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martes, 3 de noviembre de 2026

HENRY

Bernt-Olov Andersson

 

Desde el principio supe que Henry era un hombre muy anciano, de entre ochenta y cinco y noventa años, y que vivía solo en una cabaña en algún lugar entre Norberg y Sala. Por entonces yo conducía el bibliobús y siempre entraba a llevarle los libros. Eran por lo menos cinco: lo habitual, tres novelas y dos libros de no ficción. Tenía algunas dificultades para moverse. Caminaba con bastón. También se notaba que tenía cataratas, de modo que los libros debían ser de letra grande. Henry siempre me ofrecía café y galletas de jengibre. Nos separaba alrededor de medio siglo. Desde la primera visita sentí un interés y una fascinación especiales por él. Tenía una cantidad increíble de cosas que contar y los libros que pedía prestados eran siempre de lecturas exigentes. Tanto que había que solicitarlos a la biblioteca central.

Pero lo que me hizo volver a visitar a aquel anciano fue, en realidad, lo primero que me dijo en nuestro primer encuentro. Recuerdo que se inclinó sobre la mesa de la cocina y susurró:

—Tal vez no me creas, muchacho. Pero a los diecisiete años viajé completamente solo hasta Chicago, en Estados Unidos. En realidad, había que tener dieciocho.

—¿Cómo? ¿Y fuiste completamente solo?

Henry asintió.

—Sí, sí, claro que sí. Solito. Así eran las cosas en aquella época. Uno se marchaba solo. Llevar a toda la familia salía demasiado caro.

Permanecí un rato en silencio, con la escena ante los ojos. Henry en el tren hacia Gotemburgo y después en el barco hacia Chicago. No sabía muy bien qué decir, pero dije:

—Estados Unidos es grande. En todo caso, más que Hästbäck.

Henry me acercó el plato de galletas de jengibre.

—Ya lo creo. Solo Chicago es enorme.

Henry empezó a contarme el viaje y yo ya estaba preocupado por el bibliobús, que había quedado estacionado junto a la carretera, con el teléfono móvil en el asiento delantero.

—Fue a principios de mayo de 1932 cuando embarqué en Gotemburgo —dijo Henry, con la mirada puesta en mí—. La travesía duró unos nueve o diez días. En aquella época desembarcábamos en Nueva York. Los emigrantes teníamos que pasar por un lugar llamado Ellis Island y allí había que entregar diez dólares. Pero yo solo tenía ocho, así que un alma caritativa me prestó los otros dos. Por suerte, tenía un tío en Estados Unidos que después pudo ayudarme a llegar a Chicago. Llegué para el Día de los Caídos, el treinta de mayo. Llegué la noche anterior. Dos días después ya trabajaba de peón en una obra. ¡Sí, maldita sea! Empecé con una carretilla de ladrillos, de aquí para allá, hasta un montacargas. En aquella época se construían rascacielos. Nuestro edificio iba a tener cuarenta y siete pisos.

Empecé a temer que no llegaría a tiempo a la siguiente parada, porque él estaba muy metido en su relato. Aquella historia podía llevar su tiempo.

—Escucha, Henry. Creo que tendremos que dejarlo para otra ocasión. El bibliobús está ahí afuera, junto a la carretera. Tengo que pensar en los lectores.

—Todavía conservo el pasaje, por si no me crees —dijo Henry con vehemencia. Se levantó y fue con pasos vacilantes hasta el gran armario de estilo dalecarliano de la cocina.

Traté de explicarme.

—Claro que te creo, Henry, pero tengo un trabajo que atender, ya sabes. Hay que cumplir el horario.

Henry me tendió el pasaje.

—Ahí puedes verlo. De Gotemburgo a Chicago me costó casi seiscientos dólares. Era un dineral de mil demonios en aquella época. Se lo pedí prestado a mi viejo. Quería que al menos yo visitara a su hermano, ya que él nunca había podido ir. Mi padre solo tenía cuatro años cuando su hermano se marchó a Estados Unidos y se quedó allí.

