domingo, 18 de octubre de 2026

LOS PENSAMIENTOS SON LIBRES

Katrien Verheecke

 

La luz del auditorio parpadea. Manuel Ya Dale baja las escaleras con una sonrisa afable y se dirige al atril situado frente a la pantalla que ocupa todo el ancho de la sala. Sus estudiantes desprenden un olor a hormonas juveniles y actos irreflexivos. Le gusta acariciar la idea de que él es solo una versión un poco mayor y más instruida de ellos. Aunque con mejor olor corporal, eso sí. También hoy sabe perfectamente cómo despertar su atención y admiración. Más aún: hoy será el momento culminante del semestre.

—Buenas tardes. Volvamos a la última parte del capítulo sobre arte preatuviano, donde nos quedamos la semana pasada.

Los estudiantes activan sus lentes intracraneales. Al mismo tiempo, Manuel enciende la pantalla que tiene detrás para que todos vean lo mismo. La imagen se interrumpe durante unos segundos. Sin duda es una consecuencia de la tormenta de plasma que lleva una semana causando estragos. A Manuel no le gustan las demoras. Envía de inmediato un aviso al equipo de mantenimiento. Entretanto, todos los estudiantes se han conectado.

—Quiero compartir algo más con ustedes sobre el objeto número quince de la excavación Verhaeghe.

En todas las pantallas aparece el holograma de un disco gris, lleno de incisiones, sobre el que aparentemente no hay nada que decir.

—En primer lugar, ¿qué es este artefacto? ¿Qué ven? Atención: la pregunta es más sencilla que la respuesta. En segundo lugar, ¿qué creen que sus creadores querían expresar con él? ¿Cuál es su mensaje?

Se levantan algunas manos. Siempre los mismos estudiantes aplicados. Manuel hace un vago gesto de asentimiento hacia uno de ellos.

Un muchacho pecoso toma la palabra.

—Es claramente un objeto ritual de su culto solar. En la época preatuviana se veía al sol como un amigo, una fuente inagotable de energía que hacía crecer todo. Eso también se aprecia en este disco: el sol ocupa el centro, estilizado y, sin embargo, muy poderoso. Está claro que su creador sabía lo que hacía.

El estudiante se ruboriza después de su apresurada explicación.

—Mmm, ¿y… el mensaje?

Ahora el muchacho parece algo inseguro, pero, por supuesto, no puede dejar que se note.

—Eh… Si yo fuera el sacerdote artesano que creó esta obra, probablemente habría querido ganarme el favor del dios del sol. La usaría en ceremonias litúrgicas. Quizá incluso junto con un sacrificio. ¿Se encontraron rastros de sangre, profesor?

Manuel asiente amablemente e ignora la pregunta.

—Observen también que la arcilla no está cocida. ¿A qué podría deberse?

De nuevo se levantan algunas manos. Una muchacha menuda y delgada toma la palabra.

—No tuvieron tiempo debido a los Grandes Disturbios. Hay muy pocos hallazgos de esta época que no hayan sido destruidos por saqueadores o catástrofes climáticas. Nuestra suerte, profesor, es que el disco permaneció oculto en un túmulo olvidado hasta que Verhaeghe y su equipo encontraron la entrada.

Está claramente satisfecha de poder mencionar ese último dato.

Manuel sonríe con benevolencia.

—Encontrar la compuerta y abrirla fue toda una proeza de Verhaeghe, eso es cierto. Gracias a él sabemos que la decadencia comenzó antes de lo que creíamos hasta ahora. Ya antes de las grandes catástrofes climáticas había señales de que algo andaba profundamente mal. Además, estamos a punto de lograr un avance decisivo en el desciframiento de su escritura. Por el momento, solo podemos hacer conjeturas sobre el significado de los símbolos del borde, pero no cabe duda de que este hallazgo es de la mayor importancia.

Se levanta otra mano. Una muchacha de mirada vivaz abre la boca.

—Con todo respeto, profesor, ¿no debería haber otras posibilidades? ¿No es demasiado simplista atribuirles siempre a los artefactos un significado religioso o relacionado con la fertilidad? Como si aquellos preatuvianos no hubieran sido personas que también se ocupaban de otras cosas.

