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viernes, 23 de octubre de 2026

AMANECER

Jiao Ce

 

1

Día 51. Campamento del Primer Escalón, vertiente norte. Altitud: 7007 metros.

El fuego prendió y el interior de la tienda, hasta entonces en penumbra, se fue iluminando, lo que dio un poco de vida a aquel espacio de menos de diez metros cuadrados.

Puse una olla de hierro sobre el fuego, coloqué con cuidado tiras de carne seca sin cocinar contra su borde interior y eché dentro una buena cantidad de nieve que había recogido entre los brazos. La olla comenzó a chisporrotear de inmediato.

Junto al fuego estaba sentado Chai Hu, el jefe de mi expedición, que escribía en una libreta en una postura extraña. A aquella altitud, la presión atmosférica era tan baja que la tinta de su bolígrafo no salía por mucho que lo intentara.

No le había quedado más remedio que meterse el tubo del bolígrafo en la boca y soplar suavemente para poder escribir. Movía la cabeza al compás de la mano, como una vieja máquina de escribir.

—Te ves muy extraño —dije.

—¿Ah, sí? —Chai Hu me miró de reojo y se sacó el tubo de la boca. Una gota de saliva cayó sobre la libreta y se apresuró a limpiarla, avergonzado—. ¿Cómo están tus funciones corporales? —agregó mientras se secaba la comisura de los labios.

—Bastante bien. —Moví los brazos metálicos, que adquirieron un brillo anaranjado a la luz del fuego.

—Revisa tus componentes mecánicos. —Sacó de detrás de él la caja de herramientas y añadió con frialdad—: Mañana caminaremos todo el día. No me retrases.

Me toqué instintivamente el pecho. Dentro de la caja torácica de metal latía con fuerza un corazón humano.

—Ochenta y seis por ciento de componentes no humanos —murmuré mientras recibía la caja de herramientas que me tendía Chai Hu.

El fuego ardía con más fuerza. Fuera de la tienda, el viento aullaba y arrastraba granos de nieve sobre una extensión de hielo completamente negra, cuyos límites se perdían de vista. La pequeña tienda se aferraba a aquella superficie helada como un botón de color rojo anaranjado.

 

2

Cuando salimos del campamento uno ya eran las diez de la mañana, pero el cielo seguía gris y oscuro. Sobre nuestras cabezas se extendía una capa de nubes negruzcas, densa y espesa, formada por innumerables fragmentos de roca y partículas minerales de menos de dos milímetros de diámetro, mezclados con cristales de hielo. Los volcanes habían expulsado aquellas partículas durante la Gran Erupción y desde entonces permanecían suspendidas en la atmósfera.

En otros tiempos, desde allí se habría visto con claridad la cumbre del Everest, además de la ruta de ascenso por la vertiente norte. Ahora no se veía nada de aquello. La capa de nubes había cercenado limpiamente la cima y la montaña entera parecía un emperador decapitado.

—¿Qué miras? —preguntó Chai Hu mientras recogía la tienda.

—La capa de nubes es muy espesa —dije, con la vista en lo alto.

Interrumpió su tarea, se enderezó y se levantó las gafas protectoras.

—En las partes más delgadas tiene doscientos cincuenta metros de espesor. En algunos lugares alcanza los dos kilómetros.

—De verdad oculta todo el cielo… —exclamé.

—Bah. —Chai Hu soltó un resoplido desdeñoso—. Cuatrocientos veinte volcanes activos en erupción ininterrumpida durante trece meses. Enormes cantidades de polvo acumuladas en la troposfera. La luz solar bloqueada, los vientos de altura debilitados, el efecto de Coriolis… Menos mal que no viví en aquella época.

—Ahora tampoco estamos mucho mejor —dije.

Chai Hu no respondió. Ya había terminado de recoger la tienda y emprendimos la marcha hacia el último campamento antes de la cumbre.

El viento soplaba con más fuerza. Los granos de nieve que levantaba provocaban violentos ataques de tos con cada respiración. Chai Hu se cubrió la boca y la nariz con el cuello de la chaqueta y avanzó trabajosamente entre el viento y la nieve, ayudándose con los crampones y los bastones.

Lo seguí de cerca, hundido en la nieve hasta las rodillas.

