Danilo Arona
Me gustaría
terminar aquí. Sería bonito poder editar mi propia vida. Poder detenerme en
mitad de una frase y guardar todo lo demás en algún cajón, aprovechar mi
amnesia y olvidar todas las cosas que han sucedido, que suceden y que están a
punto de suceder. Cerrar los ojos e irme a dormir feliz. Sería bonito.
Warm Bodies, Isaac Marion,
2012
Post Fata Resurgam
Resucitaré después de la muerte
Ocho meses antes,
la vida se le había venido encima como la más devastadora de las avalanchas.
Ocho meses después, un día, de
pronto, Daniele Fontana, el escritor que ya no escribía, aceptó de buena gana
la invitación a cenar de su amigo Pierre Nicolosi.
Pierre y su esposa Nicole
trabajaban en el mundo editorial, él como asesor y ella como editora, y desde
que había ocurrido la tragedia que puso patas arriba la existencia de Daniele,
no habían dejado de animarlo a volver a escribir, intentando convencerlo en
vano de que sería la única terapia capaz de hacer que un narrador cincuentón,
con éxitos a sus espaldas, recuperara un vestigio de normalidad.
No es que eso le importara. Durante
largos meses, Daniele solo había deseado apagarse y había perdido más de quince
kilos, poniendo en marcha conscientemente un riguroso mecanismo de muerte
celular dirigido por su propio cerebro, pero chocando con la resistencia mucho
más que pasiva de un organismo que se negaba a ceder. El escritor había
sangrado por dentro y un tumor había comenzado a desarrollarse a la altura del
duodeno, pero una voluntad de supervivencia casi sobrenatural, que aún no
lograba explicarse, se había impuesto. Daniele había vuelto a comer con
relativa normalidad y su palidez amarillenta se había atenuado. El dolor no,
pero hasta que llega la bendita muerte, quizá se consiga soportarlo aunque solo
sea por costumbre. Así, algunos amigos habían empezado a invitarlo con cautela
a almorzar o a cenar, y a aquellos con los que tenía mayor afinidad no les
había dicho que no.
Pierre y Nicole seguían encabezando
la lista. Por sus cualidades personales y por las delicias de su mesa. En la
finca donde vivían abundaban los productos de la huerta y ella, por lo que
Daniele recordaba, era una excelente cocinera.
Así que aquella noche de finales
del verano, Daniele no tuvo dudas. Fue. Convencido de que pasaría una velada al
menos neutral. Sin la idea fija de su esposa, arrebatada antes de tiempo por la
más terrible e insidiosa de las enfermedades. Ella, que había luchado durante
seis meses como una leona. Él, obligado a presenciar una metamorfosis
devastadora, la belleza convertida en horror visible. Antes de que ella se
apagara.
Ante una generosa ración de subric,
Pierre, próximo a los sesenta, al igual que su esposa –ambos una década mayores
que Daniele–, volvió a insistir por enésima vez. Él no recurrió a excusas
hipócritas.
—Todavía no puedo —respondió,
buscando los ojos de Nicole con la esperanza de encontrar comprensión—. Me
siento vacío, apagado. Sin ideas, sin ganas, sin… propósito.
—Han pasado más de ocho meses
—insistió Pierre—. Deberías intentarlo.
—Pierre, han pasado solo ocho
meses. Y yo ya no tengo una vida. Esto es una parodia, una especie de
alucinación. —Luego, tratando de desviar el eje de la conversación, les
preguntó a ambos:
—¿Y Vale? ¿Ha salido?
Vale, diminutivo de Valeria, era su
hija de treinta años. Padecía una ligera alteración psíquica de difícil
interpretación y, por consiguiente, de difícil diagnóstico; Daniele sabía que
trabajaba como auxiliar en una residencia de atención sociosanitaria. Nada que
afectara su convivencia con los demás, y su dedicación al prójimo sublimaba sus
inquietudes. Pero en ella solía haber algo que desentonaba. Cada vez más en los
últimos tiempos.
