Dănuț Ungureanu
Día
El hermano menor, Feodor, no tenía
ni la menor idea siquiera de la mosca Bu. Lo supo cuando, bajo la aspereza
tibia de la palma con la que había querido aplastar al bicho, sintió que se le
desgarraba la almohada de la mejilla y se le llenaba de sangre.
—Fedi —me reí, preocupado—, ¡estás
más loco que nuestro rey! Ven aquí cerca, que tengo que hablarte…
Era un moscardón grande, viejo, con
el tórax brillando verde como la hierba. La palma del hermano menor, Feodor,
casi lo había dejado tullido. Zumbaba finito y a trompicones, mientras daba
vueltas sin rumbo, agitando con lástima un ala torcida. La armadura diminuta,
la coraza que la madre naturaleza les había cincelado a todos los de su linaje,
le había salvado la vida esta vez. Igual que las armas cortantes, apenas
visibles a simple vista.
—Eh, Pepe —balbuceó Fedi—, ¿qué
estás diciendo ahí?
Me reí otra vez, breve y algo
torcido, porque no tenía tiempo para él. Me arrodillé en el polvo del camino,
obligándolo a hacer lo mismo y a callarse. Tras casi una hora de súplicas y
disculpas, su excelencia emprendió el vuelo, despreciándonos desde las alturas.
Ya se había repuesto, y los suyos se encargarían de ponerlo definitivamente en
pie. Estábamos humillados, pero perdonados, y de todos modos sabíamos que
apenas se alzara por encima de nuestras cabezas indignas ya nos habría
olvidado. Así son las moscas verdes Bu.
—Querido —dije como al pasar—, por
poco nos vemos con el diablo. ¡No vuelvas a hacer eso nunca!
El sol era ya medio fruto de limón.
Me incliné y agarré con la derecha el mango nacarado de mi raedera. Con la
izquierda le arrojé al hermano menor, Feodor, la suya, y él la atrapó
torpemente, justo por el extremo del gancho afilado. Creí que me iba a reventar
de risa. Fedi se enfada pocas veces. Él también se rio.
—Vamos a trabajar, ¡vamos,
empecemos de una vez! —decía entre hipos, y le brillaban los ojos.
Echamos a andar, con las raederas
al hombro, hacia el estrechamiento que forma el valle poco antes de entrar en
la ciudad. La plataforma cenicienta de hormigón de la estación transformadora
ora se alzaba, ora bajaba, escondiéndose de nuestra vista tras las crestas
verdes, alargadas, innumerables. Parecía que no nos acercáramos jamás.
A mitad de camino, Fedi se detuvo y
me miró con admiración.
—Tenías razón, Pepe, cuando dijiste
que esperáramos una noche más.
Y me señaló con la punta de la
raedera el racimo de criaturas pegado a las barras de enfriamiento del
transformador. El trafo se veía pequeñísimo y la gente de allí parecía
granitos, pero yo sabía que nos tocaría sudar de veras.
—¡Vamos! —le dije, seco.
Subimos y volvimos a bajar.
Entonces oí la respiración larga y sincronizada de los de allí y, como siempre,
me pareció que había un olor en el aire. Pero sabía que no era nada. Solo quien
hubiera empuñado antes que yo la vara flexible de la raedera quizá habría
sentido algo en este aire alrededor de los transformadores. Había dejado, justo
en la unión del mango amarillento por el sudor de la mano, una marca extraña a
la que no le di vueltas ni un minuto entero.
El hermano menor, Feodor, se detuvo
suspirando junto a la plataforma de hormigón de la estación. Estaba allí
plantado con las piernas abiertas y, de vez en cuando, golpeaba con el extremo
afilado de la raedera los bultos multicolores de líquenes y conchas vacías que
crecían con los años en la carne gris de los pilares. Tenía la cabeza echada
hacia atrás. Cuando llegué junto a él, jadeando, alcé yo también la vista. El
cielo empezaba a llenarse de pelusa de nubes.
Creo que eran, en total, alrededor
de cien. Los que habían logrado aferrarse bien a los aisladores de porcelana o
a los salientes de la cuba dormitaban aturdidos, poniendo los ojos en blanco
cada vez que, apretujados por el hormigueo de los otros, los llegados más
tarde, conseguían robar una bocanada de aire.