Todas las rutas hacia la cumbre habían desaparecido en la ventisca. Solo se distinguía una cresta de color marrón oscuro que se internaba directamente en las nubes negras, sin que pudiera verse dónde terminaba.

 

3

Día 52. Campamento de ascenso a la cumbre del Everest. Altitud: 8018 metros.

Hoy las cosas fueron bastante mal. Primero perdimos los utensilios de cocina junto al precipicio del Collado Norte. Después, a los 7800 metros, Chai Hu se lesionó un brazo. También se rompió el último par de bastones que nos quedaba y, por si fuera poco, comenzó a sufrir episodios de respiración sibilante, un indicio de mal de altura.

Encendí una fogata. Los labios de Chai Hu habían adquirido un tono violáceo y el sudor le perlaba cada vez más la piel.

—Cuando entres en calor te sentirás mejor —le dije.

Chai Hu frunció el ceño.

—El corazón me late un poco rápido. Por lo demás… estoy bien.

Lo tomé del brazo.

—Pulso: ciento veintiuno. Presión máxima: ciento diez. Mínima: cincuenta y nueve.

—No es nada. No te preocupes por mí. —Cerró los ojos.

Aseguré los bordes de la tienda con objetos pesados para impedir que se filtrara el aire frío.

—¿Viste las banderas de oración hoy? —le pregunté.

—¿Las que estaban a los 7200 metros?

—Sí. Debajo había una escala de medición y, junto a ella, una estela de piedra. En la estela…

—Estaban los nombres de todos los que murieron aquí.

Asentí.

Chai Hu abrió los ojos y se quedó mirando el techo de la tienda como si quisiera atravesarlo con la mirada.

—Ninguno quería morir. Ninguno sabía que acabaría muriendo en esta montaña nevada… Pobres idiotas…

—Pero murieron por algo que valía la pena. Tal vez ese sea el sentido de la vida —dije.

—¿El sentido? —Chai Hu se incorporó a medias—. Yo lo llamaría una vanidad patética.

—Has llegado a la cumbre muchas veces. ¿Ninguno de esos ascensos tuvo sentido para ti? —pregunté.

Chai Hu soltó una risa fría.

—Para mí, el sentido ya ha muerto.

—No te creo.

Chai Hu comenzó a toser violentamente. Tardó un buen rato en dominar el malestar.

—ST02, recuerda esto —dijo con toda seriedad—: hay quienes viven por cosas vanas e inalcanzables. Pero yo vivo para mí. Antes escalaba el Everest por una sola razón: porque está ahí y lo único que tengo que hacer es conquistarlo. ¿Entiendes?

—¿Y esta vez?

Chai Hu vaciló y luego me fulminó con la mirada.

—Hoy hablas demasiado.

Era evidente que se negaba a admitir algo, pero guardé silencio.

Enrolló su chaqueta cortavientos, la metió debajo de la almohada y volvió a acostarse.

 

4

Día 53. Vertiente norte del Everest. Altitud: 8517 metros.

Las corrientes de aire entre las montañas habían provocado una intensa nevada en la vertiente norte desde la noche anterior. Todas las rutas hacia la cumbre habían quedado sepultadas bajo casi sesenta centímetros de nieve. A cincuenta grados bajo cero, la nieve se convertía en hielo en cuanto tocaba el suelo. El rodamiento de mi pierna izquierda se había congelado y el mecanismo de transmisión había dejado de funcionar por completo. Ahora la pierna me sostenía como una rígida barra de hielo.

Chai Hu avanzaba con dificultad delante de mí. Las aristas de hielo y las rocas erosionadas entorpecían cada movimiento como cuchillas. Por cada paso que subía, retrocedía medio. En más de dos horas habíamos recorrido menos de un kilómetro.

Aun así, se volvía de tanto en tanto para apremiarme a seguirlo.

—¡Si te quedas atrás, morirás! —gritó entre el viento y la nieve.

—Los robots no mueren. —El viento se tragó mi voz.

Llevaba más de ocho horas sin beber una gota de agua. El mal de altura persistente lo hacía temblar como si tuviera escalofríos, pero seguía avanzando con firmeza. No lograba comprenderlo. A veces me parecía que el robot era él.