—No, está de turno, pero termina
dentro de media hora —respondió Pierre, aún más serio que hasta entonces.
La cena continuó. Excelentes platos
con salsa, buen vino casero. A la hora prevista, anunciada por un chirrido de
neumáticos en el patio de tierra, llegó Valeria y entró en el comedor con
expresión ausente.
Hacía algún tiempo que Daniele no
la veía. La encontró más delgada, desmejorada y, sin duda, sin paz consigo
misma. Este último juicio procedía, desde luego, de su conocimiento del
problema que ella padecía.
Se sentó a la mesa, pero «solo
para hacerles compañía, ya he cenado». Nicole estaba estrenando la bandeja
de pastelitos que Daniele había comprado a última hora de la tarde como
contribución a la velada. Vale murmuró: «Probaré uno». Faltaría más.
Cuando se tragó el cuarto
profiterol relleno de crema, los demás comprendieron que tendrían que renunciar
a sus porciones por una benéfica causa de fuerza mayor. Pero qué se le iba a
hacer. Si unos pastelitos bastaran para aliviar la tristeza y las preocupaciones
del mundo, todos tendríamos la glucosa por las nubes. Y quizá seríamos más
felices.
Cuando solo quedó un pequeño
cucurucho de hojaldre relleno de sabayón en el centro de la bandeja, Daniele
comentó:
—Vamos, Vale, te corresponde por
derecho.
Pero ella se quedó paralizada.
Las manos se detuvieron en el aire.
Su rostro se contrajo en una
expresión alarmante que revelaba un terror ancestral, antiguo. Todos la miraban
con asombro, aunque sus padres, como era de esperar, con mayor preocupación.
Después de unos segundos
interminables, dejó escapar:
—¿Pero no lo oyen?
Los presentes dejaron de respirar.
Por las ventanas, todavía abiertas gracias a la benevolencia de la estación,
llegaba un silencio casi perfecto. Ni siquiera los pájaros nocturnos habían
comenzado sus interminables y empalagosos gorjeos. No, no oían nada. A los
oídos de todos llegaba una agradable ausencia de sonidos.
—¿Qué deberíamos oír? —preguntó
Nicole.
Por razones inexplicables, la
respuesta sonó escalofriante.
—¿Quién está llamando? —No una vez,
sino dos. Y seguía siendo la misma pregunta—. ¿Quién está llamando?
La frase ni siquiera resultaba
clara. Era difícil deducir quién llamaba y a quién. Pero la piel de gallina,
intensificada por la expresión verdaderamente alarmante de Vale, hacía que la
situación resultara, cuando menos, desconcertante.
Esbozando una sonrisa para restarle
dramatismo, Daniele aventuró lo que podía pasar por una broma, mientras Pierre
y su esposa adoptaban un aire casi resignado.
—Pero… ¿quién está llamando A
QUIÉN?
Mientras mordía el último
pastelito, Vale respondió sin vacilar.
—Es una mujer y te llama a ti
—afirmó mirando a Daniele a los ojos. Así estableció una conexión más que
directa entre sus pupilas. Vale seguía siendo hermosa, siempre lo había sido
–el retrato de su madre de joven–, y sus ojos, de un verde intensísimo y una
profundidad desconcertante, casi imposibles de sostener con la mirada, estaban
enmarcados por una melena corta de color rojo Tiziano.
De hecho, Daniele apartó la vista,
la dirigió hacia Nicole y formuló otra pregunta lógica.
—¿Pero dónde está? ¿Aquí afuera?
—No, está mucho más lejos. Pero
deberían oírla —replicó Vale sin vacilar—. Sobre todo tú.
Daniele no tuvo más remedio que
volver a mirarla a los ojos.
—¿Por qué?
—Te está llamando a ti. Está
gritando tu nombre.
Luego se tragó lo que quedaba del
cucurucho y se levantó de la silla.
—Estoy cansada, chicos. Hoy ha sido
uno de esos días espantosos que es mejor olvidar. Me voy a dormir.
