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domingo, 14 de junio de 2026

EL HIJO DEL PRESIDENTE

Yaseen Ghaleb

 

—La cautela no te salva del destino.

Así lo repetía Fatum, con su voz áspera, sentada en el umbral de la casa de barro, aspirando una colilla gastada como si estuviera absorbiendo los últimos restos de vida que le quedaban.

Aquella sentencia resonaba en los oídos de Shahin como un conjuro. Pero él, como todos los hombres que creen estar por encima de la ley, jamás le prestó atención. No veía en aquellas palabras más que cenizas de viejas historias que no pertenecían a su tiempo.

Shahin, con el cuerpo mestizo que había heredado de su madre, era un meteorito que estallaba en medio de la oscuridad del club nocturno. Sus ojos lanzaban chispas y sus pasos sobre la pista parecían seguir un ritmo distinto al de la música.

La bailarina, aquella que el destino había puesto en su camino, se contorsionaba ante él como una serpiente luminosa. Giraba a su alrededor, avivando un fuego que solo podía extinguirse mediante el riesgo. Ella extendió la mano y se golpeó ligeramente su pecho, indicándole que se acercara. Él avanzó sin vacilar, como una mariposa persiguiendo el resplandor de una llama, sin saber que aquel paso marcaba el comienzo de su caída.

El local estaba sumergido en una cascada de luces de neón, como una escena invertida de un paraíso oculto en los brazos del infierno.

Shahin, cuya virilidad era tema de conversación tanto entre mujeres como entre hombres, tomó a la bailarina y la hizo sentir su sexo como quien vuelve a descubrir su propio cuerpo.

No era la primera vez. Y tampoco habría sido la última. Si no hubiera aparecido el hijo del presidente.

Aquella sombra pesada que arrastraba tras de sí escoltas vestidos de negro y rostros vacíos de expresión entró en el local como entra un cazador en un bosque cuyos senderos conoce de memoria.

Se detuvo de pronto frente a Shahin, como si hubiera captado una chispa de desafío suspendida en el aire.

—¿Ya te habías acostado antes con la bailarina? —preguntó con una frialdad semejante a una cuchilla.

Shahin levantó la cabeza, como quien desafía lo que no puede ser desafiado.

—Sí, señor.

—¿Cuántas veces?

—Una sola.

El hijo del presidente miró a la bailarina, que se había convertido en una estatua de miedo, y luego volvió la vista hacia él.

—¿Sabes que ella me pertenece?

—Todos estamos a su servicio, señor.

Al hijo del presidente la respuesta no le gustó. Buscaba un pretexto. Cualquier pretexto.

—¿Me pediste permiso antes de acostarte con ella?

—No, señor.

No hubo tiempo para pensar ni para retroceder. La mano del hijo del presidente se elevó como una tormenta repentina y le cruzó el rostro con tal fuerza que parecía querer borrarlo de la existencia. Un diente delantero cayó al suelo como un mal presagio.

—Tu madre era una prostituta —dijo con una voz cargada de desprecio mortal—. ¿Por qué no pediste permiso?

Shahin permaneció de pie, limpiándose la sangre con la mano desnuda, y respondió con una calma cercana a la locura.

—Mi madre no era una prostituta, señor.

El hijo del presidente volvió a reír. Su risa sonó como si se abrieran las puertas del infierno.

—¡Tu madre murió de tanto acostarse con hombres!

Shahin no supo qué responder. No sabía si debía llorar por aquella madre a la que apenas había conocido como una sombra ausente, o dejarse arrastrar por la ola de rabia que lo invadía. El silencio se volvió tan pesado que parecía capaz de matar a todos los presentes.

—Todas las bailarinas de aquí me pertenecen —añadió entonces el hijo del presidente, con tono definitivo—. Si quieres tocarlas, hablarles o acostarte con ellas, primero me pides permiso. ¿Entendido?

Shahin levantó la cabeza.

En sus ojos brillaba la mirada de quien contempla la muerte cara a cara.

—¿Y por qué tendría que pedir permiso, señor? ¿Acaso es su madre?

