Finn Audenaert
Te incorporo a mí,
rebanada a rebanada. Los recuerdos regresan uno tras otro en este húmedo
agujero bajo mi casa. El moho nos rodea, mi ladrona de corazones. Ese delicioso
olor a descomposición se impone a todo lo que he soportado. A todo lo que hemos
soportado. Nuestra vida antes y después de la caída.
Bajo la luz indiferente de un tubo
fluorescente, miro desde una silla tambaleante la lámina de la pared. No
representa ningún continente ni país. No, solo a ti, por partida doble. A la
izquierda: músculos, tendones, nervios. Sigo lentamente sus formas y vuelvo a
grabármelas en la memoria. Mi mirada se demora un poco más en los órganos de la
figura de la derecha. Algunos son grandes; otros, pequeños; todos, digeribles.
Por último, me atrae la ampliación dentro del círculo superior izquierdo: el
misterio… Muchos han buscado el alma a lo largo del tiempo; mientras estabas en
el hospital, leí sus trabajos con gran interés. Tiempo me sobraba. El alma no
existe, leí. El alma está fuera de nosotros. O también: el alma somos todos
nosotros. No me hagan reír. Y luego esto: el alma está en el corazón. Dios, no,
allí no la encontré. Pero estaba sabroso. Un bocado sustancioso. El alma, tu
incomprensible crueldad, está en tu cerebro. Tiene que estar ahí: ya he buscado
en todas las demás partes. Me levanto y me acerco a la pared. Poso la mano
sobre la imagen plana de tu cerebro… Está fría, como tú ahora. Como siempre lo
estuviste, en realidad, aunque lo comprendí demasiado tarde. ¿Por qué? Aliso el
papel; la humedad ha abombado un poco la lámina.
Cuando le di la espalda a la
sociedad, solo bajé lo necesario. ¿Para qué quería un mapa del mundo, ese plano
de la miseria? Lo nuestro éramos tú y yo, nada más. La lámina que le dio a mi
sótano su destino definitivo la robé del aula de biología el día que renuncié.
El aula donde desperdicié tanto tiempo, un tiempo que podría haber pasado
contigo, que debería haber pasado contigo.
Cerré todas las puertas. La de la
escuela, la de la casa de mis padres, la de tu casa, la de la mía. Hasta que
quedó una sola, al final del pasillo. Se abrió con un crujido. La profundidad
me invitaba a entrar. Pesabas bastante sobre mis hombros. Pero no me importaba.
Siempre me había gustado tu cuerpo lleno. Tu cuerpo nunca fue el problema. La
estrechez de la escalera ofrecía una ventaja: tus pies se deslizaban lentamente
por las barandas mientras bajábamos. Sí, lo había pensado todo muy bien.
Peldaño a peldaño, durante aquel descenso aparentemente interminable, fui
recuperándome a mí mismo. Abajo estábamos completos en nuestra desnudez y
sencillez: tú, yo, la silla, la mesa, la lámina, el bisturí y los demás
instrumentos con los que te diseccionaría capa por capa. Ninguno de los dos
estaba ya verdaderamente vivo. Te apoyé con ternura contra la pared y me senté.
Todavía no estabas rígida; tu carne era dócil.
Y sí, por supuesto que sé lo que
muestra la lámina. Pero estoy más familiarizado con otros cuerpos. Cuerpecitos
pequeños, gráciles, hechos para vivir libres allá arriba, no aquí, bajo tierra.
Por eso consulto la lámina, donde he ido tachando metódicamente las partes del
cuerpo. No quiero equivocarme en el camino hacia tu secreto más profundo.
Acaricio el vello oscuro de tu
brazo, que descansa ordenadamente sobre la mesa, frente a mí, junto a la
pequeña sierra circular que todavía gotea. Tranquila, mi ladrona de corazones:
hoy es nuestro día de fiesta. Siente el calor de mi mano, el consuelo de mi
amor. Todo está bien. Hoy por fin voy a comprenderte. Pincho la primera
rebanada con el tenedor y la pruebo.