Yo estaba cada vez más impaciente y quería volver al autobús.

—De verdad, Henry: ahora tengo que irme a trabajar. Conducir el autobús y prestar libros. Ese es mi trabajo. Seguiremos la semana que viene. Volveré, ya lo sabes. Y sabes cómo pedir los libros a la central.

Vi que se decepcionaba un poco. Pero no había mucho que pudiera hacer. Ya llevaba retraso. Seguramente había gente en las paradas a la espera del bibliobús. Me despedirían si no llegaba dentro de un plazo razonable.

Ya estaba junto a la puerta cuando Henry alzó la vista hacia mí y dijo:

—Solo quería decirte una cosa más, muchacho. Algo que no le he contado a nadie más que a ti…

Yo tenía la mano en el picaporte cuando dijo:

—A mi edad, necesito desahogarme, muchacho… Resulta que en Chicago dejé embarazada a una mujer. No era precisamente mi intención. Concebimos a la criatura entre la borrachera y la locura. Fue una niña. Y, si vive, se llama Mary Elizabeth Jones. Bueno, ya está dicho. Mary Elizabeth Jones. Vete… Volverás la semana que viene.

Pero yo ya había cerrado la puerta y corría hacia el bibliobús.

Sin embargo, el nombre de la niña se me quedó en la cabeza, de modo que lo anoté en un papel: Mary Elizabeth Jones.

Tal como esperaba, me reprendieron al llegar a la siguiente parada. Expliqué que había tenido que cargar combustible en Norberg y que eso me había llevado un rato.

—Eso ya lo hemos notado, joder… señor bibliotecario —comentó con ironía un campesino de overol y sombrero de paja.

En la cuarta parada ya había recuperado el tiempo perdido. En buena medida, porque una de las paradas estaba vacía. O bien nadie quería sacar libros o bien los lectores se habían cansado de esperar y habían vuelto a sus casas. Lo segundo era lo más probable.

Cuando regresé a casa después del recorrido, la comida se había enfriado y tuve que calentarla en el microondas. Ellen estaba en el sillón, frente a una serie estadounidense.

—Hoy llegas tarde —gritó desde la sala.

—Fue ese anciano de Hästbäck, que no quería dejar de hablar —le respondí a los gritos.

Como las series románticas estadounidenses no me interesaban demasiado, fui al escritorio del dormitorio y encendí la computadora.

No importaba que hubiera olvidado en el bibliobús el papel con el nombre. Por alguna extraña razón, lo tenía grabado en la cabeza. Frente a mi vieja computadora, no pude evitar escribir: Mary Elizabeth Jones, Chicago. También busqué por distintas edades. Lo razonable era que la hija de Henry tuviera entre setenta y ochenta años.

Por fin apareció esto en la pantalla: Mary Elizabeth Jones, 77 años, W Medill Lincoln AveApt4 Park, Chicago IL.

Me quedé allí, como en trance. Tal vez había encontrado a la hija de Henry. No podía ser otra persona.

Ellen llamó con suavidad a la puerta.

—¿No vas a acostarte? Mañana también hay que levantarse —dijo.

—Enseguida —respondí, pero seguí frente a la computadora un par de horas más.

¡Tal vez había encontrado a la hija de Henry en Chicago! ¿Cómo era posible?

Ya era tan tarde que en Chicago era de día. Me senté y escribí a su dirección de Internet:

«Disculpe la molestia. Vivo en Suecia y un anciano me contó que tenía una hija en Chicago con su nombre. Él se llama Henry Svensson. ¿Podría ser su padre?».

Me quedé mucho rato con la mirada fija en la pantalla. Pero cuando me di por vencido, me levanté y me dispuse a acostarme, vi que alguien me respondía.

Pareció pasar una eternidad antes de que la respuesta apareciera en mi viejo monitor.

