jueves, 19 de febrero de 2026

ENTRE EL POLVO DE LAS ALAS

Dănuț Ungureanu

 

Día

El hermano menor, Feodor, no tenía ni la menor idea siquiera de la mosca Bu. Lo supo cuando, bajo la aspereza tibia de la palma con la que había querido aplastar al bicho, sintió que se le desgarraba la almohada de la mejilla y se le llenaba de sangre.

—Fedi —me reí, preocupado—, ¡estás más loco que nuestro rey! Ven aquí cerca, que tengo que hablarte…

Era un moscardón grande, viejo, con el tórax brillando verde como la hierba. La palma del hermano menor, Feodor, casi lo había dejado tullido. Zumbaba finito y a trompicones, mientras daba vueltas sin rumbo, agitando con lástima un ala torcida. La armadura diminuta, la coraza que la madre naturaleza les había cincelado a todos los de su linaje, le había salvado la vida esta vez. Igual que las armas cortantes, apenas visibles a simple vista.

—Eh, Pepe —balbuceó Fedi—, ¿qué estás diciendo ahí?

Me reí otra vez, breve y algo torcido, porque no tenía tiempo para él. Me arrodillé en el polvo del camino, obligándolo a hacer lo mismo y a callarse. Tras casi una hora de súplicas y disculpas, su excelencia emprendió el vuelo, despreciándonos desde las alturas. Ya se había repuesto, y los suyos se encargarían de ponerlo definitivamente en pie. Estábamos humillados, pero perdonados, y de todos modos sabíamos que apenas se alzara por encima de nuestras cabezas indignas ya nos habría olvidado. Así son las moscas verdes Bu.

—Querido —dije como al pasar—, por poco nos vemos con el diablo. ¡No vuelvas a hacer eso nunca!

El sol era ya medio fruto de limón. Me incliné y agarré con la derecha el mango nacarado de mi raedera. Con la izquierda le arrojé al hermano menor, Feodor, la suya, y él la atrapó torpemente, justo por el extremo del gancho afilado. Creí que me iba a reventar de risa. Fedi se enfada pocas veces. Él también se rio.

—Vamos a trabajar, ¡vamos, empecemos de una vez! —decía entre hipos, y le brillaban los ojos.

Echamos a andar, con las raederas al hombro, hacia el estrechamiento que forma el valle poco antes de entrar en la ciudad. La plataforma cenicienta de hormigón de la estación transformadora ora se alzaba, ora bajaba, escondiéndose de nuestra vista tras las crestas verdes, alargadas, innumerables. Parecía que no nos acercáramos jamás.

A mitad de camino, Fedi se detuvo y me miró con admiración.

—Tenías razón, Pepe, cuando dijiste que esperáramos una noche más.

Y me señaló con la punta de la raedera el racimo de criaturas pegado a las barras de enfriamiento del transformador. El trafo se veía pequeñísimo y la gente de allí parecía granitos, pero yo sabía que nos tocaría sudar de veras.

—¡Vamos! —le dije, seco.

Subimos y volvimos a bajar. Entonces oí la respiración larga y sincronizada de los de allí y, como siempre, me pareció que había un olor en el aire. Pero sabía que no era nada. Solo quien hubiera empuñado antes que yo la vara flexible de la raedera quizá habría sentido algo en este aire alrededor de los transformadores. Había dejado, justo en la unión del mango amarillento por el sudor de la mano, una marca extraña a la que no le di vueltas ni un minuto entero.

El hermano menor, Feodor, se detuvo suspirando junto a la plataforma de hormigón de la estación. Estaba allí plantado con las piernas abiertas y, de vez en cuando, golpeaba con el extremo afilado de la raedera los bultos multicolores de líquenes y conchas vacías que crecían con los años en la carne gris de los pilares. Tenía la cabeza echada hacia atrás. Cuando llegué junto a él, jadeando, alcé yo también la vista. El cielo empezaba a llenarse de pelusa de nubes.

Creo que eran, en total, alrededor de cien. Los que habían logrado aferrarse bien a los aisladores de porcelana o a los salientes de la cuba dormitaban aturdidos, poniendo los ojos en blanco cada vez que, apretujados por el hormigueo de los otros, los llegados más tarde, conseguían robar una bocanada de aire.

