Jiao Ce
1
Día 51. Campamento
del Primer Escalón, vertiente norte. Altitud: 7007 metros.
El fuego prendió y el interior de
la tienda, hasta entonces en penumbra, se fue iluminando, lo que dio un poco de
vida a aquel espacio de menos de diez metros cuadrados.
Puse una olla de hierro sobre el
fuego, coloqué con cuidado tiras de carne seca sin cocinar contra su borde
interior y eché dentro una buena cantidad de nieve que había recogido entre los
brazos. La olla comenzó a chisporrotear de inmediato.
Junto al fuego estaba sentado Chai
Hu, el jefe de mi expedición, que escribía en una libreta en una postura
extraña. A aquella altitud, la presión atmosférica era tan baja que la tinta de
su bolígrafo no salía por mucho que lo intentara.
No le había quedado más remedio que
meterse el tubo del bolígrafo en la boca y soplar suavemente para poder
escribir. Movía la cabeza al compás de la mano, como una vieja máquina de
escribir.
—Te ves muy extraño —dije.
—¿Ah, sí? —Chai Hu me miró de reojo
y se sacó el tubo de la boca. Una gota de saliva cayó sobre la libreta y se
apresuró a limpiarla, avergonzado—. ¿Cómo están tus funciones corporales? —agregó
mientras se secaba la comisura de los labios.
—Bastante bien. —Moví los brazos
metálicos, que adquirieron un brillo anaranjado a la luz del fuego.
—Revisa tus componentes mecánicos.
—Sacó de detrás de él la caja de herramientas y añadió con frialdad—: Mañana
caminaremos todo el día. No me retrases.
Me toqué instintivamente el pecho.
Dentro de la caja torácica de metal latía con fuerza un corazón humano.
—Ochenta y seis por ciento de
componentes no humanos —murmuré mientras recibía la caja de herramientas que me
tendía Chai Hu.
El fuego ardía con más fuerza.
Fuera de la tienda, el viento aullaba y arrastraba granos de nieve sobre una
extensión de hielo completamente negra, cuyos límites se perdían de vista. La
pequeña tienda se aferraba a aquella superficie helada como un botón de color
rojo anaranjado.
2
Cuando salimos del
campamento uno ya eran las diez de la mañana, pero el cielo seguía gris y
oscuro. Sobre nuestras cabezas se extendía una capa de nubes negruzcas, densa y
espesa, formada por innumerables fragmentos de roca y partículas minerales de
menos de dos milímetros de diámetro, mezclados con cristales de hielo. Los
volcanes habían expulsado aquellas partículas durante la Gran Erupción y desde
entonces permanecían suspendidas en la atmósfera.
En otros tiempos, desde allí se
habría visto con claridad la cumbre del Everest, además de la ruta de ascenso
por la vertiente norte. Ahora no se veía nada de aquello. La capa de nubes
había cercenado limpiamente la cima y la montaña entera parecía un emperador
decapitado.
—¿Qué miras? —preguntó Chai Hu
mientras recogía la tienda.
—La capa de nubes es muy espesa
—dije, con la vista en lo alto.
Interrumpió su tarea, se enderezó y
se levantó las gafas protectoras.
—En las partes más delgadas tiene
doscientos cincuenta metros de espesor. En algunos lugares alcanza los dos
kilómetros.
—De verdad oculta todo el cielo…
—exclamé.
—Bah. —Chai Hu soltó un resoplido
desdeñoso—. Cuatrocientos veinte volcanes activos en erupción ininterrumpida
durante trece meses. Enormes cantidades de polvo acumuladas en la troposfera.
La luz solar bloqueada, los vientos de altura debilitados, el efecto de
Coriolis… Menos mal que no viví en aquella época.
—Ahora tampoco estamos mucho mejor
—dije.
Chai Hu no respondió. Ya había
terminado de recoger la tienda y emprendimos la marcha hacia el último
campamento antes de la cumbre.
El viento soplaba con más fuerza.
Los granos de nieve que levantaba provocaban violentos ataques de tos con cada
respiración. Chai Hu se cubrió la boca y la nariz con el cuello de la chaqueta
y avanzó trabajosamente entre el viento y la nieve, ayudándose con los
crampones y los bastones.
Lo seguí de cerca, hundido en la
nieve hasta las rodillas.
