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miércoles, 14 de octubre de 2026

¿QUIÉN ESTÁ LLAMANDO?

Danilo Arona

 

Me gustaría terminar aquí. Sería bonito poder editar mi propia vida. Poder detenerme en mitad de una frase y guardar todo lo demás en algún cajón, aprovechar mi amnesia y olvidar todas las cosas que han sucedido, que suceden y que están a punto de suceder. Cerrar los ojos e irme a dormir feliz. Sería bonito.

Warm Bodies, Isaac Marion, 2012

 

Post Fata Resurgam

Resucitaré después de la muerte

 

Ocho meses antes, la vida se le había venido encima como la más devastadora de las avalanchas.

Ocho meses después, un día, de pronto, Daniele Fontana, el escritor que ya no escribía, aceptó de buena gana la invitación a cenar de su amigo Pierre Nicolosi.

Pierre y su esposa Nicole trabajaban en el mundo editorial, él como asesor y ella como editora, y desde que había ocurrido la tragedia que puso patas arriba la existencia de Daniele, no habían dejado de animarlo a volver a escribir, intentando convencerlo en vano de que sería la única terapia capaz de hacer que un narrador cincuentón, con éxitos a sus espaldas, recuperara un vestigio de normalidad.

No es que eso le importara. Durante largos meses, Daniele solo había deseado apagarse y había perdido más de quince kilos, poniendo en marcha conscientemente un riguroso mecanismo de muerte celular dirigido por su propio cerebro, pero chocando con la resistencia mucho más que pasiva de un organismo que se negaba a ceder. El escritor había sangrado por dentro y un tumor había comenzado a desarrollarse a la altura del duodeno, pero una voluntad de supervivencia casi sobrenatural, que aún no lograba explicarse, se había impuesto. Daniele había vuelto a comer con relativa normalidad y su palidez amarillenta se había atenuado. El dolor no, pero hasta que llega la bendita muerte, quizá se consiga soportarlo aunque solo sea por costumbre. Así, algunos amigos habían empezado a invitarlo con cautela a almorzar o a cenar, y a aquellos con los que tenía mayor afinidad no les había dicho que no.

Pierre y Nicole seguían encabezando la lista. Por sus cualidades personales y por las delicias de su mesa. En la finca donde vivían abundaban los productos de la huerta y ella, por lo que Daniele recordaba, era una excelente cocinera.

Así que aquella noche de finales del verano, Daniele no tuvo dudas. Fue. Convencido de que pasaría una velada al menos neutral. Sin la idea fija de su esposa, arrebatada antes de tiempo por la más terrible e insidiosa de las enfermedades. Ella, que había luchado durante seis meses como una leona. Él, obligado a presenciar una metamorfosis devastadora, la belleza convertida en horror visible. Antes de que ella se apagara.

Ante una generosa ración de subric, Pierre, próximo a los sesenta, al igual que su esposa –ambos una década mayores que Daniele–, volvió a insistir por enésima vez. Él no recurrió a excusas hipócritas.

—Todavía no puedo —respondió, buscando los ojos de Nicole con la esperanza de encontrar comprensión—. Me siento vacío, apagado. Sin ideas, sin ganas, sin… propósito.

—Han pasado más de ocho meses —insistió Pierre—. Deberías intentarlo.

—Pierre, han pasado solo ocho meses. Y yo ya no tengo una vida. Esto es una parodia, una especie de alucinación. —Luego, tratando de desviar el eje de la conversación, les preguntó a ambos:

—¿Y Vale? ¿Ha salido?

Vale, diminutivo de Valeria, era su hija de treinta años. Padecía una ligera alteración psíquica de difícil interpretación y, por consiguiente, de difícil diagnóstico; Daniele sabía que trabajaba como auxiliar en una residencia de atención sociosanitaria. Nada que afectara su convivencia con los demás, y su dedicación al prójimo sublimaba sus inquietudes. Pero en ella solía haber algo que desentonaba. Cada vez más en los últimos tiempos.