Las espaldas y las piernas temblaban con fuerza, bajo el peso de los menos afortunados, que aún no habían perdido la esperanza de acercarse más al corazón tibio del trafo. Allí jugueteaban corrientes de inducción capaces de despertar hasta a un muerto, y eso era justamente lo que ellos necesitaban. Eso era lo que buscaban.

Los más débiles de ángel, los que no habían podido sujetarse como era debido durante la noche –porque aquella noche había hecho un frío infernal– o los que habían llegado demasiado tarde, cuando ya no cabía ni una mirada, yacían tendidos sobre el hormigón todavía húmedo, no secado por el sol. De ellos no salía nada: ni una brisa, ni un temblor, nada. Las carcasas se habían endurecido del todo, pero más allá de sus bolsillos y bolsillitos palpitaba una especie de aura mortal. Ni se nos ocurrió asomarnos al interior de los trajes.

“¿Empezamos?”, me preguntó Fedi con la mirada.

“Empezamos”, le respondí del mismo modo.

Gruñimos los dos, alzando las raederas del hombro, y nos pusimos manos a la obra. Yo me movía bastante bien para mi edad, y Fedi se las arreglaba como podía. Lo habían aceptado de aprendiz hacía apenas una semana. No podía quejarme de que no fuera fuerte, y aun así se cansó antes que yo.

Para limpiar el trafo, después de una noche como la que acababa de pasar, hace falta nervio o destreza, y eso solo se consigue con el paso del tiempo.

Ahora, escuchen:

Cuando lanzas la vara larga y delgada de la raedera para enganchar con la punta del gancho una coraza, al principio lo haces con indiferencia, con desdén y casi al azar, porque en ese revoltijo de manos, piernas y espaldas tendrías que estar ciego y borracho con el vino de nuestro rey para no enganchar algo. Con todo, algo en tu mente vela para que agarres bien lo que has agarrado; de lo contrario, la raedera puede resbalar y acabarás tumbado de espaldas entre los demás. No es una desgracia demasiado grande, pero te fatiga antes. Eso le pasó al hermano menor, Feodor, unas cinco o seis veces.

—¡Vamos, muchacho, vamos! —le decía sin mirarlo—. ¡Nos va a sorprender el mediodía!

Y él se levantaba, maldiciendo furioso, y embestía otra vez como un carnero. Aún estaba verde.

Después de que el gancho de la raedera se abre paso entre las placas verdes del traje que has enganchado, debes girar la vara con rapidez, con ambas manos. Así te aseguras de que no vuelva a deslizarse.

—¿Cuánto tiempo quedará? —se atrevió Fedi, soplando con dificultad.

¿Qué podías contestarle? Ya habíamos bajado más de treinta carcasas cada uno y el agua nos corría por el cuerpo como después de la lluvia. Eso sí: el sol había trepado sobre nuestras cabezas sin dar señales de querer bajar de allí.

El acero brillante de la vara canta más que la mejor cuerda, serpentea más que el mejor arco, cuando, apoyándolo contra la coraza verde, lo obligas a arquearse peligrosamente.

Luego, según te venga mejor, tiras de golpe o lo dejas desengancharse a su antojo, sin soltar ni un instante el mango nacarado que se retuerce en tus manos. Si lo dejas escapar, te puede costar un ojo, o algo peor. Las vibraciones violentas que nacen en el cuerpo flexible de la raedera se transmiten a la coraza atravesada, haciéndola resbalar primero despacio y luego cada vez más rápido. El que todavía vive dentro suele estar demasiado débil para resistirse…

—¡Maldita sea! —dije, irritado.

—¿Qué pasa? —hizo el hermano menor, Feodor.

Entre los que habíamos bajado había varios ancianos y algunas mujeres. No habían tenido fuerza para subir más de una longitud de vara o no habían podido abrirse paso más allá de los cuerpos de los que llegaron primero. Ahora respiraban pesado, de golpe, mientras las carcasas, privadas del soplo de energía que envolvía al trafo, morían; estaban medio muertas; estaban muertas de verdad; perdían su elasticidad viva y los estrangulaban.

…y entonces apoyas bien la suela de la bota y giras la vara en sentido contrario. Si eres un flojo o tienes ganas de charlar mientras la coraza se enfría, estás perdido. La vara queda atrapada allí, entre placas muertas, como en una prensa, y no es raro que las líneas finas de sutura, que mientras la coraza estaba viva le daban movilidad de serpiente, se cierren, mordiendo el acero.