Aquella noche sin aliento en la
playa de Ostende, tú desnuda, inclinada sobre mí, cargada con mis expectativas,
el viento en tu cabello. Nuestra primera vez. ¿Todavía oyes la canción del
tierno colibrí y el gavilán hambriento que te canté después, entre susurros y
gritos? Yo solo oigo el rumor, por supuesto, siempre el rumor. Entonces era
todavía el rumor del mar.
El hipocampo tiene un sabor
particular, casi picante, muy distinto, por ejemplo, del dulce fruto que era el
dedo pequeño de tu pie. Ah, aquel dedito tan bronceado, con la uña pintada de
blanco, cómo lo besaba antes y… Pero me desvío. Mis intenciones son puras. Me
interesa tu alma, no el cuerpo que tanto he amado. ¿Dónde estás?
Que mi lengua sea la guía durante
nuestro último encuentro. Corto otra rebanada fina del tembloroso hipocampo.
Cae con un ruido leve sobre la mesa, marcada por cortes y salpicada de sangre.
Se forma un pequeño charco que pronto se filtra en la madera porosa. Sobre
todo, no debo comer con demasiada avidez. Nadie nos molestará durante las
próximas horas. Mis asustados padres duermen, tu quejumbrosa madre duerme,
también duerme en su casa frente a la escuela mi director, tan comprensivo
después de tu accidente. Que descansen eternamente. El mundo entero sueña, por
un rato más. Y yo sueño contigo en nuestro agujero. Después de la noche llega
el día y, con la luz de la mañana, el descubrimiento de lo que ocurre aquí.
Pero mereces toda mi atención, mi respeto duradero, de modo que no hay lugar
para las prisas.
Con el bisturí hago una pequeña
incisión en la punta de mi lengua. Esta es la última jugada; ahora tampoco hay
vuelta atrás para mí. La sangre brota de inmediato. Qué maravillosamente
predecible es el cuerpo humano. No soy cirujano, ni mucho menos, pero puedes
confiarme esta clase de intervenciones. Se me da bien el dolor breve. Un corte
aquí, un empujón allá, nada más. Lentamente, disfrutándolo ya, acerco la
rebanada de cerebro a mi boca. Una gota solitaria cae sobre mi lengua y se
mezcla con la sangre. El líquido cefalorraquídeo sabe a sal, ¿lo sabías? Tú
sabes a sal. Mmm. Hoy nos convertiremos de verdad en uno. Ya no hay barreras.
Muerdo.
El calor pegajoso de la selva de
Costa Rica. El sudor que me escocía en la frente. Delante de nosotros,
danzando, retozando, provocándonos: ¡la morfo azul! Mi red iba de un lado a
otro, pero al final la atrapaste tú. Mientras la mariposa intentaba escapar en
vano, admirábamos el azul intenso, casi centelleante, y el grueso borde negro
de sus alas.
—¡Oh, mira esos ojos enormes por
debajo! —exclamaste, encantada, cuando la mariposa hizo un último intento
desesperado.
Nunca te había visto tan feliz.
Un trocito de hipocampo se desliza
bajo mi úvula con una viscosidad agradable. ¿Es tu alma agitándose dentro de mí
lo que enciende esta ligera fiebre?
—Ojalá pudiéramos estar siempre
de vacaciones —dijiste aquella noche en el complejo turístico, con una mirada
intensa.
Te habías prendido la morfo en
el pecho, para horror del personal. No te importaba.
—Mirko, tienes tantas
capacidades. ¿Qué hace un entomólogo como tú todo el día con esos niños?
Todavía estabas muy lejos de
querer hijos; aventuras, en cambio, sí querías. Ya pasábamos tres meses y medio
al año persiguiendo mariposas en Costa Rica, Sri Lanka, la India y, a veces,
más cerca de casa, en Gales y Escocia. Para mí era más que suficiente. No iba a
permitir que me quitaras a «esos niños». Mi trabajo me hacía bien; mi público,
todavía más. Busqué con cautela tu muñeca, intentando llegar a un acuerdo. Me
dejaste hacerlo, pero me miraste pensativa. No me atreví a tocarte la mano.
Eructo. De vez en cuando mi
estómago protesta. No tiene importancia. La lámina me indica el camino hacia
ti; las fotografías que la rodean me dan valor para hacer lo que debo.
