Baktybek Shamkeev
Hace poco me
enviaron por WhatsApp un video con imágenes de archivo y escenas de la vida de
los escolares soviéticos. Hay videos de ese tipo, algo así como «Qué bien se
vive en el país de los sóviets», o títulos parecidos, con cierto tono de
nostalgia por aquella época y aquella forma de vida. En una de las escenas vi a
un niño de unos ocho o nueve años, vestido con un abrigo de cuadros gris
oscuro, un gorro con orejeras y botas de fieltro, que caminaba con sus amigos
por la calle nevada de un pueblo.
Al principio no comprendí por qué
aquellas imágenes en particular habían llamado mi atención. Volví a ver el
video y la escena en la que un grupo de muchachos, unos con chaquetas
acolchadas, otros con abrigos de piel o cazadoras, iban a la escuela conversando
alegremente y, de vez en cuando, lanzándose bolas de nieve. Solo aquel niño del
abrigo de cuadros gris oscuro, que le quedaba muy bien, caminaba junto a ellos
con aire solemne y se sacudía de tanto en tanto la nieve de las bolas que lo
alcanzaban.
Era evidente que protegía su abrigo
de las bolas de nieve y no participaba en el juego de sus compañeros. Llevaba
manoplas y sostenía en la mano derecha una cartera escolar algo abollada. Quizá
se había puesto aquel abrigo por primera vez en su vida y se dirigía a la
escuela con sus amigos.
Entonces comprendí por qué me había
llamado la atención precisamente aquella escena del video. Era por el abrigo de
cuadros gris oscuro del niño: yo había tenido uno igual cuando estaba en tercer
grado, y con él se relacionaba un episodio desagradable de mi infancia
despreocupada y feliz.
Como era habitual después de las
vacaciones, antes del comienzo de las clases, muchos padres compraban ropa
nueva para sus hijos, porque durante el verano todos habíamos crecido y la del
año anterior nos quedaba pequeña. A menudo había que comprar prendas de una
talla mayor. Así fue como, en septiembre, mi madre me compró un abrigo nuevo
para ir a la escuela. Mientras duraban los cálidos días de otoño, me lo ponía a
menudo en casa y miraba cómo me quedaba en el espejo del dormitorio de mis
padres.
En aquellos días esperaba con
impaciencia que llegara el frío y cayera la primera nieve para poder ir a la
escuela con mi abrigo nuevo. Era el primer abrigo de mi vida, comprado cuando
estaba en tercer grado, porque hasta entonces, en invierno, había usado una
chaqueta acolchada o una cazadora abrigada, y ya quería llevar un abrigo y
parecerme a mi padre. De niños, todos queríamos crecer cuanto antes y vestir
ropa más elegante, y el abrigo nos parecía un atributo de la vida adulta.
Por fin, a finales de noviembre
llegaron los fríos días de invierno. Una noche nevó copiosamente y a la mañana
siguiente todo estaba blanco; la nieve cubría la calle casi hasta las rodillas.
Me puse el abrigo con enorme satisfacción, me encasqueté el gorro de piel de
conejo con orejeras, me calcé las botas abrigadas y, con la cartera escolar
bajo el brazo, salí corriendo a la calle. Allí ya me esperaban Marat y Bakyt,
que estaban en otras secciones de mi mismo grado, en la misma escuela primaria
de cuatro años.
Éramos vecinos, nuestras casas
estaban adosadas y siempre salíamos juntos hacia la escuela. Si alguno se
retrasaba, llamábamos a su puerta o lo gritábamos por su nombre desde el patio.
Marat y Bakyt se fijaron de inmediato en mi abrigo nuevo y, después de tocar el
cuello y los bolsillos de parche, dijeron con aprobación que era magnífico.
Luego nos encaminamos sin prisa a la escuela, saludando por el camino a otros
muchachos de nuestra calle.
Avanzábamos por la nieve profunda y
recién caída como exploradores que abrían camino. Al acercarnos a la escuela,
vimos que los alumnos ya se agolpaban ante la entrada y se limpiaban la nieve
adherida al calzado con una escoba gastada que se pasaban por turnos. La
encargada de la limpieza y los alumnos de los grados superiores que estaban de
guardia comprobaban que entráramos con el calzado limpio, para que no
lleváramos barro ni nieve al interior.