—¡Puf! Se me volvió a escapar.

Fedi se apoyó en el mango blanco y me miró, interrogante.

—¿Ves a ese de allá arriba, el de más arriba de todos? Con ese vamos a tener trabajo.

Pero para llegar hasta él hubo que desprender todo el montón de individuos que nos miraban aterrados, sin dar señal de entender qué estaba pasando. La sombra de la muerte los había llenado de oscuridad…

Nosotros también trepábamos como podíamos. El hermano menor, Feodor, maldecía cada vez peor cada vez que tiraba de uno. Caían desde más alto a la plataforma, pero no les pasaba nada. La coraza muere tan rápido que ya en el aire se vuelve algo duro como el hormigón.

Cuando al sol le quedaba poco para ponerse, llegamos arriba.

Quién sabe qué tretas habría hecho para subir hasta allí. Estaba firmemente agarrado, y yo sabía por qué. Desde que tomé la raedera en la mano, ya me había topado con un par como él, así que conocía el truco. Se las había arreglado para que las partes que le cubrían las piernas y el brazo izquierdo se endurecieran por separado, dejando intacto el resto de la coraza. Por eso íbamos a tener que sudar para despegarlo del aislador de porcelana, de ese abrazo por el que tanto había luchado.

Cuando me acerqué lo suficiente, retrocedí sin querer. Tenía la mirada clara, como la mía o la del hermano menor, Feodor. Había mantenido libre el brazo derecho y podría haberlo usado para hacerme alguna mala jugada.

—¿Qué quieren? —preguntó en voz baja—. No pido nada. Estaba aquí tranquilo.

Fedi lo agarró por una pierna, pero a mí me daban ganas de reír al ver cómo lo miraba ese tipo. Me incliné y vi que abajo, sobre la plataforma, la noche ya se deslizaba. Allí nadie se movía, salvo los enjambres guerreros de moscas verdes Bu. Sus excelencias zumbaban, diligentes, posándose a intervalos sobre las carcasas agotadas, alzando el vuelo otra vez. Miles, cientos de miles se agitaban dentro de ellas, haciendo chocar sus armaduras, que los últimos rayos de luz habían convertido en tantos luciérnagas inquietas.

—No puedes quedarte aquí —dije con suavidad—. Vamos, cierra los ojos y sé un buen chico.

 

Mañana

Por la mañana, todo era igual que antes. El hermano menor, Feodor, había ganado la experiencia de un día. Yo me limpiaba el barro de las botas con el extremo afilado de la raedera. Estábamos los dos tirados en la hierba, a un tiro de palo de la plataforma del trafo, porque la mosca verde había empezado a organizar sus asuntos por allí. Ponía los huevos bajo el amparo seguro de más de cien carcasas.

Cuando nos disponíamos a abrir las provisiones, resonó, al principio muy despacio y luego cada vez más fuerte, el retumbo de los cerdos. El cortejo apareció un poco después, desfasado: primero el doble de las imágenes, más pálido; luego las criaturas verdaderas. Se había levantado una nube inmensa, como de polvo, pero no era polvo, porque la noche apenas había huido: eran los miles de millones de alas minúsculas, transparentes, de las sagradas, nobles moscas verdes Bu que habían tenido un glorioso final en los últimos días, y otros miles de millones de las vivas que acompañaban a nuestro rey loco. Fedi se quedó con el bocado en la boca.

—No temas —dije—; ni te ven, tan insignificantes somos.

Así era. Uno no ve cada hoja, cada piedra sobre la que pisa.

Eran tres cerdos, tres hocicadores de estrellas, y alrededor de treinta caballos. Detrás, un caracol gigantesco avanzaba con pesadez, con la concha llena hasta el borde de comida y de todo lo necesario para un alto en el camino. Nuestro rey había salido a tomar el aire. Como iban a pasar justo por delante de nuestras narices, nos quedamos allí, tirados un poco más lejos.

Los cerdos de las estrellas, que –según se decía– habían traído desde tantos años luz los contenedores con la semilla de la que procedíamos, pasaron sacudiendo sus jamones metálicos. Hacían un ruido espantoso, porque habían perdido más de la mitad de los propulsores. Dieron vueltas gruñendo alrededor del trafo casi un cuarto de hora. Los pilotos, desde detrás de los ojos de buey, contaban las carcasas que habíamos alineado, yo y Fedi, desde la tarde anterior. Después siguieron adelante. El lugar no les convenía. No podían aterrizar.