Desapareció de la vista. La oyeron
subir las escaleras. Todavía no había perdido la costumbre de llamar «chicos» a
los presentes de cualquier edad, aunque le doblaran los años. Incluidos sus
padres.
—¿Qué piensas? —preguntó Pierre a
quemarropa—. ¿Cuánto tiempo hacía que no la veías?
Daniele respondió con sinceridad.
Sin retórica.
—No pienso nada. Quizá sea menos
sorda que nosotros. Que yo.
—Tiene muchos momentos así
—intervino Nicole—, en los que oye y ve cosas. El psiquiatra dice que es la
enfermedad.
—No sé —reflexionó Daniele—. No
encuentro nada extraño. Me han tratado antes y saben que los sensitivos
existen, y vaya si existen. Tienen una antena más que nosotros. No es un
síntoma de… —bajó la voz—… enfermedad mental.
Pierre no respondió y Nicole se
levantó para preparar el café.
Alrededor de medianoche, Daniele
comprendió que había llegado el momento de despedirse. Como suele decirse, a
todos empezaban a pesarles los párpados.
Adiós, abrazos y besos, no dejes
de dar señales de vida. En pocos segundos, Daniele tomó el camino de tierra
que llevaba a la carretera. Era inútil fingir que no había pasado nada: la
brevísima intervención de Vale le resonaba en el alma y en el cerebro. El duelo
era demasiado reciente para no admitir –más aún, para no defender– la
posibilidad de que el fantasma de su esposa quisiera comunicarse con él de
algún modo oculto.
Fantasma… Por lo general, nunca
había creído en ellos, aunque escribiera sobre el tema y disfrutara de libros y
películas que lo abordaban. Por desgracia, presenciar la muerte hace cambiar de
opinión. Sobre todo en lo relativo a la ecuación entre fantasma y deseo.
Su esposa jamás habría querido que
se recreara en el dolor. Estaba llegando el momento de que Daniele dejara todo
atrás. Si no todo, casi todo. La vida era hic et nunc, aquí y ahora.
Nada fácil. Pero o se marchaba él también, quedándose dormido para siempre, o
tenía que intentarlo al menos. Él no era un Ave Fénix como ella, no poseía su
fuerza. Por desgracia, aquel legendario poder de resurgir de sus propias
cenizas para la última batalla contra la enfermedad no le había bastado.
La carretera se le presentaba como
un trayecto oscuro. Ningún alumbrado público y ningún automóvil que se acercara
por la derecha o por la izquierda. Daniele se incorporó al carril y emprendió
sin prisa el regreso, pensando todavía en la extraña experiencia con Vale. En
la pregunta: ¿Quién está llamando?
Pronunciada por la muchacha con una
expresión, cuando menos, infernal.
Con esas palabras en la mente,
Daniele llegó a casa, la última de una diminuta aldea llamada Acqualenta, a
dieciséis kilómetros de la ciudad. Una casa de campo restaurada que durante
muchos años felices había albergado una historia de amor envidiable y envidiada.
Ahora, como decía una antiquísima canción de los Dik Dik, se había convertido
en una casa que había que quemar por completo.
Abrió el portón con el control
remoto. Las ventanas resplandecían con la luz eléctrica del interior.
Encontrarlas iluminadas le brindaba a Daniele una paz del alma tan ilusoria
como brevísima.
Se estaba convirtiendo en un
maestro en el arte de engañar a su propia mente.
Una vez dentro, tomó los somníferos
habituales, cuya dosis, por fortuna, no aumentaba, aunque ya de por sí era
excesiva. Cuatro cápsulas del principio activo anulaban sus pensamientos y le
procuraban un sueño profundo y sin sueños que duraba cuatro o cinco horas. No
muchas, pero suficientes. Una vez alcanzada la luz del día, lo esperaba,
precisamente, una parodia de vida.