Las espaldas y las piernas
temblaban con fuerza, bajo el peso de los menos afortunados, que aún no habían
perdido la esperanza de acercarse más al corazón tibio del trafo. Allí
jugueteaban corrientes de inducción capaces de despertar hasta a un muerto, y
eso era justamente lo que ellos necesitaban. Eso era lo que buscaban.
Los más débiles de ángel, los que
no habían podido sujetarse como era debido durante la noche –porque aquella
noche había hecho un frío infernal– o los que habían llegado demasiado tarde,
cuando ya no cabía ni una mirada, yacían tendidos sobre el hormigón todavía
húmedo, no secado por el sol. De ellos no salía nada: ni una brisa, ni un
temblor, nada. Las carcasas se habían endurecido del todo, pero más allá de sus
bolsillos y bolsillitos palpitaba una especie de aura mortal. Ni se nos ocurrió
asomarnos al interior de los trajes.
“¿Empezamos?”, me preguntó Fedi con
la mirada.
“Empezamos”, le respondí del mismo modo.
Gruñimos los dos, alzando las
raederas del hombro, y nos pusimos manos a la obra. Yo me movía bastante bien
para mi edad, y Fedi se las arreglaba como podía. Lo habían aceptado de
aprendiz hacía apenas una semana. No podía quejarme de que no fuera fuerte, y
aun así se cansó antes que yo.
Para limpiar el trafo, después de
una noche como la que acababa de pasar, hace falta nervio o destreza, y eso
solo se consigue con el paso del tiempo.
Ahora, escuchen:
Cuando lanzas la vara larga y
delgada de la raedera para enganchar con la punta del gancho una coraza, al
principio lo haces con indiferencia, con desdén y casi al azar, porque en ese
revoltijo de manos, piernas y espaldas tendrías que estar ciego y borracho con
el vino de nuestro rey para no enganchar algo. Con todo, algo en tu mente vela
para que agarres bien lo que has agarrado; de lo contrario, la raedera puede
resbalar y acabarás tumbado de espaldas entre los demás. No es una desgracia
demasiado grande, pero te fatiga antes. Eso le pasó al hermano menor, Feodor,
unas cinco o seis veces.
—¡Vamos, muchacho, vamos! —le decía
sin mirarlo—. ¡Nos va a sorprender el mediodía!
Y él se levantaba, maldiciendo
furioso, y embestía otra vez como un carnero. Aún estaba verde.
Después de que el gancho de la
raedera se abre paso entre las placas verdes del traje que has enganchado,
debes girar la vara con rapidez, con ambas manos. Así te aseguras de que no
vuelva a deslizarse.
—¿Cuánto tiempo quedará? —se
atrevió Fedi, soplando con dificultad.
¿Qué podías contestarle? Ya
habíamos bajado más de treinta carcasas cada uno y el agua nos corría por el
cuerpo como después de la lluvia. Eso sí: el sol había trepado sobre nuestras
cabezas sin dar señales de querer bajar de allí.
El acero brillante de la vara canta
más que la mejor cuerda, serpentea más que el mejor arco, cuando, apoyándolo
contra la coraza verde, lo obligas a arquearse peligrosamente.
Luego, según te venga mejor, tiras
de golpe o lo dejas desengancharse a su antojo, sin soltar ni un instante el
mango nacarado que se retuerce en tus manos. Si lo dejas escapar, te puede
costar un ojo, o algo peor. Las vibraciones violentas que nacen en el cuerpo
flexible de la raedera se transmiten a la coraza atravesada, haciéndola
resbalar primero despacio y luego cada vez más rápido. El que todavía vive
dentro suele estar demasiado débil para resistirse…
—¡Maldita sea! —dije, irritado.
—¿Qué pasa? —hizo el hermano menor,
Feodor.
Entre los que habíamos bajado había
varios ancianos y algunas mujeres. No habían tenido fuerza para subir más de
una longitud de vara o no habían podido abrirse paso más allá de los cuerpos de
los que llegaron primero. Ahora respiraban pesado, de golpe, mientras las
carcasas, privadas del soplo de energía que envolvía al trafo, morían; estaban
medio muertas; estaban muertas de verdad; perdían su elasticidad viva y los
estrangulaban.
…y entonces apoyas bien la suela de
la bota y giras la vara en sentido contrario. Si eres un flojo o tienes ganas
de charlar mientras la coraza se enfría, estás perdido. La vara queda atrapada
allí, entre placas muertas, como en una prensa, y no es raro que las líneas
finas de sutura, que mientras la coraza estaba viva le daban movilidad de
serpiente, se cierren, mordiendo el acero.