Pasaron los jinetes, pisoteando la hierba con indiferencia. Sus caballos llevaban todos penachos verdes y mantas de estaño. Los jinetes iban desnudos. Luego pasó el carro de nuestro rey, empujado por una multitud de cortesanos.

Mientras tanto, el hermano menor, Feodor, había vuelto a las preguntas. Le había dicho mil veces que las preguntas no son para la gente, pero él es demasiado joven para entenderlo.

—Pepe —dijo—, si yo no tengo permiso para aplastar un bichito de esos asquerosos, que hay miles por aquí, ¿por qué él sí tiene permiso para fastidiarme a mí?

Yo ya había empezado a comer tranquilamente. El cortejo del rey se había detenido cerca de la estación de transformadores, un poco más allá, y ahora desempaquetaban todo. Los cerdos de las estrellas se habían calmado.

—Come, hombre, ¿qué quieres de mí? —dije con la boca llena.

Luego me arrepentí. Y mira cómo son las cosas, hermanito:

El polvo, la hierba, las piedras y las conchas de los caracoles perdidos están para que puedas pisarlos. Igual que los miles de millones de alas transparentes de la mosca verde muerta no hace mucho. Pero esa es otra historia. Por encima de todo están los que anoche bajamos de la caja tibia del trafo. Por encima de ellos estamos nosotros.

—¿Y por encima de nosotros? —preguntó el hermano menor, Feodor, ordenando sobre un pañuelo un puñado de nueces.

Comíamos nueces y bebíamos a sorbos un vino rojizo como la hierba de las colinas en otoño.

—Por encima de nosotros —le enseñé— está el caballo envuelto en estaño, que puede aplastarte bajo la pisada de sus cascos estriados si no estás atento. Y el jinete desnudo que lleva las riendas. Y el gran caracol que viene detrás, con la concha repleta de comida. Luego los demás y, por encima de todos, su excelencia, la santa mosca verde Bu. Sobre su armadura brillante, el rostro sereno de nuestro rey. ¡Ya está!

El hermano menor, Feodor, hipo y se puso a comer. Parecía que se pelearan los hambrientos por su boca. Yo estaba cansado de hablar.

Nuestro rey ordenó que hubiera música, y entonces todo el cortejo hizo música. Era un ruido infernal. Luego él se declaró satisfecho. Con una señal trajo el silencio, recostándose en el sillón asimétrico de vidrio verde. Diez vírgenes lo rodearon, ondulando sus cuerpos, y se sentaron obedientes. Las que estaban del lado de la mitad humana del rey arrojaban flores de vez en cuando o lo rociaban con perfume desde pequeños recipientes guardados en la palma. Las otras ungían con miel amarilla los miembros de la mitad mosca o lustraban con piel de marta las facetas brillantes del ojo.

—Pepe —declaró el hermano menor, Feodor—, ¡a mí me alcanza! ¡Reviento!

Desprendió del cinturón la jarra de vino, recibida junto con la raedera con la que uno se gana el pan. Yo lo miré de reojo, pero luego me reí: de todas maneras, ese día y el siguiente estábamos libres, nadie se ocuparía de nosotros. Así que empezamos a pasárnosla, chasqueando los labios con ganas.

—Vamos a acercarnos, a ver también nosotros qué pasa —me dio un codazo Fedi.

—¿Ver qué? —me extrañé.

—Cómo se emborracha la mitad humana de nuestro rey y después la otra, la de la izquierda, la de mosca peluda. Cómo luchan, en una bandeja colocada ante sus ojos –solo uno humano–, cohortes de moscas verdes Bu para complacer a nuestro rey loco y enseñarle los bellos secretos de la pelea. Cómo hace una seña el rey para que elijan entre los cortesanos a los que han fallado o ya no le agradan. Y cómo les exprimen la vida a las carcasas vivas de las que ya no pueden salir por sí solos.

A mí se me escapó la risa.

