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lunes, 6 de julio de 2026

LA COMISIÓN SUPERIOR DE LO DESCONOCIDO

Yaseen Ghaleb

 

Mucho se había dicho acerca de aquella casa herméticamente cerrada, hasta el punto de que parecía que la gente había agotado todo cuanto podía decirse sobre ella. Sin embargo, lo que permanecía oculto era mucho más oscuro, demasiado pesado para poder contarse con facilidad.

La casa, que desconcertaba a todo el vecindario, permanecía encerrada sobre sí misma como un ser vivo que rechazara el aire. Jamás abrió su puerta a un extraño, como si quienes habitaban en su interior detestaran ser vistos o que alguien rozara siquiera los límites de su mundo.

Todo lo que necesitaban les llegaba por medio de una criada delgada que se movía como una sombra gris envuelta en misterio. Se deslizaba por la estrecha abertura de la puerta de madera que daba a la calle y desaparecía enseguida en el interior. Las ventanas, por su parte, parecían, para quien pasaba frente a ellas, ojos oscuros ocultos tras pesadas cortinas que sofocaban la luz.

Y la misma pregunta se repetía en labios de todos:

—¿Cuál es el secreto?

Entre los curiosos había un joven que cursaba el primer año de la universidad. Estudiaba periodismo y estaba convencido de que todo misterio solo esperaba a alguien con el suficiente valor para develarlo.

Una noche tranquila, mientras regresaba de la universidad, un grito desgarró el silencio de la calle. Fue un alarido agudo que pareció rasgar el tejido mismo del horizonte.

El muchacho quedó paralizado.

Aquel grito era distinto de cualquier otro que hubiera oído antes. Parecía surgir del fondo de un infierno desconocido para los hombres.

Y, de una manera extraña, sintió que era un grito dirigido a él, como si hubiera esperado precisamente su presencia para ser escuchado.

Al día siguiente intentó olvidarlo. Pero el barrio parecía distinto. Las demás casas daban la impresión de haberse retraído, alejándose de aquella vivienda y dejando a su alrededor un vacío invisible. Cuando volvió a pasar junto a ella, vio que la puerta estaba apenas entreabierta, revelando una línea oscura semejante a una figura inmóvil. Aquella línea se movió. No avanzó ni retrocedió. Simplemente vibró, como un ser incompleto incapaz de adquirir un cuerpo entero.

Dentro de él empezó a crecer un deseo irresistible: saber, comprender, acercarse.

Aquella misma noche se detuvo frente a la puerta y apoyó la mano sobre la madera. La encontró anormalmente cálida. Entonces oyó una respiración larga, como si la propia casa respirara. Y cuando estaba a punto de alejarse... la puerta se abrió sola. Solo una rendija. De ella salió un aire húmedo impregnado de un extraño olor: olor a papel viejo y nuevo, olor a noche. Entonces oyó una voz. No supo si provenía del interior de la casa o de lo más profundo de sí mismo.

—Por fin... Has tardado.

La puerta se cerró de golpe con tanta violencia que la calle entera pareció estremecerse.

Dos días después encontró, frente a su casa, un papel doblado y sellado con un sello circular que decía:

«Comisión Superior para los Asuntos del Interior».

Lo abrió.

La asistencia es obligatoria. Usted es parte interesada en el incidente ocurrido la noche pasada. Será interrogado acerca de lo que escuchó. La incomparecencia dará lugar a las medidas correspondientes.

No figuraban dirección, firma ni hora alguna. Solo una frase inquietante:

«Lo encontraremos».

Aquella misma tarde llamaron a su puerta. Era un hombre desconocido, vestido con un largo abrigo negro y portando un maletín igualmente negro.

—He venido a acompañarlo —dijo el hombre con una voz absolutamente desprovista de emoción—. Estamos retrasados.

Lo condujeron hasta un edificio gris, sin ventanas, repleto de oficinas interminables donde empleados silenciosos copiaban algo invisible sobre hojas completamente blancas.

Lo hicieron entrar en una sala cuya puerta llevaba un cartel:

«Departamento de Interrogatorios Relacionados con las Casas Silenciosas».

Frente a él se sentó un investigador cuyo rostro parecía incompleto, como si aún no hubiera terminado de formarse.

—Hemos sabido que usted oyó algo —le dijo.

—¿Qué fue lo que oí?

