René Maori
En una ciudad lejana como Tel Aviv, en la zona de la
calle Ben Yehuda, se esconde un cementerio judío abandonado. Casi nadie sabe de
él, ya que este trozo de tierra, salpicado de lápidas de piedra antigua, se
oculta entre los edificios y el acceso está densamente tupido de maleza. ¿A
quién le podría interesar un par de docenas de lápidas con inscripciones
borradas e imágenes de la Estrella de David, además de varias criptas cuyas
puertas hace tiempo saltaron de sus quicios, dejando que sus oscuras oquedades
revelen únicamente el vacío? Vacío y oscuridad.
Pero piensen lo que piensen los hombres,
los habitantes del cementerio custodian celosamente sus tradiciones, pues nadie
las ha abolido. Y la tradición más sagrada de todo camposanto ha sido y sigue
siendo su Guardián. Él nace en el instante en que los hombres miran un trozo de
tierra y deciden: «Aquí habrá un cementerio», y muere... No, el Guardián jamás
muere. Su cometido es aguardar el día del Juicio Final y vigilar que todo esté
en orden. Que no se armen aglomeraciones ante el trono divino y que nadie llegue
tarde o, Dios no lo quiera, se quede dormido. Así transcurren los días del
Guardián del cementerio, inspeccionando cada noche la presencia de los difuntos
como un viejo pastor que cuida el rebaño confiado a su tutela, a la espera de
su hora de gloria. En cierto modo, es prisionero del pedazo de tierra que lo
engendró y absorbió a los demás. Todos sus interlocutores llevan muertos una
eternidad, lo que significa que las conversaciones giran siempre en torno a lo
mismo. Su vida pasada. Y si el cementerio está abandonado, mal asunto. No hay
noticias que llevarse a la boca.
En esa misma maravillosa ciudad de Tel Aviv
también hay vivos. Existen más allá del perímetro que pertenece a los muertos.
Sus casas se alzan sobre un muro de piedra que duplica la altura del difunto
más alto. Pero el Guardián hace muchos años que no ve a ninguno. Es probable
que hayan desaparecido de este mundo hace tiempo y hayan pasado bajo la
jurisdicción de los custodios de otros cementerios.
Eso pensaba nuestro Guardián, que portaba
un nombre hermoso y temible: Jatuliel. Aunque de temible solo tenía el eco para
quienes conocen las Palabras, pues en realidad se traducía simplemente como
«gato de Dios». Lindo, ¿verdad?
Sin embargo, los hombres no se habían
extinguido. Vivían y coleccionaban los días en la gloriosa ciudad de Tel Aviv,
sin la menor intención de desaparecer a ninguna parte. ¿Y qué es lo que hace
tan célebre a esta urbe, tan mentada en nuestra narración? ¿Qué distingue a
este cúmulo de edificaciones a orillas del mar Mediterráneo, bautizado como «la
ciudad que nunca duerme»? Es famosa por su juventud, puedo asegurarlo. Alberga
la mayor concentración de colectivos espontáneos e informales. Hay de todo:
punks, metaleros, hippies, y por ahí se rumorea que hasta se ocultan los emos.
Y aquí están los protagonistas de nuestra historia: los góticos, tres
impetuosos románticos de nueva hornada, María, Sofía y Shaúl. Si no saben
quiénes son los góticos, se los cuento. Sus rostros son de una palidez mortal,
y las cuencas de los ojos y los labios, negros como la noche sobre Belén. De
ellos dijo el poeta:
Cuyos ojos son más negros que la traición,
cuyas mejillas son más blancas que la
nieve.
Solo visten ropas negras de corte antiguo y adoran
todo lo lúgubre y hermoso: los vampiros, el rock pesado, la poesía desesperada.
Su maquillaje despierta la envidia de quienes no se atreven a cruzar la línea
de su estatus, encorsetado para siempre por las convenciones. Además, les
chifla pasar las noches en cementerios y casas derruidas. Es un juego que
aporta una pizca de vitalidad a su solemne y severa mascarada.
Nuestros tres góticos eran jóvenes, ¡ay,
cuán jóvenes! María aún tenía sin cicatrizar los agujeros de las orejas,
perforados expresamente para esa guirnalda de anillos que tintineaba con
delicadeza al caminar. Ni siquiera se había desvanecido la redondez infantil de
sus mejillas, cubiertas de base cadavérica. Tampoco había desaparecido esa
espontaneidad propia de la infancia, pese a toda la parafernalia. Y así, ajenos
a los límites de la prudencia, el joven trío llevaba tiempo relamiéndose ante
el muro de piedra que ocultaba lo desconocido. Aquella noche decidieron
averiguar qué se esconde entre las entrañas de la ciudad y, de paso, ampliar su
área de expansión. Abriéndose paso entre la maleza desbocada, tropezaron con
una verja de hierro oxidado que les cerraba el paso como una última advertencia
en los linderos de lo ignoto. Shaúl, sin pararse a meditar en el simbolismo,
empujó la molesta barrera con todo su peso y, con un chirrido prolongado, el
monstruo oxidado cedió a su esfuerzo. Los tres góticos se quedaron congelados
de admiración. Ante sus ojos se abrió un pequeño cementerio antiguo del que
nadie sabía nada.
