Connie Tapia Monroy
El movimiento ocular se torna
intenso. Los ojos se mueven rápidamente. Los abre, la pupila se dilata.
Zumbido. Acercamiento a los surcos de la retina. Zumbido. Alejamiento. El ojo
palpita rápidamente. Se aproxima. Vuelve. Recostada sobre el suelo, en la esquina
vacía de la habitación, inconsciente, cansada de su traje blanco, de los pies
descalzos.
Susurros
bordean su mente. Imágenes vuelan sobre ella como buitres hambrientos. Entorno
blanco. Silencio. Paredes antirruido.
En una
esquina, la respiración se vuelve agitada, irregular. La frecuencia cardíaca se
descontrola, cambia la temperatura de su cuerpo, se activan los controladores
REM.
«De nuevo ese
olor a medicamento. Siento la boca seca. Mi cabeza. No puedo moverme. Mis
brazos están dormidos. Trato de mirar alrededor. Maldición, aún estoy en esta
habitación. ¿Cuándo saldré de aquí? ¡Mierda! Este blanco intenso me vuelve
loco. Siento cómo la saliva de mi boca moja el piso. No reacciono. No puedo
moverme».
Los ojos de
Sara se dilatan. Sube la temperatura corporal. Las convulsiones se apoderan de
su cuerpo. Una extraña espuma negra sale de la boca. Sigue agitándose. Intenta
cerrar los ojos, no puede. Nuevamente el silencio. Cae inconsciente.
Las
enfermeras entran en la habitación con equipos de reanimación. Choque eléctrico
directo en el corazón. «Una vez más», dice el médico, mientras los ojos de Sara
siguen abiertos, con el inconsciente perdido en el espacio. Nuevamente, un
choque de corriente continúa sobre el cuerpo. Casi vuelve. Su alma flotando en
la habitación, intentando retornar. El cuerpo la rechaza. Reacción eléctrica.
Regresa.
Mueve
nerviosamente el cursor de su computadora sobre una línea ondulada, es apenas
una luz trémula junto al reflector. Descompone la luz en todos sus colores.
Reproduce el espectro de banda con líneas oscuras en común, como un código de
barras.
Sara Jermyn
es una estudiante de astronomía. Pasa las noches detrás de un telescopio, en el
observatorio La Silla, donde comparte su soledad con el desierto montañoso.
Desde pequeña, el universo desconocido acaparaba toda su atención, lo que la
llevó a buscar en cada estrella la realidad de los párrafos de Olaf Stapledon.
Al inicio de su carrera, su madre no estaba de acuerdo con la decisión que
había tomado, pero su insistencia, mezclada con una dosis de pasión
incontrolada, no la detuvo. Y ahí estaba, impaciente. La noche ha sido difícil,
la bruma ha manchado la visión de los telescopios y los computadores solo
captan un débil punto de luz que aparece sobre la pantalla.
Mide la longitud
de onda. Se apresura. Mira
con detención los resultados. Teclea rápidamente los códigos, apareciendo uno a
uno en la pantalla. La superficie lunar siempre ha captado su interés, desde
que su padre le obsequió su primer telescopio. A pesar de tener un mar de estrellas
y galaxias a su disposición, la Luna siempre ha captado su atención; de cierta
forma, le tranquiliza. Y esta noche la necesitaba. Recuerda su niñez. Entonces
tenía diez años de edad, y aquel satélite la hipnotizaba por largas horas. Una
extraña conexión. La Luna, su padre, la nostalgia. «Papi, y si allá hay alguien
como yo observándome, ¿no sería genial?».
Ahora era
distinto. Aún no estaba segura de lo que había captado. La luminosidad se va
identificando dentro de su ordenador. Vuelve a mirar la computadora, con duda.
Se detiene, toma su mentón, escribe algunos garabatos, busca y observa por el
telescopio. Lo gradúa, se gira con la silla una y otra vez, medita. Sus manos
transpiran, moja sus labios. No puede creer lo que está viendo, al fin lo ha
encontrado y está sola. No tiene con quién celebrar, gritar, saltar, llorar de
alegría, abrazar. Piensa en su padre nuevamente. Ahí, frente a sus ojos, la
luminosidad posada como una esfera esperando que Sara la recoja.
Sus ojos se
llenaron de lágrimas, no podía creer lo que veía. De pronto, un rayo azulado
entró por el telescopio.
Sorath sacude
su anatomía. Tiembla, perplejo, mirando el rayo azulado que atraviesa el espejo
ovoide. Busca en el entorno. Ninguna luz proviene del exterior. Examina, nada
puede provocar ese extraño reflejo. La retina del glóbulo ocular comienza a
palpitar.
