domingo, 18 de octubre de 2026

LA PALOMA NEGRA

Luciano Doti

 

La tarde de un lunes cualquiera, Claudio sale a caminar. Recorre algunas calles conocidas para él y se pierde en un entramado. Luego de dar vueltas, giros y contragiros, llega a una plaza. Esta se encuentra desierta, entonces se sienta en un banco y el frío comienza a helarle la sangre. Así que decide tomar alguna bebida de alta graduación alcohólica. Casi sin pensar, se desplaza por una de las arterias de ese barrio, que no vale la pena identificar, sobre todo teniendo en cuenta lo que va a suceder después. La cuestión es que, al llegar a la puerta de un bar del cual no tiene conocimiento previo, ingresa, se sienta en una mesa junto a la ventana y pide una bebida espirituosa: ginebra, para mayor precisión. Después de un rato, mientras bebe a sorbos ese veneno, su cuerpo entra en calor y él queda en un estado de ensoñación. Unos ruidos le llaman la atención. Es una paloma negra que utiliza el pico como una herramienta para embestir insistentemente contra el vidrio de la ventana. Luego echa a volar y la mente de Claudio vuela con ella. En un instante se encuentra conduciendo una lancha. Ahora no se trata de un entramado de calles, sino de ríos, pero otra vez está perdido. El lugar es algo así como el delta del río Paraná, solo que los cursos que recorre se llaman Flegetonte, Cocito y Aqueronte. En lo alto, en vuelo triunfal, lo guía la paloma negra, y él la sigue hasta el final. La paloma se posa sobre la rama de un ceibo en una isla y con el pico señala hacia abajo. Claudio amarra la embarcación en la orilla y salta a tierra firme. Al caer, sus pies se hunden en el lodo. Luego enciende una fogata porque el sol está en su ocaso y la noche avanza. Después se sienta bajo la atenta mirada de la paloma. Cuando la oscuridad ya le ganó al día y solo el fuego, único punto de referencia, brilla en el sitio, hace su aparición un espectro. Este le indica a Claudio que debe hacer una ofrenda a su líder. La ofrenda consiste en cavar un pozo y arrojar en él, primero, leche y miel; después, vino, y, para terminar, agua y harina. Luego debe sacrificar a la paloma negra y ofrecer su sangre a los espectros para que se materialicen. Uno de ellos se acerca a Claudio. Este duda durante un instante si ofrecerle o no la sangre. Finalmente, extiende el brazo y el espectro bebe. Luego de materializarse, habla:

—En esta isla vagamos los insepultos, condenados a deambular por aquí eternamente hasta que alguien se apiade de nosotros —dice. Claudio cree reconocer esa voz, pero lo deja continuar su relato sin interrumpirlo—. Hace pocos años que abandoné el mundo en el que aún habitas, aunque a mí me parece un largo período. Fui amigo tuyo en la infancia; por eso te pido que busques mis huesos en el lugar que te indicaré y les des sepultura. Solo así podré cruzar a la otra orilla y continuar mi viaje hacia el Hades.

En la otra orilla, repite mentalmente Claudio, como un eco de la voz del espectro. Después deja por un momento a su fantasmagórico amigo y se acerca a la costa. A poca distancia divisa una embarcación conducida por un viejo. Cuando Claudio llega junto a él, el anciano, ataviado con un andrajoso manto, se apea para que su pasajero pueda subir. Luego dice:

—Mi nombre es Caronte. Me envían para que te muestre la isla de los muertos. Esta noche te será revelada la verdad. Siempre te has preguntado por estas cosas y no encontrabas el modo de averiguarlas. Hoy has abierto la puerta.

El viejo comienza a remar. Claudio acepta en silencio el derrotero propuesto por ese desconocido. Cuando por fin llegan a la otra orilla, el viejo le indica con un ademán del brazo derecho que descienda. Claudio obedece y camina hacia el interior de la isla.

Silencio. Se siente observado, pero ¿por quién? Allí no hay nadie. Nadie que sea perceptible a sus sentidos; todos ellos, tan terrenales, le resultan inútiles en ese lugar. El aire es tibio; el cielo, negro, está decorado con pequeños brillos de metal. Está solo, pero se trata de una soledad que se siente, que casi se puede tocar. Se da cuenta de que ha alcanzado un estado diferente, algo desconocido para él. Recuerda lo que le ha dicho el viejo que lo llevó hasta allí: “Esta noche te será revelada la verdad”. El miedo inicial deja paso a una curiosidad voraz. Se sorprende a sí mismo cuando se ve avanzando. Un grupo de árboles frondosos le bloquea el panorama, pero él continúa su recorrido. Ya está cerca de conocerlo todo: detrás de ese cordón de árboles se encuentra la verdad. Se introduce entre ellos. Una rama le roza el hombro.

—Señor, se quedó dormido. Tenemos que cerrar —dice el mozo del bar, palmeándole el hombro.

Claudio abona la cuenta y se va. Está tan ebrio que no reconoce el camino que toma. Además, el sueño que tuvo le ha causado todavía más confusión. No puede distinguir lo soñado de lo real. Pero ¿y si no fue un simple sueño? ¿Y si se trató de un mensaje revelador? Uno se pasa la vida soñando, pero algunos de esos sueños se pueden sentir. Es una sensación como la que Claudio experimentó en la isla de los muertos, un sexto sentido que se activa por desdoblamiento.

Cuando Claudio me contó esto, fuimos juntos a ese barrio, que no vale la pena identificar. Habíamos llegado a la conclusión de que en aquel bar se encontraba la puerta hacia otra dimensión. Sin embargo, por más que dimos vueltas, giros y contragiros por ese entramado de calles, no pudimos hallarlo. En un momento, Claudio creyó reconocer el local. Preguntamos, pero nos dijeron que allí jamás había funcionado un bar.

Luciano Doti (Buenos Aires, 1977). Ha publicado cuentos, microficciones y poemas en varias revistas como Qu, NM, 27, Penumbria, Insomnia, Tiempos Oscuros y miNatura, y en antologías de Pelos de Punta, De los Cuatro Vientos, Dunken, Desde la Gente, Mis Escritos y Ediciones Irreverentes. Obtuvo los premios Kapasulino a la Inspiración 2009, otorgado por un taller literario, Sexto Continente de Relato 2011, por una audición de Radio Exterior de España, Microrrelato de Miedo 2013, por un grupo de estudiantes de la Universidad de Navarra y los segundos premios de microrrelato Mis Escritos 2014 y Guka 2015, esta última es una revista auspiciada por la Biblioteca Nacional Argentina.

 

 

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