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martes, 6 de octubre de 2026

MI PRIMER ABRIGO

Baktybek Shamkeev

 

Hace poco me enviaron por WhatsApp un video con imágenes de archivo y escenas de la vida de los escolares soviéticos. Hay videos de ese tipo, algo así como «Qué bien se vive en el país de los sóviets», o títulos parecidos, con cierto tono de nostalgia por aquella época y aquella forma de vida. En una de las escenas vi a un niño de unos ocho o nueve años, vestido con un abrigo de cuadros gris oscuro, un gorro con orejeras y botas de fieltro, que caminaba con sus amigos por la calle nevada de un pueblo.

Al principio no comprendí por qué aquellas imágenes en particular habían llamado mi atención. Volví a ver el video y la escena en la que un grupo de muchachos, unos con chaquetas acolchadas, otros con abrigos de piel o cazadoras, iban a la escuela conversando alegremente y, de vez en cuando, lanzándose bolas de nieve. Solo aquel niño del abrigo de cuadros gris oscuro, que le quedaba muy bien, caminaba junto a ellos con aire solemne y se sacudía de tanto en tanto la nieve de las bolas que lo alcanzaban.

Era evidente que protegía su abrigo de las bolas de nieve y no participaba en el juego de sus compañeros. Llevaba manoplas y sostenía en la mano derecha una cartera escolar algo abollada. Quizá se había puesto aquel abrigo por primera vez en su vida y se dirigía a la escuela con sus amigos.

Entonces comprendí por qué me había llamado la atención precisamente aquella escena del video. Era por el abrigo de cuadros gris oscuro del niño: yo había tenido uno igual cuando estaba en tercer grado, y con él se relacionaba un episodio desagradable de mi infancia despreocupada y feliz.

Como era habitual después de las vacaciones, antes del comienzo de las clases, muchos padres compraban ropa nueva para sus hijos, porque durante el verano todos habíamos crecido y la del año anterior nos quedaba pequeña. A menudo había que comprar prendas de una talla mayor. Así fue como, en septiembre, mi madre me compró un abrigo nuevo para ir a la escuela. Mientras duraban los cálidos días de otoño, me lo ponía a menudo en casa y miraba cómo me quedaba en el espejo del dormitorio de mis padres.

En aquellos días esperaba con impaciencia que llegara el frío y cayera la primera nieve para poder ir a la escuela con mi abrigo nuevo. Era el primer abrigo de mi vida, comprado cuando estaba en tercer grado, porque hasta entonces, en invierno, había usado una chaqueta acolchada o una cazadora abrigada, y ya quería llevar un abrigo y parecerme a mi padre. De niños, todos queríamos crecer cuanto antes y vestir ropa más elegante, y el abrigo nos parecía un atributo de la vida adulta.

Por fin, a finales de noviembre llegaron los fríos días de invierno. Una noche nevó copiosamente y a la mañana siguiente todo estaba blanco; la nieve cubría la calle casi hasta las rodillas. Me puse el abrigo con enorme satisfacción, me encasqueté el gorro de piel de conejo con orejeras, me calcé las botas abrigadas y, con la cartera escolar bajo el brazo, salí corriendo a la calle. Allí ya me esperaban Marat y Bakyt, que estaban en otras secciones de mi mismo grado, en la misma escuela primaria de cuatro años.

Éramos vecinos, nuestras casas estaban adosadas y siempre salíamos juntos hacia la escuela. Si alguno se retrasaba, llamábamos a su puerta o lo gritábamos por su nombre desde el patio. Marat y Bakyt se fijaron de inmediato en mi abrigo nuevo y, después de tocar el cuello y los bolsillos de parche, dijeron con aprobación que era magnífico. Luego nos encaminamos sin prisa a la escuela, saludando por el camino a otros muchachos de nuestra calle.

Avanzábamos por la nieve profunda y recién caída como exploradores que abrían camino. Al acercarnos a la escuela, vimos que los alumnos ya se agolpaban ante la entrada y se limpiaban la nieve adherida al calzado con una escoba gastada que se pasaban por turnos. La encargada de la limpieza y los alumnos de los grados superiores que estaban de guardia comprobaban que entráramos con el calzado limpio, para que no lleváramos barro ni nieve al interior.