Sin embargo, se
despertó a la hora del lobo. Aquella que uno de sus escritores favoritos,
llamado Ray, había definido en otra vida como «la medianoche del alma». La
necesidad de orinar, debida también al vino que había bebido durante la cena en
casa de Pierre, había vencido al sueño artificial. Se levantó maldiciendo y fue
al baño. Como estaba somnoliento, optó por sentarse en el inodoro. Mientras
orinaba copiosamente, abrió la ventana para renovar el aire y escuchar los
sonidos de la noche. En el primer piso, a la altura de las copas de los árboles
circundantes, a menudo captaba los reclamos de las incansables aves nocturnas,
lechuzas, búhos y otras que no conocía. Pero aquella noche parecía que no vivía
nadie entre las ramas y las hojas.
En cambio, una angustiosa llamada,
pronunciada por una voz femenina, se abrió paso en la oscuridad.
Su nombre. Daniele. Por lo
que alcanzaba a percibir, no procedía de las inmediaciones de la casa, sino de
los campos que rodeaban la finca, en una dirección indeterminada.
Y la voz…
Dios santo, por más alterada y
ronca que sonara, parecía realmente la de ella.
¡Su esposa!
Enterrada ocho meses antes en el
pequeño cementerio situado a un kilómetro de la casa. El cementerio rural al
que le había cantado Lucio Battisti tantos años atrás. Daniele había querido
cremarla de inmediato. Los familiares de ella se habían opuesto.
Se levantó bruscamente del inodoro,
jadeando de miedo y de asombro. No estaba del todo seguro de no haber caído en
una pesadilla. Pero un buen pellizco en plena mejilla lo convenció de que lo
sobrenatural, lo verdadero y demasiado personal, estaba irrumpiendo en su mundo
real.
Bajó corriendo las escaleras hasta
la puerta de entrada. Dio dos vueltas a la llave y se precipitó afuera.
Pocos segundos después, la voz
quejumbrosa, tan parecida a la de su amada perdida, volvió a llamarlo. Gimiendo
y prolongando la vocal final.
… Danieleeee…
Se estremeció. Tembló sin poder
controlarse. Aquello no estaba sucediendo. No podía ser.
Pero entre la hierba alta, unos
diez metros más adelante, se entreveía algo. Y también se oía. Pasos
arrastrados en la oscuridad –una negrura absoluta, sin luna– y sobre la hierba.
Un sórdido ruido de trapos mojados. Que se arrastraban.
No era un fantasma.
Por desgracia.
Se trataba de un cuerpo sólido.
Después de comprenderlo, Daniele
percibió algo aún más horrible.
La inconfundible chaqueta de rayas
negras con la que la habían vestido antes de depositarla en el ataúd.
Luego, otra manifestación sonora. La
voz que balbuceaba su nombre sonó como un espantoso maullido. Daniele se acercó
un poco más.
Los ojos de la figura resplandecían
en la oscuridad como los huecos de las calabazas vaciadas que albergan en su
interior las llamas temblorosas de unos cabos de vela. Ventanas sucias abiertas
a la abominación.
Y, Dios, ¡el olor!
El olor…
Aquella cosa, inmóvil pero
oscilante entre la hierba, era –había sido– su esposa.
La chaqueta de rayas estaba
cubierta de costras de moho verdoso. Lo que en otro tiempo había sido un rostro
encantador aparecía ahora como una máscara apergaminada cubierta de barro,
hinchada y manchada de negro. Su larga cabellera, antes rubia, estaba ahora
recubierta de una masa viscosa. La voz que lo llamaba sonaba como el gorgoteo en
las entrañas del demonio.
Cuántas veces había invocado, había
anhelado absurdamente su regreso de la tumba. Una imposible tabla de salvación
para su cerebro, que ya no razonaba.
Pero ahora, con aquella desconocida
muerta viviente a pocos metros, una cosa repugnante y ajena, comprendió que el
pensamiento mágico provocado por el más terrible de los duelos podía conducir a
la locura a quien lo había sufrido y aún lo sufría.
