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lunes, 30 de marzo de 2026

LAS MIEDOSAS

Inaam Kachachi

Somos siete hermanas, todas miedosas. Mi hermana Atika, la mayor, teme al cáncer que devoró su seno derecho, y lo sustituyó con una pieza de plástico que coloca en su sujetador cada mañana para que su aspecto se vea equilibrado. Por la noche, apaga la luz de su habitación antes de quitarse la ropa. Luego, como si apartara de sí un escorpión venenoso, retira el seno falso y lo arroja en la oscuridad del armario, cuidando de no mirarlo. Vive con un temor constante de que el cáncer se extienda a su seno izquierdo, a su vientre, a su garganta, a su útero y al resto de su cuerpo. Con el tiempo, se acostumbró a vivir la ansiedad de los meses que separan sus visitas periódicas al hospital, pero nunca se habituó al miedo mismo. Observo las obsesiones de mi hermana mayor, y me dan ganas de abrazarla, acariciar su hermoso cabello y ahuyentarle los fantasmas del pánico. Y desearía hacer lo mismo con mi hermana Afaf.

Afaf teme a su esposo. A sus críticas continuas porque antes de él amó a un compañero de la universidad que viajó a Holanda para continuar sus estudios y nunca regresó. Hossam, su marido, conoce todos los detalles de esa historia de amor, pero se niega a pasar la página. Basta que beba una copa de alcohol para que comience a torturarla, recordándole su amor fracasado y al amante que la prefirió menos que a las mujeres de Europa. Ese recordatorio diario, burlón, mata en mi hermana la esperanza de una vida conyugal sana. Ella teme su sumisión constante a la humillación, y teme que la provocación hiriente la lleve a destruir su hogar con sus propias manos.

Mi hermana Atefa no tiene esposo al que temer. Pero teme al tiempo. Pasa horas frente al espejo, acariciando las pequeñas arrugas, estirando la flacidez del cuello, untando las manchas secas y persiguiendo los cabellos blancos sin que nada de eso la tranquilice. La mirada de terror salta rápidamente a sus ojos cada vez que alguien menciona la edad, tanto que ya hemos dejado de celebrar su cumpleaños o recordárselo. Eso bastaría para enfermarla durante varios días, y enfermarnos nosotras, las siete, con ella.

Yo entendía las formas del miedo, salvo el que siente mi hermana Wissal hacia su jefe en el trabajo. Es una sensación que va más allá del respeto habitual que un empleado siente ante sus superiores. Es un auténtico pánico que la hace rezar cada día y hacer promesas religiosas para que transfieran al jefe a otro departamento. Él podría escribir un informe que reduzca su salario, que le niegue un ascenso o que la despida. Ella se afilió al partido político, aunque no entiende nada de política, sólo para protegerse contra su jefe. Pero en vano. Él acecha cada error y su posición en el partido lo protege de sus rezos y promesas. No será despedido. No será trasladado. No será jubilado. Y Wissal seguirá bajo su merced, guardando sus miedos hasta que Dios quiera.

Cada una de nosotras tiene su propio miedo. Mi hermana Manal teme por su prometido, hijo de nuestro tío, el joven al que amó desde niña. El día que se comprometieron estaba tan feliz que se volvió más bella, más esbelta y radiante. Nader, su prometido, era ingeniero recién graduado y soldado de reserva. Pero estalló la guerra. En vez de terminar su servicio militar en dos años, todo quedó condicionado a la duración del conflicto. Manal se marchitó. Su brillo se apagó y su mirada se endureció. El miedo ocupó todo su ser. “Señor, no lo conviertas en carnada para el fuego. Señor, aléjalo de los proyectiles y las esquirlas, protégelo del cautiverio. Señor, devuélvemelo sano y toma de mí lo que quieras”. Cada vez que la guerra cumplía un año más, crecía el miedo de Manal y nunca se acostumbraba a vivir bajo el ritmo del peligro. Le daban ataques de escalofríos y vómitos cada vez que oía que un soldado vecino había caído. Permanecía de pie, como una muñeca de madera, sobre la azotea uno, dos, tres días, esperando una noticia de que su prometido aún vivía.