—Eso es precisamente lo que queremos averiguar. Nosotros no podemos oír. Escuchar es una facultad reservada a ustedes.

—¿Y quiénes somos «nosotros»?

—Aquellos que se encuentran presentes cuando suceden cosas que jamás deberían suceder.

El investigador abrió un expediente repleto de dibujos de sombras difusas.

—¿Reconoce esta entidad?

—Solo vi una sombra.

—Es suficiente. La sombra constituye la primera fase de la manifestación.

—A partir de este momento —declaró entonces imprimiendo un sello rojo sobre un documento— queda usted encargado de vigilar esa casa. La decisión es definitiva.

Cuando el joven salió al pasillo descubrió algo completamente irracional.

Al final del corredor estaba... la misma puerta de la casa. Allí. Dentro del edificio. Como si nunca hubiera salido realmente de ella. Entre sus dos hojas permanecía de pie la sombra, o aquello que más se le parecía, esperándolo.

El muchacho avanzó hacia la puerta. Con cada paso la luz iba debilitándose hasta que todo quedó reducido a la oscuridad concentrada alrededor del umbral.

Entonces oyó una voz que nacía desde su propio interior.

—Soy aquello que dejaste atrás.

—¿Qué fue lo que dejé?

—Tu memoria muerta, cuando decidiste abandonarla... Tus decisiones postergadas... Las voces que nunca escuchaste... Tu deformidad interior, la que reprimiste o mataste... Aquí está su depósito secreto.

Entonces comprendió que la Comisión Superior para los Asuntos del Interior no era una institución exterior a él. Era el organismo encargado de registrar todo aquello que el ser humano ignora, descuida o de lo que huye. La casa nunca había sido una vivienda. Era un depósito de sombras. Sombras de decisiones, de gritos, de posibilidades que jamás llegaron a vivirse. Extendió la mano y descubrió que la madera de la puerta era un tejido vivo. Cuando la abrió ya no encontró ni la casa ni el pasillo. Encontró una inmensa explanada sin horizonte. Miles de personas permanecían sentadas ante mesas interminables, escribiendo sobre hojas blancas que nunca terminaban.

Y vio su propia sombra frente a él. La sombra escribía su nombre. Luego le tendió la pluma.

—Firme aquí... para iniciar los trámites de su regreso.

La pluma no tenía tinta. La hoja no contenía una sola palabra. Y, sin embargo, sintió todo el peso del procedimiento.

—¿Qué ocurrirá después de que firme? —preguntó.

 

La sombra sonrió con una sonrisa imposible de interpretar.

—Después... esperaremos. Siempre esperamos. Siempre hay alguien que decide. ¿Estás dispuesto a soportar las decisiones del destino?

El muchacho levantó la vista. En el horizonte vio innumerables puertas multiplicándose como si formaran una inmensa matriz. Todas eran iguales a la primera. Todas se abrían y se cerraban lentamente, como si respiraran. Y dejó de saber cuál era la puerta de su propia casa. O incluso si alguna vez había tenido una.

Entonces... la sombra desapareció.

El joven permaneció inmóvil, con la pluma en la mano y la hoja blanca frente a él, preguntándose por qué había llegado hasta allí, qué era exactamente lo que debía firmar y si la puerta donde había comenzado toda aquella historia había existido realmente... o si no era más que otra puerta entre las innumerables puertas de la espera.

Olvidó preguntar por qué solo la criada podía entrar en aquella casa. Olvidó también contar la sed de enigmas y secretos que había llevado consigo, como un pájaro tembloroso después de todo lo ocurrido. Pero lo perdido ya estaba perdido. Aceptó lo sucedido con cobardía, sin atreverse a correr el riesgo del conocimiento, ese que puede arrojar al hombre desde el fondo de un abismo hacia un territorio donde ninguna decisión es posible.

Y no encontró respuesta alguna. Ni siquiera al terminar de escribir estas líneas.