Todas las rutas hacia la cumbre
habían desaparecido en la ventisca. Solo se distinguía una cresta de color
marrón oscuro que se internaba directamente en las nubes negras, sin que
pudiera verse dónde terminaba.
3
Día 52. Campamento
de ascenso a la cumbre del Everest. Altitud: 8018 metros.
Hoy las cosas fueron bastante mal.
Primero perdimos los utensilios de cocina junto al precipicio del Collado
Norte. Después, a los 7800 metros, Chai Hu se lesionó un brazo. También se
rompió el último par de bastones que nos quedaba y, por si fuera poco, comenzó
a sufrir episodios de respiración sibilante, un indicio de mal de altura.
Encendí una fogata. Los labios de
Chai Hu habían adquirido un tono violáceo y el sudor le perlaba cada vez más la
piel.
—Cuando entres en calor te sentirás
mejor —le dije.
Chai Hu frunció el ceño.
—El corazón me late un poco rápido.
Por lo demás… estoy bien.
Lo tomé del brazo.
—Pulso: ciento veintiuno. Presión
máxima: ciento diez. Mínima: cincuenta y nueve.
—No es nada. No te preocupes por
mí. —Cerró los ojos.
Aseguré los bordes de la tienda con
objetos pesados para impedir que se filtrara el aire frío.
—¿Viste las banderas de oración
hoy? —le pregunté.
—¿Las que estaban a los 7200
metros?
—Sí. Debajo había una escala de
medición y, junto a ella, una estela de piedra. En la estela…
—Estaban los nombres de todos los
que murieron aquí.
Asentí.
Chai Hu abrió los ojos y se quedó
mirando el techo de la tienda como si quisiera atravesarlo con la mirada.
—Ninguno quería morir. Ninguno
sabía que acabaría muriendo en esta montaña nevada… Pobres idiotas…
—Pero murieron por algo que valía
la pena. Tal vez ese sea el sentido de la vida —dije.
—¿El sentido? —Chai Hu se incorporó
a medias—. Yo lo llamaría una vanidad patética.
—Has llegado a la cumbre muchas
veces. ¿Ninguno de esos ascensos tuvo sentido para ti? —pregunté.
Chai Hu soltó una risa fría.
—Para mí, el sentido ya ha muerto.
—No te creo.
Chai Hu comenzó a toser
violentamente. Tardó un buen rato en dominar el malestar.
—ST02, recuerda esto —dijo con toda
seriedad—: hay quienes viven por cosas vanas e inalcanzables. Pero yo vivo para
mí. Antes escalaba el Everest por una sola razón: porque está ahí y lo único
que tengo que hacer es conquistarlo. ¿Entiendes?
—¿Y esta vez?
Chai Hu vaciló y luego me fulminó
con la mirada.
—Hoy hablas demasiado.
Era evidente que se negaba a
admitir algo, pero guardé silencio.
Enrolló su chaqueta cortavientos,
la metió debajo de la almohada y volvió a acostarse.
4
Día 53. Vertiente
norte del Everest. Altitud: 8517 metros.
Las corrientes de aire entre las
montañas habían provocado una intensa nevada en la vertiente norte desde la
noche anterior. Todas las rutas hacia la cumbre habían quedado sepultadas bajo
casi sesenta centímetros de nieve. A cincuenta grados bajo cero, la nieve se
convertía en hielo en cuanto tocaba el suelo. El rodamiento de mi pierna
izquierda se había congelado y el mecanismo de transmisión había dejado de
funcionar por completo. Ahora la pierna me sostenía como una rígida barra de
hielo.
Chai Hu avanzaba con dificultad
delante de mí. Las aristas de hielo y las rocas erosionadas entorpecían cada
movimiento como cuchillas. Por cada paso que subía, retrocedía medio. En más de
dos horas habíamos recorrido menos de un kilómetro.
Aun así, se volvía de tanto en
tanto para apremiarme a seguirlo.
—¡Si te quedas atrás, morirás!
—gritó entre el viento y la nieve.
—Los robots no mueren. —El viento
se tragó mi voz.
Llevaba más de ocho horas sin beber
una gota de agua. El mal de altura persistente lo hacía temblar como si tuviera
escalofríos, pero seguía avanzando con firmeza. No lograba comprenderlo. A
veces me parecía que el robot era él.
