Luciano Doti
La tarde de un lunes
cualquiera, Claudio sale a caminar. Recorre algunas calles conocidas para él y
se pierde en un entramado. Luego de dar vueltas, giros y contragiros, llega a
una plaza. Esta se encuentra desierta, entonces se sienta en un banco y el frío
comienza a helarle la sangre. Así que decide tomar alguna bebida de alta
graduación alcohólica. Casi sin pensar, se desplaza por una de las arterias de
ese barrio, que no vale la pena identificar, sobre todo teniendo en cuenta lo
que va a suceder después. La cuestión es que, al llegar a la puerta de un bar
del cual no tiene conocimiento previo, ingresa, se sienta en una mesa junto a
la ventana y pide una bebida espirituosa: ginebra, para mayor precisión.
Después de un rato, mientras bebe a sorbos ese veneno, su cuerpo entra en calor
y él queda en un estado de ensoñación. Unos ruidos le llaman la atención. Es
una paloma negra que utiliza el pico como una herramienta para embestir
insistentemente contra el vidrio de la ventana. Luego echa a volar y la mente
de Claudio vuela con ella. En un instante se encuentra conduciendo una lancha.
Ahora no se trata de un entramado de calles, sino de ríos, pero otra vez está
perdido. El lugar es algo así como el delta del río Paraná, solo que los cursos
que recorre se llaman Flegetonte, Cocito y Aqueronte. En lo alto, en vuelo
triunfal, lo guía la paloma negra, y él la sigue hasta el final. La paloma se
posa sobre la rama de un ceibo en una isla y con el pico señala hacia abajo.
Claudio amarra la embarcación en la orilla y salta a tierra firme. Al caer, sus
pies se hunden en el lodo. Luego enciende una fogata porque el sol está en su
ocaso y la noche avanza. Después se sienta bajo la atenta mirada de la paloma.
Cuando la oscuridad ya le ganó al día y solo el fuego, único punto de
referencia, brilla en el sitio, hace su aparición un espectro. Este le indica a
Claudio que debe hacer una ofrenda a su líder. La ofrenda consiste en cavar un
pozo y arrojar en él, primero, leche y miel; después, vino, y, para terminar,
agua y harina. Luego debe sacrificar a la paloma negra y ofrecer su sangre a
los espectros para que se materialicen. Uno de ellos se acerca a Claudio. Este
duda durante un instante si ofrecerle o no la sangre. Finalmente, extiende el
brazo y el espectro bebe. Luego de materializarse, habla:
—En esta isla vagamos los
insepultos, condenados a deambular por aquí eternamente hasta que alguien se
apiade de nosotros —dice. Claudio cree reconocer esa voz, pero lo deja
continuar su relato sin interrumpirlo—. Hace pocos años que abandoné el mundo
en el que aún habitas, aunque a mí me parece un largo período. Fui amigo tuyo
en la infancia; por eso te pido que busques mis huesos en el lugar que te
indicaré y les des sepultura. Solo así podré cruzar a la otra orilla y
continuar mi viaje hacia el Hades.
En la otra orilla, repite
mentalmente Claudio, como un eco de la voz del espectro. Después deja por un
momento a su fantasmagórico amigo y se acerca a la costa. A poca distancia
divisa una embarcación conducida por un viejo. Cuando Claudio llega junto a él,
el anciano, ataviado con un andrajoso manto, se apea para que su pasajero pueda
subir. Luego dice:
—Mi nombre es Caronte. Me
envían para que te muestre la isla de los muertos. Esta noche te será revelada
la verdad. Siempre te has preguntado por estas cosas y no encontrabas el modo
de averiguarlas. Hoy has abierto la puerta.
El viejo comienza a remar.
Claudio acepta en silencio el derrotero propuesto por ese desconocido. Cuando
por fin llegan a la otra orilla, el viejo le indica con un ademán del brazo
derecho que descienda. Claudio obedece y camina hacia el interior de la isla.
Silencio. Se siente
observado, pero ¿por quién? Allí no hay nadie. Nadie que sea perceptible a sus
sentidos; todos ellos, tan terrenales, le resultan inútiles en ese lugar. El
aire es tibio; el cielo, negro, está decorado con pequeños brillos de metal. Está
solo, pero se trata de una soledad que se siente, que casi se puede tocar. Se
da cuenta de que ha alcanzado un estado diferente, algo desconocido para él.
Recuerda lo que le ha dicho el viejo que lo llevó hasta allí: “Esta noche te
será revelada la verdad”. El miedo inicial deja paso a una curiosidad voraz. Se
sorprende a sí mismo cuando se ve avanzando. Un grupo de árboles frondosos le
bloquea el panorama, pero él continúa su recorrido. Ya está cerca de conocerlo
todo: detrás de ese cordón de árboles se encuentra la verdad. Se introduce
entre ellos. Una rama le roza el hombro.
—Señor, se quedó dormido.
Tenemos que cerrar —dice el mozo del bar, palmeándole el hombro.
Claudio abona la cuenta y se
va. Está tan ebrio que no reconoce el camino que toma. Además, el sueño que
tuvo le ha causado todavía más confusión. No puede distinguir lo soñado de lo
real. Pero ¿y si no fue un simple sueño? ¿Y si se trató de un mensaje revelador?
Uno se pasa la vida soñando, pero algunos de esos sueños se pueden sentir. Es
una sensación como la que Claudio experimentó en la isla de los muertos, un
sexto sentido que se activa por desdoblamiento.
Cuando Claudio me contó esto, fuimos juntos a ese barrio, que no vale la pena identificar. Habíamos llegado a la conclusión de que en aquel bar se encontraba la puerta hacia otra dimensión. Sin embargo, por más que dimos vueltas, giros y contragiros por ese entramado de calles, no pudimos hallarlo. En un momento, Claudio creyó reconocer el local. Preguntamos, pero nos dijeron que allí jamás había funcionado un bar.

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