Mientras esperábamos nuestro turno
para usar la escoba, Marat empezó a hacer bolas de nieve y a lanzárselas a sus
compañeros de clase, que respondieron arrojando otras hacia nosotros. Una me
dio en el abrigo. Me sacudí enseguida, corrí hacia la entrada y le pedí la
escoba a un alumno conocido, para limpiarme el calzado y entrar de inmediato,
antes de que me acribillaran a bolas de nieve. No quería que mi abrigo nuevo se
llenara de nieve: no me cansaba de admirarlo, aunque muchos otros alumnos
llevaban otros parecidos.
Después de entrar en la escuela y
sacudirme los restos de nieve de la ropa y las botas, me acerqué al largo
perchero de madera, dispuesto en dos filas unidas junto a la pared, cerca de la
ventana. Me quité el abrigo sin prisa, lo examiné por todos lados y, tras
comprobar que estaba limpio, lo colgué por la trabilla en un extremo del
perchero. Puse el gorro encima, en el mismo gancho, y metí la bufanda en las
mangas del abrigo. Luego avancé despacio por el pasillo y, antes de entrar en
el aula, volví la vista una vez más hacia el perchero para asegurarme de que el
abrigo seguía en su sitio. Después entré con los muchachos que acababan de
llegar.
Las clases pasaron volando. Me
quedé un rato conversando con mi amigo Yurka Shtokolov sobre sus clases en la
escuela de música, a la que había empezado a asistir en tercer grado. Por eso,
a veces venía a clase con una reluciente trompeta de cobre en un estuche que
parecía una pequeña maleta. Como todavía faltaba bastante para que comenzaran
sus clases de música, charlábamos sin prisa sobre sus progresos musicales y su
aprendizaje de la trompeta. Yurka sacó el instrumento del estuche, colocó la
boquilla y sopló un poco, tratando de producir algún sonido, pues apenas estaba
aprendiendo a tocar. Al oír los fuertes sonidos de la trompeta, la señora
Valia, encargada de la limpieza, se asomó al aula y nos reprendió: Yurka debía
dejar de tocar y nosotros debíamos salir de la escuela, porque las clases
habían terminado hacía rato y ya era hora de volver a casa.
Recogimos nuestras cosas
rápidamente, salimos del aula a toda prisa y nos dirigimos al perchero que
estaba cerca de la salida. Desde lejos advertí que mi abrigo no estaba y empecé
a inquietarme. Al acercarme, solo vi mi gorro, que seguía colgado en el extremo
del perchero; el abrigo había desaparecido. Yurka y yo nos miramos y comenzamos
a revisar las otras prendas que quedaban, pero no encontramos lo que
buscábamos, aunque su cazadora y su gorro estaban en su sitio. En medio del
perchero colgaba, solitaria, una mugrienta chaqueta acolchada gris; un poco más
allá había un par de cazadoras de invierno y un abrigo negro gastado.
Yurka se echó a reír y, señalando
la chaqueta acolchada, empezó a bromear: seguramente a alguien le había gustado
mi abrigo y se lo había puesto sin pensarlo dos veces, dejándome su chaqueta a
cambio. Pero cuando vio que yo no estaba para bromas y que parecía
desconcertado, intentó tranquilizarme. Trataba de ocultar mi tristeza, pero los
ojos ya se me habían llenado de lágrimas, porque imaginaba que alguien se había
marchado con mi abrigo y probablemente se estaba riendo de mí, después de
dejarme su vieja chaqueta mugrienta o su cazadora gastada. ¿Y si alguien de
fuera había entrado expresamente en la escuela y me había robado el abrigo?
¿Dónde iba a buscarlo ahora?
Por primera vez en mi vida me había
sucedido algo fuera de lo común. Era como si el mundo entero se hubiera vuelto
negro y triste, como si el cielo oscuro se me hubiera desplomado sobre la
cabeza.
Con esos pensamientos permanecí
largo rato junto al perchero, sin saber qué hacer, mientras Yurka tenía mucha
prisa por ir a sus clases de música. Me aconsejó que fuera a la sala de
profesores o al despacho de la directora para informar de la desaparición del
abrigo. Se vistió rápidamente y se apresuró hacia la salida para no llegar
tarde a la escuela de música, a la que entonces llamábamos simplemente «la de
música».