—¡Puf! Se me volvió a escapar.
Fedi se apoyó en el mango blanco y
me miró, interrogante.
—¿Ves a ese de allá arriba, el de
más arriba de todos? Con ese vamos a tener trabajo.
Pero para llegar hasta él hubo que
desprender todo el montón de individuos que nos miraban aterrados, sin dar
señal de entender qué estaba pasando. La sombra de la muerte los había llenado
de oscuridad…
Nosotros también trepábamos como
podíamos. El hermano menor, Feodor, maldecía cada vez peor cada vez que tiraba
de uno. Caían desde más alto a la plataforma, pero no les pasaba nada. La
coraza muere tan rápido que ya en el aire se vuelve algo duro como el hormigón.
Cuando al sol le quedaba poco para
ponerse, llegamos arriba.
Quién sabe qué tretas habría hecho
para subir hasta allí. Estaba firmemente agarrado, y yo sabía por qué. Desde
que tomé la raedera en la mano, ya me había topado con un par como él, así que
conocía el truco. Se las había arreglado para que las partes que le cubrían las
piernas y el brazo izquierdo se endurecieran por separado, dejando intacto el
resto de la coraza. Por eso íbamos a tener que sudar para despegarlo del
aislador de porcelana, de ese abrazo por el que tanto había luchado.
Cuando me acerqué lo suficiente,
retrocedí sin querer. Tenía la mirada clara, como la mía o la del hermano
menor, Feodor. Había mantenido libre el brazo derecho y podría haberlo usado
para hacerme alguna mala jugada.
—¿Qué quieren? —preguntó en voz
baja—. No pido nada. Estaba aquí tranquilo.
Fedi lo agarró por una pierna, pero
a mí me daban ganas de reír al ver cómo lo miraba ese tipo. Me incliné y vi que
abajo, sobre la plataforma, la noche ya se deslizaba. Allí nadie se movía,
salvo los enjambres guerreros de moscas verdes Bu. Sus excelencias zumbaban,
diligentes, posándose a intervalos sobre las carcasas agotadas, alzando el
vuelo otra vez. Miles, cientos de miles se agitaban dentro de ellas, haciendo
chocar sus armaduras, que los últimos rayos de luz habían convertido en tantos
luciérnagas inquietas.
—No puedes quedarte aquí —dije con
suavidad—. Vamos, cierra los ojos y sé un buen chico.
Mañana
Por la mañana, todo era igual que
antes. El hermano menor, Feodor, había ganado la experiencia de un día. Yo me
limpiaba el barro de las botas con el extremo afilado de la raedera. Estábamos
los dos tirados en la hierba, a un tiro de palo de la plataforma del trafo,
porque la mosca verde había empezado a organizar sus asuntos por allí. Ponía
los huevos bajo el amparo seguro de más de cien carcasas.
Cuando nos disponíamos a abrir las
provisiones, resonó, al principio muy despacio y luego cada vez más fuerte, el
retumbo de los cerdos. El cortejo apareció un poco después, desfasado: primero
el doble de las imágenes, más pálido; luego las criaturas verdaderas. Se había
levantado una nube inmensa, como de polvo, pero no era polvo, porque la noche
apenas había huido: eran los miles de millones de alas minúsculas,
transparentes, de las sagradas, nobles moscas verdes Bu que habían tenido un
glorioso final en los últimos días, y otros miles de millones de las vivas que
acompañaban a nuestro rey loco. Fedi se quedó con el bocado en la boca.
—No temas —dije—; ni te ven, tan
insignificantes somos.
Así era. Uno no ve cada hoja, cada
piedra sobre la que pisa.
Eran tres cerdos, tres hocicadores
de estrellas, y alrededor de treinta caballos. Detrás, un caracol gigantesco
avanzaba con pesadez, con la concha llena hasta el borde de comida y de todo lo
necesario para un alto en el camino. Nuestro rey había salido a tomar el aire.
Como iban a pasar justo por delante de nuestras narices, nos quedamos allí,
tirados un poco más lejos.
Los cerdos de las estrellas, que –según
se decía– habían traído desde tantos años luz los contenedores con la semilla
de la que procedíamos, pasaron sacudiendo sus jamones metálicos. Hacían un
ruido espantoso, porque habían perdido más de la mitad de los propulsores.