—Si ya sabes todo eso, ¿para qué necesitas acercarte? A lo mejor te gustaría también a ti un traje de esos. Mira que están vivos mientras a nuestro rey se le antoje que lo estén. Cuando viven, te protegen de todo: de la enfermedad, del insomnio, de la mordida cruel del hielo. Y de la del lobo o del enemigo mortal. Con ellos atravesaron los caminos entre las estrellas, saltando o arrastrándose según les dieran las fuerzas, las criaturas débiles que, hace miles y miles de años, guiaron a los cerdos de las estrellas hasta estas tierras benditas. Quizá fue lo único bueno que trajeron consigo y dejaron atrás antes de que se perdieran sus señales. Al menos así lo dicen las historias de estos lugares maravillosos, sin igual. Y así las carcasas… cuando el rey ordena que ya no les permitan abrevar energía de las fuentes del palacio, se vuelven útiles solo para la mosca verde. Ella pone allí sus huevos después de que, claro, tú y yo hemos bajado del trafo a los que querían estirar un poco más los días.

El hermano menor, Feodor, pareció convencido, pero no demasiado contento. Yo sabía que él habría querido de verdad ir allí a brincar o a reír como un tonto al zumbido grueso y desquiciado de nuestro rey. El vino de la jarra se le había subido a la cabeza, al corazón y a los huesos. Cuando los cerdos de las estrellas venidos de lejos, de otros cielos, cayeron entre las colinas y los contenedores se rompieron, mezclando entre sí las semillas de todos los que viven en nuestro mundo, no estaba escrito para el hermano menor, Feodor, que pudiera, dentro de miles de años, estar entre los que ahora banqueteaban junto al trafo.

—Y además —dije—, siempre puedes ir por allí; ya te lo he dicho: eres tan insignificante que nadie te verá.

Pero luego bebimos más y, al cabo de un rato, hasta nos peleamos un poco con las hermosas varas de las raederas. Fedi era fuerte y poderoso, y yo diestro. Pensé que los dos parecíamos guerreros valientes, mejores que las Bu, y luego ya no pensé en nada, porque todo se me había amontonado bajo el cráneo. El hermano menor, Feodor, me hizo con el gancho afilado de la raedera un tajo oblicuo en la frente y, riéndose, me lo cubrió con hierba y alitas transparentes.

—¡Ya está! —gritó—. ¡No puedo más, ya está! ¡Ya está!

Estábamos los dos, yo y el hermano menor, Feodor, tirados en la hierba, y el cortejo del rey, todo su campamento, era ahora un carrusel multicolor que giraba cada vez más deprisa ante nuestros ojos. Los cerdos de las estrellas dormían, los caballos se habían arremangado las mantas de estaño, mordisqueándose los penachos. Los cientos de miles de moscas verdes Bu se movían con cuidado y devoción sobre los cuerpos dormidos del rey y de las diez vírgenes. Solo seguían despiertos los jinetes desnudos, inmóviles, y algunas carcasas que se apretaban hacia las barras de enfriamiento y los platillos de porcelana del trafo.

Y yo, pasado un tiempo, no dejaba de mirar a Fedi cabeceando, y él se levantaba, es decir, una imagen suya se levantaba en pie y otra quedaba abajo en la hierba, junto a mí, borracha como yo. Luego ese Fedi que estaba de pie echaba a andar, apurado, hacia el campamento dormido de nuestro rey. Luego otra imagen suya se levantaba y se iba deprisa hacia allí. Y luego otra, y otra, y así sucesivamente. Yo tenía la raedera sobre las rodillas y no podía decir nada…

Nacido en 1958, Dănuț Ungureanu es un escritor, periodista, guionista, dramaturgo y formador de escritura creativa rumano. Se graduó en la Universidad Politécnica de Bucarest. Es miembro de la Unión de Escritores Rumanos. También es miembro fundador y primer presidente de la Sociedad Rumana de Ciencia Ficción y Fantasía (SRSFF). Ha publicado decenas de textos en revistas y almanaques, así como numerosos guiones para televisión y radio. Participa en más de veinte antologías y volúmenes colectivos de relatos, tanto rumanos como coproducciones internacionales. Su portafolio incluye veinte novelas personales, publicadas por diversas editoriales, y seis colecciones de relatos. Ha publicado varias otras novelas y volúmenes de prosa corta en colaboración. Sus textos han sido galardonados con numerosos premios. Sitio web del autor: www.danutungureanu.com.

 

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