—Qué hermosura —susurró María, y fue la
primera en adentrarse en la morada de los muertos, desprendiendo con elegancia
el ruedo de su vestido de terciopelo de entre los zarzales espinosos.
Detrás marchaba Sofía, apretando contra el
pecho un abanico ribeteado de plumas de luto. Shaúl titubeó un instante; era el
más tímido y le daban pánico los serenos. Pero, ¿a quién se le ocurriría
contratar a un vigilante y pagarle un sueldo para custodiar un terreno olvidado
por todos? Por añadidura, la heroica hazaña de abrir la vieja puertecilla le
infundió un atisbo de orgullo y temeridad.
Tras deambular entre tumbas antiguas
cubiertas de hiedra y manchadas de moho marchito, el trío cobró confianza y se
instaló sobre una larga lápida bajo la cual, al parecer, yacía una familia
entera. María extrajo del bolso latas de cerveza y una bolsa colosal de papas
fritas, mientras Shaúl sacaba de su estuche la cámara de fotos y comenzaba a
disparar hacia todo lo que caía en su campo de visión.
—Qué raro —terció de pronto Sofía—. ¿Por
qué hay tanto silencio aquí? Ni siquiera se oyen coches.
—Estamos en otro mundo —la consoló María—.
Esto no es la ciudad, es el reverso. Ya no estamos en ninguna parte. Nadie nos
encon-con-trará... —tarareó.
—Nosotros no esperamos a nadie —zanjó Shaúl
con voz de bajo. Siempre recurría al registro grave cuando se sentía incómodo
pero se negaba a admitirlo.
De este modo comieron, bebieron y, a su
manera gótica, se divirtieron. La diversión acabó por visitarlos. Al fin y al
cabo, tratándose de críos de ayer mismo, encontrarían su sitio donde fuera. Y
entretanto, la hora de los espíritus se acercaba de manera inexorable. Ese
preciso momento en que todos los difuntos abandonan sus tumbas y el Guardián
pasa lista.
Jatuliel se movió en su cripta, se estiró y
asomó la cabeza. Comprobó que sobre sus piedras reposaban los espíritus de
siempre, a los que conocía como la palma de su mano. Los espectros conversaban
entre sí, por lo que sobre el cementerio flotaba el rumor característico de
cualquier muchedumbre. Pero había algo extraño, nuevo. Tres desconocidos
estaban sentados junto a la familia Galili. Jatuliel se frotó los ojos y se
puso a contar. El padre y los dos hijos de los Galili... En total, tres. Pero
entonces, ¿quiénes eran esos tres a su lado? Era evidente que se trataba de
muertos, y en apariencia no diferían de cualquier difunto local, salvo por el
detalle de ir vestidos con ropajes europeos antiguos. El Guardián salió de su
escondite y se detuvo a poca distancia.
—Uy, un gatito —chilló de pronto María—.
Miren, miren, un gato negro precioso. Ven aquí, ven con nosotros. Mich, mich,
mich.
Jatuliel miró a su alrededor desconcertado.
Ni rastro de la estirpe felina, esas criaturas cuadrúpedas que transitan entre
los mundos, por el cementerio. Pero aquellos tres lo miraban fijamente. Y una
de las muchachas le tendía algo sostenido entre dos dedos. Una laminita
amarilla, mientras arrullaba:
—Gatito, ¿quieres una papa frita? Ñam,
ñam...
El Guardián se deslizó sigilosamente más
cerca y de pronto, ¡oh, horror!, comprendió que aquellos seres poseían carne. Y
eso significaba... ¡Significaba que se aproximaba el Juicio, y que los difuntos
debían resucitar urgentemente, enfundarse en cuerpos y correr a Jerusalén! Sin
duda, aquellos tres habían venido a buscarlos.
El muchacho pálido y de pelo largo, que no
podía ser otro que un recién fallecido, le apuntó con un artefacto extraño,
entrecerró los ojos, y un fogonazo cegador de luz deslumbró el mundo del
Guardián. Lanzaba rayos, aquel muchacho tan estrafalario. ¡Un emisario!
Jatuliel se arrodilló por espacio de un
segundo, tal como mandaba el ritual, y salió disparado hacia su cripta a toda
velocidad.
