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miércoles, 28 de octubre de 2026

EL GUARDIÁN DEL CEMENTERIO

René Maori

 

En una ciudad lejana como Tel Aviv, en la zona de la calle Ben Yehuda, se esconde un cementerio judío abandonado. Casi nadie sabe de él, ya que este trozo de tierra, salpicado de lápidas de piedra antigua, se oculta entre los edificios y el acceso está densamente tupido de maleza. ¿A quién le podría interesar un par de docenas de lápidas con inscripciones borradas e imágenes de la Estrella de David, además de varias criptas cuyas puertas hace tiempo saltaron de sus quicios, dejando que sus oscuras oquedades revelen únicamente el vacío? Vacío y oscuridad.

Pero piensen lo que piensen los hombres, los habitantes del cementerio custodian celosamente sus tradiciones, pues nadie las ha abolido. Y la tradición más sagrada de todo camposanto ha sido y sigue siendo su Guardián. Él nace en el instante en que los hombres miran un trozo de tierra y deciden: «Aquí habrá un cementerio», y muere... No, el Guardián jamás muere. Su cometido es aguardar el día del Juicio Final y vigilar que todo esté en orden. Que no se armen aglomeraciones ante el trono divino y que nadie llegue tarde o, Dios no lo quiera, se quede dormido. Así transcurren los días del Guardián del cementerio, inspeccionando cada noche la presencia de los difuntos como un viejo pastor que cuida el rebaño confiado a su tutela, a la espera de su hora de gloria. En cierto modo, es prisionero del pedazo de tierra que lo engendró y absorbió a los demás. Todos sus interlocutores llevan muertos una eternidad, lo que significa que las conversaciones giran siempre en torno a lo mismo. Su vida pasada. Y si el cementerio está abandonado, mal asunto. No hay noticias que llevarse a la boca.

En esa misma maravillosa ciudad de Tel Aviv también hay vivos. Existen más allá del perímetro que pertenece a los muertos. Sus casas se alzan sobre un muro de piedra que duplica la altura del difunto más alto. Pero el Guardián hace muchos años que no ve a ninguno. Es probable que hayan desaparecido de este mundo hace tiempo y hayan pasado bajo la jurisdicción de los custodios de otros cementerios.

Eso pensaba nuestro Guardián, que portaba un nombre hermoso y temible: Jatuliel. Aunque de temible solo tenía el eco para quienes conocen las Palabras, pues en realidad se traducía simplemente como «gato de Dios». Lindo, ¿verdad?

Sin embargo, los hombres no se habían extinguido. Vivían y coleccionaban los días en la gloriosa ciudad de Tel Aviv, sin la menor intención de desaparecer a ninguna parte. ¿Y qué es lo que hace tan célebre a esta urbe, tan mentada en nuestra narración? ¿Qué distingue a este cúmulo de edificaciones a orillas del mar Mediterráneo, bautizado como «la ciudad que nunca duerme»? Es famosa por su juventud, puedo asegurarlo. Alberga la mayor concentración de colectivos espontáneos e informales. Hay de todo: punks, metaleros, hippies, y por ahí se rumorea que hasta se ocultan los emos. Y aquí están los protagonistas de nuestra historia: los góticos, tres impetuosos románticos de nueva hornada, María, Sofía y Shaúl. Si no saben quiénes son los góticos, se los cuento. Sus rostros son de una palidez mortal, y las cuencas de los ojos y los labios, negros como la noche sobre Belén. De ellos dijo el poeta:

 

Cuyos ojos son más negros que la traición,

cuyas mejillas son más blancas que la nieve.

 

Solo visten ropas negras de corte antiguo y adoran todo lo lúgubre y hermoso: los vampiros, el rock pesado, la poesía desesperada. Su maquillaje despierta la envidia de quienes no se atreven a cruzar la línea de su estatus, encorsetado para siempre por las convenciones. Además, les chifla pasar las noches en cementerios y casas derruidas. Es un juego que aporta una pizca de vitalidad a su solemne y severa mascarada.

Nuestros tres góticos eran jóvenes, ¡ay, cuán jóvenes! María aún tenía sin cicatrizar los agujeros de las orejas, perforados expresamente para esa guirnalda de anillos que tintineaba con delicadeza al caminar. Ni siquiera se había desvanecido la redondez infantil de sus mejillas, cubiertas de base cadavérica. Tampoco había desaparecido esa espontaneidad propia de la infancia, pese a toda la parafernalia. Y así, ajenos a los límites de la prudencia, el joven trío llevaba tiempo relamiéndose ante el muro de piedra que ocultaba lo desconocido. Aquella noche decidieron averiguar qué se esconde entre las entrañas de la ciudad y, de paso, ampliar su área de expansión. Abriéndose paso entre la maleza desbocada, tropezaron con una verja de hierro oxidado que les cerraba el paso como una última advertencia en los linderos de lo ignoto. Shaúl, sin pararse a meditar en el simbolismo, empujó la molesta barrera con todo su peso y, con un chirrido prolongado, el monstruo oxidado cedió a su esfuerzo. Los tres góticos se quedaron congelados de admiración. Ante sus ojos se abrió un pequeño cementerio antiguo del que nadie sabía nada.