Mientras esperábamos nuestro turno para usar la escoba, Marat empezó a hacer bolas de nieve y a lanzárselas a sus compañeros de clase, que respondieron arrojando otras hacia nosotros. Una me dio en el abrigo. Me sacudí enseguida, corrí hacia la entrada y le pedí la escoba a un alumno conocido, para limpiarme el calzado y entrar de inmediato, antes de que me acribillaran a bolas de nieve. No quería que mi abrigo nuevo se llenara de nieve: no me cansaba de admirarlo, aunque muchos otros alumnos llevaban otros parecidos.

Después de entrar en la escuela y sacudirme los restos de nieve de la ropa y las botas, me acerqué al largo perchero de madera, dispuesto en dos filas unidas junto a la pared, cerca de la ventana. Me quité el abrigo sin prisa, lo examiné por todos lados y, tras comprobar que estaba limpio, lo colgué por la trabilla en un extremo del perchero. Puse el gorro encima, en el mismo gancho, y metí la bufanda en las mangas del abrigo. Luego avancé despacio por el pasillo y, antes de entrar en el aula, volví la vista una vez más hacia el perchero para asegurarme de que el abrigo seguía en su sitio. Después entré con los muchachos que acababan de llegar.

Las clases pasaron volando. Me quedé un rato conversando con mi amigo Yurka Shtokolov sobre sus clases en la escuela de música, a la que había empezado a asistir en tercer grado. Por eso, a veces venía a clase con una reluciente trompeta de cobre en un estuche que parecía una pequeña maleta. Como todavía faltaba bastante para que comenzaran sus clases de música, charlábamos sin prisa sobre sus progresos musicales y su aprendizaje de la trompeta. Yurka sacó el instrumento del estuche, colocó la boquilla y sopló un poco, tratando de producir algún sonido, pues apenas estaba aprendiendo a tocar. Al oír los fuertes sonidos de la trompeta, la señora Valia, encargada de la limpieza, se asomó al aula y nos reprendió: Yurka debía dejar de tocar y nosotros debíamos salir de la escuela, porque las clases habían terminado hacía rato y ya era hora de volver a casa.

Recogimos nuestras cosas rápidamente, salimos del aula a toda prisa y nos dirigimos al perchero que estaba cerca de la salida. Desde lejos advertí que mi abrigo no estaba y empecé a inquietarme. Al acercarme, solo vi mi gorro, que seguía colgado en el extremo del perchero; el abrigo había desaparecido. Yurka y yo nos miramos y comenzamos a revisar las otras prendas que quedaban, pero no encontramos lo que buscábamos, aunque su cazadora y su gorro estaban en su sitio. En medio del perchero colgaba, solitaria, una mugrienta chaqueta acolchada gris; un poco más allá había un par de cazadoras de invierno y un abrigo negro gastado.

Yurka se echó a reír y, señalando la chaqueta acolchada, empezó a bromear: seguramente a alguien le había gustado mi abrigo y se lo había puesto sin pensarlo dos veces, dejándome su chaqueta a cambio. Pero cuando vio que yo no estaba para bromas y que parecía desconcertado, intentó tranquilizarme. Trataba de ocultar mi tristeza, pero los ojos ya se me habían llenado de lágrimas, porque imaginaba que alguien se había marchado con mi abrigo y probablemente se estaba riendo de mí, después de dejarme su vieja chaqueta mugrienta o su cazadora gastada. ¿Y si alguien de fuera había entrado expresamente en la escuela y me había robado el abrigo? ¿Dónde iba a buscarlo ahora?

Por primera vez en mi vida me había sucedido algo fuera de lo común. Era como si el mundo entero se hubiera vuelto negro y triste, como si el cielo oscuro se me hubiera desplomado sobre la cabeza.

Con esos pensamientos permanecí largo rato junto al perchero, sin saber qué hacer, mientras Yurka tenía mucha prisa por ir a sus clases de música. Me aconsejó que fuera a la sala de profesores o al despacho de la directora para informar de la desaparición del abrigo. Se vistió rápidamente y se apresuró hacia la salida para no llegar tarde a la escuela de música, a la que entonces llamábamos simplemente «la de música».