Dispuestas en abanico, como un enjambre, cuelgan de la pared imágenes de
mariposas que atrapamos y nunca volvimos a soltar. Ojalá les hubiéramos
devuelto la libertad: prefiero mis fotografías a los ataúdes de tu casa. Mi
mirada recorre nuestro agujero. Suspiro satisfecho al contemplar el suave
amarillo de la grácil macaón, quizá tu mariposa favorita. La majestuosa
parides, y en particular sus alas negras surcadas de rojo, me enternece todavía
más. Siempre me recuerda a ti: tu espléndida cabellera oscura, la sangre que
acentúa los irregulares límites nuevos de tu cuerpo. Me vuelvo, me inclino
hacia ti y huelo tu cabello. El olor de la ira y la amargura, entonces; el de
la plenitud, ahora. No te preocupes, mi ladrona de corazones. La noche nos
lleva a nuestro destino.
El hipocampo contiene los recuerdos
de experiencias personales y hechos. Suena frío. Pero nada en la biología es
frío, lo sé muy bien. Nuestros cuerpos nos sirven; tu cuerpo me sirve a mí. Así
me das el amor que antes me faltaba. Poco a poco revivo nuestra vida, gracias a
ti. Quiero comprender cómo veías tú las cosas, por qué hiciste lo que hiciste.
Para poder justificar lo que he provocado. Vuelvo a tomar el bisturí y me pongo
a trabajar. Necesito saber más, mucho más. ¿Quizá una rebanada de amígdala me
dé la respuesta? La hoja brilla bajo la luz del tubo fluorescente.
A veces te invadía el deseo,
curiosamente a menudo después de una pelea estruendosa. Acabábamos de hablar de
si algún día viviríamos juntos. Nuestras manos se buscaron en el descansillo de
tu casa, aquel lugar sombrío donde entonces todavía vivías sin tu madre. Me
aferré con avidez a tu cuerpo ardiente. Tu cabello negro azabache desapareció
bajo la blusa beige que levanté de un tirón. No tenía tiempo para botones. Yo
quería porque tú querías. Te bajé la falda. Nos hundimos, gimiendo y abrazados,
en la gruesa alfombra, y nos tomamos, nos tomamos, nos tomamos el uno al otro.
Cuando estuvimos satisfechos, casi dormidos incluso, susurraste lo imposible:
—Ya no tomo la píldora. Hace
tiempo.
Secamente, así, sin más.
Me tenso. Un resto de amígdala yace
inmóvil sobre mi lengua. Ahora estás tan cerca, lo siento. Pero ¿por qué sigo
viviendo todo desde mi propia perspectiva? ¿Cómo es posible, por Dios? ¿Qué
estoy haciendo mal? Quizá, si como más… Así que trago.
Al principio no lo comprendiste.
Solo cuando me miraste a los ojos, todavía encima de mí, entendiste la terrible
verdad. Ay, Mirko, solo cuando hacemos daño estamos realmente vivos…
¡Sí, ahí estás! ¡Por fin!
Después de largas
conversaciones, te había convencido de que había demasiada crueldad en el mundo
para tener hijos. Una crueldad que yo, tu ladrona de corazones, la que
ensartaba tus mariposas, tu todo, comprendía demasiado bien. Por iniciativa
mía, veíamos las noticias de la televisión tres veces al día. Aprovechaba cada
guerra, cada hambruna y cada desastre natural para reforzar mis argumentos. Mi
plan funcionaba a la perfección. Te envolví por completo en mi miseria. Y solo
en el descansillo revelé lo que llevaba dentro…
Escucho sin aliento.
—Ahora que sabes lo mal que está
el mundo —dije, respirando con dificultad debajo de ti—, voy a cargarte con un
hijo.
Nunca olvidaré el horror de tu
rostro. Apartaste la mirada y te quedaste contemplando las mariposas inmóviles
en sus ataúdes de cristal, en la pared. Nuestro descansillo era un cementerio.
El lugar donde había enterrado mis sueños destrozados.
—El mundo sufre —jadeé, porque
tenías que comprenderme—. Y yo sufro con él, porque nunca estás enteramente
conmigo. Siempre la escuela y los alumnos. Quería ser libre, contigo, libre
como una mariposa. Pero no… ¿Por qué no tenías ojos solo para mí? ¿Y por qué
algo en lo más profundo de mí me obligaba a atravesar otras mariposas con
alfileres? Ese eterno hacer daño… Que empiece ahora tu sufrimiento, Mirko. Un
hijo más, en estos tiempos de horrores.