—No, está de turno, pero termina dentro de media hora —respondió Pierre, aún más serio que hasta entonces.

La cena continuó. Excelentes platos con salsa, buen vino casero. A la hora prevista, anunciada por un chirrido de neumáticos en el patio de tierra, llegó Valeria y entró en el comedor con expresión ausente.

Hacía algún tiempo que Daniele no la veía. La encontró más delgada, desmejorada y, sin duda, sin paz consigo misma. Este último juicio procedía, desde luego, de su conocimiento del problema que ella padecía.

Se sentó a la mesa, pero «solo para hacerles compañía, ya he cenado». Nicole estaba estrenando la bandeja de pastelitos que Daniele había comprado a última hora de la tarde como contribución a la velada. Vale murmuró: «Probaré uno». Faltaría más.

Cuando se tragó el cuarto profiterol relleno de crema, los demás comprendieron que tendrían que renunciar a sus porciones por una benéfica causa de fuerza mayor. Pero qué se le iba a hacer. Si unos pastelitos bastaran para aliviar la tristeza y las preocupaciones del mundo, todos tendríamos la glucosa por las nubes. Y quizá seríamos más felices.

Cuando solo quedó un pequeño cucurucho de hojaldre relleno de sabayón en el centro de la bandeja, Daniele comentó:

—Vamos, Vale, te corresponde por derecho.

Pero ella se quedó paralizada.

Las manos se detuvieron en el aire.

Su rostro se contrajo en una expresión alarmante que revelaba un terror ancestral, antiguo. Todos la miraban con asombro, aunque sus padres, como era de esperar, con mayor preocupación.

Después de unos segundos interminables, dejó escapar:

—¿Pero no lo oyen?

Los presentes dejaron de respirar. Por las ventanas, todavía abiertas gracias a la benevolencia de la estación, llegaba un silencio casi perfecto. Ni siquiera los pájaros nocturnos habían comenzado sus interminables y empalagosos gorjeos. No, no oían nada. A los oídos de todos llegaba una agradable ausencia de sonidos.

—¿Qué deberíamos oír? —preguntó Nicole.

Por razones inexplicables, la respuesta sonó escalofriante.

—¿Quién está llamando? —No una vez, sino dos. Y seguía siendo la misma pregunta—. ¿Quién está llamando?

La frase ni siquiera resultaba clara. Era difícil deducir quién llamaba y a quién. Pero la piel de gallina, intensificada por la expresión verdaderamente alarmante de Vale, hacía que la situación resultara, cuando menos, desconcertante.

Esbozando una sonrisa para restarle dramatismo, Daniele aventuró lo que podía pasar por una broma, mientras Pierre y su esposa adoptaban un aire casi resignado.

—Pero… ¿quién está llamando A QUIÉN?

Mientras mordía el último pastelito, Vale respondió sin vacilar.

—Es una mujer y te llama a ti —afirmó mirando a Daniele a los ojos. Así estableció una conexión más que directa entre sus pupilas. Vale seguía siendo hermosa, siempre lo había sido –el retrato de su madre de joven–, y sus ojos, de un verde intensísimo y una profundidad desconcertante, casi imposibles de sostener con la mirada, estaban enmarcados por una melena corta de color rojo Tiziano.

De hecho, Daniele apartó la vista, la dirigió hacia Nicole y formuló otra pregunta lógica.

—¿Pero dónde está? ¿Aquí afuera?

—No, está mucho más lejos. Pero deberían oírla —replicó Vale sin vacilar—. Sobre todo tú.

Daniele no tuvo más remedio que volver a mirarla a los ojos.

—¿Por qué?

—Te está llamando a ti. Está gritando tu nombre.

Luego se tragó lo que quedaba del cucurucho y se levantó de la silla.