Al fondo del pasillo, la señora
Valia estaba lavando el suelo. Primero me acerqué a ella para preguntarle si
había visto quién podía haberse puesto mi abrigo. Por supuesto, me respondió
que no se fijaba en quién se ponía la ropa de quién y que vigilar esas cosas no
era su obligación. Pero al verme tan desconcertado y casi llorando, comenzó a
tranquilizarme y me llevó a la sala de profesores, donde todavía quedaban
algunos docentes, entre ellos nuestra maestra, María Fiódorovna. La señora
Valia me acercó a ella y le informó de la desaparición de mi abrigo.
María Fiódorovna nos enseñaba desde
que estábamos en primero C y durante todos aquellos años me había tratado muy
bien. Vino enseguida conmigo al perchero y, después de mirar las cazadoras y la
chaqueta acolchada, me preguntó si alguna de aquellas prendas era mía. Le
respondí que ese día había ido por primera vez a la escuela con el abrigo nuevo
que mi madre me había comprado en septiembre. (Qué curioso: todavía recuerdo
cuánto costó aquel abrigo infantil: treinta y cinco rublos soviéticos de los de
entonces, mientras que una chaqueta acolchada para niños apenas costaba seis o
siete. Era 1972, y mis padres, ambos médicos, ganaban por entonces alrededor de
cien rublos mensuales cada uno. En la familia éramos cuatro hijos y yo era el
mayor. Lo menciono solo como información, por si a alguien le interesa o
también recuerda aquellos precios soviéticos con los que transcurrió nuestra
infancia).
Al comprender que alguien se había
puesto mi abrigo por equivocación o lo había robado deliberadamente, María
Fiódorovna me llevó al despacho de la directora para hablar de lo ocurrido y
tomar alguna medida que permitiera encontrarlo. La directora, Nadezhda
Vasílievna, me preguntó cuándo había visto por última vez el abrigo en el
perchero. Respondí que me lo había puesto durante el recreo largo para ir al
baño de la escuela, que estaba en el patio trasero. Después, al regresar, lo
había colgado otra vez en el mismo lugar, en el extremo del perchero donde
seguía mi gorro con orejeras.
María Fiódorovna y Nadezhda
Vasílievna comenzaron a hablar sobre qué alumno podía haber robado mi abrigo y
si convenía llamar a la policía para esclarecer las circunstancias del robo y
buscar la prenda desaparecida. En ese momento se asomó al despacho la maestra
de tercero B, cuyo nombre ya no recuerdo. También se había enterado por la
señora Valia de la desaparición de mi abrigo y sugirió que podía haber sido su
alumno Vovka Járchenko, porque la vieja chaqueta acolchada que colgaba en medio
del perchero era suya.
Le contó a la directora que,
durante la cuarta clase, Vovka le había pedido permiso para marcharse porque le
dolía el estómago, y ella lo había dejado ir, dispensándolo de las últimas
clases de matemáticas y literatura.
Vovka Járchenko era nuevo en su
clase: su familia se había mudado durante el verano desde el pueblo vecino de
Pokrovka y vivía en algún lugar de las afueras de nuestro pueblo, Kirovka. Yo
apenas lo conocía, porque era bastante huraño y enseguida se metía en una pelea
si alguien lo molestaba por ser el nuevo de la escuela. Se relacionaba sobre
todo con los alborotadores del barrio, los malos alumnos y los que repetían de
grado.
Le iba mal en los estudios y casi
no tenía amigos en su clase. Solo sabíamos que provenía de una familia con
problemas; siempre llevaba la ropa descuidada, la camisa sucia y los pantalones
sin planchar. Tenía la mirada de un lobezno acorralado y contestaba de mala
manera a todo el mundo, incluso a los maestros. Recuerdo que mis amigos Omor y
Bakyt, que estaban en su clase, contaban entre risas que en su cartera solo
llevaba un cuaderno, una libreta escolar maltrecha y una honda.
María Fiódorovna llamó a mi madre
al trabajo y le pidió que viniera para confirmar que aquel día yo llevaba un
abrigo nuevo y, si fuera necesario, identificarlo en caso de que apareciera en
casa de Vovka Járchenko. Para entonces, los policías ya habían llegado a la
escuela e interrogaban a los maestros y a la señora Valia sobre mi abrigo
desaparecido, tomando notas en un cuaderno o en hojas de papel.