—Qué hermosura —susurró María, y fue la primera en adentrarse en la morada de los muertos, desprendiendo con elegancia el ruedo de su vestido de terciopelo de entre los zarzales espinosos.

Detrás marchaba Sofía, apretando contra el pecho un abanico ribeteado de plumas de luto. Shaúl titubeó un instante; era el más tímido y le daban pánico los serenos. Pero, ¿a quién se le ocurriría contratar a un vigilante y pagarle un sueldo para custodiar un terreno olvidado por todos? Por añadidura, la heroica hazaña de abrir la vieja puertecilla le infundió un atisbo de orgullo y temeridad.

Tras deambular entre tumbas antiguas cubiertas de hiedra y manchadas de moho marchito, el trío cobró confianza y se instaló sobre una larga lápida bajo la cual, al parecer, yacía una familia entera. María extrajo del bolso latas de cerveza y una bolsa colosal de papas fritas, mientras Shaúl sacaba de su estuche la cámara de fotos y comenzaba a disparar hacia todo lo que caía en su campo de visión.

—Qué raro —terció de pronto Sofía—. ¿Por qué hay tanto silencio aquí? Ni siquiera se oyen coches.

—Estamos en otro mundo —la consoló María—. Esto no es la ciudad, es el reverso. Ya no estamos en ninguna parte. Nadie nos encon-con-trará... —tarareó.

—Nosotros no esperamos a nadie —zanjó Shaúl con voz de bajo. Siempre recurría al registro grave cuando se sentía incómodo pero se negaba a admitirlo.

De este modo comieron, bebieron y, a su manera gótica, se divirtieron. La diversión acabó por visitarlos. Al fin y al cabo, tratándose de críos de ayer mismo, encontrarían su sitio donde fuera. Y entretanto, la hora de los espíritus se acercaba de manera inexorable. Ese preciso momento en que todos los difuntos abandonan sus tumbas y el Guardián pasa lista.

Jatuliel se movió en su cripta, se estiró y asomó la cabeza. Comprobó que sobre sus piedras reposaban los espíritus de siempre, a los que conocía como la palma de su mano. Los espectros conversaban entre sí, por lo que sobre el cementerio flotaba el rumor característico de cualquier muchedumbre. Pero había algo extraño, nuevo. Tres desconocidos estaban sentados junto a la familia Galili. Jatuliel se frotó los ojos y se puso a contar. El padre y los dos hijos de los Galili... En total, tres. Pero entonces, ¿quiénes eran esos tres a su lado? Era evidente que se trataba de muertos, y en apariencia no diferían de cualquier difunto local, salvo por el detalle de ir vestidos con ropajes europeos antiguos. El Guardián salió de su escondite y se detuvo a poca distancia.

—Uy, un gatito —chilló de pronto María—. Miren, miren, un gato negro precioso. Ven aquí, ven con nosotros. Mich, mich, mich.

Jatuliel miró a su alrededor desconcertado. Ni rastro de la estirpe felina, esas criaturas cuadrúpedas que transitan entre los mundos, por el cementerio. Pero aquellos tres lo miraban fijamente. Y una de las muchachas le tendía algo sostenido entre dos dedos. Una laminita amarilla, mientras arrullaba:

—Gatito, ¿quieres una papa frita? Ñam, ñam...

El Guardián se deslizó sigilosamente más cerca y de pronto, ¡oh, horror!, comprendió que aquellos seres poseían carne. Y eso significaba... ¡Significaba que se aproximaba el Juicio, y que los difuntos debían resucitar urgentemente, enfundarse en cuerpos y correr a Jerusalén! Sin duda, aquellos tres habían venido a buscarlos.

El muchacho pálido y de pelo largo, que no podía ser otro que un recién fallecido, le apuntó con un artefacto extraño, entrecerró los ojos, y un fogonazo cegador de luz deslumbró el mundo del Guardián. Lanzaba rayos, aquel muchacho tan estrafalario. ¡Un emisario!

 

Jatuliel se arrodilló por espacio de un segundo, tal como mandaba el ritual, y salió disparado hacia su cripta a toda velocidad.