Yaseen Ghaleb nació en 1981 en Basora (Irak) y actualmente reside en Helsinki (Finlandia). Es licenciado en Literatura Inglesa por la Universidad de Basora. Trabaja como escritor y fotógrafo profesional, y es activo en la defensa de la libertad de expresión y la escritura literaria creativa, incluyendo novelas, poesía y ensayos. Dirige talleres literarios en inglés y árabe en Helsinki y ha escrito una obra de teatro, «Migratory Birds», para el Teatro Vuosaari de Helsinki en 2022 y una radionovela para la cadena nacional finlandesa Yle en 2024. Es miembro activo de PEN Finlandia y PEN Internacional, así como de la Unión de Escritores de Helsinki, la Asociación Finlandesa de Dramaturgos, la Sociedad Finlandesa de Escritores y Artistas de Izquierda, la Asociación Finlandesa de Nuevos Poetas, la Unión de Escritores y Escritores Iraquíes y la Organización de Fuerzas Juveniles de Finlandia. Entre sus publicaciones figuran «Trono de Bagdad» (poesía, 2021), «15+» (Novela,2020), así como «Almajida, yo era la mujer del Presidente» (2021). Este cuento fue elegido en Finlandia entre los cuentos más importantes sobre el tema de libertad de expresión (Finnish PEN’s A year of freedom of expression Project).

domingo, 14 de junio de 2026

EL HIJO DEL PRESIDENTE

Yaseen Ghaleb

 

—La cautela no te salva del destino.

Así lo repetía Fatum, con su voz áspera, sentada en el umbral de la casa de barro, aspirando una colilla gastada como si estuviera absorbiendo los últimos restos de vida que le quedaban.

Aquella sentencia resonaba en los oídos de Shahin como un conjuro. Pero él, como todos los hombres que creen estar por encima de la ley, jamás le prestó atención. No veía en aquellas palabras más que cenizas de viejas historias que no pertenecían a su tiempo.

Shahin, con el cuerpo mestizo que había heredado de su madre, era un meteorito que estallaba en medio de la oscuridad del club nocturno. Sus ojos lanzaban chispas y sus pasos sobre la pista parecían seguir un ritmo distinto al de la música.

La bailarina, aquella que el destino había puesto en su camino, se contorsionaba ante él como una serpiente luminosa. Giraba a su alrededor, avivando un fuego que solo podía extinguirse mediante el riesgo. Ella extendió la mano y se golpeó ligeramente su pecho, indicándole que se acercara. Él avanzó sin vacilar, como una mariposa persiguiendo el resplandor de una llama, sin saber que aquel paso marcaba el comienzo de su caída.

El local estaba sumergido en una cascada de luces de neón, como una escena invertida de un paraíso oculto en los brazos del infierno.

Shahin, cuya virilidad era tema de conversación tanto entre mujeres como entre hombres, tomó a la bailarina y la hizo sentir su sexo como quien vuelve a descubrir su propio cuerpo.

No era la primera vez. Y tampoco habría sido la última. Si no hubiera aparecido el hijo del presidente.

Aquella sombra pesada que arrastraba tras de sí escoltas vestidos de negro y rostros vacíos de expresión entró en el local como entra un cazador en un bosque cuyos senderos conoce de memoria.

Se detuvo de pronto frente a Shahin, como si hubiera captado una chispa de desafío suspendida en el aire.

—¿Ya te habías acostado antes con la bailarina? —preguntó con una frialdad semejante a una cuchilla.

Shahin levantó la cabeza, como quien desafía lo que no puede ser desafiado.

—Sí, señor.

—¿Cuántas veces?

—Una sola.

El hijo del presidente miró a la bailarina, que se había convertido en una estatua de miedo, y luego volvió la vista hacia él.

—¿Sabes que ella me pertenece?

—Todos estamos a su servicio, señor.

Al hijo del presidente la respuesta no le gustó. Buscaba un pretexto. Cualquier pretexto.

—¿Me pediste permiso antes de acostarte con ella?

—No, señor.

No hubo tiempo para pensar ni para retroceder. La mano del hijo del presidente se elevó como una tormenta repentina y le cruzó el rostro con tal fuerza que parecía querer borrarlo de la existencia. Un diente delantero cayó al suelo como un mal presagio.

—Tu madre era una prostituta —dijo con una voz cargada de desprecio mortal—. ¿Por qué no pediste permiso?

Shahin permaneció de pie, limpiándose la sangre con la mano desnuda, y respondió con una calma cercana a la locura.

—Mi madre no era una prostituta, señor.

El hijo del presidente volvió a reír. Su risa sonó como si se abrieran las puertas del infierno.

—¡Tu madre murió de tanto acostarse con hombres!

Shahin no supo qué responder. No sabía si debía llorar por aquella madre a la que apenas había conocido como una sombra ausente, o dejarse arrastrar por la ola de rabia que lo invadía. El silencio se volvió tan pesado que parecía capaz de matar a todos los presentes.

