Yaseen Ghaleb
Mucho se había
dicho acerca de aquella casa herméticamente cerrada, hasta el punto de que
parecía que la gente había agotado todo cuanto podía decirse sobre ella. Sin
embargo, lo que permanecía oculto era mucho más oscuro, demasiado pesado para
poder contarse con facilidad.
La casa, que desconcertaba a todo
el vecindario, permanecía encerrada sobre sí misma como un ser vivo que
rechazara el aire. Jamás abrió su puerta a un extraño, como si quienes
habitaban en su interior detestaran ser vistos o que alguien rozara siquiera los
límites de su mundo.
Todo lo que necesitaban les llegaba
por medio de una criada delgada que se movía como una sombra gris envuelta en
misterio. Se deslizaba por la estrecha abertura de la puerta de madera que daba
a la calle y desaparecía enseguida en el interior. Las ventanas, por su parte,
parecían, para quien pasaba frente a ellas, ojos oscuros ocultos tras pesadas
cortinas que sofocaban la luz.
Y la misma pregunta se repetía en
labios de todos:
—¿Cuál es el secreto?
Entre los curiosos había un joven
que cursaba el primer año de la universidad. Estudiaba periodismo y estaba
convencido de que todo misterio solo esperaba a alguien con el suficiente valor
para develarlo.
Una noche tranquila, mientras
regresaba de la universidad, un grito desgarró el silencio de la calle. Fue un
alarido agudo que pareció rasgar el tejido mismo del horizonte.
El muchacho quedó paralizado.
Aquel grito era distinto de
cualquier otro que hubiera oído antes. Parecía surgir del fondo de un infierno
desconocido para los hombres.
Y, de una manera extraña, sintió
que era un grito dirigido a él, como si hubiera esperado precisamente su
presencia para ser escuchado.
Al día siguiente intentó olvidarlo.
Pero el barrio parecía distinto. Las demás casas daban la impresión de haberse
retraído, alejándose de aquella vivienda y dejando a su alrededor un vacío
invisible. Cuando volvió a pasar junto a ella, vio que la puerta estaba apenas
entreabierta, revelando una línea oscura semejante a una figura inmóvil. Aquella
línea se movió. No avanzó ni retrocedió. Simplemente vibró, como un ser
incompleto incapaz de adquirir un cuerpo entero.
Dentro de él empezó a crecer un
deseo irresistible: saber, comprender, acercarse.
Aquella misma noche se detuvo
frente a la puerta y apoyó la mano sobre la madera. La encontró anormalmente
cálida. Entonces oyó una respiración larga, como si la propia casa respirara. Y
cuando estaba a punto de alejarse... la puerta se abrió sola. Solo una rendija.
De ella salió un aire húmedo impregnado de un extraño olor: olor a papel viejo
y nuevo, olor a noche. Entonces oyó una voz. No supo si provenía del interior
de la casa o de lo más profundo de sí mismo.
—Por fin... Has tardado.
La puerta se cerró de golpe con
tanta violencia que la calle entera pareció estremecerse.
Dos días después encontró, frente a
su casa, un papel doblado y sellado con un sello circular que decía:
«Comisión Superior para los
Asuntos del Interior».
Lo abrió.
La asistencia es obligatoria. Usted
es parte interesada en el incidente ocurrido la noche pasada. Será interrogado
acerca de lo que escuchó. La incomparecencia dará lugar a las medidas
correspondientes.
No figuraban dirección, firma ni
hora alguna. Solo una frase inquietante:
«Lo encontraremos».
Aquella misma tarde llamaron a su
puerta. Era un hombre desconocido, vestido con un largo abrigo negro y portando
un maletín igualmente negro.
—He venido a acompañarlo —dijo el
hombre con una voz absolutamente desprovista de emoción—. Estamos retrasados.
Lo condujeron hasta un edificio
gris, sin ventanas, repleto de oficinas interminables donde empleados
silenciosos copiaban algo invisible sobre hojas completamente blancas.
Lo hicieron entrar en una sala cuya
puerta llevaba un cartel:
«Departamento de Interrogatorios
Relacionados con las Casas Silenciosas».