«Mi padre se llama Henry Svensson y probablemente viva en Suecia. Pero nunca lo he conocido».

¡Era ella! Me apresuré a escribir:

«¡Maravilloso! Creo que he encontrado a su padre. Me encantaría volver a ponerme en contacto con usted».

Estaba eufórico. Era como ganar el premio mayor. Me costó conciliar el sueño, pero comprendí que tenía que dormir. Me esperaban otros recorridos con el bibliobús.

Ya podía imaginar el momento en que, durante mi recorrido, le revelaría la gran noticia. «He encontrado a tu hija», le diría.

Había encontrado a la hija a la que nunca había conocido ni visto. Podría reunirlos, y quería hacerlo. Padre e hija. Mary Elizabeth Jones, en Chicago, la hija desconocida de Henry.

Apenas podía contenerme. A mi esposa le irritaba que dedicara tanto tiempo a una anciana desconocida. Pero una semana después fui a la biblioteca central y cargué las cajas con todos los libros que debía prestar. Era el recorrido en el que estaba incluido el paquete de Henry. Un Dostoievski, por supuesto, Un espejo lejano, sobre el turbulento siglo XIV, Mi historia de Suecia, de Vilhelm Moberg, y un par de libros de no ficción sobre política. Henry era comunista.

Cuando llegué al grupo de casas de Hästbäck, estacioné junto a la carretera y llevé los libros hasta su vieja cabaña de troncos. Como siempre, llamé a la puerta y esperé a que saliera a los escalones de la entrada y dijera, como de costumbre:

—Vaya, ya viene el hombre de los libros.

Y entonces le revelaría que había encontrado a su hija.

Pero nadie abrió la puerta.

Subí los escalones y volví a llamar, pero Henry no abrió. Entonces rodeé la esquina de la casa y me acerqué a la ventana de la cocina. Estaba vacía, aunque las tazas de café seguían sobre la mesa.

No sabía muy bien qué hacer. Llegaba con semejante sorpresa y Henry no estaba en casa. Se me desinfló el ánimo.

Al final dejé los libros en el banco de la entrada y regresé despacio hacia la carretera.

Junto al autobús me esperaba un vecino de overol. Pero no quería sacar libros.

—Vi que fue a ver al comunista, pero no está en casa —dijo el hombre cuando llegué al bibliobús.

—Siempre pide algunos libros. ¿Dónde está? —pregunté.

Permaneció un rato en silencio antes de aclararse la garganta y decir:

—Murió… Tuvo un derrame cerebral muy fuerte hace un par de días y murió antes de que la ambulancia llegara al hospital de Sala. El comunista llevaba un tiempo delicado de salud. La ambulancia estuvo aquí hace poco más de un mes, pero esta vez no llegaron a tiempo al hospital de Sala. Sí, esas cosas pasan.

—Pero yo… He encontrado a su hija…

—Ah. Así que tenía una.

No sabía muy bien qué decirle al vecino. Subí de inmediato al bibliobús y me senté al volante. Giré la llave de contacto y eché una mirada a la cabaña de Henry antes de soltar el embrague.

Esta vez llegué a tiempo a la siguiente parada.

Bernt-Olov Andersson nació en 1947, en un sofá de la casa de su abuela, en los bosques de Hälsingland, Suecia, y creció con un padre alcohólico. Su interés por la poesía surgió de su profunda pasión por la música. Trabajó como trovador y, al mismo tiempo, en la siderúrgica de Sandviken. Después de nueve años allí, se formó como carpintero. En 1978 debutó con el poemario Mellan hammarslag och bandbyte («Entre golpes de martillo y cambios de cinta») y pasó a dedicarse por completo a la escritura. Desde entonces ha publicado unos treinta libros, además de obras de teatro, canciones y otros trabajos. Durante varios años fue vicepresidente del Sindicato de Escritores de Suecia. Un par de meses antes de redactar esta nota biográfica, recibió un doctorado honoris causa.

 

 

 

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