—Todas las bailarinas de aquí me pertenecen —añadió entonces el hijo del presidente, con tono definitivo—. Si quieres tocarlas, hablarles o acostarte con ellas, primero me pides permiso. ¿Entendido?

Shahin levantó la cabeza.

En sus ojos brillaba la mirada de quien contempla la muerte cara a cara.

—¿Y por qué tendría que pedir permiso, señor? ¿Acaso es su madre?

El aire pareció congelarse. Nadie se atrevió a moverse. Y en aquel instante comenzó el final. El local estalló en gritos. Los puños de los guardaespaldas cayeron sobre el cuerpo de Shahin como si quisieran borrar toda huella de su existencia.

Caía. Volvía a levantarse. Volvía a caer. Como un náufrago luchando contra olas más fuertes que él.

En aquel momento Shahin comprendió que la cautela, por grande que fuera, jamás salva del destino.

Tal como repetía Fatum, con su voz áspera, sentada en el umbral de la casa de barro, aspirando una colilla gastada como si estuviera absorbiendo los últimos restos de vida que le quedaban.

Yaseen Ghaleb nació en 1981 en Basora (Irak) y actualmente reside en Helsinki (Finlandia). Es licenciado en Literatura Inglesa por la Universidad de Basora. Trabaja como escritor y fotógrafo profesional, y es activo en la defensa de la libertad de expresión y la escritura literaria creativa, incluyendo novelas, poesía y ensayos. Dirige talleres literarios en inglés y árabe en Helsinki y ha escrito una obra de teatro, «Migratory Birds», para el Teatro Vuosaari de Helsinki en 2022 y una radionovela para la cadena nacional finlandesa Yle en 2024. Es miembro activo de PEN Finlandia y PEN Internacional, así como de la Unión de Escritores de Helsinki, la Asociación Finlandesa de Dramaturgos, la Sociedad Finlandesa de Escritores y Artistas de Izquierda, la Asociación Finlandesa de Nuevos Poetas, la Unión de Escritores y Escritores Iraquíes y la Organización de Fuerzas Juveniles de Finlandia. Entre sus publicaciones figuran «Trono de Bagdad» (poesía, 2021), «15+» (Novela,2020), así como «Almajida, yo era la mujer del Presidente» (2021). Este cuento fue elegido en Finlandia entre los cuentos más importantes sobre el tema de libertad de expresión (Finnish PEN’s A year of freedom of expression Project).

sábado, 2 de mayo de 2026

LA CASA DE GOOGOOSH

Yaseen Ghaleb


1

Se dice que la cantante Googoosh, que huyó del país, había vivido en esa casa.
Los periódicos de la época real en Teherán publicaron fotos de Googoosh y su hijo en esa misma casa antes de que abandonara Irán.

Se decía que la casa no podía encontrarse en ningún mapa, aunque estaba situada detrás del famoso bazar histórico de Teherán. La puerta no se abría salvo para aquellos que conocían la canción secreta que cambiaba cada día.

Nadie sabía quién construyó la casa. Se cuenta que un amante pasó una vez por allí y tarareó una melodía persa; al amanecer, la melodía se había convertido en una casa, mientras que el amante desapareció para siempre. Aun así, los transeúntes creían oír aquella canción.

Mehrnaz fue la primera en encontrar la casa. No llegó caminando, sino que una mañana despertó y se encontró dentro de su vestíbulo, con las manos sobre un piano viejo cubierto de musgo.

Fuera de las ventanas no había nada, solo una niebla verde, como si fueran los suspiros de cúpulas antiguas recubiertas de azulejos. Mehrnaz no hablaba mucho. Cada mañana limpiaba los ecos de las paredes de la casa y escribía las letras de las canciones que escuchaba en los sueños de otros.

 

2

Allí, Googoosh amó y cantó sus canciones más hermosas. Allí la libertad respiraba dentro de su propia jaula, cuando fue obligada a llevar velo según las leyes de la República Islámica y se le prohibió cantar.

Una noche, Nazanin llegó. Abrió la puerta: la habitación estaba completamente oscura, pero supo que había llegado al lugar correcto. En su bolsillo llevaba una cinta de Googoosh, cuyo nombre había sido borrado y reemplazado por la advertencia:
«Prohibido por la República Islámica».