—Estoy cansada, chicos. Hoy ha sido uno de esos días espantosos que es mejor olvidar. Me voy a dormir.

Desapareció de la vista. La oyeron subir las escaleras. Todavía no había perdido la costumbre de llamar «chicos» a los presentes de cualquier edad, aunque le doblaran los años. Incluidos sus padres.

—¿Qué piensas? —preguntó Pierre a quemarropa—. ¿Cuánto tiempo hacía que no la veías?

Daniele respondió con sinceridad. Sin retórica.

—No pienso nada. Quizá sea menos sorda que nosotros. Que yo.

—Tiene muchos momentos así —intervino Nicole—, en los que oye y ve cosas. El psiquiatra dice que es la enfermedad.

—No sé —reflexionó Daniele—. No encuentro nada extraño. Me han tratado antes y saben que los sensitivos existen, y vaya si existen. Tienen una antena más que nosotros. No es un síntoma de… —bajó la voz—… enfermedad mental.

Pierre no respondió y Nicole se levantó para preparar el café.

Alrededor de medianoche, Daniele comprendió que había llegado el momento de despedirse. Como suele decirse, a todos empezaban a pesarles los párpados.

Adiós, abrazos y besos, no dejes de dar señales de vida. En pocos segundos, Daniele tomó el camino de tierra que llevaba a la carretera. Era inútil fingir que no había pasado nada: la brevísima intervención de Vale le resonaba en el alma y en el cerebro. El duelo era demasiado reciente para no admitir –más aún, para no defender– la posibilidad de que el fantasma de su esposa quisiera comunicarse con él de algún modo oculto.

Fantasma… Por lo general, nunca había creído en ellos, aunque escribiera sobre el tema y disfrutara de libros y películas que lo abordaban. Por desgracia, presenciar la muerte hace cambiar de opinión. Sobre todo en lo relativo a la ecuación entre fantasma y deseo.

Su esposa jamás habría querido que se recreara en el dolor. Estaba llegando el momento de que Daniele dejara todo atrás. Si no todo, casi todo. La vida era hic et nunc, aquí y ahora. Nada fácil. Pero o se marchaba él también, quedándose dormido para siempre, o tenía que intentarlo al menos. Él no era un Ave Fénix como ella, no poseía su fuerza. Por desgracia, aquel legendario poder de resurgir de sus propias cenizas para la última batalla contra la enfermedad no le había bastado.

La carretera se le presentaba como un trayecto oscuro. Ningún alumbrado público y ningún automóvil que se acercara por la derecha o por la izquierda. Daniele se incorporó al carril y emprendió sin prisa el regreso, pensando todavía en la extraña experiencia con Vale. En la pregunta: ¿Quién está llamando?

Pronunciada por la muchacha con una expresión, cuando menos, infernal.

Con esas palabras en la mente, Daniele llegó a casa, la última de una diminuta aldea llamada Acqualenta, a dieciséis kilómetros de la ciudad. Una casa de campo restaurada que durante muchos años felices había albergado una historia de amor envidiable y envidiada. Ahora, como decía una antiquísima canción de los Dik Dik, se había convertido en una casa que había que quemar por completo.

Abrió el portón con el control remoto. Las ventanas resplandecían con la luz eléctrica del interior. Encontrarlas iluminadas le brindaba a Daniele una paz del alma tan ilusoria como brevísima.

Se estaba convirtiendo en un maestro en el arte de engañar a su propia mente.

Una vez dentro, tomó los somníferos habituales, cuya dosis, por fortuna, no aumentaba, aunque ya de por sí era excesiva. Cuatro cápsulas del principio activo anulaban sus pensamientos y le procuraban un sueño profundo y sin sueños que duraba cuatro o cinco horas. No muchas, pero suficientes. Una vez alcanzada la luz del día, lo esperaba, precisamente, una parodia de vida.