—Vaya, asustaste al gato —se lamentó María
con pucheros—. ¿Hacía falta sacarle una foto justo ahora? Podías haber esperado
a que se acercara más, lo habría tomado en brazos. Mira que asustar así al
animal, si va pegado al suelo del susto.
—Al gato no le pasó nada. ¡Estás exagerando
el efecto de un flashazo! —replicó el rudo de Shaúl—. Ahora volverá, se
acordará del cebo y vendrá saltando.
Mientras tanto, Jatuliel hurgaba
febrilmente entre sus bártulos, apiñados en un rincón bajo el suelo de la
cripta. La mayor parte de los objetos de valor se había convertido en polvo
hacía eones. La cadena con la que antaño encadenaron a un templario se había
fundido por el óxido en un bloque macizo. Al fin, rescató un viejo shofar
verdoso que andaba rodando por un rincón y saltó al exterior.
—¡Amigos! —vociferó con voz estentórea—.
¡Ha llegado el momento! ¡Contemplen! ¡Han venido emisarios a anunciarnos que ha
comenzado el Juicio Final!
Y sopló el shofar. El sonido del cuerno
titánico barrió el camposanto; el antiguo polvo de las tumbas comenzó a brillar
con una luz mágica azulada y a revestirse de la carne sepultada allí tiempo
atrás, y los cuerpos comenzaron a recuperar su forma primigenia, pues tal era
una de las propiedades del cuerno: devolver la vida a la materia perecedera
para que hubiera un continente digno donde comparecer ante el tribunal. Los
espíritus, que habían entrado en trance al escuchar tal noticia, espoleados por
el segundo bramido, se agitaron, se sumergieron en las fosas y empezaron a
enfundarse los cuerpos a toda prisa y como buenamente pudieron. Algunos, en la
premura, se colocaron las extremidades al revés y salieron de las tumbas
caminando hacia atrás, lo cual no dejaba de ser una ventaja, ya que podían ver
a través de la nuca.
—No me gusta cómo chilla este gato, está...
—empezó a decir Shaúl, pero se calló de golpe, porque todo el cementerio, como
por arte de magia, se había poblado de hombres calvos y desnudos que intentaban
cubrirse con pudor utilizando trapos mugrientos. Se quedó paralizado,
señalándolos con el dedo mientras balbuceaba:
—¡Gopniks... ba-bandidos!
María y Sofía profirieron un chillido al
unísono, y los tres se escabulleron tras una lápida para capear el temporal. De
que aquellos seres misterios albergaban intenciones aviesas no cabía la menor
duda para ninguno de los góticos. La astucia acumulada durante su dilatada
militancia les susurraba que aquella noche habían cruzado una línea que jamás
debió atravesarse, ni siquiera por góticos acérrimos como ellos. Llegados a
este punto, la historia, por fortuna, los abandona piadosamente, temblando
detrás de una lápida.
—¡A Yerushalayim! —gritó con solemnidad
Jatuliel, volviendo a soplar su instrumento oficial. En realidad no hacía
falta, ni mucho menos, pero la grandilocuencia del instante pudo con él, y
elevó la buena nueva hacia un cielo lívido iluminado por una luna baja.
—¡A Yerushalayim! —corearon una decena de
voces.
Y en desordenada comitiva, los inquilinos
del cementerio emprendieron la carrera hacia la salida, allí donde la ciudad
rugía. El Guardián corría a la cabeza, con los peyot batiendo al viento y el
shofar alzado en su diestra.
Los transeúntes nocturnos miraban atónitos
a aquel atado de semidesnudos que, con rostros arrebatados, perseguía a un gato
negro vociferante. Esta pintoresca comparsa avanzaba a zancadas dejando caer a
su paso harapos descompuestos que se pulverizaban al instante. Los individuos
desnudos esquivaban a gritos los escasos automóviles, y sus nalgas brillaban
con reflejos mate bajo los haces de los faros. Las calvas destellaban con
fuerza a la luz de la luna cuando la señora del firmamento les regalaba su
atención a través de los claros entre los árboles y los edificios.
Solo cuando se perfilaron los contornos del
monte de los Olivos, fantasmal y sombrío a aquella hora, menguaron la marcha.
El Guardián comprendió que habían llegado a tiempo: el juicio todavía no había
comenzado, pues el monte yacía desértico y silencioso. Apenas unas pocas
sombras incorpóreas deambulaban en su paseo nocturno.
—¡Arie! —atronó Jatuliel con voz
estruendosa, invocando al guardián del monte de los Olivos—. Despierta a los
tuyos. ¡Han llegado los emisarios, los emisarios! A todo esto, ¿dónde se han
metido? —añadió en tono cotidiano dirigiéndose al patriarca de los Galili.