Manuel sonríe, ahora con sinceridad. Siempre le alegra que alguien esté despierto.

—¿Es así? —dice—. Bueno, echemos un vistazo…

Introduce el protocolo secreto para activar el regulador de frecuencia. Un suspiro expectante recorre el auditorio. Manuel oye los murmullos emocionados. ¿De verdad va a…? La computadora verifica su último código. Manuel mantiene su aire despreocupado, pero incluso él espera con entusiasmo este momento. Es excepcional que le hayan concedido autorización, dado el elevadísimo consumo de energía. Las luces del auditorio se atenúan mientras la pantalla se ilumina. Con un suave zumbido, el portal dimensional unidireccional se abre para ofrecerles una visión única del pasado.

 

No hay nada más hermoso que un sol radiante en pleno invierno, piensa Angelos. Sus dedos están opacos y teñidos de un marrón amarillento por el polvo de arcilla que ha raspado. Bajo las uñas se acumulan gruesas franjas de suciedad. Sin darse cuenta, se deja manchas en el rostro cada vez que se aparta el cabello rubio. Su aspecto es la menor de sus preocupaciones en este momento. Dicen que se parece a su padre, un hombre que cautiva a todos con su rostro angelical y su apariencia refinada. Será cierto. El raspado de su cuchillito resuena en aquel lugar silencioso detrás de la colina. Allí no lo encontrarán enseguida, aunque solo es cuestión de tiempo. Por ahora disfruta de la tranquilidad y se concentra en la nariz del avión que aparece en su tablilla de arcilla. Vuela sobre un mar infinito –las olas fueron fáciles– y, por supuesto, está el sol. Siempre está el sol. Extraña su papel caro y las acuarelas con las que puede crear paisajes de ensueño, mucho mejor que con esas herramientas toscas y un bloque de arcilla del río. Si es completamente sincero, extraña sus cosas más que a las personas de su casa.

—Eh, boludo, aquí escondiste tu trasero pálido.

Angelos suspira. Hasta ahí llegó la tranquilidad. Deja la tablilla de arcilla sobre las rodillas y mira con indiferencia a su acosador. Eso lo aprendió de su padre. («Mírales las cejas. Es lo que más los irrita»).

—Nos falta un portero y pensé enseguida en ti.

Dimitri sonríe con malicia. Sabe que Angelos odia el fútbol: una diversión para el pueblo, no una afición para un soñador como él.

—Atrápala, boludo.

Dimitri le lanza la pelota directamente a la cabeza. Angelos no puede impedir que se le escape un «ay» indignado. Después, la pelota sigue rebotando cuesta abajo y se mete entre los arbustos.

—¡Vamos! Ve a buscarla. No vamos a quedarnos esperando.

Dimitri está plantado frente a él, con las piernas separadas. Su sombra cae amenazante sobre el otro muchacho. Ya se hace crujir los nudillos, a la espera de alguna señal de protesta. Un suspiro: eso es todo lo que Angelos se permite. Luego deja la tablilla a un lado, se levanta y baja lentamente. ¿Desafiar al otro? Sabe que no le conviene. Angelos siempre ha tenido que valerse más de las palabras y las imágenes. Los arbustos forman una maraña espinosa, un entramado de pasadizos oscuros donde se esconden alimañas peludas de garras afiladas. Se inclina y escudriña la penumbra. Una forma blanca aparece a menos de dos metros. Puede alcanzarla.

—Date prisa, cobarde.

Dimitri arroja una piedra que pasa rozando a Angelos. Este vuelve a suspirar. Diez días más. Después podrá regresar a casa y dejar atrás ese maldito campamento. Siempre que el cabo lo apruebe, claro. Así que nada de altercados y una conducta irreprochable. Sobre todo de su parte, siendo hijo de quien es.