El aire pareció congelarse. Nadie se atrevió a moverse. Y en aquel instante comenzó el final. El local estalló en gritos. Los puños de los guardaespaldas cayeron sobre el cuerpo de Shahin como si quisieran borrar toda huella de su existencia.

Caía. Volvía a levantarse. Volvía a caer. Como un náufrago luchando contra olas más fuertes que él.

En aquel momento Shahin comprendió que la cautela, por grande que fuera, jamás salva del destino.

Tal como repetía Fatum, con su voz áspera, sentada en el umbral de la casa de barro, aspirando una colilla gastada como si estuviera absorbiendo los últimos restos de vida que le quedaban.

Yaseen Ghaleb nació en 1981 en Basora (Irak) y actualmente reside en Helsinki (Finlandia). Es licenciado en Literatura Inglesa por la Universidad de Basora. Trabaja como escritor y fotógrafo profesional, y es activo en la defensa de la libertad de expresión y la escritura literaria creativa, incluyendo novelas, poesía y ensayos. Dirige talleres literarios en inglés y árabe en Helsinki y ha escrito una obra de teatro, «Migratory Birds», para el Teatro Vuosaari de Helsinki en 2022 y una radionovela para la cadena nacional finlandesa Yle en 2024. Es miembro activo de PEN Finlandia y PEN Internacional, así como de la Unión de Escritores de Helsinki, la Asociación Finlandesa de Dramaturgos, la Sociedad Finlandesa de Escritores y Artistas de Izquierda, la Asociación Finlandesa de Nuevos Poetas, la Unión de Escritores y Escritores Iraquíes y la Organización de Fuerzas Juveniles de Finlandia. Entre sus publicaciones figuran «Trono de Bagdad» (poesía, 2021), «15+» (Novela,2020), así como «Almajida, yo era la mujer del Presidente» (2021). Este cuento fue elegido en Finlandia entre los cuentos más importantes sobre el tema de libertad de expresión (Finnish PEN’s A year of freedom of expression Project).

sábado, 2 de mayo de 2026

LA CASA DE GOOGOOSH

Yaseen Ghaleb


1

Se dice que la cantante Googoosh, que huyó del país, había vivido en esa casa.
Los periódicos de la época real en Teherán publicaron fotos de Googoosh y su hijo en esa misma casa antes de que abandonara Irán.

Se decía que la casa no podía encontrarse en ningún mapa, aunque estaba situada detrás del famoso bazar histórico de Teherán. La puerta no se abría salvo para aquellos que conocían la canción secreta que cambiaba cada día.

Nadie sabía quién construyó la casa. Se cuenta que un amante pasó una vez por allí y tarareó una melodía persa; al amanecer, la melodía se había convertido en una casa, mientras que el amante desapareció para siempre. Aun así, los transeúntes creían oír aquella canción.

Mehrnaz fue la primera en encontrar la casa. No llegó caminando, sino que una mañana despertó y se encontró dentro de su vestíbulo, con las manos sobre un piano viejo cubierto de musgo.

Fuera de las ventanas no había nada, solo una niebla verde, como si fueran los suspiros de cúpulas antiguas recubiertas de azulejos. Mehrnaz no hablaba mucho. Cada mañana limpiaba los ecos de las paredes de la casa y escribía las letras de las canciones que escuchaba en los sueños de otros.

 

2

Allí, Googoosh amó y cantó sus canciones más hermosas. Allí la libertad respiraba dentro de su propia jaula, cuando fue obligada a llevar velo según las leyes de la República Islámica y se le prohibió cantar.

Una noche, Nazanin llegó. Abrió la puerta: la habitación estaba completamente oscura, pero supo que había llegado al lugar correcto. En su bolsillo llevaba una cinta de Googoosh, cuyo nombre había sido borrado y reemplazado por la advertencia:
«Prohibido por la República Islámica».

Nazanin hablaba entrecortadamente:

«La escuché… no estaba cantando… ella… me llamaba…»

Cuando Nazanin cantó, la casa cambió de forma: se expandió, onduló y se abrieron nuevas puertas. Su canción convirtió el lugar en una máquina de sueños.