Este se encogió de hombros:
—No los he visto. Estaba contemplando la
luna. Seguro que se habrían volado, al fin y al cabo hay cementerios por todas
partes.
Arie, un judío bajito embozado en un talit
manchado, salió a su encuentro. El anfitrión, aunque deslucido, destilaba
auténtica severidad y peso. Al fin y al cabo, era el Guardián del monte de los
Olivos: el supremo, el primero entre los iguales, coetáneo del alba de los
tiempos cuando se inhumó al primer hombre del que todos los demás guardianes
tenían conocimiento
—¿Qué? —masculló acercando la mano a la
oreja—. Habla más alto.
—¡Nos han convocado! —gritó el Guardián—.
¡Ya es la hora! ¡He aquí el fin del mundo! ¡Por fin, querido mío!
—¿Cómo te llamas, viajero? —preguntó a
Jatuliel con voz aburrida.
—¡Soy Jatuliel, guardián del cementerio de
Tel Aviv!
Arie rodeó lentamente al visitante
inesperado, pareciéndose en aquel instante de manera extraordinaria al animal
cuyo nombre llevaba. Se detuvo un momento, pensando algo, y volvió a ser él
mismo: el viejo león no había descubierto nada nuevo en el gatito que tenía
delante.
—¿Quiénes son estos? —preguntó Arie,
señalando con un dedo artrítico a los muertos de Tel Aviv, que, al tomar
conciencia de su condición de no muertos, temblaban desacostumbrados al fresco
nocturno y se apretaban unos contra otros para entrar en calor.
—¿Cómo que quiénes? Mis muchachos. El
cementerio masculino de Tel Aviv.
—Vaya, masculino, entonces… Ya empezaba a
dudarlo, mirando a aquel… Pero ¿qué los trae por aquí?
—Se ha anunciado el fin del mundo. F-i-n
d-e-l m-u-n-d-o —deletreó Jatuliel, alzando la mano con el shofar.
—¿Qué dices, hombre? —replicó Arie,
indignado—. ¿Nosotros... nos hemos... quedado dormidos?
Le arrebató el shofar de las manos a su
colega y sopló con todas sus fuerzas. La tierra vibró a su alrededor. El polvo
ascendió a los cielos y cientos, miles...
Detengamos aquí nuestra fantasía. No hubo
cientos ni miles. Ni siquiera una decena. Porque Arie reparó de repente en el
cielo, donde despuntaba la aurora.
—Ustedes son unos idiotas, y tú eres un
gato sarnoso y estúpido —les soltó Arie a Jatuliel y a su séquito—. ¿Qué fin
del mundo ni qué milongas? Míralo, ahí está la luz... En el cielo, ¿la ves?
¡Marchando a casa o si no...! —no terminó la frase y se esfumó.
Con él desapareció el infeliz Guardián de
Tel Aviv, pues había concluido la hora de los espíritus, el tiempo de las
criaturas sin cuerpo. Sobre el monte de los Olivos se desperezaba la mañana. Y
eso solo significaba una sola cosa: el fin del mundo quedaba suspendido, y
retornar a las tumbas era imposible hasta la noche siguiente. Los difuntos
comprendieron de golpe que habían vuelto a la vida.
Por la mañana, los habitantes de la gran
ciudad de Jerusalén contemplaron aquí y allá corrillos de gentes desnudas
tocadas con taparrabos mugrientos que examinaban los monumentos con avidez.
Algunos se sentaban directamente en el suelo, apiñados en círculo, cuchicheando
entre ellos.
—Un congreso de krishnas —juzgaron los
jerosolimitanos—. Seguro que han salido de las cuevas... Pálidos como si
vinieran del otro mundo. ¡Con la de fauna que se ve por aquí!
Y los periódicos publicaron una breve nota
sobre las orgías nocturnas de nudistas maduros.
¡Bendito seas, Yerushalayim!
Gabriel René Espiro (que publica con el pseudónimo René Maori) nació en Taskent, Uzbekistán, donde se graduó en la Facultad de Periodismo de la Universidad Estatal. Inició su carrera en el diario Pioner Vostoka y, en 1984, se integró a la Unión de Escritores de Uzbekistán. Ese mismo año debutó como autor publicando la obra poética del escritor represaliado Batu con sus propias traducciones. Su producción literaria abarca diversos géneros y títulos destacados como El aroma del pétalo de azucena (2004), El subterráneo (2009), Poemario (2012), la edición digital de ¿Quién es usted, barón Kalmanóvich? (2013), la antología de relatos Por encima de todo y la novela Tarikat (2024), escrita en coautoría con Vitaly Breeze. Además, su obra forma parte de importantes colecciones y antologías internacionales, consolidando una sólida trayectoria en el ámbito de la narrativa y la poesía.