Consigue salir de los arbustos con la pelota y un solo rasguño largo en el brazo. Dimitri ya no lo mira. Algo más ha captado su atención. Se vuelve con una expresión maligna. Parece un diablo en el cuerpo de un muchacho de catorce años, con el uniforme tan gris como la puerta metálica del búnker excavado en la colina que tiene detrás. Los muchachos del campamento tienen prohibido entrar allí, pero todos se han colado alguna noche para fumar a escondidas. Todos, salvo Angelos, por supuesto. Quien carga con los mayores pecados sobre los hombros tiene la mayor responsabilidad de redimirse.

—¿Tú hiciste esto? —pregunta Dimitri—. ¿Esta cosa? —Escupe las palabras—. Eres  muy descarado.

Resopla como un toro, y Angelos es el trapo rojo. Angelos se prepara. Mantén los ojos abiertos. No muestres miedo, se ordena mentalmente. Pero sale bien librado. Dimitri rompe la tablilla de arcilla secada al sol con un único y tremendo golpe contra su propio muslo. Le arroja los pedazos a Angelos. Un fragmento le raspa la mejilla. La gota de sangre sabe a rencor. Solo cuando Dimitri se aleja pisando fuerte y desaparece detrás de la colina se permite relajarse. Enseguida empieza a temblar de pies a cabeza. Se maldice: como si hubiera hecho algo malo. Su padre se sentiría decepcionado; mostrar debilidad es cosa de boludos.

 

Todos esperan en fila durante la formación: Ricardo, Jorge, Alfredo… Veinticinco muchachos en total. El gris de sus uniformes está más desgastado que el cabello del cabo Reynaldo, que debe de tener por lo menos sesenta años. Oculta sus rodillas huesudas, pero no los granos de sus caras. Angelos esconde detrás de la espalda las manos enrojecidas de tanto frotarlas para limpiarlas. Llegó apenas a tiempo porque tenía la cabeza en su nueva tablilla de arcilla. Los otros muchachos todavía no la han descubierto. Quizá logre terminar esta. Esta vez solo ha grabado un gran sol y unas letras: «Los pensamientos son libres». Las personas, en cambio, harían mejor en mantener la boca cerrada. Solo tres días más; podrá soportarlo.

Es temprano, pero la luz ya es intensa. Angelos entrecierra los ojos y orienta ligeramente el rostro hacia el sol. Si escucha con atención, puede oír la respiración de los muchachos que tiene al lado. Incluso la del gordo Pete, tres lugares más allá, un muchacho demasiado asustado para cortar su propia carne en el plato. Pese a su aspecto poco distinguido, hasta él recibe menos ataques que Angelos. Al fin y al cabo, su padre era un simple soldado. Después de la Guerra Sucia no sabían qué hacer con ellos. La mayoría de los niños están allí porque ya no tienen padres. Angelos no. A él lo han enviado simplemente para apartarlo de los suyos. Para Reeducarlo. Hace una mueca. Como si fuera necesario.

Cuando consideran satisfactorios su estado de higiene y su bienestar general, les permiten retirarse para comenzar el programa diario de clases y deportes. Dimitri le da un empujón en la espalda al pasar.

—Que tengas un buen día, boludo —susurra.

Todavía hay certezas en la vida.

 

El último día está gris. No importa. El sol siempre vuelve. Angelos cierra los ojos y está junto al mar. La arena le hace cosquillas entre los dedos de los pies; el viento salado le enreda el cabello. Se pregunta qué colores debería mezclar para reproducir las olas con la mayor fidelidad posible.

Entonces recibe un golpe. Dimitri, sin duda. Su acosador no está solo. Los otros muchachos lo empujan hacia el cobertizo donde se guardan las herramientas.

—Queríamos despedirnos, boludo.

Dimitri mantiene el rostro serio, sin sonrisas esta vez, pero Angelos sabe lo que siente el otro. Ira, dolor, pero sobre todo deseos de venganza. Una venganza abrasadora, ardiente, vestida de odio. Es la última vez que pueden hacerle daño y se toman esa oportunidad en serio.

—De rodillas.

Angelos está harto. Aunque sabe que no debería hacerlo, contradice a Dimitri.

—Mi padre solo hacía su trabajo. Es una buena persona. Leal y recta.