Daniele gritó. Ninguna vocal,
ningún intento de palabra. Solo una ráfaga mefítica de aire procedente de las
profundidades del abdomen. Horror puro.
Retrocedió. Su dulcísima esposa,
transformada en un cuerpo en descomposición –con fragmentos de materia que se
desprendían de su rostro y revoloteaban como hojas en el aire nocturno–, era
una visión intolerable. Inadmisible. Ni siquiera en el más delirante de los
relatos que había escrito en otro tiempo.
¡Los muertos vivientes no
existen!
Le dio la espalda a aquel horror,
el último de los horrores supremos, y corrió hacia la casa, con la esperanza de
que el infierno no lo persiguiera para arrastrarlo consigo al abismo.
Antes de cerrar la puerta para
impedir un hipotético intento de entrada por la fuerza de la cosa –en el
cine llamaban zombis a aquellos seres–, lanzó una mirada inútil hacia la
aparición. La chaqueta manchada de barro y desgarrada en varios puntos cubría
la silueta de un espantapájaros inmóvil y aterrador que seguía borboteando su
nombre.
Se dejó caer al suelo, vencido por
la repugnancia y el abatimiento. Y por un miedo inimaginable.
Encontrarían su cadáver una semana
después, con la mirada petrificada en una indescriptible expresión de terror
cósmico.
Entre los dedos, un retazo de tela
gastada de rayas negras. Quizá de una chaqueta.
—¡Te digo que hay
que llamar al responsable de la oficina de defunciones!
—Al contador Porta, lo conozco.
Tiene un genio de los demonios. Nos echará la culpa.
Los dos cuidadores del cementerio
de Acqualenta, ancianos próximos a la jubilación, observaban con repugnancia el
destrozo en la pared, a la altura de sus ojos desorbitados e incrédulos. Y
comentaban.
—¿La culpa de qué? ¿Me lo explicas?
—Técnicamente, se trata de un robo
con fuerza y de la profanación del nicho. Algún desgraciado ha golpeado con un
pico la pared, la ha destrozado y ha sacado el ataúd.
—¿Y se ha llevado el cadáver?
—¿Qué quieres que te diga? La
muerta era la esposa de un escritor de relatos de este tipo —señaló el
lugar que los rodeaba—, ambientados en sitios como este. Cementerios,
castillos, casas aisladas. Quizá sea una maldita broma de alguno de sus
colegas. O de varios. Pero los primeros sospechosos seremos tú y yo… Como
mínimo, podrían acusarnos de negligencia en el servicio.
—Tú y yo no seríamos capaces de
semejante destrozo. Llama a Porta y acabemos con esto. Además, si la noticia se
filtra, saldremos en los periódicos.
Uno sacó del bolsillo un teléfono
móvil viejo y comenzó a recorrer los apellidos de la agenda. El otro caminó,
sombrío, entre los escombros del destrozo. Luego, el primero pulsó una tecla.
—Buenos días, contador —lo oyó
decir el segundo—. Soy el cuidador del cementerio de Acqualenta. Quería
avisarle de que esta noche…
A los oídos del otro solo llegaban
las respuestas del primero. Que pasaron de normales a surrealistas en pocos
segundos.
—Han demolido el nicho y sacado el
ataúd. Lo han abierto y…
Una respuesta indescifrable al otro
lado de la línea.
—El cadáver ha desaparecido.
Otra respuesta.
—¿Cómo dice?
El contador Porta estaba diciendo
algo increíble.
—¿No había ningún cadáver? ¿Es una
broma?
Algo todavía más increíble.
—¿Por qué gastar cuatro mil euros
en un ataúd con doble revestimiento de zinc si…?
Casi un desenlace inesperado.
—¿La hermana? ¿Y el escritor no
sabe nada?
Un asunto extraño y molesto, por
decir lo menos.
—Ah… Él no lo habría permitido.
El otro veía cómo su compañero
abría desmesuradamente los ojos y le hacía gestos grotescos para que se
acercara. Le hizo caso, pero no del todo. Algo en aquella llamada lo
inquietaba. Se detuvo a unos metros.