—Vaya, asustaste al gato —se lamentó María con pucheros—. ¿Hacía falta sacarle una foto justo ahora? Podías haber esperado a que se acercara más, lo habría tomado en brazos. Mira que asustar así al animal, si va pegado al suelo del susto.

—Al gato no le pasó nada. ¡Estás exagerando el efecto de un flashazo! —replicó el rudo de Shaúl—. Ahora volverá, se acordará del cebo y vendrá saltando.

Mientras tanto, Jatuliel hurgaba febrilmente entre sus bártulos, apiñados en un rincón bajo el suelo de la cripta. La mayor parte de los objetos de valor se había convertido en polvo hacía eones. La cadena con la que antaño encadenaron a un templario se había fundido por el óxido en un bloque macizo. Al fin, rescató un viejo shofar verdoso que andaba rodando por un rincón y saltó al exterior.

—¡Amigos! —vociferó con voz estentórea—. ¡Ha llegado el momento! ¡Contemplen! ¡Han venido emisarios a anunciarnos que ha comenzado el Juicio Final!

Y sopló el shofar. El sonido del cuerno titánico barrió el camposanto; el antiguo polvo de las tumbas comenzó a brillar con una luz mágica azulada y a revestirse de la carne sepultada allí tiempo atrás, y los cuerpos comenzaron a recuperar su forma primigenia, pues tal era una de las propiedades del cuerno: devolver la vida a la materia perecedera para que hubiera un continente digno donde comparecer ante el tribunal. Los espíritus, que habían entrado en trance al escuchar tal noticia, espoleados por el segundo bramido, se agitaron, se sumergieron en las fosas y empezaron a enfundarse los cuerpos a toda prisa y como buenamente pudieron. Algunos, en la premura, se colocaron las extremidades al revés y salieron de las tumbas caminando hacia atrás, lo cual no dejaba de ser una ventaja, ya que podían ver a través de la nuca.

—No me gusta cómo chilla este gato, está... —empezó a decir Shaúl, pero se calló de golpe, porque todo el cementerio, como por arte de magia, se había poblado de hombres calvos y desnudos que intentaban cubrirse con pudor utilizando trapos mugrientos. Se quedó paralizado, señalándolos con el dedo mientras balbuceaba:

—¡Gopniks... ba-bandidos!

María y Sofía profirieron un chillido al unísono, y los tres se escabulleron tras una lápida para capear el temporal. De que aquellos seres misterios albergaban intenciones aviesas no cabía la menor duda para ninguno de los góticos. La astucia acumulada durante su dilatada militancia les susurraba que aquella noche habían cruzado una línea que jamás debió atravesarse, ni siquiera por góticos acérrimos como ellos. Llegados a este punto, la historia, por fortuna, los abandona piadosamente, temblando detrás de una lápida.

—¡A Yerushalayim! —gritó con solemnidad Jatuliel, volviendo a soplar su instrumento oficial. En realidad no hacía falta, ni mucho menos, pero la grandilocuencia del instante pudo con él, y elevó la buena nueva hacia un cielo lívido iluminado por una luna baja.

—¡A Yerushalayim! —corearon una decena de voces.

Y en desordenada comitiva, los inquilinos del cementerio emprendieron la carrera hacia la salida, allí donde la ciudad rugía. El Guardián corría a la cabeza, con los peyot batiendo al viento y el shofar alzado en su diestra.

Los transeúntes nocturnos miraban atónitos a aquel atado de semidesnudos que, con rostros arrebatados, perseguía a un gato negro vociferante. Esta pintoresca comparsa avanzaba a zancadas dejando caer a su paso harapos descompuestos que se pulverizaban al instante. Los individuos desnudos esquivaban a gritos los escasos automóviles, y sus nalgas brillaban con reflejos mate bajo los haces de los faros. Las calvas destellaban con fuerza a la luz de la luna cuando la señora del firmamento les regalaba su atención a través de los claros entre los árboles y los edificios.

Solo cuando se perfilaron los contornos del monte de los Olivos, fantasmal y sombrío a aquella hora, menguaron la marcha. El Guardián comprendió que habían llegado a tiempo: el juicio todavía no había comenzado, pues el monte yacía desértico y silencioso. Apenas unas pocas sombras incorpóreas deambulaban en su paseo nocturno.

—¡Arie! —atronó Jatuliel con voz estruendosa, invocando al guardián del monte de los Olivos—. Despierta a los tuyos. ¡Han llegado los emisarios, los emisarios! A todo esto, ¿dónde se han metido? —añadió en tono cotidiano dirigiéndose al patriarca de los Galili.