Y tú, estrellas bondadosas, ¿basta con que contemples desde lo alto las tristezas de las miedosas?

Llegó el día en que, en una de sus crisis, Manal gritó tirándose del cabello: “¡Ojalá muriera de una vez y descansara!”. Luego se golpeó la cabeza arrepentida por aquellas palabras locas. Pidió perdón a Dios, sollozó y se arañó el rostro. Fracasaron todos los intentos de mi hermana Mona por atarle las manos y evitar que se hiciera daño.

¿Mona? Ella es la que no teme a nadie más que a sí misma. Sus emociones son desbordadas y sus impulsos violentos. Su carácter es fuerte, impetuoso, lleno de deseos confesados y no confesados. Es la más atrevida de todas. No teme a nadie en este mundo excepto a sí misma. Pero sabe que su personalidad la conduce, paso a paso, hacia la destrucción. Le decía a Mona, cuando estábamos a solas intercambiando confesiones íntimas: “Te envidio por tu valentía”. Y tocaba madera riendo. Ella respondía con una certeza aterradora: “La valentía de una mujer es un título hermoso para una vida corta”.

La séptima hermana soy yo. Temo todas las cosas que asustan a mis hermanas, todas a la vez. La enfermedad que me acecha en cada respiro. Los años que pasan sus días y meses más rápido que las hojas de un libro. La muerte que siega a familiares y amigos como una mano codiciosa que arranca alientos y nunca se sacia. También temía a mi esposo y a los comentarios de su hermana, profesora universitaria, que no ocultaba su molestia porque yo transmitía a mis hijos el acento del barrio pobre en el que crecí.

Yo, la séptima miedosa, no temo sólo a mi jefe, sino a todos mis superiores en el trabajo. Al jefe de sección que me quiere precisa como una calculadora electrónica. Al jefe de departamento que me lanza miradas lascivas cada vez que paso frente a él, subiendo de mi cabello para luego descender rápidamente hacia las piernas. Al responsable de personal que no deja de preguntar por mis inclinaciones políticas y las de toda mi familia, hasta el séptimo abuelo. Y, tanto como me asustaba mi marido, me aterraban las posibilidades de caer en un abismo afectivo inesperado, que se convirtiera en refugio contra la sequedad que me rodea. Así que temía a los demás y también a mí misma. Me refugiaba en los ojos de mis hermanas, con quienes compartí habitación, pan y manta, intercambiamos abrigos, zapatos y pasadores para el cabello, pero en sus miradas no encontraba un faro que me guiara, sino ecos de ese mismo pavor terrible que nos dominaba… y me encogía aún más.

Hasta que un día...

Bajé de casa de la mano de mi hija y mis dos hijos para llevarlos a la escuela como cada mañana. Era martes, un día como cualquier otro, en un mes como cualquier otro, en un año como cualquier otro. Me desperté a las seis y media, preparé el desayuno y desperté a los pequeños. Les lavé la cara cuando aún estaban medio dormidos. Les peiné el cabello, les puse la ropa y les metí la comida en la mochila. Los llevé a la escuela antes de correr a mi trabajo. ¿Qué demonio me hizo, ese día, cambiar el programa? Les dije a mis hijos que no irían a la escuela, que yo no iría al trabajo. Tomaríamos el autobús y lo dejaríamos llevarnos hasta la última parada. Durante el trayecto pensaríamos cómo pasar el resto del día.

Dejamos las mochilas en la panadería al inicio de la calle. Esperamos el autobús y nos alineamos entre la multitud de la mañana. Estábamos nerviosos sólo por la sensación de que nos esperaba una alegría distinta. El autobús avanzaba pesado como si estuviera preñado, vaciando su vientre parada tras parada, hasta que cada uno tuvo espacio para sentarse y estirar las piernas. No hablé con mis hijos. Los dejé entre el bullicio y el asombro mientras observaba el incesante movimiento en las aceras. Me preguntaba: ¿Habrá entre ellos alguien que no tema absolutamente nada? ¿Y cómo vive alguien así? ¿Cómo camina? ¿Cómo habla? ¿Cómo ríe? ¿Cómo ama?