Si Angelos no hubiera llegado por sí mismo a esa conclusión, en casa solo habría tenido que escuchar. Su padre lo proclamaba durante los escasos días en que se tomaba un descanso de sus obligaciones en el ejército. Momentos que también aprovechaba para inculcarle a su hijo aquellas nobles cualidades.

—Tu padre arrojaba personas desde un avión sobre el mar. Después de torturarlas y drogarlas.

Dimitri tiene el rostro encendido. Le da una patada detrás de las rodillas, obligándolo a arrodillarse. Entretanto, otro muchacho ha traído un balde y lo coloca frente a él.

—Tu padre es el Ángel de la Muerte. Lo dicen los periódicos. Pero la historia lo olvidará. Pronto lo matarán y podrá reunirse con los demás en el infierno. Pero antes tendrá que sentir lo que significa perder a un familiar.

Ahora Angelos empieza a inquietarse. Mira directamente a los ojos de su acosador y solo ve determinación. No es una broma. No le conceden más tiempo. Dimitri asiente y alguien, detrás de él, le empuja la cabeza hacia abajo, directamente al balde lleno de agua. Mantén la calma y perderán el interés, pero solo consigue sostener ese pensamiento durante unos segundos. Lo inmovilizan, se sientan sobre sus pantorrillas, le atan los brazos alrededor del balde. Ha olvidado tomar aire y sacude la cabeza desesperadamente de un lado a otro. Los dedos que le aprietan la nuca solo aumentan la presión. Presa del pánico, inspira. El agua le causa un dolor intenso en los senos nasales y le provoca arcadas. La presión en los pulmones aumenta. El uniforme se empapa de agua sucia y de su orina. No es justo, quiere gritar. Él solo hacía su trabajo. Y yo ni siquiera estaba allí. Déjenme en paz de una vez. ¿Está llorando? Alguien aparta el balde de una patada y este le golpea con fuerza las sienes. Los pasos se alejan mientras el agua se derrama. En su prisa, cierran la puerta del cobertizo con tanta fuerza que vuelve a abrirse de golpe. Tendido en el suelo embarrado, Angelos vomita el agua. Tose con tanta violencia que parece que se le desgarraran los pulmones. Mira los contornos borrosos de la puerta. Todo sigue sombrío y gris. Si alguna vez sale de allí, jamás volverá a vestirse de gris, se jura.

Aparece una silueta con falda. Una mujer avanza con cuidado entre los charcos para no ensuciarse los zapatos de tacón. Incluso después de su estancia en prisión conserva su porte orgulloso. Sus manos se sienten como seda; la piel es fina y seca.

—Ay, hijo —dice sin emoción—. Aquí estás. —Lo ayuda a levantarse y le seca el agua de la cabeza. Su madre nunca ha sabido expresar lo que siente. En lugar de hacerlo, dice—: Algún día valorarán todo lo que hizo tu padre.

Angelos la sigue hacia afuera. Sus pertenencias ya están listas junto a la entrada. Sin mirar atrás, sube al automóvil que lo llevará a casa. A partir de ahora solo pintará. Pueden quedarse con sus tablillas de arcilla. Cierra los ojos y sueña con exposiciones internacionales y críticos de arte que lo elogian. Y de pronto la visión es muy clara: está en una gran sala llena de admiradores que inventan toda clase de teorías sofisticadas sobre su obra, cuando todo es tan sencillo: calor y luz, eso es todo lo que necesita.

Katrien Verheecke es una autora e historiadora belga de habla neerlandesa. Tras cursar estudios de Historia en la Vrije Universiteit Brussel, comenzó su trayectoria editorial con obras de no ficción e investigación histórica, destacando el libro coescrito Mechelaars in woelige tijden (2013), centrado en testimonios de vida durante la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, orientó su producción literaria hacia la ficción especulativa, abarcando relatos de ciencia ficción, fantasía, suspensión y terror. Es especialmente reconocida por la Woudlandtrilogie (Trilogía de Woudland), que incluye novelas como In gedachten (2019) y Zeezucht (2021), así como por la publicación de diversas narraciones cortas en revistas y antologías del género fantástico.

 

 


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