Este se encogió de hombros:

—No los he visto. Estaba contemplando la luna. Seguro que se habrían volado, al fin y al cabo hay cementerios por todas partes.

Arie, un judío bajito embozado en un talit manchado, salió a su encuentro. El anfitrión, aunque deslucido, destilaba auténtica severidad y peso. Al fin y al cabo, era el Guardián del monte de los Olivos: el supremo, el primero entre los iguales, coetáneo del alba de los tiempos cuando se inhumó al primer hombre del que todos los demás guardianes tenían conocimiento

—¿Qué? —masculló acercando la mano a la oreja—. Habla más alto.

—¡Nos han convocado! —gritó el Guardián—. ¡Ya es la hora! ¡He aquí el fin del mundo! ¡Por fin, querido mío!

—¿Cómo te llamas, viajero? —preguntó a Jatuliel con voz aburrida.

—¡Soy Jatuliel, guardián del cementerio de Tel Aviv!

Arie rodeó lentamente al visitante inesperado, pareciéndose en aquel instante de manera extraordinaria al animal cuyo nombre llevaba. Se detuvo un momento, pensando algo, y volvió a ser él mismo: el viejo león no había descubierto nada nuevo en el gatito que tenía delante.

—¿Quiénes son estos? —preguntó Arie, señalando con un dedo artrítico a los muertos de Tel Aviv, que, al tomar conciencia de su condición de no muertos, temblaban desacostumbrados al fresco nocturno y se apretaban unos contra otros para entrar en calor.

—¿Cómo que quiénes? Mis muchachos. El cementerio masculino de Tel Aviv.

—Vaya, masculino, entonces… Ya empezaba a dudarlo, mirando a aquel… Pero ¿qué los trae por aquí?

—Se ha anunciado el fin del mundo. F-i-n d-e-l m-u-n-d-o —deletreó Jatuliel, alzando la mano con el shofar.

—¿Qué dices, hombre? —replicó Arie, indignado—. ¿Nosotros... nos hemos... quedado dormidos?

Le arrebató el shofar de las manos a su colega y sopló con todas sus fuerzas. La tierra vibró a su alrededor. El polvo ascendió a los cielos y cientos, miles...

Detengamos aquí nuestra fantasía. No hubo cientos ni miles. Ni siquiera una decena. Porque Arie reparó de repente en el cielo, donde despuntaba la aurora.

—Ustedes son unos idiotas, y tú eres un gato sarnoso y estúpido —les soltó Arie a Jatuliel y a su séquito—. ¿Qué fin del mundo ni qué milongas? Míralo, ahí está la luz... En el cielo, ¿la ves? ¡Marchando a casa o si no...! —no terminó la frase y se esfumó.

Con él desapareció el infeliz Guardián de Tel Aviv, pues había concluido la hora de los espíritus, el tiempo de las criaturas sin cuerpo. Sobre el monte de los Olivos se desperezaba la mañana. Y eso solo significaba una sola cosa: el fin del mundo quedaba suspendido, y retornar a las tumbas era imposible hasta la noche siguiente. Los difuntos comprendieron de golpe que habían vuelto a la vida.

Por la mañana, los habitantes de la gran ciudad de Jerusalén contemplaron aquí y allá corrillos de gentes desnudas tocadas con taparrabos mugrientos que examinaban los monumentos con avidez. Algunos se sentaban directamente en el suelo, apiñados en círculo, cuchicheando entre ellos.

—Un congreso de krishnas —juzgaron los jerosolimitanos—. Seguro que han salido de las cuevas... Pálidos como si vinieran del otro mundo. ¡Con la de fauna que se ve por aquí!

Y los periódicos publicaron una breve nota sobre las orgías nocturnas de nudistas maduros.

¡Bendito seas, Yerushalayim!

Gabriel René Espiro (que publica con el pseudónimo René Maori) nació en Taskent, Uzbekistán, donde se graduó en la Facultad de Periodismo de la Universidad Estatal. Inició su carrera en el diario Pioner Vostoka y, en 1984, se integró a la Unión de Escritores de Uzbekistán. Ese mismo año debutó como autor publicando la obra poética del escritor represaliado Batu con sus propias traducciones. Su producción literaria abarca diversos géneros y títulos destacados como El aroma del pétalo de azucena (2004), El subterráneo (2009), Poemario (2012), la edición digital de ¿Quién es usted, barón Kalmanóvich? (2013), la antología de relatos Por encima de todo y la novela Tarikat (2024), escrita en coautoría con Vitaly Breeze. Además, su obra forma parte de importantes colecciones y antologías internacionales, consolidando una sólida trayectoria en el ámbito de la narrativa y la poesía.

EL GUARDIÁN DEL CEMENTERIO