Jona Heynke
Había decidido
matar a mi mejor amiga. Sin embargo, todavía no había decidido cómo hacerlo. Mi
ceguera era el principal obstáculo. No podía atropellarla con el coche. Si
intentaba empujarla por las escaleras o golpearla en la cabeza con un martillo,
vería lo que me proponía hacer. Tampoco era posible recurrir a una sobredosis
de algún medicamento, porque en el botiquín de nuestra casa solo había una caja
de analgésicos y las vitaminas de Ville.
Estaba guardando en los armarios de
la cocina las cosas que había comprado. Cuando mi mano tropezó con una botella
de whisky, se me ocurrió un plan infalible.
Sini aceptó de inmediato mi
invitación a una noche de sauna entre amigas. Llegó envuelta en una nube de
perfume en la que se distinguían, por lo menos, manzana y canela.
—No tenías que haber traído nada
—dije, repitiendo mi frase habitual.
—Claro que sí —respondió Sini, como
siempre—. Hice una tarta de manzana. Sé que te gusta.
Y me gustaba. Pero primero
comeríamos algunos aperitivos acompañados de un buen whisky escocés. Después
iríamos a la sauna y, para terminar, comeríamos la pasta con mariscos que yo
había preparado y la tarta de manzana de Sini. Como de costumbre, Sini quería
el whisky con soda. Como de costumbre, yo me burlé de ella por eso.
Brindamos por la amistad, como
tantas noches anteriores.
—Pase lo que pase, siempre nos
tendremos la una a la otra —dijo Sini, que ya arrastraba claramente las
palabras—. Paula, ¿alguna vez te he dicho cuánto te admiro?
—Alguna vez has dicho algo por el
estilo —respondí.
Sini se sirvió otra copa. Por la
duración del sonido del líquido al caer, deduje que no había notado nada
extraño en la soda.
—Haces todo igual que quienes
pueden ver.
—Bueno, ya llevo treinta y cinco
años practicando cómo vivir siendo ciega —resoplé, mientras llenaba mi vaso de
whisky puro, que apenas me había hecho más efecto que el agua.
—Muchas veces me he preguntado qué
pasaría si me quedara ciega —dijo Sini—. Yo no podría arreglármelas.
Sini bebió un sorbo y chasqueó los
labios, espero que de placer.
—Es como si estuviera viendo peor.
—Son imaginaciones tuyas —dije con
brusquedad—. O quizá hayas bebido demasiado. La ceguera no es contagiosa, si
eso es lo que temes.
La respiración de Sini se volvió
pesada. El vaso cayó. Por suerte, estaba vacío.
Me acerqué a Sini y la sacudí. Se
había desplomado inerte sobre la silla y respiraba cada vez con mayor
dificultad.
—Me duele —balbuceó de forma apenas
comprensible.
—A mí también —le dije al oído—. Me
duele desde que supe que querías quedarte con Ville.
—No —gimió Sini, y empezó a tener
arcadas.
—Sí. Nuestro coche empezó a oler a
tu perfume. Después también Ville.
—¡Paula, ayúdame, me duele!
—Ville empezó a recibir y enviar
montones de mensajes de WhatsApp. Y cada vez tenía que quedarse hasta más tarde
en el trabajo.
—¡Paula, por favor!
—Puedo ser ciega, pero no soy
estúpida. Uno de mis amigos consiguió para mí una neurotoxina experimental.
Mezclé suficiente con la soda para que ningún tratamiento pudiera salvarte.
—¡Paula, tengo miedo! Por favor.
¡Llama a una ambulancia!
Tomé el iPhone y le di vueltas
entre las manos.
—¿O prefieres que te lea los
mensajes de WhatsApp que tú y Ville se enviaban? Otro buen amigo mío consiguió
entrar en tu teléfono y me los copió. Tú y Ville discutían cómo podía librarse
de un lastre ciego como yo. Bueno, ahora por lo menos tú vas a librarte. Mezclé
tanta cantidad de metanol con la soda que ningún medicamento milagroso ni
lavado de estómago podrá salvar ya tu miserable vida.
Sini pasó los últimos y breves
instantes de su vida llorando y temblando. No me quedé a presenciarlos; empecé
a borrar las huellas. Vertí por el desagüe el resto de la soda. Enjuagué la
botella y el vaso y los arrojé a la basura. Después llamé a una ambulancia. Los
paramédicos se mostraron comprensivos. Sin duda debía de ser espantoso que mi
mejor amiga hubiera muerto delante de mis ojos sin que yo pudiera ver lo que
ocurría. Estuve de acuerdo con ellos en que pasar la noche sola en casa no era
una buena idea. Tomé un taxi hasta el mejor hotel de la ciudad. Ville, que esta
vez estaba realmente de viaje de negocios, se enteraría más tarde de la
terrible noticia de la muerte de su amante.
Cuando regresé a casa, me recibió
el silencio. Probablemente Ville estaba durmiendo para recuperarse del
cansancio del viaje. Decidí comer la pasta con mariscos que había quedado sin
tocar el día anterior. No llegué hasta el refrigerador. Algo grande que estaba
en el suelo me hizo tropezar. Mi mano tocó algo blando y gomoso.
¡Un muñeco grande!, fue mi primer
pensamiento. Luego reconocí el rostro de Ville.
Esta vez no tuve que fingir la
conmoción. Los paramédicos se llevaron con ellos a una reciente viuda que
temblaba de horror: yo. El sedante debió de nublarme la cabeza, porque llamé a
un policía conocido y confesé mi crimen. De todos modos, el análisis
toxicológico acabaría revelando la neurotoxina. El policía fue comprensivo,
aunque tampoco a él le parecía que el asesinato hubiera sido la solución
correcta en aquellas circunstancias. Resultó que Ville había legado casi todos
sus bienes a Sini. Ahora irían a un orfanato chino, porque Sini había muerto
antes que él.
—Ya que has empezado a confesar,
¿qué te parece si admites también el otro asesinato? Sabemos de dónde obtuviste
la sustancia que pusiste en la soda. Pero ¿de dónde sacaste el veneno de la
tarta? —En ese preciso momento comprendió que yo realmente no tenía la menor
idea de qué estaba hablando. Poco antes de morir, Ville había comido un gran
trozo de tarta de manzana. Contenía una dosis de neurotoxina tan grande que
habría matado hasta a un caballo.
Jonna Heynke es una escritora,
traductora, compositora y diseñadora de sonido ciega, nacida en Finlandia y
residente en Alemania junto a su marido y sus gatos. Lleva muchos años
trabajando como escritora y traductora independiente. Su primera novela se publicó
en Finlandia en 2015, y su obra ha aparecido también en antologías, periódicos
y revistas. Ha traducido al finés dos poemarios de Till Lindemann. Heynke es
también la creadora de Pictures Whisper Echoes, una serie de «pinturas
sonoras» basadas en artes visuales, fotografías, arquitectura, paisajes y
lugares. Utiliza la inteligencia artificial como medio para acceder visualmente
a las imágenes; ella misma compone e interpreta la música, principalmente con
sintetizador y piano. Todas estas pinturas sonoras se publican en su canal de
YouTube, Blind can see the sun.