 

Sin embargo, se despertó a la hora del lobo. Aquella que uno de sus escritores favoritos, llamado Ray, había definido en otra vida como «la medianoche del alma». La necesidad de orinar, debida también al vino que había bebido durante la cena en casa de Pierre, había vencido al sueño artificial. Se levantó maldiciendo y fue al baño. Como estaba somnoliento, optó por sentarse en el inodoro. Mientras orinaba copiosamente, abrió la ventana para renovar el aire y escuchar los sonidos de la noche. En el primer piso, a la altura de las copas de los árboles circundantes, a menudo captaba los reclamos de las incansables aves nocturnas, lechuzas, búhos y otras que no conocía. Pero aquella noche parecía que no vivía nadie entre las ramas y las hojas.

En cambio, una angustiosa llamada, pronunciada por una voz femenina, se abrió paso en la oscuridad.

Su nombre. Daniele. Por lo que alcanzaba a percibir, no procedía de las inmediaciones de la casa, sino de los campos que rodeaban la finca, en una dirección indeterminada.

Y la voz…

Dios santo, por más alterada y ronca que sonara, parecía realmente la de ella.

¡Su esposa!

Enterrada ocho meses antes en el pequeño cementerio situado a un kilómetro de la casa. El cementerio rural al que le había cantado Lucio Battisti tantos años atrás. Daniele había querido cremarla de inmediato. Los familiares de ella se habían opuesto.

Se levantó bruscamente del inodoro, jadeando de miedo y de asombro. No estaba del todo seguro de no haber caído en una pesadilla. Pero un buen pellizco en plena mejilla lo convenció de que lo sobrenatural, lo verdadero y demasiado personal, estaba irrumpiendo en su mundo real.

Bajó corriendo las escaleras hasta la puerta de entrada. Dio dos vueltas a la llave y se precipitó afuera.

Pocos segundos después, la voz quejumbrosa, tan parecida a la de su amada perdida, volvió a llamarlo. Gimiendo y prolongando la vocal final.

… Danieleeee…

Se estremeció. Tembló sin poder controlarse. Aquello no estaba sucediendo. No podía ser.

Pero entre la hierba alta, unos diez metros más adelante, se entreveía algo. Y también se oía. Pasos arrastrados en la oscuridad –una negrura absoluta, sin luna– y sobre la hierba. Un sórdido ruido de trapos mojados. Que se arrastraban.

No era un fantasma.

Por desgracia.

Se trataba de un cuerpo sólido.

Después de comprenderlo, Daniele percibió algo aún más horrible.

La inconfundible chaqueta de rayas negras con la que la habían vestido antes de depositarla en el ataúd.

Luego, otra manifestación sonora. La voz que balbuceaba su nombre sonó como un espantoso maullido. Daniele se acercó un poco más.

Los ojos de la figura resplandecían en la oscuridad como los huecos de las calabazas vaciadas que albergan en su interior las llamas temblorosas de unos cabos de vela. Ventanas sucias abiertas a la abominación.

Y, Dios, ¡el olor!

El olor…

Aquella cosa, inmóvil pero oscilante entre la hierba, era –había sido– su esposa.

La chaqueta de rayas estaba cubierta de costras de moho verdoso. Lo que en otro tiempo había sido un rostro encantador aparecía ahora como una máscara apergaminada cubierta de barro, hinchada y manchada de negro. Su larga cabellera, antes rubia, estaba ahora recubierta de una masa viscosa. La voz que lo llamaba sonaba como el gorgoteo en las entrañas del demonio.

Cuántas veces había invocado, había anhelado absurdamente su regreso de la tumba. Una imposible tabla de salvación para su cerebro, que ya no razonaba.

Pero ahora, con aquella desconocida muerta viviente a pocos metros, una cosa repugnante y ajena, comprendió que el pensamiento mágico provocado por el más terrible de los duelos podía conducir a la locura a quien lo había sufrido y aún lo sufría.