—No.
—No, se lo repito. ¡Entonces han
robado la urna con las cenizas!
—¡Dentro del ataúd no hay nada!
El contador Porta cortó la
comunicación y el otro sintió alivio.
—Enviarán a un par de albañiles y
también a los de la funeraria.
El otro no hizo ningún comentario.
Además del suceso en sí, además de las palabras que acababa de oír, otros
detalles, tan absurdos como inquietantes, lo estaban perturbando todavía más.
No aguantaba. Tenía que decírselo a
su compañero de trabajo.
—Hay algo que no encaja.
—¿Por qué?
—Joder, mira bien el nicho, mira el
ataúd.
—¿Y qué?
—El interior está limpio, no hay ni
una mota de polvo. Ni el más pequeño escombro. Si hubieran golpeado con un pico
desde afuera, eso no sería posible. En cambio, todos los fragmentos están aquí
alrededor, esparcidos en todas direcciones.
—A decir verdad, yo también lo
había notado. El ataúd también parece forzado desde dentro, pero…
—¿Pero?
—Una coincidencia. Punto. Dentro
del ataúd no había nadie. Solo la urna con las cenizas. Y la han robado.
Como guiado por una voluntad
oculta, el otro percibió un destello metálico entre los arbustos, a espaldas de
su colega. Se acercó, pasó a su lado y recogió el objeto reluciente: un
recipiente de tamaño mediano, sin tapa. Se lo mostró a su compañero.
—¿Esta es la urna?
—Por lo que recuerdo, sí.
Evidentemente.
El otro inclinó el recipiente con
la abertura hacia el suelo. No cayó nada de su interior. Y, ante el asombro del
primero, comentó en nombre de ambos:
—Una de dos. O aquí nunca hubo
cenizas o alguien las ha sacado. Sería interesante averiguar cómo.
Ante la entrada del pequeño
cementerio se detuvo una furgoneta de la policía mortuoria. Ambos respiraron
aliviados. Aquel desagradable problema estaba a punto de pasar a manos ajenas.
Había muerto
cantando.
Daniele, junto a su cama, devastado
por el dolor, no la había oído.
Pero ella cantaba. También de
alegría, también porque preveía que poco después regresaría.
Quizá no tan perfecta como antes.
Los rayos solares que la habían incendiado por dentro y le habían provocado la
enfermedad tendrían consecuencias negativas para la integridad del nuevo cuerpo
resurgido de las cenizas.
Estaba segura. Las leyendas mienten
por definición. El Ave Fénix muere y luego renace.
Pero ya no vuela como antes.
Ni siquiera camina como antes.
Claudica, gruñe, cojea, ve cómo su nueva piel se desmorona. Pero de algún modo
está viva. Y es capaz de volver a presentarse ante su amado en la tierra para
estrecharlo otra vez entre sus brazos.
Después de llamarlo por su nombre
desde un punto oscuro a unos metros, o kilómetros, de su ventana.
Y de obligar a los ocasionales
presentes, atónitos y aterrados, a formularse la inútil pregunta:
¿Quién está llamando?
Danilo Arona, nacido en Alessandria en 1950, es uno de
los escritores de terror y literatura fantástica más longevos y destacados de
Italia. Con cerca de sesenta libros publicados entre narrativa y ensayo, su
trayectoria abarca también el periodismo, la investigación y la música rock. Su
estilo inconfundible transita la línea entre el reportaje y la ficción,
entrelazando actualidad, folklore y alucinación. A lo largo de su carrera ha
colaborado con importantes editoriales y ha impulsado obras fundamentales y
proyectos mitológicos colectivos como sus célebres Cronache di Bassavilla.
Además de su faceta como novelista y prolífico ensayista especializado en el
lado oscuro del cine fantástico y los miedos contemporáneos, ha ejercido como
un activo organizador de eventos culturales y mentor de nuevas generaciones
literarias. Actualmente continúa escribiendo desde la región del Piamonte.

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