Nazanin hablaba entrecortadamente:

«La escuché… no estaba cantando… ella… me llamaba…»

Cuando Nazanin cantó, la casa cambió de forma: se expandió, onduló y se abrieron nuevas puertas. Su canción convirtió el lugar en una máquina de sueños.

 

3

Las mujeres se reunían en un club llamado “La casa de Googoosh”. Aprendían a cantar en secreto o practicaban respirar libremente lejos de los ojos de los vigilantes del poder y de las agentes de la policía moral.

Pero Niloufar no llegó caminando; atravesó el muro volando, dejando huellas en el techo. No comía ni dormía. Cuando giraba sobre sí misma, enfriaba los corazones de las mujeres y luego volvía…

Se decía que había perdido la voz mientras cantaba para un alma que aún no había nacido.

 

4

Se reunían los viernes por la tarde, deslizándose como abejas evitando la mirada depredadora del poder, entrando como en una colmena para encontrarse con su reina: Googoosh.

Farah llegó por una grieta en la pared. Al principio era del tamaño de una hormiga y no podía cantar, pero creció con su respiración. Un día, introdujo la cabeza en un recipiente vacío y dijo:

«No soy una voz, soy un recipiente del vacío».

Por la noche cantó para los insectos que salían de la tierra, pero por la mañana había olvidado todo lo que había cantado.

 

5

Traían dulces: delicias de pistacho, zumo de granada con azafrán y miel, y otros dulces. Llegaban llenas de canciones y de una felicidad pasajera… y luego se iban.

Entonces llegó Maryam. Nadie recuerda cuándo ni cómo. Cada vez que Farah intentaba escribir su nombre en el cuaderno de voces, la tinta desaparecía.

Aunque nadie la veía, todos sabían que estaba allí: en el temblor de la luz, en el agua sobre las paredes, en la grieta del muro, en el espejo.

Quien escuchaba con atención oía un susurro:

«Soy Googoosh… o quizá no lo soy. Soy aquella que esperó la canción».

Una noche, la casa dejó de ser lo que era: el techo se transformó en un cielo bordado de notas musicales, el suelo se volvió transparente revelando recuerdos ajenos, y las puertas comenzaron a cantar por sí solas.

Niloufar dijo:

«Este era el último de los sueños. Vinimos aquí, pero nos olvidaron. Nos iremos… y nos convertiremos en canciones».

 

6

Un día, los informantes del gobierno encontraron la casa. Pero ya no había casa en aquel lugar: ni puertas ni ventanas, solo un aroma de música que aparecía y desaparecía.

Sin embargo, las mujeres que soñaban con la casa cerraban los ojos y oían la puerta abrirse, y una voz llamando:

«Venid, hermanas…»

La operación para capturarlas fue llevada a cabo: fueron arrastradas a una jaula llena de agua y azúcar, o tal vez sus cuerdas vocales fueron cortadas, o quizá torturadas… ¿quién sabe qué ocurrió con las mujeres del club “La casa de Googoosh”?


Yaseen Ghaleb nació en 1981 en Basora (Irak) y actualmente reside en Helsinki (Finlandia). Es licenciado en Literatura Inglesa por la Universidad de Basora. Trabaja como escritor y fotógrafo profesional, y es activo en la defensa de la libertad de expresión y la escritura literaria creativa, incluyendo novelas, poesía y ensayos. Dirige talleres literarios en inglés y árabe en Helsinki y ha escrito una obra de teatro, «Migratory Birds», para el Teatro Vuosaari de Helsinki en 2022 y una radionovela para la cadena nacional finlandesa Yle en 2024. Es miembro activo de PEN Finlandia y PEN Internacional, así como de la Unión de Escritores de Helsinki, la Asociación Finlandesa de Dramaturgos, la Sociedad Finlandesa de Escritores y Artistas de Izquierda, la Asociación Finlandesa de Nuevos Poetas, la Unión de Escritores y Escritores Iraquíes y la Organización de Fuerzas Juveniles de Finlandia. Entre sus publicaciones figuran «Trono de Bagdad» (poesía, 2021), «15+» (Novela,2020), así como «Almajida, yo era la mujer del Presidente» (2021). Este cuento fue elegido en Finlandia entre los cuentos más importantes sobre el tema de libertad de expresión (Finnish PEN’s A year of freedom of expression Project).

(2025)

Traducción: Abdul Hadi Sadoun


 

BARRO DE LA TIERRA