Horacio Enrique Poggi
Chango Aragona lo bautizó Lobito, por el centroforward
misionero, Rodolfo José Fischer, goleador de los Matadores, el equipo imbatible
de San Lorenzo de Almagro, campeón invicto del torneo Metropolitano de 1968. Él
se sentía orgulloso. Hinchaba el pecho cada vez que oía el sobrenombre que
ensalzaba su condición de niño futbolero.
Cursaba el
jardín de infantes en el colegio parroquial y el Club Rodolfo Dirube había
organizado la fiesta del 9 de Julio. Anunciaban la presencia del equipo titular
de Boca Juniors. El presidente de la institución, don Rafael Núñez, era un
xeneize fanático y, por intermedio de un socio que conocía a Mané Ponce, habían
comprometido la presencia de los jugadores. Todas las instituciones y colegios
de Barrio Dirube estaban invitados.
Lobito no podía
faltar porque había sido elegido escolta de la bandera de ceremonias. Vivía a
dos cuadras del Club. La madre, embarazada de ocho meses, guardaba reposo. Por
tanto fue solo. Escarapela grande, peinado a la gomina, moño azul, guardapolvo
almidonado, guantes blancos. Una pinturita.
El acto contaba
con la asistencia del obispo, el cura párroco Sal Fina, el delegado municipal
Vernengo, dirigentes de las fuerzas vivas y público en general. Políticos
escaseaban porque eran tiempos de la llamada “revolución argentina”. Barrio
Dirube parecía una olla a presión. Solo los radicales asomaban la cabeza. La
mayoría peronista permanecía agazapada y los únicos que, por el momento, iban
presos, eran el relojero Guerchi y el cooperativista Gutiérrez, acusados de
“comunistas”. Si les hubieran colgado el sambenito de “marcianos” habría
significado prácticamente lo mismo, en aquel vecindario de casas bajas y
entresijos altos.
Vernengo solía
vender influencias con los militares. Decía que era amigo de un general que
pisaba fuerte. Serio, aseguraba que en cualquier momento el Presidente de la
Nación iba a visitar el pueblo porque sentía predilección “por nuestra
comunidad laboriosa y digna de figurar con letras de oro en el libro de
historia de la Patria”. Nadie le creía un comino, lo escuchaban aguantando la
risa. “Este viejo le da al copete”, apostrofaba el Pulga Rodríguez.
Aquel 9 de Julio
amaneció con una helada de órdago. Los alambrados lloraban lágrimas de
escarcha. Sin embargo, el acto comenzó puntual, a las 10, con la entonación del
Himno Nacional, luego fue el turno de cantar Aurora, seguidamente habló López e
hicieron subir al escenario a integrantes del plantel de Boca. La concurrencia
respetuosa aplaudió con el mayor de los respetos a Ángel Clemente Rojas
(grande, Rojitas); Rubén Suñé (un crack, el Chapa querido); Alfredo Rojas (gracias, Tanque, por venir);
Ramón “Mané” Ponce (fuerte ese aplauso, por favor); Norberto Madurga (la
elegancia en persona, señores); Antonio Roma (muchísimas gracias, Tarzán);
Oscar Pianetti (cómo le pega este hombre, por Dios); Silvio Marzzolini (chicas,
pídanle un autógrafo)…
Como broche de
oro, los alumnos del jardín de infantes debían saludar a los jugadores. De a
uno fueron subiendo al escenario los impecables angelitos del pueblo, envueltos
en cálidos aplausos de la concurrencia “que demostraba, una vez más, que Barrio
Dirube es el más patriota de la Argentina”, exageraba Vernengo. Pero Lobito se
abstuvo. La maestra le preguntó el motivo y él le respondió en voz alta:
—¡Porque soy
hincha de San Lorenzo!
Una ruidosa
carcajada estalló en el salón. El obispo también soltó una risotada. “Este
chico debe ser tremendo, Virgen santa”, comentó por lo bajo. El párroco Sal
Fina decía insistentemente sí con su cabeza calva.
El Negro Olmos,
que cargaba en la bodega varias ginebras para calentar la carrocería corporal,
felicitó a Lobito y le dio la mano.
—Muy bien, qué
tanto joder, después de todo no somos todos hinchas de Boca. Yo soy de Racing y
a mucha honra.
El presidente de
la institución abandonó bruscamente el escenario y se dirigió a Lobito, que
había quedado solo en medio del salón, de brazos cruzados. Lo agarró de una
oreja y trató de subirlo a la fuerza. Lobito le pegó una certera patada de
puntín en las canillas. Pero el capanga del club decano de las instituciones
populares intentó arrastrar a Lobito.
Fue el llamado a
intervenir que necesitaba el Negro Olmos, quien le dijo a Núñez:
—¡Viejo cabrón,
largá al pibe!
Núñez ya estaba por subir a Lobito al
escenario. El Negro elevó su vozarrón: “¡Vigilante!”. Y el presidente,
confiado, giró suavemente su cabeza en dirección al grito. Recién se despertó
en el hospital de Merlo pasado el mediodía.
Mientras el
cuerpo de Núñez se desparramaba como una bolsa de papas, Lobito aprovechó y
sigilosamente abandonó el acto patrio. Ovacionado. Una lluvia de serpentinas y
de papel picado acariciaba su cara feliz. La hinchada de los Matadores coreaba
su nombre en el Gasómetro. Chango Aragona lo sacaba en andas.
Bastante agitado
llegó a su casa. Su madre le preguntó:
—¿Cómo estuvo el acto, Lobito?
Y Lobito
respondió, eufórico:
—Mamá, fue un
golazo, como el del Lobo Fischer a Estudiantes de La Plata, en la final que
ganamos en la cancha de River Plate.
Y dando un salto de cangurito creyó que repetía el formidable golpe de cabeza del goleador misionero. Será por eso que salió gritando ¡gooooool!, con los brazos hacia el cielo y la oreja izquierda aún un poco colorada. Iba revoleando el guardapolvo como un poncho y en un acto de desprendimiento tiró el moño azul al patio de tierra, pero no interrumpió el festín de gorriones y palomas que comían el maíz de las gallinas.
Horacio Enrique Poggi (Merlo,
Buenos Aires, 1961) reside en Mariano Acosta. Es Técnico Universitario en
Periodismo, Licenciado en Comunicación Periodística y Doctor en Ciencia
Política. Ha cursado diversas diplomaturas en cultura, historia y antropología.
Autor de cinco libros, entre ellos el poemario Territorio de los Justos (2007) e Historia del Pueblo de Mariano
Acosta (2020). Su obra ha sido reconocida en certámenes nacionales de
poesía y narrativa, obteniendo premios en San Antonio de Padua, Tres de
Febrero, Revista GUKA, SADE Zona Norte, SADE Ituzaingó, SADE La Plata, SADE
José C. Paz, Campana, Henderson, Mendoza, Universidad de Lomas de Zamora,
Beruti y San Ignacio (Misiones).

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