Inmóvil. La
luz se mueve de un extremo a otro en el espejo: brilla, se apaga, parpadea,
cambia a tonos, pasa de un azul a un violeta intenso. Encandila la mirada
atónita de Sorath, quien sigue observando la escena.
Los colores
se mezclan en el vidrio, transformándose como en una suerte de proyector, una
pantalla de televisor de mala calidad. Las imágenes mostraban a Sara de niña
jugando con muñecas, en su primer día de clases, cayendo a un gran charco de
agua barrosa, el primer beso, una mirada en el salón de la universidad,
llorando, el funeral de su padre, abrazando a su madre, fumando en las afueras
del observatorio, deslizando la tarjeta magnética en la puerta de hierro. La
película se difumina poco a poco frente a él, mientras su mirada se cruza con
los ojos encandilados de Sara.
Reacción.
Se desmaya,
cayendo bruscamente sobre el piso del observatorio.
Al día
siguiente, la encontró su colega en el cambio de turno. Una espuma azul, casi
negra, salía de la boca de Sara. La trasladaron de urgencia al centro
hospitalario más cercano. Pasó varios días en estado de coma, luchando contra
la muerte.
«Siento un
gran dolor de cabeza. Ese olor. Qué desagradable olor a químicos. No siento mis
brazos, mis piernas. No puedo moverme. Sed, ¡tengo mucha sed!».
Rastrea con
la mirada la habitación en busca de un vaso con agua. No lo encuentra. No hay
camas, ni sillas, solo ella como un ser inerte en una de las esquinas de la
habitación blanca.
«¿Dónde
estoy?», se pregunta, tratando de luchar contra su parálisis temporal. Después
de varios minutos, el efecto de las drogas disminuye. Sara logra pararse,
tambalea. Casi no tiene fuerzas. Trata de avanzar, lo hace con dificultad. Mira
sus pies, como si mentalmente les diera órdenes, uno a uno, para poder caminar.
Confundida.
Sus recuerdos
son confusos. Intenta darles una lógica y sentido, pero no lo logra. Mira a su
alrededor. No hay puertas, ni ventanas, solo la ampolleta que parpadea y oscila
de un lado para otro. Desesperada, palpa las paredes acolchadas. Bordea con sus
dedos las esquinas, los límites de aquel cuarto. No tiene fuerzas. Grita,
llora, golpea con la poca fuerza que le queda el piso de aquel infierno blanco.
Rendida por el fracaso, cae desplomada en un rincón. Oculta su rostro húmedo
entre sus manos.
—Es inútil
que escapes, me has encontrado y yo no quiero regresar a ese frío lugar.
—¿Sorath? Así
te llamas, ¿no? Así lo transmitiste. No… no puedes ser… tú no estás aquí… ¿Qué
eres? ¿Por qué yo? ¡No puedes estar aquí!
Risa
estridente, diabólica, infernal. Se confrontan desafiantes. La mirada de Sara
se pierde en la profundidad de los negros ojos de Sorath. Ella se abalanza
sobre él. Luchan, se golpean con fuerza. Sorath la levanta con sus pútridos
apéndices y la lanza contra la pared. Ella intenta levantarse, con dolor
intenso en su cuerpo. Vuelve a la pelea. Sus puños se incrustan en las carnes
malsanas del ser lunar, primigenio. Aquello se defiende, se adapta a su entorno,
bloquea, no baja la guardia y devuelve el ataque con un gran golpe en el rostro
de Sara, quien cae al suelo, con el cuerpo ensangrentado. La mira hacia el
suelo, triunfante. Un ojo se cruza con otro ojo. Penetra su mirada. Se
incorpora al viaje interno de su pupila. Ella siente miedo, oscuridad. Lucha.
¡Demasiado tarde! Su mirada se dilata, los músculos del cuerpo se contraen y
distienden una y otra vez. Su cuerpo se azota brusca y violentamente contra el
suelo. Cae inconsciente. Su esencia se desvanece y se complementa con la
entidad. La espuma azul, casi negra, sale de su boca.
Los médicos,
al entrar a la habitación, encuentran a la mujer sentada en la esquina. Ella
sonríe, mientras limpia con la mano una gota de sangre que cae desde su boca.
Sara no volverá jamás.
Connie Tapia Monroy (Santiago de
Chile, 1980) es escritora, guionista y gestora cultural radicada en Arica. Su
obra comprende el terror, la ciencia ficción y la literatura fantástica. Ha
publicado, entre otros libros, Viviendo entre Sarracenos, Osario,
Canciones diabólicas y Nabla, riberas del tiempo. Dirige Astartea
Editorial y fundó la Feria Internacional del Libro de Arica. También imparte
talleres de creación literaria y desarrolla actividades de fomento de la
lectura.