Al fondo del pasillo, la señora Valia estaba lavando el suelo. Primero me acerqué a ella para preguntarle si había visto quién podía haberse puesto mi abrigo. Por supuesto, me respondió que no se fijaba en quién se ponía la ropa de quién y que vigilar esas cosas no era su obligación. Pero al verme tan desconcertado y casi llorando, comenzó a tranquilizarme y me llevó a la sala de profesores, donde todavía quedaban algunos docentes, entre ellos nuestra maestra, María Fiódorovna. La señora Valia me acercó a ella y le informó de la desaparición de mi abrigo.

María Fiódorovna nos enseñaba desde que estábamos en primero C y durante todos aquellos años me había tratado muy bien. Vino enseguida conmigo al perchero y, después de mirar las cazadoras y la chaqueta acolchada, me preguntó si alguna de aquellas prendas era mía. Le respondí que ese día había ido por primera vez a la escuela con el abrigo nuevo que mi madre me había comprado en septiembre. (Qué curioso: todavía recuerdo cuánto costó aquel abrigo infantil: treinta y cinco rublos soviéticos de los de entonces, mientras que una chaqueta acolchada para niños apenas costaba seis o siete. Era 1972, y mis padres, ambos médicos, ganaban por entonces alrededor de cien rublos mensuales cada uno. En la familia éramos cuatro hijos y yo era el mayor. Lo menciono solo como información, por si a alguien le interesa o también recuerda aquellos precios soviéticos con los que transcurrió nuestra infancia).

Al comprender que alguien se había puesto mi abrigo por equivocación o lo había robado deliberadamente, María Fiódorovna me llevó al despacho de la directora para hablar de lo ocurrido y tomar alguna medida que permitiera encontrarlo. La directora, Nadezhda Vasílievna, me preguntó cuándo había visto por última vez el abrigo en el perchero. Respondí que me lo había puesto durante el recreo largo para ir al baño de la escuela, que estaba en el patio trasero. Después, al regresar, lo había colgado otra vez en el mismo lugar, en el extremo del perchero donde seguía mi gorro con orejeras.

María Fiódorovna y Nadezhda Vasílievna comenzaron a hablar sobre qué alumno podía haber robado mi abrigo y si convenía llamar a la policía para esclarecer las circunstancias del robo y buscar la prenda desaparecida. En ese momento se asomó al despacho la maestra de tercero B, cuyo nombre ya no recuerdo. También se había enterado por la señora Valia de la desaparición de mi abrigo y sugirió que podía haber sido su alumno Vovka Járchenko, porque la vieja chaqueta acolchada que colgaba en medio del perchero era suya.

Le contó a la directora que, durante la cuarta clase, Vovka le había pedido permiso para marcharse porque le dolía el estómago, y ella lo había dejado ir, dispensándolo de las últimas clases de matemáticas y literatura.

Vovka Járchenko era nuevo en su clase: su familia se había mudado durante el verano desde el pueblo vecino de Pokrovka y vivía en algún lugar de las afueras de nuestro pueblo, Kirovka. Yo apenas lo conocía, porque era bastante huraño y enseguida se metía en una pelea si alguien lo molestaba por ser el nuevo de la escuela. Se relacionaba sobre todo con los alborotadores del barrio, los malos alumnos y los que repetían de grado.

Le iba mal en los estudios y casi no tenía amigos en su clase. Solo sabíamos que provenía de una familia con problemas; siempre llevaba la ropa descuidada, la camisa sucia y los pantalones sin planchar. Tenía la mirada de un lobezno acorralado y contestaba de mala manera a todo el mundo, incluso a los maestros. Recuerdo que mis amigos Omor y Bakyt, que estaban en su clase, contaban entre risas que en su cartera solo llevaba un cuaderno, una libreta escolar maltrecha y una honda.

María Fiódorovna llamó a mi madre al trabajo y le pidió que viniera para confirmar que aquel día yo llevaba un abrigo nuevo y, si fuera necesario, identificarlo en caso de que apareciera en casa de Vovka Járchenko. Para entonces, los policías ya habían llegado a la escuela e interrogaban a los maestros y a la señora Valia sobre mi abrigo desaparecido, tomando notas en un cuaderno o en hojas de papel.