Dieron vueltas gruñendo alrededor del trafo casi un cuarto de hora. Los
pilotos, desde detrás de los ojos de buey, contaban las carcasas que habíamos
alineado, yo y Fedi, desde la tarde anterior. Después siguieron adelante. El
lugar no les convenía. No podían aterrizar.
Pasaron los jinetes, pisoteando la
hierba con indiferencia. Sus caballos llevaban todos penachos verdes y mantas
de estaño. Los jinetes iban desnudos. Luego pasó el carro de nuestro rey,
empujado por una multitud de cortesanos.
Mientras tanto, el hermano menor,
Feodor, había vuelto a las preguntas. Le había dicho mil veces que las
preguntas no son para la gente, pero él es demasiado joven para entenderlo.
—Pepe —dijo—, si yo no tengo
permiso para aplastar un bichito de esos asquerosos, que hay miles por aquí,
¿por qué él sí tiene permiso para fastidiarme a mí?
Yo ya había empezado a comer
tranquilamente. El cortejo del rey se había detenido cerca de la estación de
transformadores, un poco más allá, y ahora desempaquetaban todo. Los cerdos de
las estrellas se habían calmado.
—Come, hombre, ¿qué quieres de mí?
—dije con la boca llena.
Luego me arrepentí. Y mira cómo son
las cosas, hermanito:
El polvo, la hierba, las piedras y
las conchas de los caracoles perdidos están para que puedas pisarlos. Igual que
los miles de millones de alas transparentes de la mosca verde muerta no hace
mucho. Pero esa es otra historia. Por encima de todo están los que anoche
bajamos de la caja tibia del trafo. Por encima de ellos estamos nosotros.
—¿Y por encima de nosotros?
—preguntó el hermano menor, Feodor, ordenando sobre un pañuelo un puñado de
nueces.
Comíamos nueces y bebíamos a sorbos
un vino rojizo como la hierba de las colinas en otoño.
—Por encima de nosotros —le enseñé—
está el caballo envuelto en estaño, que puede aplastarte bajo la pisada de sus
cascos estriados si no estás atento. Y el jinete desnudo que lleva las riendas.
Y el gran caracol que viene detrás, con la concha repleta de comida. Luego los
demás y, por encima de todos, su excelencia, la santa mosca verde Bu. Sobre su
armadura brillante, el rostro sereno de nuestro rey. ¡Ya está!
El hermano menor, Feodor, hipo y se
puso a comer. Parecía que se pelearan los hambrientos por su boca. Yo estaba
cansado de hablar.
Nuestro rey ordenó que hubiera
música, y entonces todo el cortejo hizo música. Era un ruido infernal. Luego él
se declaró satisfecho. Con una señal trajo el silencio, recostándose en el
sillón asimétrico de vidrio verde. Diez vírgenes lo rodearon, ondulando sus
cuerpos, y se sentaron obedientes. Las que estaban del lado de la mitad humana
del rey arrojaban flores de vez en cuando o lo rociaban con perfume desde
pequeños recipientes guardados en la palma. Las otras ungían con miel amarilla
los miembros de la mitad mosca o lustraban con piel de marta las facetas
brillantes del ojo.
—Pepe —declaró el hermano menor,
Feodor—, ¡a mí me alcanza! ¡Reviento!
Desprendió del cinturón la jarra de
vino, recibida junto con la raedera con la que uno se gana el pan. Yo lo miré
de reojo, pero luego me reí: de todas maneras, ese día y el siguiente estábamos
libres, nadie se ocuparía de nosotros. Así que empezamos a pasárnosla,
chasqueando los labios con ganas.
—Vamos a acercarnos, a ver también
nosotros qué pasa —me dio un codazo Fedi.
—¿Ver qué? —me extrañé.
—Cómo se emborracha la mitad humana
de nuestro rey y después la otra, la de la izquierda, la de mosca peluda. Cómo
luchan, en una bandeja colocada ante sus ojos –solo uno humano–, cohortes de
moscas verdes Bu para complacer a nuestro rey loco y enseñarle los bellos
secretos de la pelea. Cómo hace una seña el rey para que elijan entre los
cortesanos a los que han fallado o ya no le agradan. Y cómo les exprimen la
vida a las carcasas vivas de las que ya no pueden salir por sí solos.
A mí se me escapó la risa.
