menos sesenta años. Oculta sus rodillas
huesudas, pero no los granos de sus caras. Angelos esconde detrás de la espalda
las manos enrojecidas de tanto frotarlas para limpiarlas. Llegó apenas a tiempo
porque tenía la cabeza en su nueva tablilla de arcilla. Los otros muchachos
todavía no la han descubierto. Quizá logre terminar esta. Esta vez solo ha
grabado un gran sol y unas letras: «Los pensamientos son libres». Las personas,
en cambio, harían mejor en mantener la boca cerrada. Solo tres días más; podrá
soportarlo.
Es temprano, pero la luz ya es
intensa. Angelos entrecierra los ojos y orienta ligeramente el rostro hacia el
sol. Si escucha con atención, puede oír la respiración de los muchachos que
tiene al lado. Incluso la del gordo Pete, tres lugares más allá, un muchacho
demasiado asustado para cortar su propia carne en el plato. Pese a su aspecto
poco distinguido, hasta él recibe menos ataques que Angelos. Al fin y al cabo,
su padre era un simple soldado. Después de la Guerra Sucia no sabían qué hacer
con ellos. La mayoría de los niños están allí porque ya no tienen padres.
Angelos no. A él lo han enviado simplemente para apartarlo de los suyos. Para
Reeducarlo. Hace una mueca. Como si fuera necesario.
Cuando consideran satisfactorios su
estado de higiene y su bienestar general, les permiten retirarse para comenzar
el programa diario de clases y deportes. Dimitri le da un empujón en la espalda
al pasar.
—Que tengas un buen día, boludo
—susurra.
Todavía hay certezas en la vida.
El último día está
gris. No importa. El sol siempre vuelve. Angelos cierra los ojos y está junto
al mar. La arena le hace cosquillas entre los dedos de los pies; el viento
salado le enreda el cabello. Se pregunta qué colores debería mezclar para
reproducir las olas con la mayor fidelidad posible.
Entonces recibe un golpe. Dimitri,
sin duda. Su acosador no está solo. Los otros muchachos lo empujan hacia el
cobertizo donde se guardan las herramientas.
—Queríamos despedirnos, boludo.
Dimitri mantiene el rostro serio,
sin sonrisas esta vez, pero Angelos sabe lo que siente el otro. Ira, dolor,
pero sobre todo deseos de venganza. Una venganza abrasadora, ardiente, vestida
de odio. Es la última vez que pueden hacerle daño y se toman esa oportunidad en
serio.
—De rodillas.
Angelos está harto. Aunque sabe que
no debería hacerlo, contradice a Dimitri.
—Mi padre solo hacía su trabajo. Es
una buena persona. Leal y recta.
Si Angelos no hubiera llegado por
sí mismo a esa conclusión, en casa solo habría tenido que escuchar. Su padre lo
proclamaba durante los escasos días en que se tomaba un descanso de sus
obligaciones en el ejército. Momentos que también aprovechaba para inculcarle a
su hijo aquellas nobles cualidades.
—Tu padre arrojaba personas desde
un avión sobre el mar. Después de torturarlas y drogarlas.
Dimitri tiene el rostro encendido.
Le da una patada detrás de las rodillas, obligándolo a arrodillarse.
Entretanto, otro muchacho ha traído un balde y lo coloca frente a él.
—Tu padre es el Ángel de la Muerte.
Lo dicen los periódicos. Pero la historia lo olvidará. Pronto lo matarán y
podrá reunirse con los demás en el infierno. Pero antes tendrá que sentir lo
que significa perder a un familiar.
Ahora Angelos empieza a
inquietarse. Mira directamente a los ojos de su acosador y solo ve
determinación. No es una broma. No le conceden más tiempo. Dimitri asiente y
alguien, detrás de él, le empuja la cabeza hacia abajo, directamente al balde
lleno de agua. Mantén la calma y perderán el interés, pero solo consigue
sostener ese pensamiento durante unos segundos. Lo inmovilizan, se sientan
sobre sus pantorrillas, le atan los brazos alrededor del balde. Ha olvidado
tomar aire y sacude la cabeza desesperadamente de un lado a otro. Los dedos que
le aprietan la nuca solo aumentan la presión. Presa del pánico, inspira. El
agua le causa un dolor intenso en los senos nasales y le provoca arcadas. La
presión en los pulmones aumenta. El uniforme se empapa de agua sucia y de su
orina. No es justo, quiere gritar. Él solo hacía su trabajo. Y yo ni siquiera
estaba allí. Déjenme en paz de una vez. ¿Está llorando? Alguien aparta el balde
de una patada y este le golpea con fuerza las sienes. Los pasos se alejan
mientras el agua se derrama. En su prisa, cierran la puerta del cobertizo con
tanta fuerza que vuelve a abrirse de golpe. Tendido en el suelo embarrado, Angelos
vomita el agua. Tose con tanta violencia que parece que se le desgarraran los
pulmones. Mira los contornos borrosos de la puerta. Todo sigue sombrío y gris.
Si alguna vez sale de allí, jamás volverá a vestirse de gris, se jura.
Aparece una silueta con falda. Una
mujer avanza con cuidado entre los charcos para no ensuciarse los zapatos de
tacón. Incluso después de su estancia en prisión conserva su porte orgulloso.
Sus manos se sienten como seda; la piel es fina y seca.
—Ay, hijo —dice sin emoción—. Aquí
estás. —Lo ayuda a levantarse y le seca el agua de la cabeza. Su madre nunca ha
sabido expresar lo que siente. En lugar de hacerlo, dice—: Algún día valorarán
todo lo que hizo tu padre.
Angelos la sigue hacia afuera. Sus
pertenencias ya están listas junto a la entrada. Sin mirar atrás, sube al
automóvil que lo llevará a casa. A partir de ahora solo pintará. Pueden
quedarse con sus tablillas de arcilla. Cierra los ojos y sueña con exposiciones
internacionales y críticos de arte que lo elogian. Y de pronto la visión es muy
clara: está en una gran sala llena de admiradores que inventan toda clase de
teorías sofisticadas sobre su obra, cuando todo es tan sencillo: calor y luz,
eso es todo lo que necesita.
Katrien Verheecke es una autora e
historiadora belga de habla neerlandesa. Tras cursar estudios de Historia en la
Vrije Universiteit Brussel, comenzó su trayectoria editorial con obras de no
ficción e investigación histórica, destacando el libro coescrito Mechelaars
in woelige tijden (2013), centrado en testimonios de vida durante la
Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, orientó su producción literaria hacia
la ficción especulativa, abarcando relatos de ciencia ficción, fantasía,
suspensión y terror. Es especialmente reconocida por la Woudlandtrilogie
(Trilogía de Woudland), que incluye novelas como In gedachten (2019) y Zeezucht
(2021), así como por la publicación de diversas narraciones cortas en revistas
y antologías del género fantástico.