Después llegó mi madre y fue con ellos en el automóvil de la policía hasta la casa de Vovka Járchenko, en las afueras del pueblo. De camino me dejaron en casa. Para salir de la escuela a la calle tuve que ponerme su vieja chaqueta acolchada, que olía mal y tenía los bordes del cuello y las mangas muy sucios por el sudor. En cuanto llegué a casa, me la quité y la dejé en el frío vestíbulo, para que su olor no entrara en las habitaciones.

Mi madre regresó unas dos horas después y parecía otra persona. Tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar y empezó a reunir cosas en una gran bolsa negra de compras. Metió prendas viejas mías y de mis hermanos menores: ropa, calzado, algunos juguetes e incluso alimentos.

Mientras reunía aquellas cosas, no dejaba de llorar. Entre lágrimas me hablaba de la pobreza en la que vivía la familia de Vovka Járchenko: no tenían una casa, sino una especie de refugio excavado en la tierra, frío y oscuro, y en la mesa no había nada para comer. Entre sollozos contó que, además de Vovka, allí estaba su madre enferma, con niños pequeños en brazos, y que era la primera vez en su vida que veía una pobreza tan desesperada. El padre era alcohólico y no había trabajado en ningún sitio desde que se mudaron de Pokrovka. La madre estaba de licencia por maternidad y recibía una pequeña ayuda para cuidar al hijo menor, que todavía era un bebé.

Aquella tarde descubrí una faceta de mi madre que no conocía: también podía llorar por unos niños desdichados. Aunque era pediatra y seguramente había conocido a muchas familias con hijos pequeños y sabía de sus vidas, resultaba evidente que la situación de la familia de Vovka la había conmovido profundamente.

Le pregunté dónde estaba mi abrigo y me respondió que me compraría uno nuevo, que aquel se lo quedara Vovka, porque no tenía otra cosa que ponerse aparte de aquella vieja chaqueta acolchada. Sus dos hermanos menores ni siquiera tenían ropa de abrigo y, según le había contado su madre, por eso no iban ni al jardín de infancia. Mi madre les había pedido a los policías que la acompañaron que no abrieran ninguna causa penal por la desaparición del abrigo, para que la familia de Vovka no resultara perjudicada. Por el contrario, había que ayudarla a conseguirle trabajo al padre.

Al caer la tarde, mi padre regresó del trabajo y, al ver que mi madre había estado llorando, empezó a preguntarle qué le había sucedido. Ella le contó todo: la desaparición de mi abrigo, la situación de la familia de Vovka Járchenko. Le pidió que volviera a poner en marcha el automóvil para ir juntos a su casa y llevarles las cosas y los alimentos que había reunido. Más adelante, mi madre hizo los trámites para que los dos hermanos menores de Vovka recibieran alimentos de la cocina infantil del hospital, y después consiguió que la madre trabajara con ella como auxiliar en el consultorio pediátrico.

Vovka llevó mi abrigo durante todo el invierno, pero nunca llegamos a ser amigos. Sin embargo, después de aquel episodio advertí ciertos destellos de felicidad en sus ojos, y su carácter huraño se hizo menos evidente. Uno o dos años más tarde, su familia volvió a mudarse a Pokrovka. No sé qué fue de ellos después, pero quiero creer que a Vovka y a sus hermanitos les fue bien en la vida.

Baktybek Shamkeev nació el 16 de mayo de 1963 en Biskek, Kirguistán (entonces conocida como Frunze), en el seno de una familia de médicos. Su nombre, Baktybek, se traduce del kirguís como "persona que aferra firmemente su felicidad". Ha considerado este nombre como una estrella guía a lo largo de mi vida, desde mi infancia hasta el día de hoy. Actualmente trabaja como consultor en finanzas. Anteriormente, ocupó cargos directivos en importantes instituciones financieras, como Ayil Bank OJSC, la Compañía Estatal de Hipotecas (SMC) y el Departamento de Implementación de Proyectos Agrícolas del Banco Mundial, entre otras. Dedicó mucho tiempo al sector de la consultoría, adquiriendo una experiencia inestimable como consultor y formador en planificación estratégica, gestión de proyectos e inversiones. Su formación académica se centra en la ingeniería económica y la programación. Ama la música y toca la guitarra. Hace unos quince años, comenzó a escribir relatos cortos sobre personas que había conocido y momentos que despertaron sus emociones o dejaron una huella profunda.

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