Daniele gritó. Ninguna vocal, ningún intento de palabra. Solo una ráfaga mefítica de aire procedente de las profundidades del abdomen. Horror puro.

Retrocedió. Su dulcísima esposa, transformada en un cuerpo en descomposición –con fragmentos de materia que se desprendían de su rostro y revoloteaban como hojas en el aire nocturno–, era una visión intolerable. Inadmisible. Ni siquiera en el más delirante de los relatos que había escrito en otro tiempo.

¡Los muertos vivientes no existen!

Le dio la espalda a aquel horror, el último de los horrores supremos, y corrió hacia la casa, con la esperanza de que el infierno no lo persiguiera para arrastrarlo consigo al abismo.

Antes de cerrar la puerta para impedir un hipotético intento de entrada por la fuerza de la cosa –en el cine llamaban zombis a aquellos seres–, lanzó una mirada inútil hacia la aparición. La chaqueta manchada de barro y desgarrada en varios puntos cubría la silueta de un espantapájaros inmóvil y aterrador que seguía borboteando su nombre.

Se dejó caer al suelo, vencido por la repugnancia y el abatimiento. Y por un miedo inimaginable.

Encontrarían su cadáver una semana después, con la mirada petrificada en una indescriptible expresión de terror cósmico.

Entre los dedos, un retazo de tela gastada de rayas negras. Quizá de una chaqueta.

 

—¡Te digo que hay que llamar al responsable de la oficina de defunciones!

—Al contador Porta, lo conozco. Tiene un genio de los demonios. Nos echará la culpa.

Los dos cuidadores del cementerio de Acqualenta, ancianos próximos a la jubilación, observaban con repugnancia el destrozo en la pared, a la altura de sus ojos desorbitados e incrédulos. Y comentaban.

—¿La culpa de qué? ¿Me lo explicas?

—Técnicamente, se trata de un robo con fuerza y de la profanación del nicho. Algún desgraciado ha golpeado con un pico la pared, la ha destrozado y ha sacado el ataúd.

—¿Y se ha llevado el cadáver?

—¿Qué quieres que te diga? La muerta era la esposa de un escritor de relatos de este tipo —señaló el lugar que los rodeaba—, ambientados en sitios como este. Cementerios, castillos, casas aisladas. Quizá sea una maldita broma de alguno de sus colegas. O de varios. Pero los primeros sospechosos seremos tú y yo… Como mínimo, podrían acusarnos de negligencia en el servicio.

—Tú y yo no seríamos capaces de semejante destrozo. Llama a Porta y acabemos con esto. Además, si la noticia se filtra, saldremos en los periódicos.

Uno sacó del bolsillo un teléfono móvil viejo y comenzó a recorrer los apellidos de la agenda. El otro caminó, sombrío, entre los escombros del destrozo. Luego, el primero pulsó una tecla.

—Buenos días, contador —lo oyó decir el segundo—. Soy el cuidador del cementerio de Acqualenta. Quería avisarle de que esta noche…

A los oídos del otro solo llegaban las respuestas del primero. Que pasaron de normales a surrealistas en pocos segundos.

—Han demolido el nicho y sacado el ataúd. Lo han abierto y…

Una respuesta indescifrable al otro lado de la línea.

—El cadáver ha desaparecido.

Otra respuesta.

—¿Cómo dice?

El contador Porta estaba diciendo algo increíble.

—¿No había ningún cadáver? ¿Es una broma?

Algo todavía más increíble.

—¿Por qué gastar cuatro mil euros en un ataúd con doble revestimiento de zinc si…?

Casi un desenlace inesperado.

—¿La hermana? ¿Y el escritor no sabe nada?

Un asunto extraño y molesto, por decir lo menos.

—Ah… Él no lo habría permitido.

El otro veía cómo su compañero abría desmesuradamente los ojos y le hacía gestos grotescos para que se acercara. Le hizo caso, pero no del todo. Algo en aquella llamada lo inquietaba. Se detuvo a unos metros.