—Si ya sabes todo eso, ¿para qué
necesitas acercarte? A lo mejor te gustaría también a ti un traje de esos. Mira
que están vivos mientras a nuestro rey se le antoje que lo estén. Cuando viven,
te protegen de todo: de la enfermedad, del insomnio, de la mordida cruel del
hielo. Y de la del lobo o del enemigo mortal. Con ellos atravesaron los caminos
entre las estrellas, saltando o arrastrándose según les dieran las fuerzas, las
criaturas débiles que, hace miles y miles de años, guiaron a los cerdos de las
estrellas hasta estas tierras benditas. Quizá fue lo único bueno que trajeron
consigo y dejaron atrás antes de que se perdieran sus señales. Al menos así lo
dicen las historias de estos lugares maravillosos, sin igual. Y así las
carcasas… cuando el rey ordena que ya no les permitan abrevar energía de las
fuentes del palacio, se vuelven útiles solo para la mosca verde. Ella pone allí
sus huevos después de que, claro, tú y yo hemos bajado del trafo a los que
querían estirar un poco más los días.
El hermano menor, Feodor, pareció
convencido, pero no demasiado contento. Yo sabía que él habría querido de
verdad ir allí a brincar o a reír como un tonto al zumbido grueso y desquiciado
de nuestro rey. El vino de la jarra se le había subido a la cabeza, al corazón
y a los huesos. Cuando los cerdos de las estrellas venidos de lejos, de otros
cielos, cayeron entre las colinas y los contenedores se rompieron, mezclando
entre sí las semillas de todos los que viven en nuestro mundo, no estaba
escrito para el hermano menor, Feodor, que pudiera, dentro de miles de años,
estar entre los que ahora banqueteaban junto al trafo.
—Y además —dije—, siempre puedes ir
por allí; ya te lo he dicho: eres tan insignificante que nadie te verá.
Pero luego bebimos más y, al cabo
de un rato, hasta nos peleamos un poco con las hermosas varas de las raederas.
Fedi era fuerte y poderoso, y yo diestro. Pensé que los dos parecíamos
guerreros valientes, mejores que las Bu, y luego ya no pensé en nada, porque
todo se me había amontonado bajo el cráneo. El hermano menor, Feodor, me hizo
con el gancho afilado de la raedera un tajo oblicuo en la frente y, riéndose,
me lo cubrió con hierba y alitas transparentes.
—¡Ya está! —gritó—. ¡No puedo más,
ya está! ¡Ya está!
Estábamos los dos, yo y el hermano
menor, Feodor, tirados en la hierba, y el cortejo del rey, todo su campamento,
era ahora un carrusel multicolor que giraba cada vez más deprisa ante nuestros
ojos. Los cerdos de las estrellas dormían, los caballos se habían arremangado
las mantas de estaño, mordisqueándose los penachos. Los cientos de miles de
moscas verdes Bu se movían con cuidado y devoción sobre los cuerpos dormidos
del rey y de las diez vírgenes. Solo seguían despiertos los jinetes desnudos,
inmóviles, y algunas carcasas que se apretaban hacia las barras de enfriamiento
y los platillos de porcelana del trafo.
Y yo, pasado un tiempo, no dejaba
de mirar a Fedi cabeceando, y él se levantaba, es decir, una imagen suya se
levantaba en pie y otra quedaba abajo en la hierba, junto a mí, borracha como
yo. Luego ese Fedi que estaba de pie echaba a andar, apurado, hacia el
campamento dormido de nuestro rey. Luego otra imagen suya se levantaba y se iba
deprisa hacia allí. Y luego otra, y otra, y así sucesivamente. Yo tenía la
raedera sobre las rodillas y no podía decir nada…
Nacido en 1958,
Dănuț Ungureanu es un escritor, periodista, guionista, dramaturgo y formador de
escritura creativa rumano. Se graduó en la Universidad Politécnica de Bucarest.
Es miembro de la Unión de Escritores Rumanos. También es miembro fundador y
primer presidente de la Sociedad Rumana de Ciencia Ficción y Fantasía (SRSFF). Ha
publicado decenas de textos en revistas y almanaques, así como numerosos
guiones para televisión y radio. Participa en más de veinte antologías y
volúmenes colectivos de relatos, tanto rumanos como coproducciones
internacionales. Su portafolio incluye veinte novelas personales, publicadas
por diversas editoriales, y seis colecciones de relatos. Ha publicado varias
otras novelas y volúmenes de prosa corta en colaboración. Sus textos han sido
galardonados con numerosos premios. Sitio web del autor: www.danutungureanu.com.