En la última parada, el conductor nos miró interrogante. Debió de ver en nuestros ojos esa mirada irresistible, la de un náufrago que busca una brizna de hierba para quedarse en la orilla de la vida. El sol ya estaba alto y el clima se caldeaba. No dijo palabra. Se quitó la chaqueta azul de trabajo, quedándose con una camiseta de algodón de manga corta. Bajó y retiró del autobús el letrero que indicaba la ruta. Quitó el número y regresó a su lugar, soltando un resoplido potente que mezclaba inspiración y espiración con un bufido... y arrancó.

Cruzamos calles que nunca había visto. Pasamos por barrios hermosos y limpios, con casas tranquilas y edificios que parecían oficinas donde trabajan jefes comprensivos, y donde las empleadas se mueven seguras. No sabía que mi ciudad escondía tanta belleza recibiendo el ascenso del sol y el apresuramiento de la gente. Aquel martes por la mañana, Bagdad era la ciudad más cálida y amable del mundo. ¿Cómo no habíamos notado su regazo mullido, digno de una madre?

Pero el autobús se detuvo.

¿Por qué frenó de repente el conductor, haciendo que nos lanzáramos hacia adelante y luego nos golpeáramos la espalda contra el asiento? Se detuvo porque una joven hermosa le hizo señal para subir. La puerta automática se abrió y subió una chica que parecía la copia exacta de mi hermana Manal. ¿Qué hacía mi hermana en este barrio tan lejos de casa? Vestía un vestido rojo, ella que había escondido todos sus vestidos de colores desde que su prometido partió a la guerra. Reía y reía mientras me abrazaba, besaba a los niños y decía que había decidido unirse a nuestra “excursión de la vida”. Antes de que pudiera sentarse, el autobús volvió a detenerse y subió mi hermana Atika. Su largo cabello estaba trenzado y caía con gracia sobre su espalda, en lugar de estar recogido como el de las ancianas del campo. Nos miró con fingido reproche y una sonrisa radiante.

—¿Así se confabulan a mis espaldas y parten a la excursión de la vida sin mí?

El autobús giraba con ligereza como si se moviera siguiendo una melodía familiar. La tercera vez que paró, subió Mona sin molestarse en saludar. Se sentó junto al conductor y apoyó su mano izquierda sobre la de él, que sostenía el volante. La oí cantarle una canción de una vieja película. Luego, disminuyó la marcha para que subiera Wissal. ¿Cómo se atrevió a dejar el trabajo a mitad de semana y provocar la ira de su temible jefe? En las afueras de la ciudad, el conductor recogió a Afaf y a su hija Heba. Llevaba una maleta como si fuera de viaje. No mostraba nada de tristeza ni nostalgia. Cuando subió por fin mi hermana Atefa, todas aclamamos su radiante aspecto, que la hacía parecer diez años más joven. Ninguna preguntó a dónde íbamos. Estábamos de acuerdo en ignorarlo. Conspirábamos con el conductor enviado por el cielo. Deseábamos alejarnos. Seguras de que cualquier destino era bueno para una fuga feliz, mientras estuviéramos juntas.

La ciudad ya estaba lejos cuando apareció ante nosotras una playa. Nunca supe que nuestra capital estaba junto al mar, o que había un lago a su lado. No me importó preguntar. ¿Creer al atlas de geografía o a mis propios ojos? Bajamos a la costa arenosa, las mayores compitiendo con los pequeños. ¿Quién es grande? ¿Quién es pequeño? ¿Qué es la edad? ¿Qué es la vida? ¿Qué es la alegría? ¿Qué es el miedo? ¿Qué es el amor? ¿Qué es la libertad? ¿Qué es la locura? Preguntas prohibidas en un espacio inmenso, bajo un cielo abierto a lo imposible.

Corrimos con nuestras fantasías, compitiendo con nuestras sombras hasta llegar a las olas. Tropezábamos, reíamos, gritábamos y sufríamos el peso de la alegría. Nos sumergimos, y el conductor con nosotras, en un agua salada, lavándonos los ojos con el agua de la calma. Quitamos de nuestra piel la costra endurecida del miedo de siglos. Y, en medio de nuestra inmersión física y emocional en el momento único, escuchamos la voz de Atika entonando un himno secreto a la vida. Giramos hacia ella, con la sal pegada al rostro. La vimos con la trenza suelta, el cabello esparcido en las cuatro direcciones, desabrochando su blusa blanca bordada y entregándose al sol.