Después llegó mi madre y fue con
ellos en el automóvil de la policía hasta la casa de Vovka Járchenko, en las
afueras del pueblo. De camino me dejaron en casa. Para salir de la escuela a la
calle tuve que ponerme su vieja chaqueta acolchada, que olía mal y tenía los
bordes del cuello y las mangas muy sucios por el sudor. En cuanto llegué a
casa, me la quité y la dejé en el frío vestíbulo, para que su olor no entrara
en las habitaciones.
Mi madre regresó unas dos horas
después y parecía otra persona. Tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar y
empezó a reunir cosas en una gran bolsa negra de compras. Metió prendas viejas
mías y de mis hermanos menores: ropa, calzado, algunos juguetes e incluso
alimentos.
Mientras reunía aquellas cosas, no
dejaba de llorar. Entre lágrimas me hablaba de la pobreza en la que vivía la
familia de Vovka Járchenko: no tenían una casa, sino una especie de refugio
excavado en la tierra, frío y oscuro, y en la mesa no había nada para comer.
Entre sollozos contó que, además de Vovka, allí estaba su madre enferma, con
niños pequeños en brazos, y que era la primera vez en su vida que veía una
pobreza tan desesperada. El padre era alcohólico y no había trabajado en ningún
sitio desde que se mudaron de Pokrovka. La madre estaba de licencia por
maternidad y recibía una pequeña ayuda para cuidar al hijo menor, que todavía
era un bebé.
Aquella tarde descubrí una faceta
de mi madre que no conocía: también podía llorar por unos niños desdichados.
Aunque era pediatra y seguramente había conocido a muchas familias con hijos
pequeños y sabía de sus vidas, resultaba evidente que la situación de la
familia de Vovka la había conmovido profundamente.
Le pregunté dónde estaba mi abrigo
y me respondió que me compraría uno nuevo, que aquel se lo quedara Vovka,
porque no tenía otra cosa que ponerse aparte de aquella vieja chaqueta
acolchada. Sus dos hermanos menores ni siquiera tenían ropa de abrigo y, según
le había contado su madre, por eso no iban ni al jardín de infancia. Mi madre
les había pedido a los policías que la acompañaron que no abrieran ninguna
causa penal por la desaparición del abrigo, para que la familia de Vovka no
resultara perjudicada. Por el contrario, había que ayudarla a conseguirle
trabajo al padre.
Al caer la tarde, mi padre regresó
del trabajo y, al ver que mi madre había estado llorando, empezó a preguntarle
qué le había sucedido. Ella le contó todo: la desaparición de mi abrigo, la
situación de la familia de Vovka Járchenko. Le pidió que volviera a poner en
marcha el automóvil para ir juntos a su casa y llevarles las cosas y los
alimentos que había reunido. Más adelante, mi madre hizo los trámites para que
los dos hermanos menores de Vovka recibieran alimentos de la cocina infantil
del hospital, y después consiguió que la madre trabajara con ella como auxiliar
en el consultorio pediátrico.
Vovka llevó mi abrigo durante todo
el invierno, pero nunca llegamos a ser amigos. Sin embargo, después de aquel
episodio advertí ciertos destellos de felicidad en sus ojos, y su carácter
huraño se hizo menos evidente. Uno o dos años más tarde, su familia volvió a
mudarse a Pokrovka. No sé qué fue de ellos después, pero quiero creer que a
Vovka y a sus hermanitos les fue bien en la vida.
Baktybek Shamkeev nació el 16 de mayo de 1963 en Biskek, Kirguistán (entonces conocida como Frunze), en el seno de una familia de médicos. Su nombre, Baktybek, se traduce del kirguís como "persona que aferra firmemente su felicidad". Ha considerado este nombre como una estrella guía a lo largo de mi vida, desde mi infancia hasta el día de hoy. Actualmente trabaja como consultor en finanzas. Anteriormente, ocupó cargos directivos en importantes instituciones financieras, como Ayil Bank OJSC, la Compañía Estatal de Hipotecas (SMC) y el Departamento de Implementación de Proyectos Agrícolas del Banco Mundial, entre otras. Dedicó mucho tiempo al sector de la consultoría, adquiriendo una experiencia inestimable como consultor y formador en planificación estratégica, gestión de proyectos e inversiones. Su formación académica se centra en la ingeniería económica y la programación. Ama la música y toca la guitarra. Hace unos quince años, comenzó a escribir relatos cortos sobre personas que había conocido y momentos que despertaron sus emociones o dejaron una huella profunda.

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