Ya habíamos entrado en la capa de
nubes negras. Todo a nuestro alrededor era gris y difuso; hasta los copos de
nieve eran grises. No se parecía a la noche ni a una tormenta de arena, sino
más bien a la penumbra interminable que precede al amanecer.
«Tal vez así fuera el principio de
la creación…», pensé. Aquel caos nos envolvía. Envolvía todo el Everest.
Levanté la vista, pero la cumbre
seguía sin aparecer.
De pronto, Chai Hu se irguió
bruscamente y cayó rígido, como una puerta que se desploma.
Solté la mochila y me apresuré a
trepar hacia él.
—¿Cómo estás? —Le sostuve la cabeza
con la mano izquierda. La falta de oxígeno le había vuelto el rostro de un tono
violáceo azulado y tenía los labios hinchados.
—No… muy bien… —Apenas movía los
labios y su respiración era muy débil.
Le toqué el brazo. Ardía. Los
sensores indicaban que su pulso había llegado a doscientos diez.
—Vamos a bajar —dije con calma.
Chai Hu ya tenía la mirada perdida,
pero aun así negó con la cabeza.
—No…
—Todavía faltan cuatrocientos
cuarenta metros para la cumbre —dije.
—Ayúdame a subir. Puedo hacerlo…
—No llegarás.
Chai Hu jadeaba. De sus pulmones
salía un silbido metálico.
—Tú… —De pronto me sujetó la mano
con una fuerza sorprendente.
—Sube… tú solo —dijo.
—Llegar a la cumbre no tiene
sentido para mí —respondí con calma—. Voy a llevarte de regreso.
—¡No! —Abrió los ojos con esfuerzo
y me miró—. ¡Lo que tiene sentido para mí… también lo tiene para ti!
—¿Qué? —Sentía con claridad la
violencia de su pulso, que hacía vibrar al mismo ritmo el motor de mi brazo.
—La humanidad lleva más de cien
años… sin ver… un amanecer… —Inspiró con esfuerzo—. Ve… díselo…
—Pero soy un robot.
Chai Hu levantó una mano y me dio
unas palmadas en el pecho metálico.
—Tú sí lo tienes.
Entonces dejó caer la cabeza y
cerró los ojos. Pero su mano seguía aferrada con fuerza a la mía.
5
Cumbre del Everest.
Altitud: 8851,27 metros.
Nunca había contemplado un amanecer
desde una montaña, ni comprendía qué significaba para los seres humanos.
Pero ahora estaba en la cumbre. Las
nubes negras que habían cubierto el mundo durante cien años habían quedado bajo
mis pies, y el cielo era tan azul y límpido como un remanso de agua.
Ajusté la frecuencia de la radio y
elevé al máximo la potencia de salida de la batería para asegurarme de
transmitir en todas las bandas.
Reflexioné un momento y comencé la
transmisión:
—Quince de septiembre de 2185, ocho
y veinticinco de la mañana. Veintisiete grados, cincuenta y nueve minutos,
diecisiete segundos de latitud norte. Ochenta y seis grados, cincuenta y cinco
minutos, treinta y un segundos de longitud este. Cumbre del Everest. Soy Jiang,
miembro de la expedición. Declaro solemnemente que, en este momento, el sol
está saliendo por el este. Repito: soy Jiang, miembro de la expedición. Declaro
solemnemente que, en este momento, el sol está saliendo por el este. ¡La
humanidad vuelve a bañarse en la luz del sol! ¡La humanidad vuelve a bañarse en
la luz del sol!
Mientras hablaba, abrí mi caja
torácica de metal y dejé al descubierto mi corazón. Bañado por la luz del
amanecer, brillaba como el oro.
Jiao Ce es un escritor chino de ciencia ficción,
periodista y editor en Hebei News Network. En 2013, publicó su primer relato,
«El operador» (The Operator), en la revista *New Science Fiction*.
Posteriormente, publicó una serie de relatos cortos en la aplicación *Little
Science Fiction*. En mayo de 2017, su obra «Amanecer» (Dawn) fue seleccionada
como material de comprensión lectora para el examen de ingreso a la escuela
secundaria en el distrito de Xicheng, Pekín. Ese mismo año, obtuvo el segundo
premio al mejor relato corto en la segunda edición de los premios Water Drop.