—No.

—No, se lo repito. ¡Entonces han robado la urna con las cenizas!

—¡Dentro del ataúd no hay nada!

El contador Porta cortó la comunicación y el otro sintió alivio.

—Enviarán a un par de albañiles y también a los de la funeraria.

El otro no hizo ningún comentario. Además del suceso en sí, además de las palabras que acababa de oír, otros detalles, tan absurdos como inquietantes, lo estaban perturbando todavía más.

No aguantaba. Tenía que decírselo a su compañero de trabajo.

—Hay algo que no encaja.

—¿Por qué?

—Joder, mira bien el nicho, mira el ataúd.

—¿Y qué?

—El interior está limpio, no hay ni una mota de polvo. Ni el más pequeño escombro. Si hubieran golpeado con un pico desde afuera, eso no sería posible. En cambio, todos los fragmentos están aquí alrededor, esparcidos en todas direcciones.

—A decir verdad, yo también lo había notado. El ataúd también parece forzado desde dentro, pero…

—¿Pero?

—Una coincidencia. Punto. Dentro del ataúd no había nadie. Solo la urna con las cenizas. Y la han robado.

Como guiado por una voluntad oculta, el otro percibió un destello metálico entre los arbustos, a espaldas de su colega. Se acercó, pasó a su lado y recogió el objeto reluciente: un recipiente de tamaño mediano, sin tapa. Se lo mostró a su compañero.

—¿Esta es la urna?

—Por lo que recuerdo, sí. Evidentemente.

El otro inclinó el recipiente con la abertura hacia el suelo. No cayó nada de su interior. Y, ante el asombro del primero, comentó en nombre de ambos:

—Una de dos. O aquí nunca hubo cenizas o alguien las ha sacado. Sería interesante averiguar cómo.

Ante la entrada del pequeño cementerio se detuvo una furgoneta de la policía mortuoria. Ambos respiraron aliviados. Aquel desagradable problema estaba a punto de pasar a manos ajenas.

 

Había muerto cantando.

Daniele, junto a su cama, devastado por el dolor, no la había oído.

Pero ella cantaba. También de alegría, también porque preveía que poco después regresaría.

Quizá no tan perfecta como antes. Los rayos solares que la habían incendiado por dentro y le habían provocado la enfermedad tendrían consecuencias negativas para la integridad del nuevo cuerpo resurgido de las cenizas.

Estaba segura. Las leyendas mienten por definición. El Ave Fénix muere y luego renace.

Pero ya no vuela como antes.

Ni siquiera camina como antes. Claudica, gruñe, cojea, ve cómo su nueva piel se desmorona. Pero de algún modo está viva. Y es capaz de volver a presentarse ante su amado en la tierra para estrecharlo otra vez entre sus brazos.

Después de llamarlo por su nombre desde un punto oscuro a unos metros, o kilómetros, de su ventana.

Y de obligar a los ocasionales presentes, atónitos y aterrados, a formularse la inútil pregunta:

¿Quién está llamando?

Danilo Arona, nacido en Alessandria en 1950, es uno de los escritores de terror y literatura fantástica más longevos y destacados de Italia. Con cerca de sesenta libros publicados entre narrativa y ensayo, su trayectoria abarca también el periodismo, la investigación y la música rock. Su estilo inconfundible transita la línea entre el reportaje y la ficción, entrelazando actualidad, folklore y alucinación. A lo largo de su carrera ha colaborado con importantes editoriales y ha impulsado obras fundamentales y proyectos mitológicos colectivos como sus célebres Cronache di Bassavilla. Además de su faceta como novelista y prolífico ensayista especializado en el lado oscuro del cine fantástico y los miedos contemporáneos, ha ejercido como un activo organizador de eventos culturales y mentor de nuevas generaciones literarias. Actualmente continúa escribiendo desde la región del Piamonte.

 

NOVENO PISO E