Frente a él se sentó un
investigador cuyo rostro parecía incompleto, como si aún no hubiera terminado
de formarse.
—Hemos sabido que usted oyó algo —le
dijo.
—¿Qué fue lo que oí?
—Eso es precisamente lo que
queremos averiguar. Nosotros no podemos oír. Escuchar es una facultad reservada
a ustedes.
—¿Y quiénes somos «nosotros»?
—Aquellos que se encuentran
presentes cuando suceden cosas que jamás deberían suceder.
El investigador abrió un expediente
repleto de dibujos de sombras difusas.
—¿Reconoce esta entidad?
—Solo vi una sombra.
—Es suficiente. La sombra
constituye la primera fase de la manifestación.
—A partir de este momento —declaró entonces
imprimiendo un sello rojo sobre un documento— queda usted encargado de vigilar
esa casa. La decisión es definitiva.
Cuando el joven salió al pasillo
descubrió algo completamente irracional.
Al final del corredor estaba... la
misma puerta de la casa. Allí. Dentro del edificio. Como si nunca hubiera
salido realmente de ella. Entre sus dos hojas permanecía de pie la sombra, o
aquello que más se le parecía, esperándolo.
El muchacho avanzó hacia la puerta.
Con cada paso la luz iba debilitándose hasta que todo quedó reducido a la
oscuridad concentrada alrededor del umbral.
Entonces oyó una voz que nacía
desde su propio interior.
—Soy aquello que dejaste atrás.
—¿Qué fue lo que dejé?
—Tu memoria muerta, cuando
decidiste abandonarla... Tus decisiones postergadas... Las voces que nunca
escuchaste... Tu deformidad interior, la que reprimiste o mataste... Aquí está
su depósito secreto.
Entonces comprendió que la Comisión
Superior para los Asuntos del Interior no era una institución exterior a
él. Era el organismo encargado de registrar todo aquello que el ser humano
ignora, descuida o de lo que huye. La casa nunca había sido una vivienda. Era
un depósito de sombras. Sombras de decisiones, de gritos, de posibilidades que
jamás llegaron a vivirse. Extendió la mano y descubrió que la madera de la
puerta era un tejido vivo. Cuando la abrió ya no encontró ni la casa ni el
pasillo. Encontró una inmensa explanada sin horizonte. Miles de personas
permanecían sentadas ante mesas interminables, escribiendo sobre hojas blancas
que nunca terminaban.
Y vio su propia sombra frente a él.
La sombra escribía su nombre. Luego le tendió la pluma.
—Firme aquí... para iniciar los
trámites de su regreso.
La pluma no tenía tinta. La hoja no
contenía una sola palabra. Y, sin embargo, sintió todo el peso del
procedimiento.
—¿Qué ocurrirá después de que
firme? —preguntó.
La sombra sonrió con una sonrisa
imposible de interpretar.
—Después... esperaremos. Siempre
esperamos. Siempre hay alguien que decide. ¿Estás dispuesto a soportar las
decisiones del destino?
El muchacho levantó la vista. En el
horizonte vio innumerables puertas multiplicándose como si formaran una inmensa
matriz. Todas eran iguales a la primera. Todas se abrían y se cerraban
lentamente, como si respiraran. Y dejó de saber cuál era la puerta de su propia
casa. O incluso si alguna vez había tenido una.
Entonces... la sombra desapareció.
El joven permaneció inmóvil, con la
pluma en la mano y la hoja blanca frente a él, preguntándose por qué había
llegado hasta allí, qué era exactamente lo que debía firmar y si la puerta
donde había comenzado toda aquella historia había existido realmente... o si no
era más que otra puerta entre las innumerables puertas de la espera.
Olvidó preguntar por qué solo la
criada podía entrar en aquella casa. Olvidó también contar la sed de enigmas y
secretos que había llevado consigo, como un pájaro tembloroso después de todo
lo ocurrido. Pero lo perdido ya estaba perdido. Aceptó lo sucedido con
cobardía, sin atreverse a correr el riesgo del conocimiento, ese que puede
arrojar al hombre desde el fondo de un abismo hacia un territorio donde ninguna
decisión es posible.
Y no encontró respuesta alguna. Ni
siquiera al terminar de escribir estas líneas.

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