Abriste la boca, pero no
salieron palabras. Tampoco hacía falta: en tu mirada desencajada vi que por fin
comprendías que te había traicionado, incluso dos veces. Primero ningún hijo,
después sí. Todos los músculos de tu cuerpo se tensaron; te sentí rígido encima
de mí.
Y entonces… nada más. Ni imágenes
ni frases, solo vacío. El tubo fluorescente zumba sin piedad. ¿Por qué callas,
mi ladrona de corazones, justo ahora que tu alma se me revela? Agarro el
bisturí y lo clavo con rabia en tu brazo, una y otra vez. La sangre se
extiende, espesa, por la mesa; el bisturí se me resbala y atravieso lo que
queda de la amígdala. Vas a contármelo todo… Recojo el resto y me lo meto en la
boca. Apenas lo he tragado, empiezo a tener arcadas. ¡Ahora no! Mientras una
papilla ácida sube y me llena la boca, regresan las frases. Pero no son las
tuyas. No, estas decididamente no son las frases que quiero oír.
Entonces te reíste, mi ladrona
de corazones, oh, cómo te reíste. No era una risa aguda, sino monstruosamente
grave, como si el sonido viniera de lo más profundo de ti, de un lugar que
nunca habías querido compartir conmigo. De una poza espumosa de odio. Sonaba
como un rumor, un rumor implacable, mucho más fuerte que el mar que había
acompañado tan gloriosamente nuestro primer encuentro. Si hubieras callado
entonces, todo se habría arreglado. Pero no: disfrutabas tanto de tu victoria
mientras forcejeábamos en el descansillo. No pude seguir escuchando tu
crueldad; me aparté de encima de ti y huí por el pasillo. Un hijo. ¡Nuestro
hijo! Tu risa crecía, el aire se espesaba. Los ataúdes de la pared empezaron a
sacudirse; uno cayó justo al lado de la alfombra y se hizo añicos. Me agaché y
tomé entre mis manos la morfo de azul intenso. Echa a volar, pensé. ¡Tienes que
hacerlo! El animal seguía inerte. Tu rumor era ya ensordecedor. Avancé hacia ti
con dificultad, como si me hundiera en la alfombra de pelo largo. Basta. Con un
último esfuerzo te alcancé. Lancé la morfo al aire y mis manos quedaron libres.
Un solo empujón. Nada más. Rodaste pesadamente por la escalera. Y contigo, el
niño. La morfo descendió flotando detrás de ustedes. El rumor…
Los golpes resuenan en el sótano;
el ruido viene de arriba. Ya están aquí, antes de lo previsto. No tardarán en
derribar la puerta de entrada. El brazo de la ley golpea fuerte.
¿Los vecinos de quién fueron, mi
ladrona de corazones? ¿Los de mis padres, siempre preocupados, a quienes les
corté piadosamente la garganta? ¿Los de tu madre? ¿Aquella mujer abnegada que
te acogió, reducida casi a un vegetal, después de pasar meses en el hospital;
aquella mujer a quien asfixié con su almohada? ¿O fueron los vecinos del
director, el hombre que incluso al final parecía tener una sonrisa de
aprobación en el rostro?
Ah, ¿qué importa? Ahora son
bienvenidos.
Porque ya conozco tu verdad, mi
ladrona de corazones, y conozco la mía. Veo ante mí al niño que tú no querías y
al niño que yo no quería. Eso es lo único que cuenta. Arrojo el bisturí al
suelo y me vuelvo hacia ti. Llorando suavemente, acaricio tus costillas rotas y
apoyo la cabeza en tu hombro.
Cuando bajan a toda prisa por la escalera, gritando, un huérfano azul se desliza por el aire con ustedes. Parece llevar el mismo uniforme. Mi ladrona de corazones reconoce enseguida la polilla de franjas negras y azules, y yo también. En tiempos más felices la perseguíamos en Gales. Qué apropiado. Allí donde la morfo perdió la vida durante el día, el huérfano se alza en la noche que lo reveló todo.

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