Ya habíamos entrado en la capa de nubes negras. Todo a nuestro alrededor era gris y difuso; hasta los copos de nieve eran grises. No se parecía a la noche ni a una tormenta de arena, sino más bien a la penumbra interminable que precede al amanecer.

«Tal vez así fuera el principio de la creación…», pensé. Aquel caos nos envolvía. Envolvía todo el Everest.

Levanté la vista, pero la cumbre seguía sin aparecer.

De pronto, Chai Hu se irguió bruscamente y cayó rígido, como una puerta que se desploma.

Solté la mochila y me apresuré a trepar hacia él.

—¿Cómo estás? —Le sostuve la cabeza con la mano izquierda. La falta de oxígeno le había vuelto el rostro de un tono violáceo azulado y tenía los labios hinchados.

—No… muy bien… —Apenas movía los labios y su respiración era muy débil.

Le toqué el brazo. Ardía. Los sensores indicaban que su pulso había llegado a doscientos diez.

—Vamos a bajar —dije con calma.

Chai Hu ya tenía la mirada perdida, pero aun así negó con la cabeza.

—No…

—Todavía faltan cuatrocientos cuarenta metros para la cumbre —dije.

—Ayúdame a subir. Puedo hacerlo…

—No llegarás.

Chai Hu jadeaba. De sus pulmones salía un silbido metálico.

—Tú… —De pronto me sujetó la mano con una fuerza sorprendente.

—Sube… tú solo —dijo.

—Llegar a la cumbre no tiene sentido para mí —respondí con calma—. Voy a llevarte de regreso.

—¡No! —Abrió los ojos con esfuerzo y me miró—. ¡Lo que tiene sentido para mí… también lo tiene para ti!

—¿Qué? —Sentía con claridad la violencia de su pulso, que hacía vibrar al mismo ritmo el motor de mi brazo.

—La humanidad lleva más de cien años… sin ver… un amanecer… —Inspiró con esfuerzo—. Ve… díselo…

—Pero soy un robot.

Chai Hu levantó una mano y me dio unas palmadas en el pecho metálico.

—Tú sí lo tienes.

Entonces dejó caer la cabeza y cerró los ojos. Pero su mano seguía aferrada con fuerza a la mía.

 

5

Cumbre del Everest. Altitud: 8851,27 metros.

Nunca había contemplado un amanecer desde una montaña, ni comprendía qué significaba para los seres humanos.

Pero ahora estaba en la cumbre. Las nubes negras que habían cubierto el mundo durante cien años habían quedado bajo mis pies, y el cielo era tan azul y límpido como un remanso de agua.

Ajusté la frecuencia de la radio y elevé al máximo la potencia de salida de la batería para asegurarme de transmitir en todas las bandas.

Reflexioné un momento y comencé la transmisión:

—Quince de septiembre de 2185, ocho y veinticinco de la mañana. Veintisiete grados, cincuenta y nueve minutos, diecisiete segundos de latitud norte. Ochenta y seis grados, cincuenta y cinco minutos, treinta y un segundos de longitud este. Cumbre del Everest. Soy Jiang, miembro de la expedición. Declaro solemnemente que, en este momento, el sol está saliendo por el este. Repito: soy Jiang, miembro de la expedición. Declaro solemnemente que, en este momento, el sol está saliendo por el este. ¡La humanidad vuelve a bañarse en la luz del sol! ¡La humanidad vuelve a bañarse en la luz del sol!

Mientras hablaba, abrí mi caja torácica de metal y dejé al descubierto mi corazón. Bañado por la luz del amanecer, brillaba como el oro.

Jiao Ce es un escritor chino de ciencia ficción, periodista y editor en Hebei News Network. En 2013, publicó su primer relato, «El operador» (The Operator), en la revista *New Science Fiction*. Posteriormente, publicó una serie de relatos cortos en la aplicación *Little Science Fiction*. En mayo de 2017, su obra «Amanecer» (Dawn) fue seleccionada como material de comprensión lectora para el examen de ingreso a la escuela secundaria en el distrito de Xicheng, Pekín. Ese mismo año, obtuvo el segundo premio al mejor relato corto en la segunda edición de los premios Water Drop.

 

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