Nos quedamos atónitas.

¡La blusa de Atika dejaba al descubierto dos pechos bendecidos, llenos de salud!

Caímos de rodillas en el agua, abrumadas por la sorpresa. Era más fácil que el mar llegara a Bagdad a que el seno amputado regresara al pecho de mi hermana. Y ella bailaba sobre la arena, con el cabello suelto y la blusa abierta. Una sacerdotisa implorando a los dioses. Entonando el himno secreto de la vida. ¿Acaso el tiempo pasaba para nosotras como para los demás seres humanos en el resto del mundo? Nosotras habíamos acordado que el tiempo, la edad, el reloj y la vida eran nombres prohibidos.

Pero el conductor levantó la mirada hacia el sol, que empezaba a esconderse tras el horizonte. Se apartó de los brazos de Mona, sacudió la cabeza para quitarse la arena y la ausencia, se levantó y aplaudió con sus grandes manos, diciendo que había llegado la hora de volver. Nos ahogamos en la calma nueva que nos invadía al oír la voz autoritaria ordenando el regreso. Intentamos protestar, pero nuestras voces se mezclaron en las excusas. Él insistió. Le dijimos al único Adán en nuestro paraíso.

—Vete y déjanos aquí.

—Las traje y las devuelvo.

Suplicamos, recurrimos a nuestros mejores trucos, probamos seducciones que nunca habíamos intentado, pero no cedió. Se había levantado del agua como un ser mítico de gran fuerza, y comenzó a perseguirnos, alargando sus manos para arrastrarnos, contra nuestra voluntad, hacia el autobús, que nos esperaba como una tumba lúgubre. No éramos malas, pero la excursión de la vida no podía terminar por decisión de aquel extraño, aunque hubiera sido nuestro socio en el milagro. Nos agarró de los brazos y nosotras nos unimos contra él. Levantó la mano para golpear a Atika, así que apretamos los puños y nos lanzamos sobre él. El sol ya se había ocultado y una oscuridad transparente nos envolvía. Las siete hermanas recuperamos un juicio perdido por la dureza del miedo.

Mona agarró la mano áspera que había colmado de besos y la torció hacia atrás. Afaf y Manal inmovilizaron las piernas del hombre, pulpo de aquella noche extraña. El conductor era fuerte, pero nosotras, con nuestro ímpetu, éramos más fuertes que él. Un macho ante hembras oprimidas, entrenadas en la sumisión, deseosas de una hora de paz. Lo rodeamos con toda nuestra fiereza. Cada una dispuesta a clavar sus uñas en sus ojos. Hasta que la voz de Atika nos detuvo:

—Dejadme la última jugada.

Se abalanzó sobre él, con el cabello suelto, la salud a la vista, liberada del cerco de la enfermedad, con las manos lavadas de la pegajosa sustancia del miedo. Atrapó sin dudar el cuello de la bestia rugiente, y nosotras, a su alrededor, extraíamos fuerza de nuestra propia debilidad.

Apagamos las respiraciones que nos habían traído hasta el mar de Bagdad… para que no nos devolvieran de él.


1993. De la antología del cuento iraquí contemporaneo (Hijos de las 1001 y una noches, Traducción: Abdul Hadi Sadoun y Noemí Fierro, Editorial Verbum, 2026)

Inaam Kachachi nació en Bagdad en 1952. Es una novelista, periodista y traductora que reside en Francia desde 1979. Estudió periodismo y comunicación, trabajó en medios audiovisuales y obtuvo un doctorado en París. Corresponsal de periódicos de lengua árabe, realizó en 2004 un documental sobre Naziha al-Dulaimi primera ministra de un gobiero árabe. Autora La nieta americana (2008), y Tishari (2013), ambas finalistas del Premio Internacional de Ficción Árabe. Su obra más reciente es el libro de cuentos País del pum pum (2022).

 

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