 

3

Las mujeres se reunían en un club llamado “La casa de Googoosh”. Aprendían a cantar en secreto o practicaban respirar libremente lejos de los ojos de los vigilantes del poder y de las agentes de la policía moral.

Pero Niloufar no llegó caminando; atravesó el muro volando, dejando huellas en el techo. No comía ni dormía. Cuando giraba sobre sí misma, enfriaba los corazones de las mujeres y luego volvía…

Se decía que había perdido la voz mientras cantaba para un alma que aún no había nacido.

 

4

Se reunían los viernes por la tarde, deslizándose como abejas evitando la mirada depredadora del poder, entrando como en una colmena para encontrarse con su reina: Googoosh.

Farah llegó por una grieta en la pared. Al principio era del tamaño de una hormiga y no podía cantar, pero creció con su respiración. Un día, introdujo la cabeza en un recipiente vacío y dijo:

«No soy una voz, soy un recipiente del vacío».

Por la noche cantó para los insectos que salían de la tierra, pero por la mañana había olvidado todo lo que había cantado.

 

5

Traían dulces: delicias de pistacho, zumo de granada con azafrán y miel, y otros dulces. Llegaban llenas de canciones y de una felicidad pasajera… y luego se iban.

Entonces llegó Maryam. Nadie recuerda cuándo ni cómo. Cada vez que Farah intentaba escribir su nombre en el cuaderno de voces, la tinta desaparecía.

Aunque nadie la veía, todos sabían que estaba allí: en el temblor de la luz, en el agua sobre las paredes, en la grieta del muro, en el espejo.

Quien escuchaba con atención oía un susurro:

«Soy Googoosh… o quizá no lo soy. Soy aquella que esperó la canción».

Una noche, la casa dejó de ser lo que era: el techo se transformó en un cielo bordado de notas musicales, el suelo se volvió transparente revelando recuerdos ajenos, y las puertas comenzaron a cantar por sí solas.

Niloufar dijo:

«Este era el último de los sueños. Vinimos aquí, pero nos olvidaron. Nos iremos… y nos convertiremos en canciones».

 

6

Un día, los informantes del gobierno encontraron la casa. Pero ya no había casa en aquel lugar: ni puertas ni ventanas, solo un aroma de música que aparecía y desaparecía.

Sin embargo, las mujeres que soñaban con la casa cerraban los ojos y oían la puerta abrirse, y una voz llamando:

«Venid, hermanas…»

La operación para capturarlas fue llevada a cabo: fueron arrastradas a una jaula llena de agua y azúcar, o tal vez sus cuerdas vocales fueron cortadas, o quizá torturadas… ¿quién sabe qué ocurrió con las mujeres del club “La casa de Googoosh”?


Yaseen Ghaleb nació en 1981 en Basora (Irak) y actualmente reside en Helsinki (Finlandia). Es licenciado en Literatura Inglesa por la Universidad de Basora. Trabaja como escritor y fotógrafo profesional, y es activo en la defensa de la libertad de expresión y la escritura literaria creativa, incluyendo novelas, poesía y ensayos. Dirige talleres literarios en inglés y árabe en Helsinki y ha escrito una obra de teatro, «Migratory Birds», para el Teatro Vuosaari de Helsinki en 2022 y una radionovela para la cadena nacional finlandesa Yle en 2024. Es miembro activo de PEN Finlandia y PEN Internacional, así como de la Unión de Escritores de Helsinki, la Asociación Finlandesa de Dramaturgos, la Sociedad Finlandesa de Escritores y Artistas de Izquierda, la Asociación Finlandesa de Nuevos Poetas, la Unión de Escritores y Escritores Iraquíes y la Organización de Fuerzas Juveniles de Finlandia. Entre sus publicaciones figuran «Trono de Bagdad» (poesía, 2021), «15+» (Novela,2020), así como «Almajida, yo era la mujer del Presidente» (2021). Este cuento fue elegido en Finlandia entre los cuentos más importantes sobre el tema de libertad de expresión (Finnish PEN’s A year of freedom of expression Project).

(2025)

Traducción: Abdul Hadi Sadoun


 

EL PINTOR DE TORMENTAS